El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 37 – CÁLMAME
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CAPÍTULO 37 – CÁLMAME

Tú, mi mejor analgésico.

Actualidad

Hacía poco más de un mes desde que habíamos comenzado con los preparativos del cumpleaños de mi padre y tan solo faltaban veinticuatro horas para que se llevase a cabo el plan perfectamente orquestado a sus espaldas.

Andaba con los nervios algo crispados, deseando que todo saliese bien y no quedase ningún cabo suelto que estropease el conjunto por el que tanto nos habíamos esforzado.

—Respira —me sermoneó Adriel con cariño cuando pasé por su lado, resollando por el esfuerzo de haber desplazado varias sillas del jardín. Soplé hacia arriba, intentando despejar mi frente del flequillo, pues me estaba molestando debido al calor. Él me sonrió, agarrándome de la cintura.

»Mírame —exigió, y le obedecí—. Relájate, por favor… Y, por lo que más quieras, delega. Dime qué puedo hacer, que voy detrás de ti y solo siento que estorbo.

Besé escuetamente sus labios y le sonreí.

—Nada, ya está casi todo.

—Eso mismo me has dicho hace una hora y no has parado.

Me encogí de hombros.

—Quizá Fede necesite un par de manos extras con los niños. Yo ya voy a acabar y seguramente me harás falta luego en la cocina, ¿vale? —concedí, y asintió a regañadientes.

Deposité otro efímero beso en sus labios y recibí una cachetada en mi nalga derecha como reprimenda. Sonreí cuando conseguí zafarme de su agarre, ya que quería terminar de colocar todas las cosas, aunque sus ojos me prometieron cobrarse la venganza más tarde.

Me relamí gustosa y me giré, echando una ojeada a lo que llevábamos avanzado.

Mi cuñado nos había cedido la zona de la terraza de su gimnasio, cambiando así el escenario en el que normalmente realizábamos las fiestas y dándole un aire más especial a aquel evento.

Entre mi sobrina mayor, mi hermana y yo habíamos decorado el espacio, queriendo otorgarle un toque hogareño al llevar hasta allí algunos de los muebles del jardín de la vivienda y, gracias a las dotes de decoración de mi hermana, creíamos estar consiguiendo el efecto perfecto.

Un buen rato después, y ya terminado, nos paramos a observar el resultado y sonreí satisfecha.

La estampa era bonita; la mezcla de madera en los bancos y en la gran mesa, los cojines y textiles de tejidos cálidos en los puntos exactos, junto con la iluminación salpicada por las enredaderas, alrededor de la mesa y escondida en cualquier rincón, le proporcionaba un toque muy sencillo, pero a la vez inspirador, que invitaba a sentarse y disfrutar en buena compañía.

—Qué chulo ha quedado —dijo Alana a mi lado.

—Mucho —afirmé y, un par de segundos después, miré el reloj y me sobresalté—. Mierda, ¡qué tarde es! —Mi hermana se echó a reír, y yo bufé. Lo mío con el paso del tiempo no era ni medio normal.

»¡Adriel! —chillé encaminándome hacia la zona de la piscina, donde él charlaba con mi cuñado agarrando un botellín de cerveza en la mano.

Se giró y me observó extrañado por mi tono urgente.

—¿Qué ocurre?

—Tenemos que pasar por el pueblo para comprar algunas cosas y después encerrarnos en la cocina las próximas cuatro horas al menos —contesté agobiada—.

Y encima vamos a necesitar un milagro para que no me estalle la cabeza —me quejé, pues lo que había empezado siendo una molestia iba a terminar por dejarme totalmente fuera de combate.

—¿Qué queda por hacer? —se interesó Fede—. Tu hermana y yo podemos encargarnos de lo que haga falta.

Narré una lista de elaboraciones que hizo que Adriel elevase las cejas a cada mención.

—Pero ¿no éramos pocos? —se extrañó mi chico.

El padre de familia se echó a reír.

—Pobre. Aún no estás familiarizado con los festejos de esta familia. —Palmeó su espalda—. No te preocupes, mañana te enterarás, joven Padawan.

Él me miró con una ceja alzada a la vez que mi hermana llegaba hasta nosotros charlando con su hija mayor. Su marido la puso al corriente y, afortunadamente, terminamos dividiendo las tareas.

Lo agradecí, necesitaba un respiro.

Con algo más de desahogo, Adriel y yo nos dirigimos a mi apartamento.

Sonreí cuando lo vi sacar las llaves del bolsillo de su pantalón para abrir la puerta, en un gesto muy natural, pero al que todavía no terminaba de estar acostumbrada, y quizá debía estarlo, porque hacía dos semanas de lo de Alicante y prácticamente no nos habíamos separado desde entonces.

Tan solo se marchaba por las mañanas para estar con su madre, aunque en alguna ocasión yo también lo había acompañado.

Las tardes y las noches…, bueno, esas me las había reservado en exclusiva a mí y mi apartamento se había convertido en nuestro refugio y en el escenario para esos preciosos comienzos.

Y me encantaba conocerlo de esa manera.

Aún me venía la risa al recordar el momento en el que descubrí su fobia a las arañas cuando encontró una en el plato de ducha y tuve que ir a rescatarlo.

Era gracioso, algo ridículo, pero también adorable.

—Toma. —Me tendió una pastilla y un vaso de agua mientras yo rebuscaba ropa cómoda en mi armario—. Te lo tendrías que haber tomado cuando te comenzó a doler.

—Sí, papá —bromeé metiéndomela en la boca y tragando un buen buche de agua para hacerla descender por mi garganta. Él no me quitaba ojo y, cuando terminé, le tendí el vaso—. Gracias.

—¿Por qué no te acuestas un rato? Yo puedo empezar y…

Lo silencié con mis labios al acercarme a él y echarle ambos brazos por los hombros.

—Prefiero darme una ducha y despejarme —ronroneé cuando sus manos amasaron mi trasero.

—¿Me puedo meter contigo?

Lo miré divertida.

—No vamos a caber, con tanta carne a duras penas entro yo —bromeé, y él pellizcó más fuerte de la cuenta mi cachete, haciendo que me quejase.

—Seguro que se nos ocurre algo interesante que hacer con esta «carne» —me amonestó con su tono.

Besó mi cuello y me agarró de la mano, llevándome casi a rastras al baño.

Acalló con un siseo mis quejas por no haber podido coger la ropa limpia y, cuando llegamos, me sacó el jersey por los brazos desnudándome delante de él sin prisas, tomándose su tiempo.

—¿Sabías que el sexo es bueno para combatir las migrañas? —me preguntó, y asentí, no era la primera vez que lo oía, aunque sinceramente no me lo terminaba de creer del todo.

—Eso tengo entendido.

—Pues te lo corroboro —atestiguó.

—No sé si quiero conocer los detalles más íntimos de tu tesis —bromeé notando la boca seca cuando se deshizo del pantalón y su erección saltó ante mí, libre de cualquier confinamiento.

En momentos como esos agradecía que no utilizase ropa interior, hecho que aún me sorprendía, por absurdo que pudiese parecer—. Pero estoy abierta a experimentar.

Él se dio cuenta de la dirección de mis ojos y sonrió engreído.

—¿Te gusta? —Su tono me hizo sonreír.

—Mucho.

—Pues es todo tuyo.

Asentí con agrado y le miré a los ojos, relamiéndome los labios.

Su sonrisa de medio lado me desarmó y agitó mi interior justo antes de ponerme de rodillas sobre las frías baldosas del suelo del baño y disponerme a dedicarle todas las atenciones posibles con mis labios y mis manos.

En ello me encontraba cuando sentí un aguijonazo de dolor en el cuero cabelludo, fruto de haber aferrado con ímpetu sus dedos a mi pelo.

Gemí encendida cuando tiró con algo de brusquedad, presa del clímax al que le había llevado mi boca, y la leve molestia que sentí se vio recompensada por el gruñido de placer varonil que emitió en pleno éxtasis y la cadencia de su voz al pronunciar mi nombre, totalmente entregado.

—Mmm… —Me relamí tras limpiarme la boca de los restos de sus fluidos. Sus ojos me escrutaron embriagados y me puse en pie. Tras observarnos unos segundos, hablé aguantándome una sonrisa—. Pues aún no se me ha quitado el dolor, ¿eh?

Él sonrió sagaz y se dedicó durante los siguientes veinte minutos a rebajar la presión de mi cabeza, acumulando la sangre en otro punto de mi cuerpo más placentero.

Mucho más placentero.

Y, efectivamente, pude comprobar en mi propio cuerpo que su afirmación era correcta, porque un buen rato después, mientras cocinábamos juntos entre miradas cómplices e insinuaciones, no quedaba ni rastro de la molestia.

Su boca, sus manos y su cuerpo habían obrado el milagro, quizá también había ayudado el medicamento, sin embargo, prefería pensar que todo era gracias a él.

Y, enfrascados como estábamos en la cocina, unos toques en la puerta interrumpieron nuestra concentración, haciendo que soltase la espátula que tenía agarrada. Miré a Adriel con extrañeza.

—Espero que estéis visibles… —canturreó una voz conocida al otro lado que me estiró las comisuras de los labios.

Al abrir con brío me encontré a Leo con una sonrisa espléndida y una chica bastante guapa agarrada de su mano.

—¡Hola! —Lo abracé y, al separarme, lo saludé con entusiasmo y sentí la mano de Adriel en la parte baja de mi espalda—. ¿Qué haces aquí?

—¡Sorpresa! —exageró, y sonreí con ganas.

Me hacía mucha ilusión que finalmente hubiese podido venir, pues estaba invitado desde el principio, pero cuando hablé con él un par de días atrás no me dio ninguna esperanza en cuanto a su asistencia.

—¿Qué pasa, tío? Me alegro de verte a ese lado de la puerta y que esta vez yo lleve algo más de ropa encima —bromeó Leo a Adriel con complicidad mientras ambos se daban un apretón de manos—.

Chicos, os presento a Leire. —Se hizo a un lado, cediéndole el espacio y el protagonismo—.

Ella es Alicia, y él, su pareja, Adriel.

—Encantada —contestó ella mirándonos con educación.

—Igualmente. —Le sonreí—. Pasad. Estábamos picando algo de almorzar mientras cocinábamos.

—Qué raro, tú entre fogones… —bromeó Leo iniciando la marcha sin soltar a su acompañante de la mano.

Así que esa era la chica que traía de cabeza a mi mejor amigo. Interesante.

—¿Traéis el equipaje en el coche? —pregunté al apreciar que tan solo portaban un pequeño bolso femenino.

—No, lo hemos dejado en el hotel antes de venir —contestó Leo.

—¿Hotel? —inquirí extrañada, retomando la tarea que había pausado un momento antes.

Removí la salsa que reducía al fuego y que serviría de acompañamiento para la carne mechada y me centré en cerrar el hojaldre de la empanada—.

No hacía falta, os podríais haber quedado aquí, os habría cedido el apartamento con gusto.

Ya sabes que a mis sobrinas les encanta que invada su habitación.

—Lo sé, pero, después de lo que me ha costado convencer a Leire para venir, no quiero que los monstruitos la espanten si asaltan la casa en el momento menos oportuno.

Sonreí y aguanté una carcajada al observar cómo ella le alzaba una ceja, y él se mordía un labio conteniendo una sonrisa.

—Hemos colocado un cerrojo por dentro —aclaró Adriel con complicidad—. Justo después de la segunda vez que nos interrumpieron.

Leo se echó a reír mientras atacaba la nevera con familiaridad y agarraba un par de refrescos.

—¿Quieres un barquito? —le pregunté a mi chico, llevándome un trozo de pan mojado en salsa hasta los labios y saboreando con gusto.

—«Barquito», dice, si te estás comiendo el Costa Concordia, Ali… —exageró Leo, y Adriel sonrió, abriendo la boca hacia mí. Besó mi mano cuando la llevé hasta él y, acto seguido, atrapó la miga con sus labios guiñándome un ojo.

»Empalagosos —añadió Leo disimulando la palabra en medio de un carraspeo y negué con la cabeza, divertida.

—¿Te puedo ayudar en algo? —me preguntó Leire servicial, subiéndose las mangas de la blusa gris satinada que llevaba y amonestando a mi mejor amigo con la mirada.

—¡Claro!

Le expliqué brevemente lo que quedaba por hacer y pasamos el resto de la tarde metidos en la cocina la mar de entretenidos, picoteando, riendo y charlando mientras cocinábamos.

Fue un rato estupendo y en ese tiempo que traté a Leire me quedó claro que era una chica con carácter y que no se dejaba achantar por las situaciones nuevas; también que tenía a Leo comiendo de su mano y que, aunque parecía hacerse la dura, ella también estaba bastante pendiente de él y no le perdía de vista.

En un momento dado el teléfono de ella sonó y se disculpó, saliendo del apartamento para atender la llamada. Antes de cerrar la puerta la escuché saludar con cariño a la persona del otro lado de la línea.

Miré a Leo con una sonrisa radiante.

—Es un encanto… y muy guapa.

—Lo es.

—Me gusta. —Sonreí y me apoyé en la encimera secándome las manos en un trapo de cocina—. Tiene carácter y sabe cómo parar tus bromas pesadas con solo mirarte. Voy a tener que averiguar el secreto de su éxito.

Él se encogió de hombros, divertido.

—Jamás desvelaremos sus métodos para conseguirlo, pero tiene que ver con lo que sabe hacer en la intimidad.

Escuché una leve risa de Adriel.

—Qué cerdo —me quejé divertida.

—Y tú eres una malpensada, yo no he dicho nada, es todo producto de lo que tu mente calenturienta está imaginando.

Elevó un par de veces la ceja con complicidad, y negué divertida.

—¿Estáis bien? —indagué con cautela.

—Estamos, que ya es más de lo que te pude decir cuando viniste a verme a casa —se sinceró—. Es la primera vez que deja al niño con sus padres desde que se divorció y que pasamos más de dos horas juntos sin quitarnos la ropa, así que espero que eso quiera decir algo.

Sonreí con cariño y no pude evitar darle un abrazo. Sabía que en el fondo estaba agobiado con la situación, Leire parecía importarle más de lo que admitía.

—Claro que significa algo. Esa chica está loca por ti —lo animé—. Solo hay que ver cómo te mira.

—Uno, que es irresistible —se mofó devolviéndome el abrazo con afecto—. Y vosotros, ¿qué? ¿Fluye el amor o ya se os están acabando las manzanas?

Dejé escapar una carcajada y asentí observando a Adriel con complicidad.

—Hay manzanas para rato —contestó él sin dejar de observarme.

—Estamos bien —secundé yo—. Muy bien.

Y, bajo la entretenida y atenta mirada de Leo, me acerqué a mi chico y le di un beso que me supo a ilusiones compartidas y a un futuro prometedor; a segundas oportunidades y nuevos descubrimientos…

Todo ello sin pararme a pensar en ese instante que a veces el futuro puede no ser exactamente como nos lo imaginamos, y es justo en los momentos más delicados cuando hay que demostrar de qué pasta estamos hechos y qué estamos dispuestos a perder para poder llegar a ganar.