El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 30 – DELICIOSA #2
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CAPÍTULO 30 – DELICIOSA #2

—Solo cuando la ocasión lo requiere —contestó con una sonrisa—. ¿Por? ¿Tienes algún problema con ello?

—Ninguno.

—Bien.

Dio por terminada la conversación y, justo antes de que su boca tocase la mía de nuevo, hablé deteniéndolo:

—¿Y no te molesta el roce con la ropa? —Él me miró alzando una ceja, y capté el mensaje que transmitió su mirada—. Vale, después me lo cuentas.

—Mejor —convino—. Y, ahora, si no hay ningún otro tema que quieras tratar…

Negué con la cabeza y le sonreí.

—Ninguno.

—Excelente. Ven aquí.

Su mano derecha agarró mi cuello con codicia y su boca arrasó con la poca cordura que quedaba en mí.

Supe que estaba totalmente perdida cuando su lengua recorrió el contorno que quedaba a la vista de mi pecho y toda mi piel se erizó ante su contacto, exigiendo más.

Llevé mis manos hasta la parte trasera de mi sujetador con la firme intención de despojarme de él, pero sus dedos agarraron los míos y, con la misma determinación con la que me había detenido, nos hizo girar, quedándome colocada de cara al armario, y él, a mi espalda.

Me arqueé al sentir el tacto de sus yemas resiguiendo el camino de mi columna.

Su respiración acompañaba el movimiento de sus dedos y quise que aquel momento quedase grabado para siempre en mi mente, hasta que el mundo dejase de girar para mí, pues fue la primera vez en toda mi existencia en la que fui consciente del verdadero significado de la palabra «rendición».

Giré mi cara para poder verlo sin percatarme de que ese simple gesto significaría un antes y un después en nuestra historia, en lo que comenzaba a sentir por él, ya que su imagen me devastó, me hizo sentir tan sumamente completa allí, en aquel mismo instante, que algo en mi interior encajó perfectamente.

Observé cómo sus ojos permanecían concentrados en la tarea de sus dedos mientras que su labio inferior, ese al que me había vuelto adicta y que me gustaba morder cuando lo tenía a mi alcance, era apresado por sus dientes con fiereza, pero también con contención.

Y en un momento dado él debió de notar la fuerza de mi mirada, porque elevó su cabeza con lentitud y, justo cuando nuestros ojos conectaron expresando la necesidad que sentíamos, sus dedos se deslizaron por mi sexo haciendo que gimiese al apreciar la humedad traspasar mi ropa interior.

Adriel cerró los ojos y lo vi coger aire con fuerza.

Dediqué un solo segundo a pensar que esa era la primera vez que estábamos así, tan cerca el uno del otro en todos los sentidos, pues no solo nuestros cuerpos eran los que estaban interactuando allí, sino que toda nuestra esencia se podía palpar alrededor de la habitación.

Fue la primera y que no sería la única era una certeza irrefutable, porque fui consciente de la magnitud con la que lo necesitaba en mi vida, un sentimiento tan potente que incluso me abrumaba.

—¿Estás bien?

Asentí sin entender el motivo de su pregunta, aunque, cuando un par de lágrimas escaparon de mis ojos furtivamente debido al movimiento de mi cabeza, comprendí su intranquilidad.

Las sequé con rapidez y me erguí, dándome la vuelta y enfrentándolo de nuevo.

Entonces quise ser yo la que descubriese su cuerpo a placer.

Él, al ver que me afanaba en subir su camiseta, se la quitó con maestría y me miró, quedándose quieto y expectante, dejándome hacer.

Observé su cuerpo fibroso y sutilmente ejercitado, donde los músculos resaltaban en su justa medida.

Y, si vestido me resultaba atractivo, al natural era irresistible.

Muy irresistible.

Elevé mis manos hasta su vientre y ascendí lentamente, recreándome en cada surco y valle, acariciando con deleite el contorno de los músculos de su abdomen.

Su piel se erizó ante mi contacto y sonreí lasciva al pellizcar ligeramente uno de sus oscuros pezones y escuchar su respuesta en forma de gruñido.

—¿Te diviertes?

—Mucho —admití sin mirar su rostro, concentrada en mis dedos. Fue entonces, borracha de él y de su esencia, cuando dejé salir una pregunta que llevaba demasiado tiempo rondando mi cabeza—. ¿Qué pensabas?

—¿Qué? —Advertí el desconcierto en su voz.

—¿Qué pensabas cuando salíamos juntos y nos pasábamos toda la tarde dándonos besos? —Conecté con sus ojos y el brillo atrevido que desprendió su mirada me hizo contener la respiración—. ¿Qué imaginabas después?

—¿Qué quieres saber exactamente? —indagó con la cabeza ladeada—. Será mejor que seas clara, así evitaremos malentendidos.

Aprecié la tensión contenida en su tono, el toque pícaro y divertido que se escondía tras sus palabras, y quise que ambos jugásemos al mismo juego.

—Todo.

Elevó una ceja.

—Todo —repitió.

—Sí.

Sin apartarnos la mirada, sus manos se posaron en mi cintura y ascendieron por el lateral de mis costados, provocando que me encogiese de anticipación al sentir un tenue amago de cosquillas que quedó en el olvido cuando un ramalazo de placer me hizo gemir.

¿Me había pellizcado los pezones a través de la ropa interior?

Sí, justamente eso había hecho.

—Te has vuelto muy curiosa con los años, ¿no?

—Siempre lo fui —murmuré encendida.

—Creo que es más divertido si, en vez de contártelo, te lo muestro —determinó apresando mis labios en un beso voraz—. ¿Te parece bien?

Mis manos agarraron el pelo de su nuca y la entrega de mi cuerpo fue la respuesta que estaba esperando, por lo que con decisión apresó mi trasero de nuevo a la vez que su boca se deslizaba por mi cuello.

Cerré los ojos, abandonada a las sensaciones, y sentí un violento aumento del placer que me recorría cuando sus caricias se desplazaron hasta mi escote, donde, tras unos segundos torturándolo, agarró el borde del sujetador y lo deslizó hacia abajo, liberándome de su confinamiento.

Apreté mis ojos cerrados, expectante ante su siguiente movimiento y, al notar que pasaban los segundos y él no reaccionaba, los volví a abrir.

—Eres jodidamente deliciosa —pronunció mirando tan fijamente mi busto que me recorrió un escalofrío.

—Gracias.

—Deliciosa —insistió fijando su escrutinio en mis ojos—. Y tan diferente…

Elevé una ceja al escucharlo, pues, aunque mi autoestima no tenía ningún problema ni inseguridad, tampoco era de piedra.

—¿Sí?

Asintió sin prestar demasiada atención a mi mohín y toda incertidumbre por lo que le podía parecer mi cuerpo quedó zanjada cuando, elevando ambos pechos, se agachó ante mí y con devoción succionó y acarició ambos pezones con labios y dedos.

—Adriel… —supliqué suspirando unos minutos después, al borde del colapso.

Él interpretó mi ruego incluso mejor que yo misma. Irguiéndose frente a mí me agarró de la mano y avanzó un par de pasos hacia mi cama, donde se sentó con confianza, haciendo que me acercase a él.

La combinación de su altura y la del mueble hicieron que mi pubis quedase a la medida justa de su cara, y Adriel, conocedor de ello, sonrió canalla antes de acercarme hasta su posición, agarrándome de los glúteos.

Dibujó una mueca cargada de lujuria justo antes de pegarme a su rostro. Un segundo después hundió la cara en mi centro y lo sentí aspirar con fuerza para acabar mordiendo mi monte de Venus.

Al oír su gruñido de satisfacción, mi mano derecha se enredó en su pelo y tiré de él con la fuerza justa para que elevase los ojos hacia mí.

—Estás jugando con fuego —le advertí y un brillo peligroso cruzó su iris.

—Solo estoy respondiendo a tu curiosidad —explicó con fingida calma—. Y esta siempre ha sido una de mis fantasías más recurrentes. —Elevé una ceja, realmente interesada.

»No debería sorprenderte, chica manzana, estoy seguro de que siempre has sabido lo que provocas en mí.

Negué con una sonrisa aturdida en los labios, pero el gesto se borró de mi rostro transfigurándolo en una mueca de goce cuando volvió a apretarse contra mi ropa interior, humedeciéndola aún más con las pasadas de su lengua.

Una sensación de poder sumamente satisfactoria se hizo fuerte en mí.

Con su cabeza inclinada hacia un lado volvió a conectar su mirada con la mía, me guiñó un ojo al mismo tiempo que me bajaba las braguitas por los muslos y, antes de que me quisiese dar cuenta, me tenía gimiendo y retorciéndome de placer mientras su lengua se afanaba en volverme loca.

Y cumplió con todas y cada una de las expectativas que me había podido hacer sobre él y el placer que me podía provocar con tan solo unos cuantos roces, pues me regaló un orgasmo demoledor que me supo a gloria y en el que me tuve que contener para no vocear su nombre en cada espasmo de mi cuerpo.

Porque sí, señoras y señores, me acababan de practicar el mejor sexo oral de mi existencia a la vergonzosa edad de veintinueve años, aunque la euforia me duró poco, porque, sin poder terminar de paladear lo que había ocurrido y aún con las sacudidas de placer coleando por mi cuerpo, el sonido de unas llaves introduciéndose en la puerta de entrada a mi apartamento me trajeron de golpe a la realidad.