CAPÍTULO 31 – EL CHAMPIÑÓN
Vuelve, a casa vuelve, por Navidad.
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—¡Y por fin la tenemos con nosotros! —exclamó Leo aplaudiendo teatralmente cuando atravesé la puerta que conectaba con la casa de mi hermana.
Estrella se aguantó la risa y a mí no me hizo falta mucho más para discernir que él ya le habría desvelado el motivo por el que prácticamente le había echado de mi apartamento un rato antes.
—Eres idiota.
—Qué cosas más preciosas le dices a tu mejor amigo después de tanto tiempo sin verlo. Qué bonito… —replicó fingiendo estar dolido cuando llegué hasta ellos. Negué divertida y lo abracé con cariño—. Hola —murmuró sobre mi pelo.
Aspiré su aroma y sonreí. Le había echado mucho de menos.
—Hola, cariño. —Al separarnos y ver su expresión pude adivinar qué sería lo siguiente que saldría de sus labios, por lo que le empujé con diversión y le advertí con mi dedo índice alzado hacia su cara—. Mantén la boca cerrada.
Él abrió los ojos cómicamente e hizo el gesto de echar una cremallera sobre sus labios, pero le conocía demasiado bien para saber que no dejaría pasar el tema tan fácilmente, si en ese momento lo estaba haciendo, era tan solo porque Alana estaba sentada en la mesa de la cocina y podía oírnos.
—Toma, mi niña. —Escuchamos que le decía Juani a mi sobrina, tendiéndole un vaso humeante—. Tu madre te ha hecho un caldito riquísimo. Ya verás lo bien que te sienta.
—No puede ser, me han destronado —se lamentó Leo grandilocuentemente al ver que las atenciones de la mujer no iban dirigidas hacia él—. Me voy dos meses y adiós a los privilegios con mi mejor aliada.
Juani le sonrió astuta y le besó la mejilla cuando pasó por su lado.
—Eso te pasa por venir sin avisar.
—Quería darle una sorpresa a la señorita. —Me señaló con la cabeza—. Pero me temo que al final el sorprendido he sido yo.
—Leo… —le advertí.
—Por lo guapa que estás —completó con retintín y me guiñó un ojo, gesto que me transportó a lo que había ocurrido un momento antes en mi apartamento.
A esos ojos de Adriel expresando sin palabras de qué manera iba a revolucionar mi mundo.
A sus manos bajándome la ropa interior por los muslos, erizándome la piel de anticipación, elevando mis ganas a algo casi doloroso.
A su guiño obsceno antes de enterrar la cara entre mis piernas y regalarme un momento grandioso y sumamente placentero. A cuando…
—Todavía haces que se sonroje, así que no pierdo la esperanza —discernió erróneamente Juani al ver mi azoramiento.
Centré la vista en Leo y me encontré con su sonrisa granuja y ambas cejas arqueadas. Lo miré, abriendo los ojos más de lo normal, en señal de advertencia, justo cuando mi hermana mandaba a mi sobrina a descansar, y mi cuñado abría la puerta que conectaba con el jardín.
El recién llegado saludó a Leo con entusiasmo y al pasar por mi lado me revolvió el flequillo con cariño.
Sonreí y vi cómo llegaba hasta su mujer y, agarrándola por la cintura desde su espalda, besaba su mejilla. Ella le devolvió el gesto echando la cabeza hacia un lado, pausando durante un momento la tarea de cortar verduras que la mantenía entretenida.
—Hola, preciosa —le dijo él con devoción—. ¿Cómo sigue?
—Ya no tiene fiebre, pero aún se encuentra mal —explicó refiriéndose a su primogénita—. Acaba de comer algo y la he mandado a descansar.
Él asintió.
—Si te parece voy a darme una ducha antes de salir a comprar lo que falta del supermercado y desde allí voy directamente a recoger a los niños a casa de tus padres.
—¿Quieres que te acompañe?
—¿A la ducha? Siempre. —Se rio al ver el gesto de mi hermana—. No, no te preocupes, quédate en casa, por si Alana te necesita.
—Vale.
—Te quiero.
—Y yo a ti —le correspondió ella cuando él ya caminaba hacia las escaleras, por donde se perdió unos segundos después.
Suspiré melodramática y realmente emocionada.
—Quiero uno igualito.
Estrella se carcajeó, y a Leo le faltó tiempo para rebatir.
—Pues vas por el buen camino, hace un momento tenías a uno postrado ante ti.
—Ya estamos —me quejé.
—Si de verdad esperabas que no sacase el tema… —añadió Estrella.
Él se encogió de hombros y asintió de acuerdo con sus palabras.
—Vale, será mejor que lo zanjemos cuanto antes —transigí, y él sonrió conforme—. ¿Qué quieres saber?
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Si puedo pedir, me gustaría que primero hicieses un resumen —solicitó mi hermana—. Estoy un poco perdida.
—¿No le has contado nada? —Se sorprendió Leo.
—Tampoco ha habido demasiado que contar —me quejé por la acusación, pero terminé haciéndoles a ambos un resumen de mi corta historia con Adriel hasta la tarde anterior.
Les hablé de mis inseguridades al principio, de las dudas cuando él rompió la relación con Carla y de los miedos que me asaltaban cuando pensaba en si estaría o no listo para una nueva relación o sería demasiado pronto para ello.
—Bueno, si él te ha dicho que está preparado…
—Aunque también te dijo que tenía novia y al mismo tiempo no paraba de tentar a la suerte poniéndote la miel en los labios —añadió Leo, siendo conocedor de todo desde el principio.
—Lo sé, y no creas que no le he dado vueltas, pero en el fondo siento que este puede ser nuestro momento y no quiero lamentarme después por no haberlo intentado —manifesté con confianza.
Acto seguido les narré el resto. El momento que habíamos vivido en el acantilado, la conversación que habíamos mantenido sobre nosotros y también mi idea con los globos, juego que había dado pie a todo lo demás, de lo que tampoco quise darles demasiados detalles, pues había cosas que no quería compartir con nadie que no fuese Adriel, aunque sí que les confesé cómo había mandado al cuerno la excitación que se había creado entre los dos.
—«Alicia, mujer única cortando el rollo». —Se rio mi amigo con exageración cuando revelé el final de la noche anterior.
—Pues a mí me parece bonito —añadió mi hermana—. Seguro que lo recordaréis con cariño cuando pase el tiempo.
—Ya te está casando.
—No seas bruto —le reprendió ella con afecto.
Leo se recolocó en el taburete y se acodó en la barra de la cocina. Frotó sus manos con excitación y me miró alzando ambas cejas.
—¿Quéééé? —Alargué la palabra exagerando mi pregunta.
—¿Cómo que «¿quéééé…?»? —Imitó mi voz, muy mal, a decir verdad—. Ahora viene la parte más interesante.
Negué con la cabeza.
—No pienso dar ningún tipo de detalle más.
—Al menos explícanos cómo hemos pasado de estar jugando con globitos, y el posterior señor gatillazo, a lo que yo he visto esta mañana al llegar.
—¡Leo! —lo reprendí—. No hubo gatillazo y, por lo que más quieras, ¿puedes dejar de ser tan… tan…?
—Tan Leo —añadió mi hermana entretenida.
—No seas santurrona, anda, que no te pega nada.
—No lo soy —me quejé y resoplé resignada—. Ha llegado esta mañana a casa cuando yo regresaba de correr, me he dado una ducha mientras él esperaba y cuando he salido una cosa ha llevado a la otra.
—«Una cosa ha llevado a la otra», es la manera que tiene tu hermana de decir que ha terminado con la cara de Adriel metida entre sus piernas y una sonrisa parecida a la que luciría el gato de su amiga la del País de las Maravillas si se hubiese colocado de marihuana hasta la extenuación —explicó Leo a mi hermana mordazmente.
Puse los ojos en blanco y bufé, conteniendo una sonrisa.
—Señor, dame paciencia. —Volví mi vista hacia ellos y negué con la cabeza, divertida, al ver cómo reían con camaradería—. Está bien, ¿queréis datos? Pues aquí tenéis uno jugoso: no utiliza ropa interior.
En ese momento no caí en la cuenta de que nunca se me había dado demasiado bien fanfarronear.
—Bueno, no es tan jugoso, ¿eh? Lo mismo si nos cuentas cómo lo has adivinado… Porque cuando yo he llegado él aún tenía puestos los pantalones.
Joder, qué observador había sido en los escasos segundos en los que yo tardé en recoger la toalla que había quedado olvidaba en el suelo, cubrirme con ella como buenamente pude, lanzarme a la carrera hasta la entrada y echarlo de mi apartamento diciéndole que esperase en casa de mi hermana.
Pero yo ya me sabía los métodos de Leo y era consciente de que estaba intentando que picase el anzuelo, pues él también me conocía demasiado bien.
—Eso fue porque le metí la mano por la cinturilla del pantalón con la intención de acariciarlo un poco por encima del calzoncillo y cuando me quise dar cuenta tenía ahí toda su cabecita en forma de champiñón saludándome.
Solté una carcajada al ver la expresión de mi hermana al mirarme, alzando una seta con su mano.
—Gracias por la imagen mental que acabas de crearme —se quejó—. A la porra la guarnición.
—Oh, Ali… ¡Qué atrevida! —se mofó mi mejor amigo.
Le hice un gesto de suficiencia cortando la conversación cuando vimos aparecer a Juani de nuevo por la cocina.
La mujer se colocó al lado de mi hermana, agarrando el cuchillo con el que cortaba verduras, reemplazándola así en la tarea sin mediar ni una palabra.
Estrella se enjuagó las manos y se las secó con el paño mientras tomaba asiento a mi lado, y así continuamos charlando los tres sobre otros temas menos comprometidos durante un rato más, hasta que mis sobrinos llegaron entrando en estampida por el salón.
A Leo se le veía desentrenado en la locura de tener a tanta gente alrededor, por lo que no tardó en invitarme a comer juntos en algún lugar del pueblo, y yo accedí encantada, pues realmente tenía ganas de estar con él a solas.
Justo cuando estábamos a punto de marcharnos nos cruzamos con mi madre. Esta lo saludó con afecto y, antes de poder preguntarle qué motivo la había llevado hasta allí, ella misma nos sacó de dudas.
—Quería hablar con vosotras porque había pensado en hacer algo por el sesenta cumpleaños de papá.
—Qué buena idea —añadí con entusiasmo colocándome el abrigo—. Ahora salíamos a comer, ¿te parece que me pase luego por tu casa y lo hablamos?
—No, no. Por casa no, cariño. Quiero que sea sorpresa y si vienes se va a terminar enterando.
—¿Por qué no vienes a comer, Toñi? —la invitó Leo—. Hay que aprovechar este solecito tan bueno.
—¿Ya se te ha olvidado el clima de Costa Serena? —me mofé de él y miré a mi madre—. Lleva razón, mamá. Vente con nosotros y así lo vamos hablando.
Ella pareció debatir la invitación durante unos segundos.
—A comer no puedo, pero un vermut no os lo desprecio.
Y así fue como comenzamos a preparar la fiesta sorpresa para mi padre, un evento especial en el que me volcaría con todo el cariño y que esperaría con mucho entusiasmo, sin ser consciente de que realmente significaría un punto de inflexión en mi vida, no solo en la de la Alicia adulta que se miraba cada día al espejo garabateado de su baño, sino también en la niña que un día fui y a la que le habían quedado varias tareas pendientes de solucionar.