El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 29 – DÉJALO IR
70%

CAPÍTULO 29 – DÉJALO IR

Dos tontos muy tontos.

Actualidad

Después de fundirnos el uno en la boca del otro en los acantilados durante un tiempo que nos supo a poco, fui consciente de que debíamos parar si de verdad queríamos ir despacio.

¿De verdad queríamos ir despacio?

Quedándonos más hambrientos que satisfechos, y anticipándonos a que el sol se hubiese marchado por completo, lo cual dificultaría la tarea de regresar al camino del faro con cierta seguridad, emprendimos el paseo de vuelta y, como si aún fuésemos dos adolescentes, no fuimos capaces de despegarnos más que unos centímetros y anduvimos cogidos de la mano incluso cuando nos encontramos con su madre, que jugaba animada una partida de cartas.

—¿Qué hacéis todavía por aquí? ¿No tenéis cosas mejores que hacer que venir a ver a unas viejas jugando al cinquillo? —preguntó con socarronería, y sus amigas nos sonrieron con cierta condescendencia.

Adriel, intentando dejar de ser el centro de todas aquellas miradas, se limitó a preguntarle si quería que la llevásemos de vuelta a casa, pero la mujer rehusó su ofrecimiento, diciéndole que ya se encargaría ella misma de buscar una manera de regresar sin tener que molestarlo.

No me pasó desapercibida la cara de resignación de él cuando quiso insistir, y ella lo despachó con un ademán de su mano escondiendo una sonrisa.

—Es terca como una mula —se quejó cuando caminábamos hacia los aparcamientos.

—Me da la impresión de que no quiere sentirse como un estorbo y le gusta poder valerse por sí misma.

Él asintió escueto antes de accionar el mando que desbloqueaba las puertas del coche y tan solo habló una vez que estuvimos dentro con el vehículo arrancado.

—¿A dónde quieres ir?

Me volví hacia él y, no sabría decir por qué, pero su mirada me enterneció. Fue entonces cuando supe qué era lo siguiente que quería hacer con él. Se me había ocurrido días atrás, en mi locura prerreencuentro y, convencida de que era un plan genial en ese momento, le indiqué que fuese a mi casa.

Llegamos y si mi idea de estar a la intemperie le cogió por sorpresa no lo demostró, incluso aceptó de buen grado que utilizase sus brazos para cargar con un par de mantas y cojines y enfilar nuestros pasos hasta la azotea de la casa de mi hermana.

—Ostras, ¡qué frío! Mi imaginación no ha tenido en cuenta que estamos en diciembre —exclamé nada más subir, advirtiendo cómo soplaba el viento a mi alrededor en aquella zona tan elevada.

Deposité la bolsa donde había metido algunas viandas y los elementos para poder darle vida a mi idea sobre la manta que él acababa de estirar en el suelo de césped artificial y miré a mi alrededor, escrutando aquel pequeño espacio que en el pasado había sido proyectado como una simple zona para tender la colada, pero que jamás había servido para tal fin.

El verano anterior mi hermana y mi cuñado me lo habían cedido para que pudiese hacer uso de él cuando quisiese.

Bromeaban diciendo que más que cinco metros cuadrados me habían concedido un remanso de paz y tranquilidad infantil, en el que además no tenía que entrar en la casa para poder acceder a él, ya que una escalera exterior lo comunicaba con el jardín trasero.

Junto con Leo había colocado una tumbona bastante cómoda en una de las esquinas, un pequeño taburete que hacía las veces de mesita, alguna planta artificial que no requería ningún tipo de mantenimiento y un cañizo en las paredes para darle un toque más acogedor, coronándolo con tiras de lucecitas esparcidas por las cuerdas que bailaban sobre nuestras cabezas, creando un falso techo iluminado que le proporcionaba mucha calidez.

Y, aunque le había dado bastante uso, no subía allí desde el pasado verano.

—Se ha levantado un vendaval —expuso Adriel—. ¿Seguro que no prefieres que bajemos a tu apartamento?

—No —dije rotunda—. Quiero que hagamos algo y tiene que ser aquí, además, nos va a venir bien que haga viento.

Él elevó una ceja hábilmente al escucharme, pero yo, obviando el tirón de mi estómago al imaginarme otra escena más subida de tono encima de aquella tumbona, le animé a sentarse frente a mí.

Adriel agarró la otra manta y, una vez colocado a mi lado, nos cobijó a los dos bajo ella. Suspiré reconfortada, pues el calorcito de su cuerpo sumado al resguardo de la tela me caldeó en un instante.

—¿Mejor?

—Mucho mejor. —Sonreí.

Su boca se acercó a la mía, pero, un segundo antes de que pudiesen entrar en contacto y el propósito de aquel momento cambiase por completo, apoyé una mano en su pecho para mantener las distancias.

Con cierta confusión desvió su mirada a mis ojos.

—Hace unos días tuve una idea mientras pensaba en ti —comencé a decir sintiendo la cercanía de su cuerpo—. Supongo que el hecho de pensar en cómo podría ayudarte con todo lo que estabas pasando con Carla me tuvo un poco obsesionada —admití y lo sentí tensarse.

—No tenías que haberte preocupado.

Le sonreí y me encogí de hombros.

—Siempre he creído que, para que algo vaya bien, hay que despojarse de lo que no ha funcionado en el pasado, así que, aunque este método no está científicamente probado, creo firmemente que puede ayudarnos.

Saqué de mi bolsillo varios trozos de látex de colores y, tras examinarlos con detenimiento, alzó ambas cejas.

—Si no te explicas un poco mejor…

—Escribiremos en cada globo algo de nuestro pasado que queramos dejar atrás y permitiremos que el viento se lo lleve lejos —dije con entusiasmo—. Así alejaremos de nosotros las cosas que no queremos cargar a nuestras espaldas y dejaremos espacio para todo lo que está por venir.

Adriel me observó con fijeza unos segundos hasta que en sus labios se dibujó esa sonrisa de medio lado que me volvía literalmente loca. Su gesto chisporroteó en mi interior con fuerza y fui incapaz de detenerlo cuando posó sus labios sobre los míos.

—Me gusta —susurró con los ojos cerrados, separándose por un momento de mi boca—. Es una idea estupenda. Tierna y estupenda.

—¿Sí? —le pregunté con entusiasmo.

—Sí, de verdad. —Reí cuando lo vi soplar con fuerza para hinchar el globo, abriendo los ojos cómicamente mientras lo hacía—. Aunque, la próxima vez que se te ocurra algo así, no olvides un inflador automático, por favor. Mis pulmones te lo agradecerán.

Volví a reír mientras encogía el cuello ante una nueva ráfaga de aire, y él me pasó el globo para que lo anudase. Cuando hubo terminado de hacer lo mismo con el otro, le tendí el rotulador permanente, y él comenzó a escribir lo que podría haber sido el prólogo de un libro.

—¡Eh! No, todavía no —me amonestó girándose cuando quise acercarme a leer lo que estaba anotando en él. Al acabar, repasó el texto antes de mirarme—. Ahora sí. Tu turno —dijo tendiéndome el rotulador.

Sabía perfectamente lo que quería escribir y no me llevó más de un par de segundos.

—Ya.

—Vale.

—¿Quieres leer el tuyo?

—Si quieres puedes hacerlo tú misma —me invitó.

—Prefiero que seas tú quien lo materialice en voz alta, quizá eso ayude a sentir que lo dejamos ir con más fuerza.

Él sonrió.

—El método es tuyo, así que tú mandas —se aclaró la garganta y leyó con su bonita y ronca voz—: Decirle adiós a mi carácter conformista y al Adriel que huye de las decisiones importantes, y plantarle cara a la vida.

—Me encanta —admití.

—Gracias.

—Espero que se cumpla —le deseé—. Y, ahora, déjalo ir.

Adriel elevó su mano al cielo y soltó el globo, colándose este entre las pequeñas lucecitas. El primero de sus lastres no tardó en moverse con brío gracias al viento de poniente que soplaba con fuerza.

Espiró hondo cuando bajó la mirada y me la sostuvo.

—¿Te sientes mejor?

—No sé si es sugestión, pero la verdad es que sí. Ha sido sorprendentemente liberador.

—Me alegro. —Le sonreí y le mostré mi globo amarillo donde rezaba—: Dejar de ser dependiente.

Sus ojos se detuvieron más tiempo del necesario en la escueta frase, como buscándole el sentido más allá de las letras.

—Ahora, déjalo ir —susurró repitiendo la misma frase que yo le había dedicado.

Me levanté y estiré mi mano todo lo que pude. Antes de soltarlo cerré los ojos y sonreí. Había ideado ese juego para él, aun así, parecía estar ayudándonos a los dos, pues, como había reconocido Adriel, resultaba reconfortante.

—Si te sirve de algo, creo que eres una mujer muy independiente —expresó cuando me senté de nuevo junto a él.

—En ciertos aspectos sí, en otros no tanto como me gustaría —admití—. Sé que parecerá una tontería, pero a veces me siento como un polluelo que aún no ha aprendido a volar y contempla el mundo desde la seguridad del nido que le han construido sus padres.

—Y en este símil cambiaríamos a los padres por «hermana y cuñado» y «nido» por «apartamento».

Le sonreí.

Había tenido la certeza de que no me defraudaría, sabiendo leer entre líneas, y la intuición no me había fallado.

—Hace ya unos cuantos años que estaba deseando independizarme, pero siempre le veía pegas a las casas que visitaba —inicié mi explicación—.

A veces eran excusas tan irracionales que me daba hasta vergüenza reconocerlas.

Tiempo después me di cuenta de que nunca hubiese encontrado nada a mi gusto, porque lo que yo quería no era algo tangible, sino la seguridad de mi familia alrededor, por eso cuando mi hermana me ofreció vivir aquí, adaptando el garaje que no utilizaban y convirtiéndolo en un apartamento a mi gusto, ni me lo pensé.

—Entiendo.

—Lo gracioso es que durante un tiempo me engañé a mí misma y me felicité innumerables veces por haber conseguido independizarme por fin, cuando la realidad es que todavía no lo he hecho.

—Me mantuve en silencio unos segundos y cogí aire con fuerza—.

Bueno, la verdad es que eso no solo me ha ocurrido con la casa, me temo que la historia se repite en mi vida sentimental, aunque eso ya daría para otra docena de globos —bromeé.

—Me gusta escucharte y no tengo prisa —manifestó verdaderamente interesado.

—Se suponía que este juego era para ayudarte a superar tu pasado, no para ahondar en mis tonterías.

—No son tonterías, además, sí que me estás ayudando.

—¿A coger una pulmonía? —me burlé.