CAPÍTULO 27 – INTENTARLO #4
Fue en aquel acantilado donde perdimos a uno de nuestros compañeros de clase el último año de secundaria y donde el grupo se empezó a dispersar, quebrando una relación de amistad que parecía consolidada, pero que no fue lo suficientemente fuerte como para superarlo.
A partir de ahí, cada uno buscó su propia manera de intentar sobrellevar aquella primera toma de contacto con la vida real y adulta y, a pesar de que ya hacía muchos años de aquello, aún lo recordábamos con fuerza.
Volver a aquel lugar y recordarlo juntos había sido como la gota de esa sustancia casi mágica capaz de separar el pegamento de una superficie, y quise saber si yo podía ser esa gota, si conseguiría despegar las partes adheridas de su anterior relación.
Me pregunté si sería capaz de darle sentido a lo que otra persona había dañado, al igual que la pequeña flor que aún tenía Adriel entre sus manos y que se abría paso en un terreno casi desierto, llenándolo de vida y color.
Nuestros ojos se encontraron con tal vehemencia que creí que podríamos comunicarnos con tan solo mirarnos.
—Intentémoslo —rogó acercándose a mí.
—Tengo miedo de que no funcione, de estropearlo de nuevo.
—No lo haremos.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —dudé—. Ya lo hice una vez y además tú acabas de salir de una relación y puede que no estés preparado para…
No me dejó terminar la frase.
—Estoy todo lo preparado que debo estar.
Mis ojos se mostraron dubitativos y él continuó, dispuesto a combatir cada una de mis inseguridades.
—Alicia, un viaje no empieza por el final.
Al principio siempre hay miedos y dudas, no sabes si serás capaz de llegar a todos los lugares que has marcado en el mapa, pero poco a poco te vas dando cuenta de que cada sitio que exploras te va abriendo el alma e insuflándote oxígeno, y entonces solo quieres continuar, aun sabiendo que ese viaje podrá cambiar tu vida para siempre, porque sabes que si no te subes al siguiente tren vas a lamentarlo toda tu vida.
—Me sonrió cogiendo aire y observé cómo su pecho se hinchaba antes de expulsarlo en forma de palabras algo más amargas.
»Lo mío con Carla no funcionaba desde hacía mucho tiempo, ambos estábamos prolongando un final inevitable, el final de nuestro viaje.
—Me miró intensamente, y a mí se me resecó la garganta—.
Jamás he sentido por nadie lo que me provocas tú sin ni siquiera ser consciente.
Me pellizcas aquí. —Agarró mi mano y la llevó hasta su estómago por encima de su ropa—.
Y me remueves aquí. —La subió hasta su pecho, a la altura de su corazón.
Respiré hondo, intentando ordenar el desbarajuste que estaba creando en mi interior con sus palabras.
—Yo siento lo mismo —admití—. Aun así, no puedo dejar de pensar que algo puede ir mal, me asaltan las inseguridades y hacía mucho tiempo que no permitía que un sentimiento así tuviese cabida en mi vida.
—Sé que no he hecho las cosas demasiado bien y es normal que te sientas así, pero también sé que ambos hemos aprendido y ya no somos esos adolescentes que fuimos, ni tampoco soy el mismo que se subió a su coche hace poco más de dos meses huyendo de los problemas que sabía que dejaba atrás sin querer afrontar.
Asentí, yo tampoco era la misma que hacía dos meses.
—No quiero que nos precipitemos.
—Yo tampoco —aseguró, y nos sonreímos—. Vamos a ir paso a paso, no hay ninguna prisa.
—Se acercó a mí y su mirada cambió, volviéndola más pícara—.
Por lo que me han chivado, este tren tiene algunas averías y podemos esperar para embarcar.
Podemos subir y bajar todas las veces que nos haga falta, hasta estar completamente seguros de hacer el viaje.
Sonreí y un escalofrío me hizo temblar.
—Vale.
—¿Vale?
—Sí. —Me sonrió y pude sentir cómo mi interior volvía a arder de anticipación.
—Estupendo. Y, ahora, espero que no te importe… —Con presteza, soltó mi cabello de la coleta que lo mantenía a raya del viento y hundió sus dedos en él, pegándose a mí—. Llevo semanas queriendo comprobar una cosa y no pienso esperar ni un segundo más.
—¿El qué? —murmuré ansiosa al ver cómo me atraía hacia él, sabiendo la respuesta.
—Necesito comprobar si tu sabor sigue siendo igual de bueno que en mis recuerdos.
Y, sin esperar un segundo más, sus labios entraron en contacto con los míos, haciéndome cerrar los ojos de puro placer.
Desconocía si para él mi boca tenía el mismo sabor, sin embargo, cuando su lengua se abrió paso entre mis labios, invadiéndolo todo con su esencia, fui consciente de que para mí no había habido otro igual.
La mezcla de delicadeza, afecto, devoción, rudeza y posesión a la que me sometían sus labios derretía mi interior y, harta de contenerme por más tiempo, me dejé llevar abriéndome a él con un gemido de satisfacción y mis manos rodeando su cuello.
Cualquier rastro de cordura que quedase en mi interior se disipó cuando, al sentir mi entrega, él dejó escapar por su garganta un gruñido tan sumamente varonil que erizó toda mi piel de anticipación.
Quizá montarme en el tren cuando aún no estaba reparado se podía considerar una temeridad, pero en el fondo supe que jamás me arrepentiría de haberlo hecho, porque, quien no arriesgaba, jamás iba a ganar.