CAPÍTULO 38 – MONSTRUO
«Los monstruos y los fantasmas son reales, viven dentro de nosotros… y a veces ganan».
Stephen King
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Sonreí satisfecha al escuchar el alboroto en la lejanía, donde la fiesta casi había llegado a su fin, aunque las voces y las risas de los más rezagados aún llenaban el ambiente.
La fiesta estaba resultando un éxito y a mi padre se le veía eufórico, rodeado de sus seres queridos y amigos, y recibiendo tantas muestras de cariño por parte de todos.
Crucé con cuidado el jardín y me adentré en la cocina agarrando la fuente vacía de cristal donde antes habían estado los aperitivos; esta estuvo a punto de caer cuando la luz, repentinamente, se apagó.
Me giré intentando controlar el latido de mi corazón, pero una voz en mi oído me sobresaltó.
—¿Alguna vez te han dicho que tienes un culo espectacular?
—Adriel, qué susto me has dado —me quejé girándome hasta quedar enfrentados.
Me mordí el labio cuando me atrajo hacia él y su mirada encendida repasó la piel que revelaba mi vestido.
La penumbra le daba un punto bastante sensual al encuentro.
—Qué buena estás —murmuró excitado y con una voz que no reconocí como suya.
—Gracias —contesté con humor, pero todo rastro de diversión se esfumó cuando coló las manos por la abertura de mi escote y, con pericia, sacó uno de mis pechos para acto seguido llevárselo a la boca, bajando la cabeza.
—Uhm.
—Adriel… ¿Estás bien? —Mi pregunta cayó en saco roto, pues él continuó su asalto, y decidí que no le quería dar más importancia a la urgencia en sus actos y el tono de su voz.
Jugueteó con su lengua en mi endurecido pezón, y emití un quejido lastimero al notar la leve presión de sus dientes a su alrededor.
Con torpeza me agarré a la encimera que tenía a mi espalda con ambas manos, entregándome a él.
—Llevo toda la noche empalmado por tu culpa —murmuró dejando al aire también el otro pecho para dedicarle las mismas atenciones—.
Y no sabes lo jodidamente difícil que es disimularlo con este pantalón.
Me has puesto tan cachondo con esos movimientos de aquí para allá y esas miraditas cargadas de intenciones que ya no puedo más.
Me duelen tanto estos de aquí —añadió al mismo tiempo que colocaba mi mano sobre sus testículos— que me van a estallar.
Contuve la risa mientras notaba el espasmo de mi entrepierna al escucharle hablar así. Me gustaba esa versión ruda y desinhibida de Adriel y mi sonrisa así se lo transmitió.
Se acercó a mi boca pegando su cuerpo contra el mío y me mecí sobre su erección, que estaba dura como una piedra.
Gemimos al unísono al enredar nuestras lenguas en un beso abrasador.
—Alicia, si sigues así, voy a acabar empotrándote contra la isla de la cocina y, créeme, vas a gritar tanto que se van a enterar todos de que te estoy follando.
Su amenaza me erizó la piel.
Necesitaba más.
Lo miré con fingida inocencia sabiendo que mi movimiento lo estaba poniendo al límite al no dejar de rozarme contra su erección.
—No podemos, Adriel, ahí fuera hay niños.
—Estás jugando con fuego… —me reprendió.
Sonreí sagaz.
—¿Recuerdas lo que hicimos sobre el sofá de tu madre? —Él frunció el ceño, desubicado, y volví a apretarme contra su pelvis, moviendo una ceja insinuante.
—No me jodas, no tengo quince años —contestó ceñudo y enfurruñado como si realmente los tuviera.
—Siempre puedes ir tu solo al baño y solucionarlo por tus propios medios.
—Prefiero que seas tú la que haga que me corra.
—Perfecto.
Le agarré de la mano y me subí a uno de los taburetes de la isla, el más pegado a la pared, apoyando la espalda en esta y atrayéndolo hacia mí por su jersey.
Su pelvis encajó con la mía, y acoplé las piernas alrededor de sus caderas, invitándolo a mecerse con el contoneo de mi cuerpo.
—¿Hablas en serio? ¿Quieres que nos rocemos como dos niños? —Lo ignoré y pasé mi lengua por la comisura de sus labios—. ¿Pudiendo encerrarnos en el baño o en tu apartamento a hacer de todo? —Asentí—. ¿Estás segura?
—Que sí, y calla ya —murmuré y devoré su boca.
Él pareció captar el mensaje y, sin dejar de besarme, llevó la mano a mi entrepierna, colándola a través del vestido. Sus dedos captaron al momento la humedad de mi ropa interior.
—Estás muy mojada.
—Estoy muy caliente —corroboré—. Y me apetece que lo hagamos así, como dos chiquillos a los que pueden pillar y no se quitan ni la ropa. Después nos vamos a casa y lo hacemos como tú quieras, ¿vale?
Me subió el vestido hasta la cintura y, mirando hacia abajo, asintió.
—Trato hecho.
Su sonrisa y su mirada lobuna me prometieron cosas muy indecentes y me estremecí a la vez que pasaba mis brazos por sus costados y enlazaba las manos a su espalda, anclándome a él y buscando el mayor roce entre nuestros cuerpos cuando comenzó a mover las caderas.
Nuestras bocas entraron en contacto y, cegada de placer, aprecié la tela algo áspera de su pantalón contra mi ropa interior en cada embestida. La molestia por el roce era aplacada por el placer que me recorría y me aferré a él apoyando la cabeza en su pecho y cerrando los ojos con fuerza.
—¿Te gusta así, Alicia? —susurró en mi oído y me mordió el lóbulo de la oreja con su respiración dificultosa—. Estás muy callada… Con lo que me gusta escucharte.
Su tono entretenido espoleó mi mirada.
—No quiero que me oigan.
—¿Y cómo lo vas a conseguir cuando te corras?
—Aumentó el ritmo de sus acometidas sin despegarse de mí, friccionando con maestría su entrepierna dura contra mi clítoris, y me mordí el labio con fuerza, aferrándome a sus hombros y clavándole las uñas en el contacto—.
Así…, eso es… Me vuelve loco escuchar cómo te gusta lo que te hago —me animó cuando dejé escapar unos quejidos incontrolables.
Tras esa declaración supe que no había vuelta atrás.
Sus manos se anclaron con fuerza a mi trasero, moviéndome y embistiendo cada vez con más ímpetu.
Su respiración acelerada se mezcló con mis gemidos, que se mostraban del todo desinhibidos, y, cuando contuvo durante un par de segundos la respiración, supe lo que vendría después y cerré los ojos dejándome ir yo también.
Una sucesión de gruñidos graves fueron escapando de su garganta a la vez que sus caderas proyectaban el movimiento hacia adelante, al mismo ritmo de su eyaculación. Los espasmos de mi propio orgasmo se acoplaron al suyo en una cadencia sincronizada y perfecta que me supo a gloria.
Y un momento después, con la respiración aún agitada y el sudor perlando nuestros cuellos y frentes, nos miramos y compartimos una risa cómplice, pero el gesto nos duró poco, pues cuando nos quisimos dar cuenta la luz de la cocina se había encendido, y Pato nos miraba sonriendo, queriendo participar del momento jovial desde su ajena inocencia.
—¿De qué os reís?
—¡Joder! —exclamó Adriel dándose la vuelta y tapándome con su cuerpo para recomponernos la ropa lo más rápido posible—.
Hola, Fabiola. —La voz le titubeó—. ¿Qué te pasa?
¿Necesitas algo? —Tardó unos segundos en recaer en lo que ella observaba y, al darse cuenta, se cubrió la zona delantera del pantalón con las manos.
La niña negó con la cabeza y se encogió de hombros, acercándose a nosotros.
Adriel se movió incómodo, apretando su espalda contra mí.
Le pasé los brazos por la cintura, divertida y abochornada a partes iguales y dando gracias a que hubiese sido ella y no otro de sus hermanos mayores quien nos hubiese pillado en ese momento postcoital.
Asomé la cabeza por su hombro cuando la niña comenzó a susurrarle.
—Tito Adirel . —Con un gesto le instó a agacharse para compartir una confidencia de la que yo estaba siendo espectadora silenciosa—.
No pasa nada, mamá dice que a veces mojamos las braguitas por accidente.
—Le puso una mano sobre el antebrazo con gesto solemne—.
Yo tengo muchas en mi armario, ¿ queres unas?
Contuve a duras penas una carcajada y cerré los ojos mordiéndome el labio al escuchar las voces que se acercaban.
—Joder —volvió a decir Adriel mirándome de reojo cuando mi hermana y su marido entraron en la estancia, seguidos por algunos de sus hijos.
La primera, tras observar la escena, me miró alzando una ceja a caballo entre la diversión y el espanto, y Fede, intuyendo lo que había ocurrido, me guiñó un ojo.
—Ya os vale… —murmuró Estrella.
—Venga, niños, ignorad que vuestros tíos están aquí y todos arriba —los animó con diversión—. El primero que se acueste tiene doble ración de churros mañana.
Cuando la prole salió en estampida por las escaleras, el matrimonio se giró de nuevo en nuestra dirección.
Nosotros aún permanecíamos en la misma postura en la que nos habían encontrado: yo sentada sobre el taburete, aunque ya con el vestido recolocado, y Adriel delante de mí con un trapo que había agarrado en la encimera tapando su entrepierna.
—Tíralo cuando ya no te sirva —le dijo mi hermana a mi chico con aversión, señalando el paño mancillado.
Tras eso se acercó a los escalones que conectaban con la planta superior.
Su marido soltó una carcajada y, sin dejar de sonreír, se desabrochó sus propios pantalones y se los lanzó a Adriel con diversión, quedándose en calzoncillos sin ningún tipo de pudor delante de nosotros.
—Pasadlo bien, pareja.
—¡Fede! —lo regañó mi hermana queriendo imponer un tono de enfado, pero fracasando estrepitosamente en el intento.
Él se acercó hasta ella trotando, le dio un beso y, a un tono de voz lo suficientemente alto como para que ambos le oyésemos, le dijo:
—Vamos a tener que recordarle a esa encimera quién manda en esta casa.
Ella negó con la cabeza, y no pude contener la risa viéndolos desaparecer.
—Los caprichos de mi chica manzana salen caros —me dijo Adriel cuando nos quedamos solos, girándose hacia mí.
Sus ojos algo enrojecidos me miraban con regocijo.
—¿Se te ha quitado el dolor?
Dirigí una mirada elocuente hacia su entrepierna, y él se rio negando con la cabeza.
—No del todo —reconoció—. Aunque ahora mismo necesito una cerveza para olvidar que Fabiola ha visto a su héroe con los pantalones mojados y se ha ido a dormir pensando que me he meado encima.
—Te seguirá queriendo.
Mi tono de burla fue castigado con un mordisco en mi cuello.
—Eso espero.
Entró en el baño, se cambió y, al salir, me agarró de la mano y salimos al jardín, donde el aire fresco nos recibió aliviando en parte el azoramiento que aún sentíamos.
Qué diferentes habrían sido las cosas si hubiese hecho lo que en realidad me apetecía, que no era otra cosa que encerrarme en mi apartamento con él a continuar lo que tan solo habíamos empezado.
Qué diferente habría sido…, pero no fue así, pues lo seguí atravesando el jardín hasta llegar a la terraza en la que tan solo quedaba una pareja.
Me senté junto a Leo y Leire, ajena a lo que se me venía encima, totalmente ignorante de que mis demonios se encontraban acechando allí mismo, esperando su momento para hacer una aparición estelar a través de Adriel, ya que, cuando un buen rato después su sonrisa beoda y sus ojos brillantes me miraron, no lo vi a él, sino a un monstruo de mi pasado.
Y no pude controlarme.
Tan solo estallé.