CAPÍTULO 32 – DULCES AMARGOS
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Me costó la propia vida conciliar el sueño, quise achacarlo a la cafeína de los refrescos que me había tomado para cenar, aunque en el fondo sabía que el motivo real era otro.
No conseguía localizar a Adriel. Le había mandado varios mensajes y también le había llamado en un par de ocasiones sin obtener ningún resultado y, a pesar de que era conocedora de la animadversión que parecía sentir hacia las nuevas tecnologías, estaba preocupada.
¿Le habría sentado mal la rápida despedida que habíamos tenido tras la llegada de Leo y la interrupción en mi apartamento?
Esperaba y creía que no, pero no estaba del todo segura.
Aún no entraba demasiada claridad por la ventana cuando unos golpes en mi puerta desvelaron a Leo.
Yo aún continuaba dormida, había conseguido caer en los brazos de Morfeo un rato antes y estaba exhausta, por lo que no pude ser consciente de lo que ocurría en la puerta, donde un Leo en calzoncillos, pelos revueltos y torso al descubierto abría y charlaba con Adriel, que se mantenía hierático y con expresión seria.
—Hola, tío. ¿Qué tal?
—Hola —contestó Adriel escueto.
—Ali está grogui, pero pasa —le invitó rascándose el pectoral izquierdo y reprimiendo un bostezo—. Nos fuimos a dormir bastante tarde y creo que ni la bocina de un carguero alemán conseguiría despertarla, aunque lo mismo tienes suerte.
Por lo que supe después, la sonrisa de Leo no consiguió mitigar del todo el mal cuerpo que sentía Adriel, así que sabiendo que no era el mejor momento y que no quería hacer o decir nada propiciado por su malestar, declinó la invitación.
—No pasa nada, déjala descansar.
—¿Seguro? —insistió—. Si quieres que le dé algún recado…
—No te preocupes y perdona por la hora —contestó escueto, dándose la vuelta y emprendiendo el paso de regreso.
—No pasa nada —habló sin obtener respuesta, pues el inesperado visitante se marchaba sin decir ni adiós—. Hasta luego.
Leo cerró la puerta y miró hacia el reloj de la cocina.
—Joder —masculló dándose cuenta de que tan solo eran las siete y media de la mañana.
Con un gesto cansado se tiró de nuevo en el sofá donde había pasado las últimas horas durmiendo, se tapó con la manta y cubrió sus ojos con el antebrazo.
Justo así fue como me lo encontré segundos después, cuando mi mente terminó de discernir que el sonido de las voces masculinas y la posterior cerradura no eran fruto de un sueño, sino de lo que realmente ocurría en mi apartamento.
Me costó un poco ubicarme.
—¿Leo? —pregunté somnolienta.
—¿Uhm?
—¿Hablabas con alguien o lo he soñado?
—Con Adriel —aclaró haciendo que me despertase de golpe y buscase por la habitación su figura—. No ha querido entrar, luego volverá… Ese tío es un poco rarito.
Me levanté corriendo como activada por un resorte, pero con las prisas no calculé bien las distancias y sentí cómo toda la sangre se agolpaba en el meñique de mi pie izquierdo al colisionar con la esquina de la cama.
—¡Mierda! —me quejé dolorida, reactivando el paso con dificultad y una leve cojera—. Deberías haberme despertado.
Leo no modificó su pose sobre el sofá, tan solo se limitó a mover los labios para contestarme.
—Lo dices como si fuese fácil.
—Idiota —mascullé al apreciar su sonrisa—. Tú no te alteres, ¿eh? Tan solo me he rebanado el dedo con la cama, pero tranquilo, ¿eh?, que no es nada.
Mi tono irónico le provocó una risita que dejé correr mientras alcanzaba la puerta de mi apartamento y la abría con brío, esperando encontrarme a Adriel aún en las inmediaciones de la casa.
—No está.
—Si llego a saber que estás tan desesperada te lo meto en la cama desnudito y todo —bromeó él desde el salón.
Entré y agarré uno de los cojines, estrellándoselo en la cabeza con todas mis ganas. Tan solo conseguí que su risa se incrementase y allí lo dejé, encaminando mis pasos hasta el salón de mi hermana, donde Juani limpiaba el polvo.
—Buenos días.
—Buenos días, cielo —me devolvió el saludo—. ¿Has visto al niño?
Su pregunta me hizo fruncir la frente.
—¿A Bruno? —pregunté dubitativa.
—No, no. Al hijo de la costurera —aclaró refiriéndose a Adriel.
Negué con la cabeza.
—Lo vi mientras limpiaba la terraza. Estuvo en el coche un buen rato y justo cuando ya me iba a meter para dentro vi que se bajaba e iba hacia tu puerta.
—Sí, le abrió Leo.
—Pobre chico. Una familia llena de desgracias —añadió—. Primero el padre los abandona, luego la madre empeora. No me extraña que tuviera tan mala cara.
—Ya —respondí escueta y volví a mi apartamento con una sensación de intranquilidad instalada en las entrañas que no se disipó en todo el día.
Tuve que esperar varias horas para que al menos contestase uno de mis mensajes con un: «Estoy en Madrid, volveré lo antes posible», que me apretó el nudo que sentía en el estómago un poco más y que dos días después, último día del año, intentaba ocultar delante de todos para no aguarles las fiestas.
Tampoco ayudó a mi estado de ánimo el hecho de que esas fueran las primeras Navidades sin mi abuela materna, a la que siempre había estado muy apegada y a la que no habría dudado en pedir consejo en todo lo referente a mis sentimientos.
Mientras cocinábamos juntos y en familia lo que después ingeriríamos en la cena, compartimos recuerdos de momentos vividos con ella y nuestras palabras estuvieron impregnadas de cariño y nostalgia.
Y, por más que lo intenté, el cúmulo de emociones me sobrepasó cuando entré en mi apartamento y cerré la puerta, quedándome a solas para arreglarme.
En medio del llanto supe que no quería empezar el año así, con esa congoja instalada en mi interior, esa angustia opresora que me impedía respirar con normalidad.
Como Adriel seguía sin dar señales de vida, hice lo único que estaba al alcance de mi mano: me di una ducha, me vestí y salí de mi apartamento con mi destino decidido.
—Buenas noches.
—Hola —saludó Dara al abrirme la puerta—. No está.
—Lo sé. —En mis ojos debió de reconocer la necesidad que sentía.
—Tan solo ha llamado a casa para disculparse con mi madre por no pasar las fiestas con nosotras, pero no nos ha dado ninguna explicación.
—Está en Madrid —añadí, y su mirada cambió.
—Joder —masculló por lo bajo. Yo me mantuve en silencio y, tras coger aire, me añadió—: Creo que sé por qué se ha ido, discutimos esa noche y no acabó demasiado bien —se sinceró.
No supe qué decir, pues si Dara llevaba razón me parecía demasiado egoísta por parte de Adriel castigar a su madre en unas fechas tan señaladas.
—Seguro que hay una explicación para todo —la animé y quise creerme mis propias palabras de aliento—. ¿Te importa que pase para ver a tu madre?
Asintió en silencio y me cedió el paso, manteniéndose en un discreto segundo plano mientras felicitaba las fiestas a la mujer y alababa lo buena que le había quedado la tarta de zanahoria.
Justo antes de marcharme, Dara me detuvo en la entrada.
—Soy consciente de que no tengo derecho a pedirte nada, aun así, sé que mi hermano solo volverá a Costa Serena por ti.
—No creo que él…
Me interrumpió hablando de nuevo:
—Puede sonar egoísta… Haz que vuelva, por favor. Mi madre intenta ocultarlo, pero le necesita aquí con ella. Lo necesitamos —rectificó.
Tras unos segundos en silencio, asentí abrumada por su tono de súplica y paseé hasta casa sumida en un estado autómata, guiada únicamente por mi instinto mientras mi mente vagaba por el maremágnum de pensamientos que me asaltaban.
Adriel tenía demasiados muros de contención a su alrededor y, aunque me había mentalizado y preparado para sortearlos todos, se me hacía muy complicado cuando no recibía de él ni una mísera brizna de esperanza para no desfallecer.
¿Para qué habría ido a Madrid?
¿Acaso se lo había pensado mejor y había vuelto para aclararse respecto a su anterior relación?
¿Qué era eso tan urgente que le impedía pasar esos momentos tan señalados con su familia?
«Y contigo», añadió mi voz interior.
Las incógnitas se sucedían y, aunque quería evitar dudar por todos los medios, estas no dejaban de atormentarme.
Las risas de unos chiquillos en la calle me trajeron de vuelta al presente y me di cuenta de que estaba a pocos pasos de una cafetería conocida en el pueblo, donde aún se congregaban algunos clientes apurando los últimos minutos antes de reunirse con sus seres queridos para dar la bienvenida al nuevo año.
Me paré ante la cristalera y miré hacia dentro casi por inercia.
Había varias personas delante del mostrador pidiendo lo que a todas luces parecían ser los postres que tomarían esa noche, pero tan solo una pareja ocupaba una de las mesas.
Eran algo más mayores que mis padres, pues las arrugas que surcaban sus rostros y el pelo canoso de ambos delataban su edad, aun así, sus miradas bien podían competir con la de dos chiquillos enamorados.
Ambos se observaban cómplices y no paraban de hablar y reír mientras compartían una porción de tarta.
Me sorprendí sonriendo ante la imagen y fui incapaz de evitar la reflexión que vino a mi mente, ya que en mis casi tres décadas nadie me había hecho sentir nunca que un trozo de pastel pudiera ser tan divertido si se compartía con la persona adecuada.
Automáticamente marqué el número de teléfono de Adriel, pero colgué con la desilusión perforando mis pulmones antes de que la operadora terminase de explicar las instrucciones para dejar un mensaje que el destinatario escucharía cuando estuviese disponible.
¿De verdad Adriel lo estaría en algún momento?
A esas alturas, lo dudaba.