El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 36 – SORPRESA #2
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CAPÍTULO 36 – SORPRESA #2

—El último beso que nos dimos provocó que mi madre me echase un buen sermón y te aseguro que resultó algo vergonzoso a mi edad —confesó con humor haciendo referencia a la despedida que nos habíamos prodigado un par de días atrás en su puerta, donde Isabel nos había pillado cuando volvía a casa, peor que si fuésemos dos adolescentes con sobrecarga de hormonas—.

Así que esta vez prefiero preguntarte: ¿me concedes este beso, chica manzana?

—Su gesto pícaro provocó que riese con nerviosismo.

—Ven aquí.

Lo atraje hacia mí por la solapa de la americana y uní mi boca a la de él, mientras los presentes que habían seguido con interés el encuentro aplaudían y vitoreaban el momento.

Mi mente era incapaz de poner en pie lo que había ocurrido desde ese instante hasta que ambos nos encontramos en la habitación de hotel que Adriel había reservado, pero lo que sí podía asegurar sin riesgo a equivocarme era que la mirada que me dedicó cuando salí del baño, ataviada tan solo con un conjunto de lencería de lo más normal e incluso con un toque virginal, fue la más incendiaria que me habían dedicado jamás.

—Estás preciosa —admitió con la voz grave al acercarme.

—Gracias. Estoy nerviosa.

Adriel sonrió y me tendió la mano, aproximándome hacia él, que se encontraba a los pies de la cama.

—No será tu primera vez, ¿verdad? —bromeó—. Recuerdo que dijiste que no lo harías hasta los treinta, pero...

Contuve una carcajada y negué con la cabeza.

—Me temo que no, rompí mi propia promesa y he estado practicando para no llegar tan verde a este momento.

—Eso está genial. —Llevó su nariz a mi cuello y su respiración erizó todo mi cuerpo—. Me vuelve loco cómo hueles.

Gemí en respuesta, y él adelantó sus caderas hasta rozar mi cuerpo con el prominente bulto que había aumentado de tamaño en su entrepierna.

Me mordí los labios con expectación.

—¿Crees que nos va a gustar?

—¿El qué? —preguntó distraído besando mi mandíbula.

—Hacerlo juntos —aclaré—. No soportaría que no fuese así, que no hubiese química o que…

—Schss —me acalló con un beso que me supo a poco—. No te agobies, estoy casi convencido de que va a ser apoteósico y, si no es así, tenemos toda la vida para seguir intentándolo, aunque conozco una manera de responderte con total seguridad.

—¿Cuál? —Me estremecí al sentir sus labios subiendo desde mi escote hasta mi garganta.

Ronroneé.

—Haciéndolo —contestó sugerente. Suspiré y me abandoné a las sensaciones que despertaba en mí, a cómo parecía conocer cada punto erógeno de mi cuerpo y a la forma en la que su boca se contraía, apretando los labios el uno contra el otro, cuando mis manos curiosas volaban por su piel regalándonos experiencias nuevas nunca antes vividas en manos del otro.

»No puedo más —aseguró en un momento dado, con la respiración agitada y deteniendo el movimiento de mi mano sobre su erección—. Necesito estar dentro de ti, ya.

—Sí —murmuré anhelándolo.

Su tono necesitado y a la vez autoritario me volvió loca y quise grabar cada gesto, cada gruñido emitido por su garganta, pero, sobre todo, me concentré en memorizar su mirada cautivadora y vencida cuando por fin se adentró en mi cuerpo, invadiéndolo todo con su esencia y regalándome una de las experiencias más increíbles de mi vida, no porque fuese incomparable o porque me hubiese hecho cosas diferentes, sino porque estaba junto a Adriel y eso era suficiente para hacerlo sumamente especial.

Moví mis caderas sobre él, acompasando el movimiento con los avances de su pelvis que salían a mi encuentro. Sentí sus manos aferradas a mis pechos y apoyé las mías sobre las suyas, apresándolas en un férreo agarre cuando unos minutos después comencé a sentir los primeros espasmos de placer.

Gemí sin tapujos mientras el primer orgasmo me recorría, «su» primer orgasmo, pues le pertenecía por entero.

Él apretaba con fuerza la mandíbula y, cuando ralenticé mis movimientos en los últimos coletazos de placer, nos movió hasta que apoyé la espalda sobre el colchón y se situó entre mis piernas.

—Joder —gruñó con los ojos entornados, y yo sollocé en respuesta.

Y fue justo en ese momento, en el que la niebla del placer se disipaba dejando limpia mi mirada y con mi cuerpo satisfecho, pero siendo invadido certeramente por él, encendiéndolo de nuevo, cuando me di cuenta de que iba a necesitar eso cada mísero día de mi vida, porque jamás me había sentido como en aquel momento, junto a él, porque aquello era más que sexo y ambos lo sabíamos.

Arañé sus glúteos, que se contraían en cada embestida, cuando un nuevo orgasmo me comenzó a recorrer, arrastrándolo a él conmigo entre jadeos y gruñidos de éxtasis que me sonaron a canto celestial.

Adriel se dejó caer sobre mí, con nuestras respiraciones agitadas como única compañía. Acaricié su nuca húmeda con una sonrisa en los labios.

—Ha sido increíble —susurré.

—Ujum —masculló guturalmente sin resuello y elevó la cabeza.

Su sonrisa me deslumbró y enamoró un poco más, y su beso terminó de convencerme de que no podría estar en ningún lugar mejor que aquel.

Una hora después, tras el segundo asalto y aún con la respiración agitada y sus dedos recorriendo con languidez la curva de mi trasero, le hablé sintiéndome saciada y dócil.

—Espero que Leo y las seguidoras no se hayan molestado por habernos ido.

Sentí su sonrisa y me quejé cuando mordió mi nalga.

—No creo, además han vivido en directo un momento que va a hacer historia en tu canal. —Besó el lugar donde un segundo antes habían estado sus dientes—. Seguro que te perdonan por eso.

Fui consciente entonces de que, efectivamente, gracias a que Leo no había dejado de inmortalizar el momento podría revivir un millón de veces más el instante justo en el que aparecía Adriel y se declaraba ante mí.

Bueno, ante mí y delante también de unas cientos de personas más, pero eso era lo de menos, ¿no?