El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 28 – ENDORFINAS
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CAPÍTULO 28 – ENDORFINAS

La primera página de nuestra historia…

Resoplé enfadada cuando vi cómo mi hermana se morreaba con Fede en las gradas del campo de fútbol.

—¿Qué te pasa? —preguntó Adriel a mi lado.

Le miré mientras él le hacía una escueta carantoña a Alana, que gorjeaba contenta en su carro, metiéndose el diminuto y regordete puño en la boca.

La imagen calmó un poco mi malestar, permitiéndome recapacitar.

Sabía que, aunque Estrella me había mentido al decirme que tenía que ayudar a Fede con la mudanza de sus padres y pedirme el favor de hacerme cargo de su bebé —mi preciosa ahijada de seis meses—, ellos también se merecían ser jóvenes durante un rato.

—¿Cómo te ves dentro de diez años? —solté sin pensar demasiado en lo que decía.

Adriel se mantuvo unos segundos en silencio y finalmente se encogió de hombros.

—No lo sé, espero que trabajando en algo que me guste y siendo feliz. Un poco lo que queremos todos, ¿no?

Imité su gesto y me encogí también de hombros. Cualquier otro chico de nuestra edad habría dado una contestación mucho más rocambolesca, como siendo futbolista o viajando al espacio, pero esa era una de las cosas que me gustaban de él, que no era como todos ellos.

—Imagino que sí. —Continué empujando el carrito y seguimos avanzando—. ¿A qué edad quieres formar una familia?

Su carcajada espontánea provocó que Alana y yo lo mirásemos embobadas.

—Antes de plantearme algo así sería mejor que me especializase en el tema.

—Me miró con un brillo pícaro en los ojos—.

Tengo quince años y soy virgen, así que mejor pregúntame en…

—añadió e hizo una mueca calculando—, otros quince años, por ejemplo, y lo mismo te puedo contestar a la pregunta con mejor criterio.

—Ya —contesté un poco cohibida al hablar de algo tan íntimo—.

Pues, yo ahora que veo los sacrificios que mi hermana y su novio están haciendo por ella —indiqué y señalé a mi sobrina, que miraba contenta a su alrededor en el carro—, no sé si prefiero quedarme como la eterna tía solterona, aunque sin estar rodeada de gatos, que soy alérgica.

Él no me contestó, pero no me importó, Adriel no era un chico que regalase sus palabras así como así, si no tenía nada que decir se mantenía callado, y a mí no me incomodaban sus silencios, sin embargo, este se vio interrumpido por la voz de una chica que lo llamó por su nombre y a la que yo no parecía caerle demasiado bien: su hermana pequeña.

—Te la vas a cargar, mamá está cabreada contigo porque no has cortado el césped —espetó con tono acusador, regalándome una mirada cargada de malestar antes de marcharse pedaleando sobre su bicicleta, tal y como había llegado.

—Mierda —se quejó él—. Le dije que lo haría hoy y se me ha olvidado.

—No pasa nada, yo me encargo de Alana.

—No, ven conmigo.

—¿Seguro? —pregunté dudosa.

—Claro, a mi madre le encantan los bebés —añadió para terminar de convencerme—. Además, si vienes tú, no creo que me eche la bronca.

—Tendrás morro —me quejé, y él se rio.

Pero cuando llegamos a su casa quince minutos después, la única que se quejaba era mi sobrina reclamando su merienda, pues por allí no había ni rastro de la madre de Adriel en ningún lugar de la casa.

—Se habrá ido con alguna amiga —anunció él saliendo de la cocina y tendiéndome el agua caliente que le había pedido un momento antes.

Me concentré en preparar el biberón de la niña siguiendo las indicaciones que ya conocía de otras veces y, cuando se lo hubo tomado, no tardó ni un par de minutos en quedarse dormida en el carro.

—Ya está —susurré mirándola—. Qué buena es.

—Como su tía —bromeó él, y yo le saqué la lengua sintiéndome un tanto cohibida por la situación.

—Será mejor que nos vayamos, si tu madre viene…

—Tardará un rato, ven. —Se dejó caer en el sofá y lo palmeó un par de veces.

Me senté a su lado, y él acarició mi barbilla antes de darme un escueto beso en el que nuestros labios se tocaron con cierta timidez.

No era la primera vez que estábamos a solas por accidente y por eso me sentía algo más nerviosa, porque, a pesar de que aún no era adulta, conocía lo necesario para saber que esos besos terminaban derivando en situaciones menos inocentes y que en cualquier momento se nos podía escapar de las manos.

—Adriel…

Mi murmullo se vio acallado por su lengua, que penetró con decisión y soltura en mi boca y, sin saber realmente cómo había ocurrido, cuando me quise dar cuenta estaba tumbada en el sofá de color marrón que presidía el salón de aquella casa, con él recostado sobre mí y la respiración tan alterada como si hubiese corrido un kilómetro cuesta arriba.

Por instinto, pues nadie me había dado tantos detalles como para saber cómo debía hacerlo, mis piernas permanecían abiertas y nuestros centros se mantenían en contacto por la fricción de nuestros movimientos, con la ropa como única frontera.

Me sonrojé al darme cuenta de que en aquella ocasión habíamos llegado más lejos que nunca, y él debió de notar mi azoramiento, porque se elevó sobre uno de sus codos y me observó con la cara congestionada y los ojos brillantes.

—¿Estás bien? —indagó, y yo asentí una sola vez.

Me sonrió, y le devolví el gesto con un poco de timidez.

—Bésame —le rogué. Su boca no tardó en obedecer la orden, pero una de sus manos, algo más desinhibida que la otra, decidió explorar por su cuenta y sobrepasar el límite de la frontera que ambos habíamos marcado sin palabras—. No creo que…

Contuve la respiración cuando su palma apresó con delicadeza uno de mis pechos, experimentando una sensación desconocida, pero a la vez placentera.

—Me gusta, es blandita.

Cerré los ojos, muerta de la vergüenza, y lo sentí sonreír justo antes de volver a besarme.

Mis manos se aferraron al pelo que nacía en su nuca, y él se recolocó en su postura.

Ese movimiento provocó que nuestras entrepiernas se rozaran con más intensidad, lo justo para que un suspiro escapase de mis labios y su garganta profiriera un lamento.

Observé cómo echaba la cabeza hacia atrás y me miraba con curiosidad para, acto seguido, repetir el movimiento rotando sus caderas y provocando que, de nuevo, una oleada de sensaciones estallase en mi interior.

Sus ojos no dejaron de observarme, relegando al olvido por un momento los besos mientras nos balanceábamos al compás de una danza que jamás habíamos bailado.

Una coreografía con notas prohibidas, placenteras y un poco tormentosas, pues la torpeza provocaba que la presión de su miembro duro sobre el hueso de mi pubis a veces resultase un poco dolorosa.

Ninguno de los dos podía articular palabra, quizá por miedo a romper el momento y hacernos bajar de golpe de esa nueva experiencia, sin embargo, las que sí hablaron fueron nuestras respiraciones, que se fueron haciendo cada vez más enérgicas, envolviéndonos en una nube de clandestinidad subyugadora.

—Alicia… —rogó acelerado.

Aguardé a que dijese algo más, contuve la respiración esperando una reacción o una nueva palabra por su parte, pero unos segundos después profirió un quejido y se dejó caer sobre mí, respirando con dificultad a la vez que apoyaba su cabeza en mi hombro.

Me quedé sin saber muy bien qué hacer ni qué había ocurrido para que detuviese todo aquello. Mi cuerpo rogaba más, sentía palpitar mi entrepierna húmeda y al mismo tiempo resentida por sus acometidas. Intenté iniciar un leve balanceo con mis caderas, pero él no reaccionó.

—Perdona, no puedo —dijo al cabo de un momento, levantándose con prisas y abandonando el salón.

Mis cejas se alzaron con incredulidad.

¿Qué demonios había pasado? ¿Es que había hecho algo mal?

Quizá al dejarme llevar le había hecho daño con algunos de mis torpes movimientos.

Mierda, sí. Seguro que había sido eso.

Cogí aire con fuerza, intentando serenar mi desacompasada respiración, y me senté en el sillón, dejando caer la cabeza hacia atrás mortificada al ver que pasaban los minutos y Adriel no volvía.

Y supe que me quedaría con dudas por resolver y también con un dolor en la unión entre mis muslos por sus arremetidas; una molestia que me recordaría lo cerca que estuvimos el uno del otro por unos instantes; un desconsuelo que, unos días después, mientras nos besábamos esa última vez apoyados en una de las rocas de los acantilados, a unos metros de nuestros amigos, aún perduraría, aunque con menor intensidad.

La prueba de que nuestros cuerpos habían sido testigos de una experiencia que ninguno de los dos olvidaríamos.