El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 35 – FUE BONITO #2
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CAPÍTULO 35 – FUE BONITO #2

—La verdad es que no —reconoció—. A ella siempre le dio igual, y a mí me terminaba reconcomiendo.

—Di un sorbo al café, y él continuó vomitando todo lo que tenía dentro—.

Carla siempre ha sido una mujer que ha querido llamar la atención, todo lo contrario a mí, que me gusta pasar desapercibido.

—Sonreí admitiendo la verdad de sus palabras—.

Puede parecerte absurdo, pero al principio la comparaba contigo.

Alcé las cejas con interés.

—No puedes hablar en serio —dije con una sonrisa enternecida.

—Sé que hacía mucho tiempo que tú y yo estuvimos juntos, pero tú fuiste la única relación como tal que había tenido e imagino que te utilizaba de referencia. Hasta que conocí a Carla tan solo tenía encuentros superficiales y sin ningún tipo de compromiso de por medio.

—Entiendo. —Me mordí la lengua al asaltarme una pregunta a la que no quise ponerle voz.

—¿Qué?

—Nada.

Me miró suspicaz.

—Habla. Te conozco y sé que te mueres por decirme algo.

—¿A qué edad perdiste la virginidad?

Si mi pregunta le sorprendió, no lo demostró.

Sonrió antes de contestarme.

—El verano en el que me dejaste. —Abrí los ojos, asombrada, y él contrajo el gesto contrito—.

No es nada nuevo lo de que suelo cagarla cuando me cabreo y por aquel entonces estaba bastante molesto por lo que había ocurrido entre nosotros.

—Adriel continuó narrándome cómo se sintió cuando, siendo un crío, una chica espontánea, soñadora y preciosa le tocó como compañera de mesa en las clases de Matemáticas.

Yo ya conocía esa historia, aunque desde el otro punto de vista, claro, ya que esa adolescente a la que hacía referencia no era otra que yo misma.

»No puedo explicarte cómo, pero cuando me mirabas tenía la sensación de que podía comerme el mundo y la única vez que he sentido algo parecido desde entonces fue cuando mi madre me mandó a Madrid a estudiar a casa de mis tíos —explicó ante mi atento escrutinio—.

No fue fácil adaptarme al cambio y echaba mucho de menos a mi madre, a Dara y a vosotros —dijo haciendo referencia al grupo de amigos—.

Aun así, estaba pletórico por vivir la experiencia y poco a poco me fui olvidando de todo lo demás.

Ya te expliqué que con Carla llegué a un punto de comodidad y estabilidad que me hacía no querer darle demasiadas vueltas a si era feliz o no, tan solo me conformaba con lo que tenía, a pesar de que sabía que ella no era la mujer de mi vida.

—Preferías lo malo conocido —resumí.

—Exacto. Por eso cuando me echaba en cara que no hacía cosas grandilocuentes por nuestra relación, que no era detallista y todas esas cosas que no me nacían en absoluto, me ponía a la defensiva y acabábamos como siempre: yo reprochándole lo volcada que estaba en su trabajo y la falta de sexo entre nosotros, y ella atacándome y diciéndome que jugar a videojuegos era cosa de niños y que eso no era un trabajo de verdad.

—Supe cómo debía de haberse sentido Adriel cuando ella le decía esas cosas, pues a veces yo me sentía igual con el canal.

Comprendía lo que era que alguien menospreciase tu trabajo.

»Llegué a tal punto de impotencia mental que hasta acepté un puesto de informático en su empresa para no escuchar más sus reproches —expuso—.

Obviamente, no duré más de dos meses y ya te puedes hacer una idea de la bronca que tuvimos cuando lo dejé.

Fue monumental. Se pasó semanas recriminándome lo que hice y diciéndome que la había dejado con el culo al aire después de haber dado la cara por mí, cosa que yo no le pedí que hiciera —aclaró.

—Bueno, quizá sí que la dejaste en mal lugar —reconocí.

—Ya te dije que yo también había cometido errores —se excusó—. A partir de entonces todo fue de mal en peor. Fue ahí cuando Carla comenzó a acostarse con Julio.

—¿Te lo ha reconocido ella?

Asintió.

—Llevábamos meses sin tener relaciones y cuando lo hacíamos no era nada reseñable.

La cosa estaba tan jodida que más de una vez llegó a pillarme en el baño.

—Elevé ambas cejas—. Sí, justo lo que estás pensando.

—Aguanté una carcajada por su gesto elocuente.

Estaba cómoda con él, me gustaba que se abriese así a mí, compartiendo sus pensamientos y vivencias, y si bien la tensión sobre qué pasaría entre nosotros a partir de ese momento aún continuaba allí, aunque todavía no había olvidado del todo el último mes, el ambiente se había relajado hasta tal punto que incluso estaba disfrutando de ese instante.

»No me siento orgulloso de haber utilizado la enfermedad de mi madre para volver a Costa Serena, pero ya no podía más con todo aquello.

Nuestra historia tenía los días contados, y ambos éramos conscientes, a pesar de que ninguno de los dos terminaba de decidirse a dar el primer paso —expresó—.

Y después llegó todo lo que ya conoces y has vivido y, cuando parecía que las cosas empezaban a encajar, volví a cagarla.

—No la has cagado —dije, y él alzó una ceja—. Vale, sí que lo has hecho, pero solo por haberme dejado al margen de lo que pasaba —admití—. ¿Qué creías que iba a ocurrir? ¿Que me iba a enfadar porque fueses a cuidarla?

—Sí.

—Pues no —negué susceptible ante su gesto circunspecto—.

Me hubiese chocado, no te lo discuto, aun así, lo habría comprendido.

De hecho, lo entiendo y me parece un gesto muy humano por tu parte haber cuidado de ella en un momento tan difícil.

Quizá la Alicia del pasado se habría muerto de angustia al hacer comparaciones para nada agradables, pero yo ya no soy así, Adriel. No me permito ser así.

—No tendrías por qué comparar nada.

—Y no lo hago, he trabajado mucho en ello.

En el pasado el sentimiento de inferioridad era superior a mí.

Fue eso lo que provocó que cortase contigo —confesé—.

Me dio miedo imaginar que, mientras yo estaba en el pueblo con mis abuelos aquel verano, tú encontrases a otra chica mejor que yo y, al volver, me rompieses el corazón.

—¿Me estás hablando en serio? —Asentí—. Tenías miedo de que me fuese con otra y me dejaste, ¿provocando exactamente lo que temías?

—Era solo una niña llena de inseguridades, y tú tampoco es que luchases mucho en ese momento ni después diste signos de querer volver a intentarlo al comenzar el curso.

—Estaba loco por ti.

—Pero eso solo lo sabías tú. —Le sonreí.

—Te lo puse en el anuario.

—Vamos, Adriel. En esa época siempre eras así de intenso, ¿de verdad pretendías que me tomase en serio una frase escrita el último día de clase, cuando el resto del curso no habías dado ni una sola muestra de nada?

Él se rio con resignación.

—Menudos gilipollas estábamos hechos.

—Éramos niños —sinteticé—. Siempre tuve un dulce y platónico recuerdo de lo que fuimos y de lo que sentía por ti entonces.

—Fue bonito.

—Lo fue y en este momento es… diferente —admití con cuidado—. Cuando volví a verte, ahora que he conocido tu versión adulta, estos nuevos sentimientos se han unido a los recuerdos del pasado y se han hecho más fuertes.

—Alicia…

Su voz sonó como un lamento, y yo lo miré aguantándome las ganas, antes de dar un paso más necesitaba saber dónde nos encontrábamos exactamente.

No pensaba saltar al vacío sin antes asegurarme de que tenía bien colocado el equipo de seguridad, pues, aunque luego podía romperse la cuerda en el salto y estrellarme, al menos tenía más probabilidades de no morir en el intento.

—Adriel, necesito saberlo.

—¿El qué?

—Antes de continuar motivando y avivando lo que me haces sentir, tengo que saber si estamos en el mismo punto o soy yo la única que necesita más de todo lo que podamos construir juntos.

Ya estaba, lo había soltado y había puesto toda la carne en el asador.

La jugada podía salirme bien o dejarme reducida a cenizas, sin embargo, prefería saberlo de antemano antes de permitir que los insectos alados que tenía amordazados en una esquina del estómago retomasen el vuelo.