CAPÍTULO 27 – INTENTARLO
Recuerdos que saben a beso.
Actualidad
Contraje la cara en una mueca temerosa al abrir la puerta que unía mi apartamento con la casa de mi hermana, pues hasta allí llegaban las voces de la planta de arriba.
Antes de poder dar un paso más, mi cuñado apareció por las escaleras con Fabiola en brazos a medio vestir y lo que parecían ser los restos de un vómito, empapando su hasta entonces impoluta camisa celeste.
—Huye mientras puedas.
Me reí comedida y los seguí hasta la barra de la cocina, donde Fede dejó a la niña sentada mientras él se acercaba al fregadero e intentaba arreglar el desastre de la prenda sin demasiado éxito.
—Hola, princesa —le dije a mi sobrina, que se mantenía callada y seria.
Ella no contestó, así que con tranquilidad la ayudé a terminar de colocarse el vestido por el brazo que aún le faltaba por meter.
—Tata, he gomitao encima de papi.
—¿Y ya estás mejor? —le pregunté quitándole hierro al asunto, pues no era la primera vez que los nervios le provocaban la misma reacción.
Mi cuñado desistió de la tarea que lo mantenía entretenido y comenzó a desabrocharse los botones a la vez que se acercaba a la niña.
—Aquí hay restos del primer potito que ingirió en su vida, así que se ha tenido que quedar como nueva —bromeó y le tocó la naricita con su dedo índice—. Además, me has hecho un favor, princesa, así me puedo poner otra camisa, que esta picaba un poco.
Sonreí cuando la niña también lo hizo y le pregunté al padre si necesitaban ayuda por la planta de arriba.
—Sí, por favor. Tenemos a mami al borde del colapso. —Subió a Fabiola a uno de sus brazos y con la otra mano agarró la camisa hecha una bola, dirigiéndose de nuevo hasta las escaleras. Le seguí.
—No exageres, mi hermana es todoterreno, seguro que lo tiene todo controlado.
Pero el chillido de mi sobrina Carolina, acompañado de un portazo, desencadenó un momento de tensión maternal que se tradujo en una riña a un volumen interesante.
—Me temo que el control se nos ha ido de las manos.
Le sonreí y me dispuse a echar una mano, a ese paso no íbamos a salir nunca de la casa y ya me podía imaginar la situación si llegábamos al festejo y no teníamos mesa para comer, siendo el ciento y la madre.
Llamé con los nudillos a la puerta de Alana antes de abrirla.
—¿Cómo vamos por aquí? —Ella, frente al escritorio, escondió algo bajo un chaleco y se volvió para mirarme—. ¿Qué haces? —inquirí con curiosidad y cerré la puerta a mi espalda.
—Creía que eras papá. —Suspiró y volvió a sacar el diminuto estuche de colorete antes de mirarse en el pequeño espejo y aplicarse una capa más en sus más que coloreados pómulos.
Sus ojos celestes despedían un brillo soñador.
—Si te sirve de algo, y para serte del todo sincera, dudo mucho que tu padre se crea que el rubor de tus mejillas es natural.
—Con suerte, y gracias al jaleo que están montando mis hermanos, no se fijará demasiado. —Se encogió de hombros, y nos sonreímos.
Comprendía a mi cuñado, en otras ocasiones tan solo le había querido hacer ver que no le hacía falta ningún adorno, pues ya era bonita al natural, pero la entendía, ya que yo también había tenido quince años.
La empatía finalmente me hizo claudicar y tenderle las llaves de mi apartamento.
—Anda, ve. Déjalo todo recogido cuando acabes.
Ella se abalanzó sobre mí y me dio un beso, prometiéndome que no se pasaría maquillándose, y se escabulló planta abajo.
Cogí aire y subí un nivel más hasta llegar al dormitorio de matrimonio, que ocupaba toda la tercera planta de la casa.
Adoraba esa habitación, la decoración transmitía calma y un ambiente cálido y acogedor; el baño tenía una enorme ducha, con una cascada de agua empotrada en el techo y con espacio suficiente para que una tribu entera del Amazonas se metiese junta a refrescarse, y el vestidor tenía prácticamente la misma extensión que todo mi apartamento.
Fue justo allí donde encontré a mi hermana, delante del armario con los brazos en jarras y las manos apoyadas en la cintura.
—Hola.
—¿Podrías hacerte pasar por mí durante el resto del día? —preguntó sin siquiera devolverme el saludo y con desgana—. Prometo que hago ejercicios para aumentar mi paciencia cada mañana, pero parece que se ponen de acuerdo y cada vez que hay algo fuera de lo normal la montan.
—¿Qué ha sido esta vez?
Se encogió de hombros y dejó ir un lamento fatigado antes de dejarse caer en el pequeño asiento frente al espejo.
—Un poco de todo. Carolina se ha negado a usar un vestido, porque dice que es infantil, y eso ha desencadenado la tragedia.
Cuando las mellizas la han escuchado quejarse, han empezado a pelearse entre ellas, porque ambas querían ir iguales, pero no se ponían de acuerdo en qué conjunto elegir.
Fabiola se ha puesto a llorar porque Bruno no la ha dejado entrar en su habitación en medio de toda la vorágine y, cuando el padre le ha reñido, ha venido a quejarse explicando que tenía la habitación en cuarentena porque ha vuelto a perder al dichoso bicho palo, oootra vez —recalcó esto último alargando las palabras—.
Y, para no variar, del sofocón Fabiola ha terminado vomitando, y a Guille, ironías de la vida, se le ha ocurrido que quería comer y ya le conoces cuando tiene hambre, tiene capacidad pulmonar como para que se enteren los vecinos del otro lado del océano.
Ah, y eso sin olvidar que como colofón final se me ha roto la media mientras me la estaba poniendo, no sé por qué, pues estaba superrelajada y para nada lo iba haciendo con prisas —ironizó—, así que nada, al final he tenido que cambiar el conjunto completo en el último momento.
—Giró la cabeza en mi dirección alzando ambas cejas—.
Al margen de todo eso, está siendo un día genial.
—Ya veo. —Me reí sentándome a su lado—. Míralo por el lado positivo, ya ha pasado todo y ahora solo queda ir a mejor.
—Jamás digas eso, siempre puede empeorar.
Pasé un brazo por encima de sus hombros y le besé la mejilla.
—Pues que sepas que estás muy guapa —la alabé, ya que era cierto—. Y para tu tranquilidad te diré que tu marido ya lo tiene todo bajo control. La tropa está en el salón para el pase de revista, y papá me acaba de escribir para decirme que ya han llegado y están guardándonos mesa a todos.
Suspiró.
—No me puedo escaquear, ¿no?
Negué con la cabeza, divertida.
—Me temo que no, ¿quién querría perderse el doscientos aniversario del Faro de Costa Serena?
—Yo.
Me reí y me puse en pie.
—Anda, vamos.
Resopló antes de seguirme con el mismo gesto que hacía su hija Carolina, pues, aunque mi hermana era una madraza, también era humana y a veces la situación la sobrepasaba.
Para mí era una heroína, yo en su situación ya me habría vuelto loca y estaría internada en un manicomio, sin embargo, ella tan solo se permitía unos minutos de debilidad antes de coger el timón de nuevo y capitanear ese barco junto a su marido, que era uno más junto a ella.
Y no la culpé por haber querido pasar de todo y quedarse en casa, yo misma lo habría hecho si no hubiese sabido que Adriel ya había llegado de Madrid…
Juani me había actualizado las últimas noticias del pueblo antes de marcharse esa misma mañana y había dejado caer la información como de pasada.
Su mirada me dejó bien claro que tenía el radar estupendamente engrasado y también que sacaba unas conjeturas de lo más acertadas.
Ya en el lugar del evento, y acercándonos a la zona donde se iba a llevar a cabo la celebración, me asombré por el despliegue de medios que habían dispuesto.
Se notaba que era un día especial, pues toda Costa Serena y mucha gente de los pueblos vecinos habían hecho acto de presencia y se habían arreglado para vivir ese momento.
Las familias reían y compartían anécdotas, los niños correteaban entre las mesas situadas en el llano donde habían colocado una gran carpa, lo suficientemente lejos de la zona rocosa como para que nadie corriese peligro, y la comida se repartía entre los veladores desde un ambigú provisto de todo lo necesario para abastecer a la marabunta.
Y, una vez que estuvimos allí, me alegré por haber ido, aunque no hubiese rastro de Adriel por ninguna parte, porque me contagié del ánimo de la gente e incluso me animé a participar en algunos de los juegos y actividades que organizaron para entretener a los más pequeños y a las numerosas familias.
Mi ansiosa espera se vio recompensada cuando lo vi caminar a paso lento, en una cadencia casi tortuosa, cediéndole el brazo a su madre para hacerle de apoyo en el camino algo abrupto que tenían que cruzar para llegar hasta donde se hallaba el pabellón improvisado donde nos encontrábamos.
Y yo, que me había acostumbrado a verlo vestir de un modo casual e incluso algo desaliñado, noté que se me secaba la garganta al observarlo detenidamente.
Se había cortado un poco el pelo y lucía una barba sorprendentemente bien cuidada.
Llevaba unos pantalones vaqueros de aspecto inmaculado ceñidos a sus vigorosas piernas, coronado con un cinturón de piel marrón, una camisa blanca meticulosamente planchada y metida por dentro de los pantalones y, sobre ella, una americana de sport en tono tierra, entallada y abierta, con los puños de la camisa asomando bajo la manga.
Estaba guapísimo, tanto que era incapaz de despegar los ojos de él, y no fue hasta que mi cuñado me dio un pequeño codazo justo en el momento en el que Adriel se quitaba las gafas de sol y barría el lugar con la vista que no me di cuenta de que quizá mis pensamientos estaban quedando a la vista de todos con mi comportamiento de adolescente embelesada.
—¿Quieres que te lo presente? —me preguntó Fede con sorna.
—Calla.
Me levanté de la mesa y me acerqué a él con decisión.
Cuando llegué a su altura, Adriel estaba de espaldas, ocupado en colocar algo cerca de su madre.
Esta se percató de mi presencia y me sonrió antes de darle un manotazo a su hijo en el brazo y pedirle que la dejase con sus amigas, unas señoras de su misma edad que ocupaban la mesa donde ella se había sentado.