CAPÍTULO 27 – INTENTARLO #3
—Me gustas toda tú. —Gemí cuando sus dientes mordieron el lateral de mi cuello—. Pero parece que cierta parte de mi cuerpo tiene claras sus preferencias y, curiosamente, no han cambiado desde que era un crío.
Reí comedida sin querer alertar demasiado al resto del grupo, al que escuchaba unos metros más allá. Mi corazón palpitaba acelerado y sentía su pulso en mi centro, alterado por la cercanía y el roce del cuerpo de Adriel, unido a sus palabras.
Sobraba decir que ambos estábamos bastante excitados.
—¿Nos escapamos de aquí? —susurró ronco.
Cerré los ojos e imprimí un poco de resistencia hacia atrás, empujando el objeto de su deseo contra su erección, la cual se había manifestado desde el primer momento, haciéndome saber que ella también se encontraba igual de alterada que nosotros—.
Alicia… —me amonestó, encendido, sin retirarse ni un milímetro.
Su mano abarcó mi abdomen, apretándome contra él, y gruñó con avidez.
—Vámonos —me limité a musitar.
Me tomé unos segundos antes de girar sobre mis pies y descubrir su mirada en el mismo estado líquido que el mar que nos rodeaba.
Su sonrisa de medio lado y el gesto de su cabeza fueron señales más que suficientes para hacer que bordeásemos el balcón y recorriésemos casi a la carrera las escaleras, sonriendo cómplices en aquella huida algo infantil.
Adriel no me volvió a soltar de la mano hasta que, un buen rato después, a mi nariz llegó el indiscutible olor de la senda que conducía a Los Vientos, un aroma especial y característico que mezclaba notas del polvo de su camino virgen, de la vegetación esteparia que poblaba el lugar y un específico regusto a sal marina.
Y era curioso, hacía rato que habíamos dejado atrás a la última reunión de personas, caminábamos sin rumbo fijo, pero nuestros pies parecieron reconocer el terreno y nos llevaron hasta uno de los últimos lugares que compartimos juntos años atrás.
Hacía mucho tiempo que no iba allí.
Aquella zona de acantilados era subyugadora a la par que peligrosa y por la expresión de Adriel supe que él sentía lo mismo que yo cuando los recuerdos volaron a nuestra mente de forma libre y sin frenos.
La excitación se había transformado en un sentimiento más intenso, menos urgente, pero igualmente vivo.
Pasó un buen rato antes de que alguno de los dos rompiésemos el silencio.
Ambos estábamos sentados en el voladizo de uno de los salientes rocosos, a varios metros del mar, y desde allí contemplábamos cómo el sol se iba marchando en un atardecer mágico que nos mantenía a ambos fascinados, siendo simples observadores del espectáculo que nos estaba regalando la naturaleza.
El día se despedía de nosotros, aunque ninguno de los dos quisiese hacerlo de ese momento lleno de sentimientos encontrados, aderezados con una pizca de nostalgia.
Mi cabeza, apoyada en su hombro, se elevó en un acto reflejo cuando lo sentí respirar hondo.
—¿Piensas alguna vez en aquella época? —me preguntó con la voz contenida.
—Últimamente más que nunca —admití.
Él asió la pequeña rama que tenía aferrada en mi mano. La había agarrado de uno de los pequeños arbustos que habíamos dejado atrás cuando recorríamos el camino, y sus pequeñas florecillas moradas habían ido cambiando de tonalidad conforme el sol se marchaba, apagándose un poco con él.
La observó durante unos segundos entre sus dedos.
—Siempre he pensado que, cuando algo especial está destinado a nacer, busca cualquier lugar y forma para estallar, llenando un terreno que antes estaba muerto en una explosión de vida y magia.
Reconocí al niño de frases profundas al que conocí en mi niñez, pues, aunque muchas cosas parecían haber cambiado, en esencia seguíamos siendo los mismos.
Entonces sus ojos buscaron los míos. Su mirada penetrante brillaba con un destello firme y anaranjado semejante al que teñía el cielo y deseé con todas mis fuerzas que nuestros labios se uniesen de una vez por todas, porque necesitaba sentirlo conmigo.
Quise que recreásemos ese último beso que, sin saberlo, nos dimos muchos años atrás, antes de que todo cambiase, antes de que una chiquilla asustadiza rompiese lo que podía haber sido algo precioso y duradero; antes de que un muchacho retraído encontrase la excusa para su huida.
Y él, que siempre había tenido un don para leer mi mente, fue consciente de la batalla que andaba librándose en mi interior.
Su mano apartó con delicadeza mi flequillo, que ondeaba libre gracias al viento, y una amplia y preciosa sonrisa inundó su cara, iluminando las sombras que la caída del sol iba dejando a su paso.
Justo en ese momento, allí, sobrevolando el mar y a escasos centímetros de su cuerpo, supe que seríamos capaces de todo, tanto como para crear recuerdos especiales en un lugar que a ambos nos transportaba a momentos duros, no solo por lo que significaba para nosotros como aquella inexperta pareja que fuimos, sino porque allí mismo fue donde todo se empezó a resquebrajar.