El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 29 – DÉJALO IR #2
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CAPÍTULO 29 – DÉJALO IR #2

—No, a aprender a querer a la Alicia más vulnerable y no solo a la chica divertida, dulce y sin complejos que dejas ver a los demás. Yo sé que detrás de todo eso hay muchas más cosas y quiero conocerlas todas.

Su frase me dejó sin palabras. En cierta manera me dio miedo que él quisiera ver tan dentro de mí, básicamente por si no le gustaba lo que encontraba, así que, con eso en mente, el tiempo transcurrió un poco enrarecido antes de que me animase a hablar de nuevo.

—Te toca. —Le tendí el rotulador. Él no dejó de mirarme en todo el proceso. Ambos nos ocupamos de nuestro globo y, cuando terminó de escribir, esperó a que hiciese lo propio en un silencio penetrante—. No anteponer siempre a los demás en vez de a mí misma —leí antes de lanzarlo al aire con ganas.

—No permitir que me hagan sentir vergüenza por mi profesión —recitó a la vez que me imitaba.

—Olvidar las inseguridades y quererme más —continué con el siguiente.

—Olvidar las inseguridades y quererte más —repitió utilizando mi frase a su conveniencia, pues ambos sabíamos que él no había escrito eso.

No permitió que viese lo que realmente había garabateado, adelantándose a soltarlo mientras me guiñaba un ojo.

Y, aunque me estaba gustando conocer esa parte más vulnerable de Adriel y continuar con el juego, también necesitaba calmar los latidos de mi corazón, que se habían desbocado al escucharle.

Recurrí a algo seguro intentando aligerar el ambiente.

—Superar mi fobia a las manzanas —recité.

Sin dejar de mirarnos nos sonreímos y lo dejé ir entre mis dedos.

Cuando terminó de anotar el suyo se acercó a mí, dejando un espacio ínfimo entre nuestros rostros, y me di cuenta de que no, no había servido de absolutamente nada mi táctica para calmar el ambiente, ya que con esa cercanía había conseguido alterarme aún más, provocando que quisiese abandonarme en su boca y olvidar todo lo demás.

—Recuperar el tiempo perdido —murmuró y capté vagamente su gesto por el rabillo del ojo, aflojando el agarre de la esfera en dirección al cielo.

Sin poder dejar de observarlo, llevé mi mano a su cara y, con tan solo las yemas de mis dedos, reseguí el contorno de su mandíbula, sin apenas rozarlo, hasta llegar a ese trozo de cielo que me apasionaba y que tenía grabado en el cuello de forma natural.

«Mi» trozo de cielo.

—No se me ocurre nada más —admití en un susurro.

—¿Quieres que te ayude?

Su ofrecimiento tan próximo a mi cuerpo, con ese punto de provocación y su tono grave, me encendió.

Tan solo tuve tiempo de apresar mi labio inferior entre mis dientes antes de que su boca atacase a la mía en una caricia que erizó el vello de mi nuca y encendió la línea general que le daba corriente a mi cuerpo.

A partir de ese minuto todo cambió; lo que nos había llevado hasta allí arriba quedó en el olvido a medida que los besos se fueron haciendo cada vez más salvajes y nuestras respiraciones incrementaban la temperatura de nuestros cuerpos.

Me olvidé de todo hasta el punto de dejar caer la manta y acabar los dos tumbados sobre el duro suelo, obviando la ropa que aún nos cubría y abandonándome a las sensaciones que la boca y las manos de Adriel despertaban en mí.

En un momento determinado se detuvo y en su mirada pude encontrar un brillo de nostalgia que confirmé cuando habló.

—Esto ya lo hemos vivido. —Su voz se adivinó entrecortada a la vez que pasaba un mechón de mi alborotado flequillo tras mi oreja.

Sonreí traviesa.

—No, exactamente. Me temo que la que estaba tumbada era yo y juraría que tú estabas encima de mí.

—¿Sí? —preguntó con fingida duda.

—Ajá —murmuré mirando con codicia sus labios.

—¿Qué tal si me refrescas la memoria? —Respiré entrecortadamente cuando acabé con la espalda apoyada en el suelo y él entre mis piernas; el gesto parecía haber sido ensayado—. ¿Algo así?

—Algo así —repetí. Me besó y comenzó a moverse sobre mí—. Esto no debe ser bueno —me quejé en un lamento, sintiendo que se me fundía el cerebro con el balanceo de sus caderas, sutil, pero perceptible.

Su gruñido enfebrecido me hizo contener la respiración.

—No puede ser tan malo cuando lo hacíamos siendo dos inocentes niños.

—Han cambiado algunas cosas desde entonces —rebatí mordiéndome el labio.

—¿Como qué? —preguntó con la voz contenida, separándose unos centímetros y mirándome con intensidad. Busqué el contacto con su cuerpo elevando mi pelvis, y él sonrió, conocedor de lo que deseaba—. ¿Qué cosas han cambiado? —cuestionó una vez más.

—Tu cuerpo, el mío… —enumeré y con mis piernas envolví sus caderas para bajarlas hasta las mías y así dejarle claro a lo que me refería, pues la dureza de su entrepierna evidenciaba un buen ejemplo de lo que había «madurado» con el paso de los años—. La experiencia.

—Y, sin embargo, me siento tan nervioso como aquella primera vez que me hiciste correrme en los pantalones —anunció en mi oído.

Acto seguido me mordió el lóbulo de la oreja y lo acompañó de una embestida que me provocó un gemido involuntario. Cerré los ojos con fuerza y algo hizo clic en mi cerebro cuando mi mente captó el sentido de su frase.

No había vuelto a cuestionarme lo que había ocurrido aquel día sobre el sofá de su madre ni el motivo por el que nuestro encuentro había terminado tan abruptamente.

Pensándolo en frío la conclusión era obvia, aun así, aquella chica inexperta jamás se había planteado esa hipótesis y la adulta en la que me había convertido no se había parado a analizar ese momento en concreto hasta que él se había confesado.

«Y, sin embargo, me siento tan nervioso como aquella primera vez que me hiciste correrme en los pantalones».

«… me hiciste correrme en los pantalones».

Sobre mí.

Él embistiendo a mi versión ignorante y cándida.

Yo tomando contacto con el deseo carnal gracias a él.

Y en mi estupidez supina creí que se alejaba porque algo no había ido bien, porque le había hecho daño.

¿Se podía ser más absurda? Francamente, lo dudaba.

Mi pecho tembló presa de los nervios y la adrenalina. Mis hormonas llevaban días alteradas, tenía las neuronas fritas y su esencia invadiendo mis fosas nasales fue la gota que colmó el vaso y el detonante para provocarme la reacción más inesperada: me eché a reír.

Por más que lo intenté, y podía jurar que había tratado de impedirlo con todas mis fuerzas, me fue imposible aguantar el aluvión de carcajadas que escaparon de mi garganta.

Como era de esperar, Adriel detuvo el movimiento de su cuerpo y me miró con una mezcla de diversión y confusión de lo más cómica, pero tuve que erguirme para quedar sentada, pues para empeorar la situación, ya de por sí penosa, me había dado un ataque de tos de lo más ridículo a causa de la risa.

—¿Estás mejor? —me preguntó sin salir de su asombro.

—Sí, disculpa. —Me limpié las lágrimas que se agolpaban en la comisura de mis párpados—. Qué risa más tonta. —Me tendió la botella de agua que habíamos subido y me miró elevando las cejas con interés—. Perdona el numerito —me disculpé una vez más—. No he podido controlarlo.

—No pasa nada, solo espero que no te rieses de mí.

—Pues un poco sí —admití y me expliqué antes de que el ambiente se enfriase aún más—. Jamás me había parado a pensar que lo que ocurrió en casa de tu madre fue que te habías… —Hice un gesto con mis manos hacia su entrepierna, y me miró con socarronería.

—¿Corrido en los pantalones?

«Y, sin embargo, me siento tan nervioso como aquella primera vez que me hiciste correrme en los pantalones».

—En mi defensa diré que era joven e inexperta.

—Vamos, Alicia. No me lo estarás diciendo en serio. —Me encogí de hombros—. ¿Y qué te pensabas que había pasado? ¿Que me había dado un apretón en el peor momento?

—No. —Contuve la risa—. Siempre creí que tú también te habías hecho daño y por eso te apartaste. La verdad es que nunca me paré a contemplar otra opción.

—¿«Yo también»? —repitió con desconfianza—. ¿Es que te hice daño?

—No mucho.

—Alicia...

—Vale, sí. Me pasé varios días dolorida.

Resopló contrariado y me miró con la frente arrugada.

—A quien se le diga que llevamos todos estos años equivocados en algo tan simple ni se lo cree. Yo pensando que tú también habías disfrutado, y tú creyendo que me habías roto algo. —Negó con la cabeza—. Menudos dos pardillos estábamos hechos, chica manzana.

Tras su frase rompimos a reír como solo podían hacer dos verdaderos necios, que en el fondo tienen un poco de miedo de sentarse en el vagón y ver el paisaje desfilar mientras recorren el mundo juntos.