CAPÍTULO 36 – SORPRESA
El único fruto del amor eres tú, mi chica manzana.
Actualidad
Escuchaba el agua correr a lo lejos, aunque realmente cayese a pocos centímetros de mí, pues mis pensamientos acallaban el ruido mientras el vapor iba condensando el ambiente de toda la habitación amplia e impersonal en la que me encontraba.
Aún tenía muchas cosas que asimilar, y el propietario del cuerpo que tenía delante era consciente de ello, ya que no me había presionado desde que había invadido su casa y su intimidad, sin embargo, sabía que su paciencia tenía un límite, y yo estaba a punto de rebasarlo.
—¿Quieres que nos duchemos juntos? —Alcé una ceja—. Ya, me lo imaginaba… E intuyo que tampoco vas a dejar que lo haga en soledad y tranquilamente, ¿verdad? —preguntó resignado.
Me encogí de hombros. No quería estar sola.
—Si lo que te atormenta es que te vea desnudo, no te preocupes, no tengo intención de mirar. —Le sonreí con sorna, y él puso los ojos en blanco, soltándose la coleta y dejando la gomilla sobre el lavabo.
Me moví, apoyándome de lado en la puerta entornada mientras Leo comenzaba a quitarse la camiseta. Cerré los ojos, recordando lo que ocurrió un par de días atrás en casa de Adriel y suspiré.
No sabría decir el tiempo que pasé sumida en mis pensamientos, pero sí que habían transcurrido varios minutos a tenor de la nube de vapor que me envolvía.
El ambiente tenía un deje melancólico y dramático muy en sintonía con mis pensamientos.
—¿Te importaría ir y elegir por mí la ropa para esta noche? —me pidió con un tono de voz bastante dócil.
—No me apetece —bufé en una queja algo infantil.
—Venga, no seas vaga y mueve ese culo, que se te va a quedar aplastado de tanto estar sentada —me dijo con sorna al otro lado de la mampara—. Si llego a saber que, en vez de venir la original, ibas a enviar a la versión sedentaria y mustia de mi amiga, te recoge en la estación el vecino del cuarto.
Sonreí.
—¿Es guapo?
—Y gay.
Solté una carcajada ante su rápida respuesta.
—Estááá bieeen.
Me levanté y me adentré en el dormitorio, donde la cama se encontraba centrada en la habitación y la espalda del armario servía a la vez de cabecero de la misma, creando una pequeña zona de vestidor tras ella.
Era un piso bastante decente, aunque aún resultase un tanto impersonal. Se notaba que Leo no había dedicado demasiado tiempo a decorarlo ni a personalizarlo a su gusto, aun así, el lugar tenía potencial.
Rebusqué durante unos minutos entre las diferentes prendas, abrí algunos cajones y, justo antes de cerrar uno de ellos, algo de un tacto y un color poco apropiados para mi mejor amigo captó mi atención.
Agarré la prenda y unos minutos después, cuando él salió del aseo ataviado únicamente con un calzoncillo y el pelo húmedo, se la mostré con diversión.
—Si llego a saber que te ha dado por utilizar lencería cara, te hubiese traído otro regalo.
Él sonrió acercándose a mí, la agarró y la miró durante unos segundos, perdiéndose en sus pensamientos.
—Es de Leire. —Alcé una ceja, desconcertada—. Mi jefa.
—Con la que…
—Sí —me cortó.
—La de la momia. —Me carcajeé al recordar lo que le ocurrió a su pene después de la primera cita que tuvo con ella.
»No te rías que aún me duele al recordarlo —dijo con teatralidad al comenzar a vestirse—. Tengo que ponerte al día, han pasado… cosas.
—Soy toda oídos.
Él guardó silencio unos segundos, buscando las palabras adecuadas.
—Tiene un niño pequeño y la situación es un poco complicada.
Lo animé a continuar con un gesto, esperando más datos que pudiesen ayudarme a entenderlo, pero él parecía no querer leer mi mirada.
Iba listo si pensaba que con esa simple y escueta frase iba a quedarme satisfecha.
Necesitaba conocer los detalles de esa historia, pues intuía que tenía bastante que ver con la nostalgia que expresaban sus preciosos y profundos ojos azules.
—Continúa.
Suspiró antes de hablar.
—No está dispuesta a nada más —admitió—. Va con pies de plomo y no me deja mostrarle cómo soy más allá de entre sus piernas o en el trabajo. Sé que está muy quemada, el padre del niño fue un hijo de puta que le hizo la vida imposible y ahora le cuesta confiar, ya sabes.
—Su prioridad es el niño —resumí.
—Sí. Y follar —añadió con quemazón—. Eso también está en un lugar alto de su lista de prioridades.
Me reí comedida, y él sonrió justo cuando su teléfono comenzó a sonar indicando que tenía una llamada entrante.
Se marchó y al cabo de unos minutos regresó de nuevo al dormitorio.
Su ánimo había cambiado, se le veía intranquilo e incluso me invitó de una forma muy poco sutil a irme a la habitación de invitados, donde me había instalado al llegar el día anterior, y prácticamente me obligó a terminar de arreglarme metiéndome prisa.
—En media hora hemos quedado en el restaurante con tus seguidores y ya sabes que me gusta llegar con tiempo para preparar las cosas —me apremió cuando salía de la estancia—. Esto de estar pluriempleado te lo voy a cobrar. —Escuché que se quejaba.
Sonreí mientras me marchaba a cumplir con su mandato, agradeciendo que hubiese pensado en todo.
Él sabía que la situación con el canal no estaba siendo fácil debido a lo ocurrido con Adriel, por lo que había cogido las riendas desde que llegué, tal y como había hecho muchas otras veces en el pasado.
Aunque ya me había adaptado —más o menos— a los cambios desde que él se marchó, admitía que lo había echado de menos. Los años de experiencias compartidas pesaban bastante en comparación con el caos que reinaba en mi vida laboral en ese momento.
Achaqué el despiste que mostró durante buena parte de la noche, y la continua atención al teléfono que me estaba poniendo de los nervios, a Leire y a la enrevesada historia que se traían entre manos.
No era normal ese misterio que parecía envolverlo, y que le quitase importancia cada vez que le preguntaba, cambiando de tema de una forma poco sutil, me tenía con la mosca detrás de la oreja.
Sin embargo, estaba equivocada y no tardaría en conocer el verdadero motivo de tanta rareza, de hecho, estaba a punto de descubrirlo.
Me encontraba charlando con las dos seguidoras con las que estábamos grabando la sección para el vídeo mensual, a la vez que comíamos, cuando me percaté de que las voces en el restaurante habían bajado de intensidad hasta prácticamente cesar.
Atisbé las miradas de algunas personas puestas en algún punto por detrás de mí y observé extrañada a Leo mientras él se asomaba por detrás del objetivo. Mi amigo se limitó a guiñarme un ojo, sonreír y señalarme algo con la cabeza sin dejar de grabar, animándome a que me girase.
—¿Qué pasa? —murmuré mientras lo hacía y perdí el hilo de mis pensamientos en una milésima de segundo.
En ese momento entendí muchas cosas.
Todas las cosas, de hecho.
Porque lo que había vivido un par de días atrás cobró un nuevo sentido.
La manera en la que Adriel se sinceró volvió a mi mente, recreándolo mientras me explicaba que el sentimiento que le había confesado era recíproco, pero que no se quería conformar solo con palabras, pues necesitaba demostrármelo con hechos, ya que era lo mínimo que me merecía tras lo que sufrí por su culpa desde que nos reencontramos.
El resultado de esos «hechos» se había materializado ante mí, sorprendiéndome y derritiendo lo poco que quedaba de mi cordura.
Y estaba a punto de echarme a llorar como una niña pequeña.
El mismísimo Adriel —aunque bastante irreconocible— lucía en el centro de todas las mesas llamando la atención de todo el restaurante, ataviado con un traje de chaqueta que le sentaba como un guante; una barba casi inexistente, y su pelo, antaño despeinado y con mechones que apuntaban hacia todas las direcciones, relucía engominado y echado hacia atrás en un peinado que no encajaba demasiado con la imagen que tenía de él, pero sí con la seriedad de su atuendo.
Apreté mis labios, nerviosa y francamente sorprendida, y me volví hacia Leo durante un segundo, atando cabos y sabiendo que él había sido su cómplice, a tenor de la sonrisa que mostraba y las negaciones divertidas de su cabeza.
Cuando centré mis ojos de nuevo en Adriel, él me miraba con intensidad, aunque también con un poco de incertidumbre.
Recaí entonces en un detalle que antes me había pasado desapercibido.
Dejé escapar una leve carcajada emocionada al darme cuenta de lo que agarraba en sus manos: un enorme y precioso ramo de manzanas rojas con algunas ramitas verdes y florecillas blancas intercaladas entre sí —que debía de pesar al menos una tonelada— y que esperaba, al igual que su dueño, a que yo mostrase algún signo de aceptación para continuar avanzando.
Me levanté, ajena al cuchicheo de nuestro alrededor, y le sonreí emocionada cuando caminó hacia mí.
—Hola —me dijo y atisbé el nerviosismo en su gesto.
—Hola. —No podía dejar de sonreír—. ¿Es para mí?
Asintió y me lo tendió.
Cuando nuestras manos se rozaron me mordí el labio, alterada.
—Espero que no te haya molestado la interrupción.
Me dedicó una sonrisa de medio lado y llevó la vista unos segundos a la mesa. Capté su inclinación de cabeza a modo de agradecimiento y cómo Leo le guiñaba un ojo sin perder detalle de la escena.
—En absoluto —reconocí—. ¿Y esto?
Supo que me refería a todo y a la vez a nada en particular.
—Me he dado cuenta de que, cuando algo merece la pena, no importan los miedos y las reticencias… o la timidez por hacer gestos grandilocuentes. —Sonreímos cómplices—. Y tú mereces mucho la pena.
—¡Queremos ver el anillo! —chilló una voz varonil en algún lugar del local y se escucharon varias risas.
Miré a Adriel, asustada, y él negó divertido con la cabeza.
—Estoy loco por ti, pero no voy a hacerlo —susurró en un tono que solo yo pude escuchar—. Aún —añadió pícaro.
—Adriel… —lo reñí nerviosa.
—Me he pasado quince años separado de ti y me ha bastado tan solo un segundo de volver a perderme en tus ojos para saber que ya no podría alejarme de nuevo —murmuró acercándose a mí y agarrando mi mano—. No puedo perderte otra vez, Alicia.
—Yo tampoco —me sinceré emocionada.