El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 35 – FUE BONITO
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CAPÍTULO 35 – FUE BONITO

¿Te imaginas volver a intentarlo y que esta vez salga bien?

Actualidad

Lo miré con el ánimo por los suelos, queriendo zanjar aquello para bien o para mal, como fuese, pero en aquel mismo momento.

—¿A qué has venido, Adriel? ¿Por qué has vuelto a Costa Serena?

—Para quedarme —aseguró—. Siempre y cuando tú quieras, claro. Necesito explicarte muchas cosas.

Suspiró buscando las palabras y, sin darme tiempo a responder a su pregunta, comenzó a narrarme cómo, la noche del último día que nos vimos, tuvo una discusión bastante fuerte con su hermana, aquella pelea que ya me había mencionado Dara.

—No pude soportar que hablase mal de ti —reconoció—.

Me puse hecho un energúmeno, y ella se echó a reír diciéndome que la historia se iba a repetir, que ya lo sabía desde hacía mucho tiempo.

En ese momento no entendía nada de lo que me estaba diciendo; no comprendía por qué siempre había actuado así cuando salías en alguna conversación o aparecías por casa, por qué tenía ese odio hacia ti y todo lo que tuviese que ver contigo.

—Asentí, teniendo curiosidad por saber finalmente el motivo de aquella animadversión hacia mí.

»Hasta esa noche no supe que mi hermana se había reencontrado a escondidas con mi padre unos meses después de que este se marchase de casa —reconoció con voz atormentada—.

Entre otras lindezas que no voy a repetir, le dijo que se fuese acostumbrando, ya que los hombres eran así, que mientras antes lo supiese mejor.

Y no solo eso, sino que le metió en la cabeza que yo no tardaría en ir tras «algún coñito» que lo separaría de ellas, dejándolas solas como hizo él.

—Me miró indignado y triste a la vez—. Era su hija y tan solo era una niña, Alicia.

—Es horrible —admití—, pero sigo sin…

—Mi hermana siempre ha sabido lo que sentía por ti —me cortó mirándome con intensidad—.

Fuiste la primera chica en la que me fijé, siempre he estado enamorado de ti.

Llegaba de clase y solo sabía nombrarte, solía tener muy buena comunicación con mi madre en aquella época y le contaba lo que pasaba entre nosotros.

Mi hermana simplemente ató cabos y creyó que lo que mi padre le había dicho se haría realidad, canalizando en ti todos sus miedos y entendiendo que serías la que me apartaría de su lado.

Tragué saliva, realmente afectada, no tanto por la historia en sí, sino por su afirmación.

«Siempre he estado enamorado de ti».

«Siempre he estado enamorado de ti».

La frase se repetía una y otra vez en mi mente.

—Pero éramos unos niños —objeté serenándome—. Yo nunca habría hecho algo así, jamás te habría separado de ellas. Para mí la familia es lo más importante.

—Lo sé. Ya lo sé, pero ella no te conocía y estaba asustada, tan solo creyó que perdería a otro miembro de su familia y actuó en consecuencia, aunque eso no quita que lo haya llevado demasiado lejos.

Ya no es una niña, es una mujer adulta que ha continuado alimentando el odio por alguien que no lo ha merecido jamás, y eso es lo que intenté hacerle ver, reconozco que no con las mejores formas, la verdad —añadió.

Me mordí los labios intentando darle sentido a sus palabras, tratando de ponerme en el lugar de Dara y comprender sus motivaciones.

No me hizo falta pensarlo mucho para conseguirlo, aunque no por ello me dolía menos la situación.

»Mi madre nos escuchó discutir —continuó—.

Le dije cosas muy duras a mi hermana y no pude ni mirarla a los ojos cuando llegó hasta nosotros con dificultad y la cara descompuesta.

—Agarré su mano transmitiéndole confianza, y él me sonrió con un halo de tristeza en sus ojos—.

No pude pegar ojo, quería ir a tu casa y refugiarme en ti —admitió—, pero cuando reuní el valor para hacerlo…

—Te encontraste con Leo —terminé por él.

—Sí.

—Deberías haber entrado, haberme despertado o incluso haberme llamado en ese mismo momento. Yo habría estado ahí para ti. Apenas pude dormir esa noche, solo le daba vueltas a que no era capaz de localizarte y me podían los nervios por saber que todo estaba bien.

—Imagino que no he dejado de ser un cobarde —convino—.

Además, estaba cabreado, sobre todo conmigo mismo y, siendo sincero, lo que menos me esperaba era encontrármelo en tu apartamento en ropa interior.

Comprende que no lo hiciera, ya venía tocado y, después de eso, tan solo quería desaparecer y dejar de imaginaros juntos en la cama.

—¿Hablas en serio? ¿Con Leo? —Alcé las cejas, confundida—. Ya te dije que entre nosotros no hay nada, solo es un amigo, es parte de mi familia. Y durmió en el sofá.

Sonrió tras escuchar mi aclaración y elevó los hombros en señal de resignación.

—No pude controlarlo —continuó sincerándose—.

Ya te dije que nunca he sido celoso y ese sentimiento tan devastador que se me agarró a las entrañas me cogió desprevenido.

No supe cómo actuar y empeoró con lo que vino después, pues cuando aún estaba de camino a casa de mi madre me sonó el teléfono.

Al principio creí que eras tú, pero cuando comprobé la pantalla, absurdamente ilusionado, vi que era un número desconocido.

No me extrañó, a veces me llaman así para algún trabajo, sin embargo, no era ningún encargo, sino la policía.

Le miré con alarma.

—Carla tuvo un accidente de moto. Aún me tenía como contacto de emergencia en su teléfono —explicó con seriedad—.

Me dijeron que se la habían llevado al hospital y que su estado era grave.

Ni me lo pensé, Alicia. —Sus ojos se encontraron con los míos y no vi arrepentimiento en ellos—.

Tan solo conduje hasta Madrid sin haber cogido ni una mísera camiseta limpia, llevando únicamente conmigo la cartera y el teléfono.

—Madre mía.

—Después de lo que me había hecho, no dudé —repitió y parecía que no terminaba de creerse su reacción.

Comprendía que hubiese acudido, era una situación crítica y era lógico e incluso le honraba el gesto, pero en el fondo me escocía escuchar que no dudó en ir hasta allí por ella, y me asusté.

¿En qué clase de persona me había convertido? En una horrible, sin duda.

—Cuando llegué al hospital la situación se descontroló.  —Se mantuvo en silencio y me miró contenido antes de soltar la bomba—. Carla está embarazada. —El proyectil impactó con fuerza y me sorprendí unos segundos después con la respiración contenida.

»Fue un milagro que no perdiese al bebé mientras luchaba por su propia vida. Tenía varios huesos rotos, magulladuras y una contusión bastante fuerte en la cabeza, pero los médicos dijeron que saldrían adelante.

Joder. Aún no podía creerlo. Continuaba escuchando a Adriel hablando, aun así, apenas era capaz de prestarle atención. ¿Carla estaba embarazada?

—El bebé…

Sus ojos me escrutaron y, al entender mis miedos, me respondió tajante.

—No, Alicia. No es mío —aclaró para mi más absoluta tranquilidad, pues de haberlo sido habría anulado cualquier posibilidad de un «nosotros».

Cogí aire con ímpetu y sentí cómo me hormigueaban las manos que había tenido apretadas con fuerza—.

Las fechas no coinciden y además siempre utilicé protección cuando estuve con ella.

Julio es el padre. ¿Te acuerdas de la historia con su jefe? —Asentí conmocionada.

»El muy hijo de puta se presentó en el hospital y cuando se enteró del embarazo se quitó del medio y la dejó tirada. Eso sí, antes de marcharse tuvo que escuchar algunas cosas que no quería dejar de decirle.

—Vaya.

No sabía qué decir, aún tenía que procesar demasiada información para poder hilar una frase coherente.

—Sé que Carla hizo muchas cosas mal en nuestra relación, aun así, estaba sola en una situación difícil, apenas le queda familia y no pude volverme sin más, dejándola en aquel estado —reconoció—.

Te juro que no quería alejarme de ti de esa manera.

Tampoco era algo fácil de explicar por un mensaje.

Me quise convencer de que tan solo sería cuestión de un par de días, de que regresaría y te lo aclararía, pero el tiempo pasaba y eso tan solo hizo que todo empeorase.

—Podrías haberme llamado.

—Necesitaba estar delante de ti para que vieses con tus propios ojos que no había nada oculto tras mis palabras. —Agarró una de mis manos y la estrechó entre las suyas—. No quería estropear más las cosas entre nosotros.

¿Era posible que todo aquello hubiese pasado? ¿Que Adriel de verdad hubiese vuelto a Costa Serena para quedarse a mi lado?

La simple idea me provocó una pequeña sonrisa que nació en la comisura de mis labios. Él, que me observaba, me devolvió el gesto y acarició mi mejilla.

—No saber nada me ha hecho daño —admití—.

No vuelvas a desaparecer, Adriel. No te estoy diciendo que tengas que pedirme permiso, pero sí que compartas conmigo tus planes y no des por hecho cómo voy a sentirme o a pensar ante determinadas situaciones.

Prefiero saberlo, aunque me duela, estar así ha sido horrible.

Asintió, prometiéndome que así lo haría. Aún tenía cosas dentro que quería compartir conmigo, por lo que, alargando su ejercicio de sinceridad, continuó:

—En estos días hemos hablado sobre nuestra relación, esta vez como dos adultos conscientes de los errores que han cometido —aclaró—. Aquello se había convertido en algo tóxico y solo sabíamos hacernos daño.

—Bueno, ella te engañó a ti —le recordé—, no tú a ella.

Técnicamente era así, aunque ambos sabíamos que había tentado demasiado a la suerte conmigo.

—Lo sé. Yo no fui un santo y también hice cosas mal, ya lo sabes —admitió—.

Carla estaba obsesionada con Julio y me engañó, y yo pagué mi frustración por todo lo que sentía de otras maneras.

—Alcé las cejas con curiosidad—. No me enorgullece admitir que utilizaba su dinero sin ningún reparo y que malgastaba de manera intencionada.

—¿Y te sirvió de algo hacerlo? ¿Solucionó la situación o te hizo sentir mejor?