El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 34 – ¿EXPLICACIONES O EXCUSAS?
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CAPÍTULO 34 – ¿EXPLICACIONES O EXCUSAS?

No siempre pensar mal es acertar.

Actualidad

Había tomado la decisión de ir esa mañana a casa de Isabel para llevarle el detalle que le había comprado como regalo de Navidad.

Se trataba de una tontería sin importancia ni demasiado valor, había leído que moldear con plastilina podía ayudarla a sobrellevar el problema de sus manos y, junto con tres de mis sobrinas, le habíamos comprado varios paquetes de los colores que ellas mismas habían elegido.

Esperé más de lo debido a dárselo con la esperanza de hacerlo uno de los días en los que fuese a visitar a su hijo, sin embargo, como él no hacía acto de presencia desde hacía casi un mes, y me había resignado a que, a esas alturas, probablemente no volvería, no quería posponerlo más.

Y sí, decidí ir por la mañana para así evitar cruzarme con Dara, pues, aunque la última vez que nos vimos sentí que estaba menos tirante conmigo, no quería tentar a la suerte.

Pero precisamente esta no estuvo de mi parte, porque cuando llegué a la puerta nadie contestó ninguna de las veces que toqué el timbre o llamé con los nudillos sobre la madera.

Entendí entonces que Isabel estaría en casa de alguna amiga, ya que su hija no la habría querido dejar sola ahora que volvía a estar ella únicamente bajo su cuidado.

Miré con resignación la bolsa que colgaba de mi mano izquierda, aguantándome las ganas de llorar porque el mundo parecía haberse confabulado últimamente en mi contra. Me giré dispuesta a marcharme y, justo cuando lo hacía, una visión me detuvo en el acto.

Parpadeé con fuerza sin dejar de observar fijamente el otro extremo de la calle, donde una figura totalmente ajena a mi presencia sacaba un par de bolsas de un coche rojo.

«Su» coche rojo.

No me lo podía creer.

Al cerrar el maletero, Adriel se giró y fue entonces cuando sus ojos se clavaron en los míos, deteniendo su avance abruptamente. Parecía tan sorprendido como yo.

Nos mantuvimos la mirada durante unos segundos y al sentir la fuerza de su escrutinio supe que no estaba soñando, pero también entendí que no podía continuar allí.

Sentía que iba a romperme de un momento a otro, me temblaban las piernas y la barbilla, y no quería derrumbarme delante de él. No se lo merecía.

Dejé caer la bolsa que aún agarraba y eché a correr con todas mis fuerzas, como si aquella carrera tuviese como meta mi propia salvación.

No quise pararme a pensar en lo que hacía, solo era consciente de que no podía más, de que no quería que nuestro reencuentro fuese así, cargado de lágrimas y del reproche que me invadía por dentro.

No podía más.

Había logrado avanzar unos metros sin mirar atrás. Quizá si lo hubiese hecho me habría percatado de que Adriel estaba a punto de alcanzarme y no me habría sobresaltado tanto al notar su fuerte agarre en mi antebrazo, tirando de mí para detenerme.

—¡Para! —bramó sin resuello cuando forcejeé para soltarme—. Alicia, ¡para, joder!

Me detuve y me encaré con él, con el rostro surcado de lágrimas que ya no podía ni quería retener.

—Déjame, Adriel.

—No —negó rotundo recuperando la respiración—.

No te vayas. —Mis ojos se entrecerraron analizando su frase, queriendo escupirle que yo tampoco quise que él se marchase semanas atrás y, sin embargo, él no había tenido en cuenta mis necesidades o deseos, y no solo eso, sino que durante todo ese tiempo no me había dado ni un triste motivo al que agarrarme, por nimio que fuese—. Por favor —rogó en un tono más suave.

Negué con la cabeza aguantando el sollozo que me ardía en la garganta, pero cuando un segundo después sus brazos rodearon mi cuerpo y sus manos acariciaron mi pelo me abandoné contra su pecho.

Lloré y no me importó estar en medio de la calle donde cualquier persona pudiese vernos. Ya todo me daba igual porque estaba a su lado y a la vez me dolía que estuviese calmando mi dolor, pues lo había provocado él mismo con su ausencia y su falta de comunicación.

Pasaron un par de minutos cuando, algo más tranquila, aprecié que besaba mi cabeza y capté sobre mi mejilla la vibración ronca de su voz al traspasar su pecho.

—Lo siento.

Respiré hondo y negué con los ojos cerrados.

—No… No me sirve, Adriel —contesté serena, pero rotunda—. Un «lo siento» no es suficiente.

—No me digas eso —imploró con gravedad y cuando lo observé detenidamente, apartándome un poco de él, pude apreciar el cambio físico que mostraba.

Estaba un poco más delgado, una sombra oscurecía la parte baja de sus ojos y su aspecto, habitualmente desaliñado, ya no solo parecía ser el resultado del poco interés que ponía en su imagen, sino de algo más.

¿Dónde había estado? ¿Qué había hecho para estar así?

—¿Por qué te fuiste?

Observé su nuez subir y bajar al tragar saliva.

—Ven a casa. Tenemos que hablar —pronunció agarrando en un puño invisible mis entrañas.

Mi primer impulso fue negarme. Me había aleccionado concienzudamente a mí misma, pues no quería ir tras él como un perrito faldero cuando regresase.

Adriel tenía que ganarse mi perdón, si es que aún le importaba y seguía teniendo interés en que aquello que había surgido entre nosotros llegase a buen puerto, sin embargo, algo en su mirada me hizo asentir y seguirle en silencio.

Yo también necesitaba saber qué había ocurrido, dónde había estado y por qué, qué le había tenido apartado de mí y, si aún consideraba la posibilidad de estar conmigo, exigirle que no volviese a tenerme en vilo como lo había hecho y no solo a mí, sino a su familia también.

Jamás quería volver a sentirme abandonada de aquella manera.

El enfado y la alegría se disputaban una lucha encarnizada en mi mente; lo necesitaba a mi lado y eso entorpecía mis ganas de hacerme la difícil.

Entramos sin pronunciar palabra y dejó su escueto y rudo equipaje de cualquier manera en el recibidor. Juntos accedimos al salón y me invitó a sentarme mientras él se marchaba a la cocina y volvía con un par de cafés unos minutos después.

Me mordí los labios al divisar la espuma en el mío y la cucharilla larga. No había olvidado cómo me gustaba, pero yo tampoco debía olvidar lo mal que lo había pasado en las últimas semanas.

«Céntrate, Alicia. Que no te gane con un café, no se lo pongas tan fácil», me dije y me obligué a recordar la cantidad de noches que me había quedado durmiendo mientras mis lágrimas mojaban la almohada.

Rememoré la incertidumbre de no saber por qué se había marchado y si hubiese podido hacer algo por impedirlo, la angustia de volver a sentirme insegura y con mi felicidad a la merced de otra persona…

Y sentí cómo el enfado ganaba la batalla y me erguí en el sofá.

—¿Y bien? —pregunté cuando se me quedó mirando unos segundos que se me antojaron interminables—. ¿De qué quieres hablar?

—Es tan largo que no sé por dónde empezar.

—No me vengas con esas, por favor. —Era consciente de que estaba perdiendo la paciencia debido a su falsa serenidad—.

Creo que al menos merezco una explicación coherente y no unas cuantas frases hechas como esas.

No me insultes de esa manera, Adriel. Demuéstrame que tienes sangre en las venas y que lo nuestro te importa.

—Tranquilízate, por favor.

Me reí incrédula.

—¿Que me tranquilice? —estallé—. ¡No puedo, Adriel!

No puedo tranquilizarme así como así. Me he llevado casi un mes esperando saber por qué, después de sincerarnos y admitir nuestros sentimientos y miedos, después de compartir un momento tan especial e íntimo como el de aquella mañana, desapareciste del mapa sin darme una mísera explicación, y ¿sabes qué es lo peor de todo?

Que llegados a algún punto indeterminado en este tiempo, ya me daba igual que me dieses explicaciones o simples excusas a las que poder agarrarme, así de patética soy.

—No digas eso.

—Claro que lo digo.

Sus ojos me miraron suplicantes, y respiré hondo intentando serenarme, pues tampoco quería que aquello se convirtiese en una batalla campal.

—Aclárame, por favor, a qué venían los mensajitos en el espejo, las frases sacadas del anuario cuando te creías que estaba dormida, los besos…

¿Es que esto ha sido una especie de juego para ti?

¿Era eso, Adriel? ¿Un pasatiempo para matar los ratos muertos en el pueblo y el vacío que había dejado Carla?

—Claro que no —contestó serio.

Me quedé mirándolo, esperando algo más por su parte, pero, al ver que iba a tener que sonsacarle cada una de sus palabras, suspiré derrotada y me apreté los lagrimales con los dedos índices.

Necesitaba comprenderlo y a la vez quería castigarlo por lo que me había hecho pasar desde que nos habíamos reencontrado, sintiendo que vivía en una eterna montaña rusa con tantas subidas y bajadas.

Sin embargo, él se mantuvo en silencio y ese gesto terminó con la poca esperanza que quedaba en mí, porque pensé mal y creí que su actitud era el claro indicativo de que no pretendía luchar por nosotros.

¿Y el dicho de «piensa mal y acertarás» no declaraba eso expresamente?