CAPÍTULO 30 – DELICIOSA
Cuidado con lo que pides, porque puede que te cambie para siempre.
Actualidad
Odiaba salir a correr sola.
Como norma general solía acompañarme mi cuñado o mi sobrina mayor, pero, curiosamente, esa mañana agradecí en cierto modo que ninguno de los dos hubiesen podido hacerlo; él, por estar trabajando, y ella, por encontrase mal.
Dicho así podía parecer que me alegraba de que Alana hubiese cogido un enfriamiento el día anterior en el faro, cuando la verdadera razón de preferir la soledad era que mis pensamientos ocupaban casi la totalidad de mi mente y resultaban tan acaparadores como para considerarlos suficiente compañía matutina.
Tenía que poner las cartas sobre la mesa y admitir que era absurdo continuar engañándome a mí misma, cuando en el fondo sabía que Adriel con su historia pasada, sus posibles lastres y esa manía suya de mostrarse gloriosamente imperfecto ante mí me había calado tan hondo que me resultaba prácticamente imposible sacarlo del más nimio de mis pensamientos.
Algunos lo llamarían enamoramiento, yo prefería no gafarlo y evitar ponerle etiquetas a lo nuestro, una historia que tan solo estaba aprendiendo a caminar, con pequeños y tímidos pasitos uno tras otro.
Sumida en mis pensamientos, y sin dejar de correr, no advertí el sonido de la bicicleta que venía de frente hasta casi tenerla encima.
Dejé ir un pequeño grito, sobresaltada, a la vez que me apartaba del camino, huyendo de la trayectoria del ciclista, que para mi suerte resultó ser Dara, la hermana de Adriel.
—Perdona —me excusé con la respiración agitada por el esfuerzo de la carrera y el susto.
—¿Estás bien? —preguntó casi a la misma vez.
Sus ojos se encontraron con los míos y fui capaz de advertir el momento exacto en el que se dio cuenta de a quién tenía delante, porque su mirada cambió por completo a una más inclemente y distante.
—Sí, no ha sido nada —contesté con una sonrisa conciliadora—.Y tú, ¿estás bien?
—Sí —respondió escueta.
La vi moverse hasta recolocarse en la bicicleta, con la clara intención de marcharse.
—¿Cómo está tu madre?
Giró la cabeza en mi dirección.
—Bien.
—¿Conseguiste que se tomara la medicación?
Había valido la pena utilizar la información que me dio Adriel por mensaje la noche anterior, justo antes de dormirme, pues mi pregunta pareció pillarla momentáneamente por sorpresa.
Dara inclinó su cabeza y frunció los ojos.
—Sí. Sí que se la tomó —admitió—. Me tengo que ir.
—Está bien. Hasta luego.
Sin querer dilatar más el momento, reajusté la cinturilla de mi pantalón deportivo dispuesta a reiniciar la carrera y, en el momento en el que comencé a trotar, su voz me detuvo.
—¡Alicia! —Me giré y la miré en respuesta—. Gracias por devolvérnoslo.
Con la misma determinación con la que me había llamado, montó en su bicicleta y se alejó de mí, dejándome confusa a la par que satisfecha por ese breve acercamiento.
Jamás entendí por qué, desde siempre, Dara se comportaba de esa manera distante y fría conmigo; no creía haberle dado motivos para caerle mal, pero la verdad es que así había sido siempre.
Y, con todo ello en la cabeza, regresé a casa.
Como cada día desde hacía justo una semana, sonreí al entrar en el baño, ya que las letras que había escrito Adriel continuaban plasmadas en el espejo. Me negaba a borrarlas. Podía parecer un gesto cursi, pero era observarlas y se me instalaba una sonrisa en la cara difícil de disipar.
Acababa de quitarme los pantalones cuando unos golpes en la puerta me alertaron.
—¡Voy! —grité.
Abrí y el escrutinio de mi visitante, recorriendo mis piernas hasta ascender por mis muslos, me turbó.
Agarré la parte baja de mi camiseta y la estiré hasta tapar mi trasero, apenas cubierto por la ropa interior.
—¿Qué haces aquí? —solté nerviosa.
—¿Puedo pasar?
—Claro. —Me eché a un lado con las rodillas a medio doblar en un gesto algo forzado. Sinceramente, no quería que, la primera vez que Adriel viese mi culo, este estuviese sudado y cubierto por unas braguitas básicas de algodón de las que me ponía para salir a correr.
»Pasa —le invité—. ¿Quieres desayunar? Coge lo que quieras, siéntate y ponte cómodo. Me ducho y salgo enseguida —recité casi a la carrera.
—Vale —respondió divertido quitándose el abrigo.
—Y perdona el desorden, he salido a correr y aún no me ha dado tiempo a recoger —me excusé cuando advertí el caos a nuestro alrededor.
—Es muy temprano.
—Ya.
—¿Me estás diciendo que son las ocho y media de la mañana, pero tú ya has ido a correr y has vuelto? —preguntó y fue entonces cuando me di cuenta de que su cara reflejaba aún las marcas de la sábana.
Me reí comedida y asentí.
—¿Hay algo mejor que salir a hacer deporte por la mañana temprano?
—¿Cualquier cosa?
Volví a reír y me metí en el baño guiñándole un ojo.
Sobra decir que fue la ducha más rápida e intranquila de mi vida, pues me era imposible no imaginármelo entrando de repente en el reducido aseo, descorriendo la mampara de la ducha y provocándome una combustión espontánea con su mirada decidida, mientras se arrancaba la ropa y quedaba gloriosamente desnudo frente a mí.
«Pasito a pasito, Alicia. Pasito a pasito».
Y, a pesar de que me recité a mí misma varias veces ese mantra, salí más acalorada del baño de lo que había entrado.
—Hola.
—Hola —le devolví el saludo con la culpabilidad de mis pensamientos pintada en la cara.
Si hubiese dejado salir en ese momento lo que mi mente recreó al verlo apoyado con confianza en la barra de mi cocina, tomándose un café y bostezando, me habrían podido denunciar por escándalo vecinal, como poco.
Nunca antes me había refrenado en el aspecto sexual, no me había importado intimar y llegar a ese punto con mis anteriores parejas, sin embargo, con él lo sentía diferente; era como terminar de arrancar el papel de un regalo que, incluso siendo consciente de qué es lo que esconde, te invade la euforia de la sorpresa mientras lo despojas de los últimos resquicios del envoltorio con lentitud.
No obstante, saber que mi mente racional aún no quería dar ese paso con Adriel, no fue razón suficiente para detenerme.
Esos pensamientos no volvieron a hacer acto de presencia en mi subconsciente mientras caminaba con la toalla bajo los brazos como única barrera entre mi cuerpo y sus ojos, sintiéndome poderosa y moviendo las caderas con sensualidad al desplazarme por el apartamento.
Tampoco me refrené cuando, al llegar a mi dormitorio, agarré los paneles que pendían del techo y que hacían de separación entre ambas estancias y los deslicé con lentitud.
Una vez corridos, encendí la luz de mi mesilla de noche.
La excitación y la expectación me dieron las alas necesarias para querer provocarlo de aquella manera o puede que fuesen las ganas que tenía de él.
Reconozco que fui conocedora en todo momento de lo que iba a hacer y no me arrepentí ni un segundo.
Mientras me despojaba de la toalla e impregnaba mi cuerpo con la crema hidratante, fantaseé con lo que verían sus ojos.
Proyecté en mi mente cómo mi silueta se estaría dibujando perfectamente a través de los paneles claros, como cuando en una película alguien se desnuda tras una cortina y el efecto de las luces deja latente la sensualidad del momento, e imprimí una cadencia lenta, pero segura, a cada uno de mis movimientos.
Quizá por estar tan sumida en mis gestos al colocarme la ropa interior, no llegué a advertir su cercanía y me sobresalté sinceramente cuando lo sentí a mi espalda.
—Se transparenta —murmuró en mi oído e inmediatamente me di la vuelta, necesitando conectar con su mirada y ver su expresión.
—Lo sé.
Su sonrisa torcida y el escrutinio al que sometió a mi cuerpo fueron la chispa justa que faltaba para terminar de prender todo mi interior.
Paseó su mirada vehementemente por mis pechos elevados gracias al sujetador de encaje burdeos que me acababa de colocar y el roce de su aliento sobre mi boca me hizo coger aire con fuerza.
—¿Estás intentando provocarme?
Con sus manos rodeó mis caderas casi desnudas, apoyándolas finalmente en la parte baja de mi espalda. Yo llevé las mías hasta sus hombros e, impulsándome sobre las puntas de mis pies, me alcé hasta quedar a la altura de su oreja, la cual mordí con un ronroneo.
—Puede… —susurré sobreexcitada.
Sentí sus manos apresar mis glúteos con determinación y codicia, y un gemido ronco escapó de su garganta eclipsando el sonido de mi respiración estremecida.
—Pues, enhorabuena, lo has conseguido. Me vuelves loco. Tu culo me vuelve muy loco.
—Gracias —respondí halagada—. Es culpa de salir a correr tan temprano, el ejercicio ayuda a que parezca acero para barcos rusos.
Su carcajada grave viajó directamente hasta mi sexo, contrayéndolo expectante.
Aproveché ese momento para morder con codicia su apetecible labio inferior y su quejido me hizo sonreír.
Juntos nos desplazamos un par de pasos hasta que su espalda dio contra el armario.
—Tengo que pedirte perdón —comencé mi alegato.
—¿Por? —preguntó negándose a dejar de besarme y tocarme.
—Porque anoche me cargué el momento.
—Me hiciste un favor —murmuró excitado—. Con el frío que hacía seguramente hubiese quedado en ridículo.
Ambos supimos que esa excusa no iba a colar.
Sonreí contra sus labios, y él aprovechó para invadir con su lengua mi boca. Si algo tuve claro es que no me cansaría nunca de sus besos, de la pericia de su lengua y la mezcla que imprimía de pasión, suavidad y entusiasmo en cada encuentro de nuestras bocas. Y necesitaba más, mucho más de él.
—¿No crees que estamos en desigualdad de condiciones?
—Es posible.
Me mordí el labio con expectación mientras le despojaba del chaleco y llevé mi mano hasta el borde de sus pantalones.
Con ganas de provocarle, introduje los dedos por la ancha cinturilla, acariciando con el dorso de la misma su abdomen, pero, cuando tan solo había avanzado un par de falanges, el tacto sedoso y terso de la punta de su miembro, libre de ataduras, me intimidó.
—¿Asustada, chica manzana? —bromeó al ver que me detenía.
—No llevas ropa interior.
—No.
—¿No la usas?