El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 33 – COMPAÑÍAS
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CAPÍTULO 33 – COMPAÑÍAS

Estar rodeada de gente, pero seguir sintiéndome sola, es la evidencia de la falta que me haces.

Actualidad

Estaban siendo unas Navidades diferentes.

Disfrutaba de Leo y de su compañía sabiendo que en breve volvería a abandonarme, pero me había prometido a mí misma no caer de nuevo en el estado melancólico y deprimente de la primera vez.

No estaba dispuesta a pasarlo tan mal como meses atrás, por lo que, aprovechando que aún tenía que comprar algunos regalos de Reyes, le había embaucado para que me acompañase al centro comercial y así exprimir sus últimas horas a mi lado haciendo algo diferente.

Él aceptó y se comportaba como siempre mientras lo mareaba entre una tienda y otra, aunque no había podido evitar sentir que algo le ocurría y que, muy a mi pesar, intentaba ocultármelo.

Percibía que disfrazaba con sonrisas los momentos en los que se le quedaba la vista un poco nublada y que sonreía con fingida despreocupación cuando esquivaba preguntas más comprometedoras.

—¿Eres feliz en Alicante? —le solté sin rodeos cuando nos sentamos en un banco, cerca de un puesto de buñuelos que impregnaba con su olor dulzón todo el lugar.

A nuestro lado, apoyadas en el suelo, descansaban algunas bolsas de diferentes establecimientos.

—Claro —me contestó con la boca llena de chocolate. Se tomó unos segundos para masticar y tragar el trozo de masa antes de volver a hablar—. ¿Por qué me lo preguntas?

—Sé que pasa algo, aunque no me lo quieras contar.

Sus ojos me respondieron por él, y no quise forzarlo, pero su mirada me había dado la razón en mis suposiciones.

Un par de minutos y un buñuelo después retomé la conversación.

—Este año cumplo treinta. —El apretón cariñoso de su mano en mi muslo, agradeciéndome el cambio de tema, me hizo sonreír—. Desde hace unos meses tengo la manía de echar la vista atrás y recordar muchas cosas que dije, hice o pensé en el pasado, como dónde estaría con esta edad.

—Puede que esa «manía» que dices que tienes —indicó e hizo el gesto de comillas con los dedos de su mano libre— coincida con el regreso de cierta persona a Costa Serena, ¿me equivoco?

Le sonreí, y él volvió a llenar su boca, animándome a continuar.

—Me sorprende que hace años tuviera unas perspectivas de mi futuro mucho más claras de las que tengo ahora mismo —reconocí, y él elevó una ceja en señal de pregunta—. Siempre pensé que no tendría sexo hasta los treinta. —Leo dejó ir una carcajada—. Te ríes como una foca con epilepsia.

—Así son las risas más sinceras —contestó.

—Pues no te cachondees que hablo en serio —me quejé divertida—. Vale, obviemos que me salté mi propia norma bastante antes, pero siempre creí que, llegados a este punto, tendría más claras las partes importantes de la vida de un adulto y habría tachado más cosas de mi lista.

—¿Como qué? Porque si hablas de lo de París…

Compartimos una sonrisa cariñosa y me fue imposible no emocionarme recordando la historia a la que estaba haciendo referencia y cómo, en mi veintidós cumpleaños, mi abuela me regaló su bien más preciado: su vestido de novia.

La prenda me había tenido enamorada desde que tenía uso de razón y siendo una niña contemplaba las fotos que adornaban su salón, donde una pareja joven y sonriente era retratada e inmortalizada en blanco y negro; se trataba de mis abuelos.

Cuando ella tenía también veintidós años, la joven actriz de moda Audrey Hepburn había lucido en la gala de los Óscar un precioso y delicado vestido de encaje y tirantes, con falda de vuelo por debajo de la rodilla y cintura ceñida, obra del diseñador Givenchy.

La prenda había atraído la atención de todas las mujeres de la época, y mi abuela decidió utilizar cada ahorro que había ido guardando de todos sus trabajos como costurera —dinero que iba a invertir en su sueño de viajar a París— en comprar la costosísima tela, calculada al milímetro, pues no podía desperdiciar ni un solo hilo, y coser ella misma la prenda que ahora descansaba en el vestidor de mi hermana en una bolsa de conservación.

Leo conocía la historia y también la promesa que le había hecho a ella de que, cuando cumpliese treinta años, iríamos juntas a París y me pondría el vestido en su honor.

Para mí esa cifra, «los treinta», era importante y trascendental, pero conforme iba acercándome a ella iba perdiendo su esencia especial. Y, llegados a aquel punto, me venía abajo al saber que nunca podría cumplir mi palabra, pues ella ya no estaba con nosotros, y eso aún me apenaba más.

—No, realmente me refiero a todo. Casa, familia propia, trabajo… —enumeré.

Él me miró con incredulidad.

—¿Casa? ¿Familia propia? ¿Trabajo? —repitió—.

Ali, ¿me estás hablando en serio? Tienes todo lo que siempre has querido: una casa cerca de tu familia, amigos que te quieren y que se hacen no sé cuántos kilómetros para estar contigo en cuanto tienen una semana libre —añadió con afecto—.

Tienes una carrera profesional que, aunque no es la que habías imaginado cuando estudiabas, sí que te hace feliz y te llena o al menos eso tenía entendido hasta hace poco más de dos meses; corrígeme si eso ha cambiado.

—Me mantuve en silencio, y él continuó hablando unos segundos después—. Estás así por Adriel.

Asentí resignada.

—Me jode que no me conteste al teléfono, que se haya ido a Madrid después de que hayamos compartido…

cosas, sin darme opción a entenderlo ni a luchar por lo que podría ser —reconocí—.

Me jode porque siempre he dicho que no me hace falta nadie para ser feliz y ahora me siento estafada por mí misma —me quejé, dejando abandonado sobre el banco el cubito de los dulces a medias, pues ya no me apetecían—.

Soy idiota, lo sé. —Él negó con la cabeza, y yo volví a asentir.

»Lo soy porque desde el principio creí que esto podía pasar, que las cosas se podían joder.

No, no lo creía, sabía que iba a pasar —rectifiqué recalcando la afirmación—.

Y es absurdo estar así porque esto ya ocurrió una vez y debería haberme servido de lección.

¿Por qué iba a funcionar ahora si ya salió mal en el pasado?

Leo rebufó.

—Alicia, no se puede comparar. Si por poco ni pertenecen al mismo siglo.

—Pasó un brazo por mis hombros y me acercó a él—.

Reconozco que Adriel es un tipo algo rarito, pero no creo que tenga maldad después de todo.

Por lo que me has contado, parece que le importas, así que seguro que hay una razón por la que se ha marchado, tan solo concédele el beneficio de la duda y, si cuando vuelva y se explique aún crees que no merece la pena intentarlo, te vienes conmigo a Alicante una temporada y cambias de aires.

Le prometí que antes de que acabase el mes lo haría, aunque no me creyó en ese momento.

Por otro lado, su consejo fue valioso no solo por lo que me decía en referencia a Adriel, sino por la manera en la que me dejaba entrever su propia historia, pues, a pesar de que yo todavía no lo sabía, Leo se encontraba en una situación similar a la de él y también tenía un motivo para huir: el miedo al amor.

Después de ese momento, y queriendo animarme, me arrastró a la tienda de lencería con la intención de regalarme un capricho, ya que me conocía y sabía que adoraba la ropa interior bonita.

—Venga, me pillas generoso, elige el conjunto que quieras, que te lo regalo por Navidad.

—¿En serio? —le pregunté divertida, porque sabía que no le gustaba derrochar—. Luego no te quejes, ¿eh?

—Cállate si no quieres que cambie de opinión.

Me reí y me adentré queriendo disfrutar del momento.

Me dediqué a rebuscar entre diferentes perchas, y Leo se carcajeó cuando elevé un conjunto bastante explícito que podría haber servido de atrezo para una película porno de bajo coste. Aún lo tenía en mis manos cuando una voz conocida a mi espalda me sobresaltó.

—¿Te vas a comprar eso?

Me giré alterada.

—Joder, Fede —me quejé—. Qué susto me has dado.

Mi cuñado sonrió y saludó a Leo, que curioseaba en la percha de las zapatillas de andar por casa como si no hubiese roto un plato.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté.

—Comprándole algo a tu hermana. ¿Rosa o amarillo? —indagó elevando la mano derecha, de donde colgaban un par de albornoces.

Arrugué los labios dándole a entender que ninguno de los dos me convencía y, echando un rápido vistazo a lo que tenía alrededor, le señalé con la vista un conjunto bastante sugerente, pero elegante.

—¿Tú crees?

—Definitivamente —lo animé.

—Adolescente a las cinco en punto —susurró Leo a nuestro lado—. Agacha la cabeza si no quieres que tu primogénita te pille —le dijo a mi cuñado.

Este se volvió buscando a su hija con los ojos.

Al dar con ella, echó a andar en su dirección y lo seguí.

Alana esperaba en la cola de la caja con un par de amigas cuando su padre le echó un brazo por los hombros y, ofreciéndose a pagar lo que necesitase, le sonrió con cariño mientras disimuladamente mantenía alejado de su vista el regalo para su madre.

Aquello era una de las desventajas de vivir en un pueblo relativamente pequeño, que siempre encontrabas a alguien donde menos lo esperabas.

Fui consciente de las miradas soñadoras que dirigieron a mi cuñado las amigas de mi sobrina y también del sonrojo de Alana, la cual se estaba muriendo literalmente de la vergüenza a la vez que escondía en su espalda un gurruño de tela negra y fucsia de satén.

Agarré la prenda con disimulo y le guiñé un ojo a la par que le tendía un pack de calcetines que había cogido al vuelo en mi camino hacia ella. Se podía llamar instinto de tía, pero supe que me harían falta y tan solo actué por impulsos.

Cuando salimos de allí, mi sobrina me abrazó y me dedicó un escueto «gracias» que me hizo sonreír con complicidad.

—En casa te lo doy y ajustamos cuentas —le susurré al darle un beso, refiriéndome al babydoll que había pagado yo misma en caja para no levantar sospechas—. ¡Que lo paséis bien! —la animé viéndola marcharse con sus amigas.

Fede se despidió de nosotros unos segundos después, ajeno a que su pequeña ya se dedicaba a comprar picardías de lo más sugerentes.

Exhaustos tras el día de compras, y agotada de que mi cerebro no dejase de funcionar y luchar contra mis sentimientos, decidimos volver a casa y pedir comida a domicilio, de la que dimos buena cuenta viendo una película.

No creía necesario aclarar que la elección implicaba lágrimas, agonía y un barco que se hundía en el océano Atlántico tras chocar contra un iceberg…

Y no, no sería la única vez que la vería en las dos semanas siguientes, pues, aparte de dedicarme a trabajar, lo único que ocuparon mis posteriores jornadas era intentar congelar a base de helado las mariposas que sentía en el estómago cuando pensaba en Adriel.

Tan solo habíamos cruzado un par de mensajes escuetos en los que me confirmaba que estaba bien y que aún no podía regresar.

Me atormentaba cada vez que leía su: «Cuando llegue tenemos que hablar».

Esa frase me ponía los pelos de punta, aun así, resignarme era la única opción.

Eso y continuar con mi vida de la mejor forma posible, ya que esta no podía parar porque un tipo moreno, de cabello revuelto y mirada atormentada se marchase de mi lado.

Pensaba en cómo le echaba de menos aquella mañana de sábado de mitad del mes, cuando mis sobrinos, seguidos por sus padres, invadieron mi apartamento y me obligaron a hacer una pequeña maleta con lo justo para pasar lo que quedaba de fin de semana fuera de casa.

En ese momento no entendí nada, pero, cuando hora y media más tarde llegamos a un bonito conjunto de cabañas en medio de una zona arbolada y me explicaron su plan, entendí que todo aquello lo estaban haciendo por mí.

—Ya están aquí —anunció mi cuñado cuando un coche aparcó junto a los dos vehículos que habíamos estacionado en la zona destinada a tal fin, cubierta por una pérgola.

Con asombro vi cómo se apeaba una pareja con un chico que resultó ser el mismo adolescente extraño que había entrevistado meses atrás, cuando andaba desesperada buscando sustituto para Leo. Recordar cómo solucioné el problema gracias a Adriel me hizo echarlo aún más de menos.

—Lo que faltaba —susurró malhumorada mi sobrina Alana a mi lado—. El friki.

—¿Qué pasa? —le pregunté sorprendida.

—Nada.

Se dio media vuelta con un resoplido y se adentró en una de las cabañas, con Fabiola pisándole los talones. La pequeña canturreaba para que jugase con ella a las princesas.

Y contra todo pronóstico fue un viaje divertido que realmente me sirvió para desconectar. Mentiría si dijese que Adriel no invadió mis pensamientos en varias ocasiones, pero tampoco podía negar que lo había pasado bien con todos ellos.

—Muchas gracias —les dije a mi hermana y a mi cuñado mientras recogíamos los restos de la última cena juntos.

—No hay por qué darlas, enana —contestó Fede con una sonrisa resplandeciente—. ¿Qué esperabas? Por nuestra hija matamos.

Me reí por su comentario y dirigí mi vista al salón, donde Edu o «el friki», como lo llamaba mi sobrina, se había quedado embobado observando a Alana con una mirada enamoradiza que me hizo sonreír.

—Vas a tener que dormir con un ojo abierto, cuñado.

—¿Cómo? —preguntó ajeno a lo que yo había visto.

Negué divertida con la cabeza y guiñé un ojo a mi sobrina, que suspiró con teatralidad sabiéndose el centro de atención del muchacho.

En ese momento quise ser ella, volver a tener su edad y disfrutar de esos momentos con cierto toque de inocencia que no se repetirían y, sobre todo, quise estar en su lugar para recuperar al Adriel de antaño, pues, de estar de nuevo en la piel de mi yo adolescente, no lo volvería a dejar escapar.