CAPÍTULO 27 – INTENTARLO #2
—Hazme el favor y vete a dar una vuelta, hijo mío.
Desde esta mañana no me dejas ni respirar —se quejó en tono exageradamente afligido sin dejar de mirarme.
En cuanto sonreí, me guiñó un ojo con complicidad—.
Además, parece que hoy es tu día de suerte, justo ahí tienes a una chica preciosa que seguro que se apiada de mí y te entretiene un ratito, ¿verdad, bonita?
Me reí al ver la jugada de Isabel y me mordí el labio, conteniendo un gemido, cuando Adriel se giró y nos quedamos frente a frente.
Me sonrió de medio lado a la misma vez que me saludaba, y mi entrepierna se contrajo como un ente independiente y enfebrecido.
—Hola.
—Hola —conseguí decir con la boca seca.
—Y buena moza que es —añadió una voz masculina a nuestras espaldas—. Ten cuidado con ella o te las verás conmigo, jovencito, que no me olvido de ninguna cara y aún recuerdo cuando te colaste en mi jardín y destrozaste mis rosales.
Dirigí mi mirada hacia uno de los vecinos más singulares del pueblo y que siempre tenía una palabra amable para mí cuando nos cruzábamos.
—Buenas tardes, Lorenzo. Creo que no me va a tratar como a sus pobres plantas, pero gracias por la ayuda. —Acto seguido bajé la voz y le susurré en tono cómplice—. Estoy segura de que puedo con él yo solita.
El hombre soltó una estrafalaria risotada que me hizo contener la mía.
—Qué éxito —murmuró Adriel a mi lado—. Ya me contarás cuál es tu secreto. No, no me lo digas, has utilizado el lápiz de ojos —bromeó en tono solemne.
Su referencia me hizo reír y, antes de continuar siendo objeto del escrutinio de un buen sector de la tercera edad de la localidad, decidí llevármelo de allí.
Le agarré de la mano y, antes de marcharnos, dirigí una última sonrisa de agradecimiento a la madre de Adriel, que nos observaba satisfecha. También crucé una mirada cómplice con mi hermana que, aunque más lejana a nuestra posición, parecía no haber perdido detalle desde que abandoné la mesa.
Fuimos juntos a pedir algo de beber y allí nos cruzamos con varios conocidos del pueblo, con los que compartimos unos minutos entretenidos y agradables, pero yo quería más intimidad con él; demonios, llevaba una semana anhelando ese momento y no veía el instante de quedarnos a solas.
Tomé la mano de Adriel y, bajo su atenta mirada, giré su muñeca y levanté un poco la manga de la chaqueta, hasta dejar al descubierto su reloj de pulsera.
Me gustaba que siempre lo llevase consigo, pues, para una persona como yo a la que los minutos se le escurrían de entre los dedos y que siempre llegaba tarde, tener cerca a alguien con el poder del tiempo al alcance de su mano era algo muy tentador.
—Nos vemos luego. —Escuché que decía Adriel a los demás y, sin dar opción a réplica, me hizo un gesto con la cabeza invitándome a caminar.
Noté sus dedos aferrarse a los míos cuando no habíamos avanzado más que un par de pasos y sonreí. Me gustaba que supiese leerme las intenciones tan sumamente bien y que entendiese las señales.
—¡ Adirel ! —chilló mi sobrina Fabiola eufórica, acercándose a nosotros y agarrando la misma mano que yo había tenido aferrada hasta ese momento—. ¿Veis? Os lo dije, es un gigaaante —les explicó con orgullo al par de chiquillas que venían con ella.
—Guauuu —proclamaron sus dos amigas elevando las cabezas hacia la del gigante que las miraba estupefacto.
Aunque la novedad les duró poco y rápidamente perdieron el interés, cuando una pequeña manada de niños pasó por nuestro lado chillando y las tres se sumaron y corrieron tras ellos, gritando y mostrando un entusiasmo infantil difícil de imitar.
Debíamos salir de allí cuanto antes, así que busqué una vez más la mano de Adriel para no perder ni un segundo más, pero me giré al no conseguir mi propósito. Él se observaba la palma con estupefacción.
—¿Qué te pasa?
—No sé si quiero saber de qué tengo la mano pegajosa.
Aguanté la sonrisa.
—Es preferible que no te preguntes ese tipo de cosas, te limpies y simplemente lo olvides —le aconsejé con conocimiento de causa al vivir rodeada de niños.
Le tendí una toallita de mi bolso y, resuelto el asunto, continuamos caminando juntos.
Respiré aliviada cuando fuimos dejando atrás a la gente conforme nos acercábamos a la zona del faro, situado al borde de unos acantilados volcánicos salpicados de rocas y al que había que acceder por un pasillo rocoso.
A pesar de que no estábamos solos, las reuniones allí eran bastante más dispersas y en su mayoría las componían jóvenes que se agrupaban alejados del escrutinio de sus padres.
Sonreí con discreción cuando observé que, en uno de los grupos, Alana estaba sentada con el brazo de un chico sobre sus hombros.
—¿Es tu sobrina? —preguntó Adriel con disimulo sin querer alertarlos de nuestra presencia, aunque la mirada esquiva de ella y el azoramiento que parecía sentir dejaban claro que sí que nos había visto.
—Eso parece —comenté divertida—. Tengo tantos, de tantas edades y tamaños, que podemos encontrarlos por cualquier rincón. Ya los conoces...
—Y tanto, una creo que hasta me ha pasado la fiebre tifoidea hace un momento. —Solté una carcajada bajo su divertida mirada y continuamos paseando. Al cabo de unos segundos, volvió a hablar—. Tiene la misma edad que teníamos nosotros cuando empezamos a salir, ¿verdad?
Asentí sonriéndole y tuve que coger aire repentinamente cuando nuestros ojos se encontraron y fui consciente de la intensidad con la que me observaba.
Me di cuenta de que apenas había establecido contacto visual con él en todo ese rato y también de que sus ojos desprendían tal vehemencia que temí por mi propia integridad, pues sentí que iba a perder el equilibrio sobre las rocas si continuaba manteniéndole la mirada.
—Si supieras las ganas que tengo de probar tu boca…
Me giré hacia él con la firme intención de ponerle solución a aquella necesidad que desprendían sus palabras y así saciar las ganas que claramente teníamos los dos de ello, pero la voz de una chica nos interrumpió.
Parecía que nuestro sino era no poder quedarnos a solas.
—Hola, ¿qué tal? ¿Os apetece uniros a nosotros?
—Giramos nuestros cuerpos casi entrelazados hacia ella y la atendimos algo desubicados—.
Vamos a hacer la visita guiada y aún necesitamos un par de personas para comenzar.
—Señaló al faro y a un pequeño grupo congregado unos metros más allá, esperando y con pinta de estar ateridos de frío.
Me volví hacia Adriel mientras respiraba hondo.
—¿Te apetece? —me preguntó sintiéndose en el compromiso.
Lo pensé durante un momento y finalmente asentí.
Él repitió el gesto escuetamente a la guía, que rápidamente sonrió y nos pidió que la siguiésemos por la pasarela donde esperaba el resto del grupo.
Una vez hizo las presentaciones nos invitó a avanzar con cuidado, pues el mar se encontraba lo suficientemente picado como para que, el entrechocar de las olas contra las rocas, salpicara gotas a varios metros de distancia.
Continuamos a la vez que ella nos fue regalando sus explicaciones.
—Para los que no conozcáis su historia, El Faro de las Sirenas se terminó de construir en 1821.
Fueron diez años de duros trabajos y varias pérdidas, ya que como veis el lugar puede resultar bastante peligroso.
—La mano de Adriel, firme y posesiva, se apoyó en mi cintura en un ademán protector mientras cruzábamos la pasarela y el calor que me transmitió su palma me erizó la piel.
»Los días de mucho oleaje el camino es impracticable, pues se queda sumergido casi por completo en el agua, pero afortunadamente hoy en día todo se encuentra automatizado y ya no es necesario que nadie opere en él ni corra ningún riesgo innecesario.
—¿Por qué es «de las Sirenas»? —preguntó un chiquillo de unos siete años que caminaba unos pasos por delante, entre su padre y su madre.
—Porque los fareros decían que al amanecer se podían escuchar sus cantos y, cuando se asomaban al mar, incluso llegaban a ver el destello de sus colas, llenas de escamas brillantes, moviéndose por el agua alrededor de las rocas.
—Ostras. ¿Eran sirenas de verdad? —cuestionó el niño fascinado.
Observé a Adriel, y me sonrió levemente, permanecía atento a cada paso que dábamos sin soltarme ni un segundo mientras caminábamos por aquel angosto pasillo.
Fue debido a su actitud tan protectora que sentí cómo mis ojos se humedecían. Respiré hondo intentando concentrarme en la conversación que la guía mantenía con el pequeño, llamándome a la calma y vislumbrando el final del camino.
—Se sabe que este lugar estuvo habitado por unas focas que emitían sonidos parecidos a los que describían los fareros…
—Al llegar a los pies de la edificación, se volvió y sonrió con cariño al crío que la miraba atento—.
Pero ¿quién sabe? Todas las leyendas tienen una parte real y una pizca de fantasía, así que te recomiendo que estés muy atento y me avises si ves algo extraño, ¿vale?
Él asintió con entusiasmo y durante toda la visita se mantuvo entretenido, vigilando lo que nos rodeaba.
Me gustó descubrir ese rincón de Costa Serena y el hecho de explorarlo con Adriel lo hizo aún más especial.
Al subir las escaleras que daban al otro lado de las vidrieras, y que evidenciaban el paso de los años, nos apartamos un poco del grupo.
Supe en ese mismo instante que la visita había llegado a su fin, pues al apoyarme en el balcón aprecié un leve roce en la palma de mi mano, junto con el calor de su cuerpo a mi espalda.
Un escalofrío recorrió mi espina dorsal al sentir la respiración de Adriel en mi nuca.
—Si supieras lo que me provoca ese pantalón que te has puesto, y cómo le sienta a tu culo, me temerías.
Sonreí y me mordí el labio, apoyando mi espalda en su pecho.
—Ah, ¿sí?
—Uhum —murmuró rozando con su aliento mi oreja
—No sabía que te gustaba tanto mi trasero.