CAPÍTULO 26 – ESPEJOS
Millones de sonrisas en el mundo, y la tuya es mi favorita.
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Si me paraba a pensar aún podía sentir la ola de sensaciones que recorría mi cuerpo cuando, entre clase y clase, Adriel y yo nos dejábamos mensajes en el espejo del baño de la planta de arriba del colegio.
Esa zona únicamente se utilizaba para las clases de tecnología y apenas estaba transitada, por lo que sabíamos que no seríamos descubiertos con tanta facilidad.
Cuando pensaba en aquella época siempre venía a mi memoria una mañana en concreto. No había sido un día especial o señalado, pero imaginaba que había momentos que se quedaban grabados en la mente sin motivo aparente y siempre perduraban.
Ese día nos habíamos pasado la media hora de recreo besándonos, apoyados en el muro de una de las casas que había cercanas a la tienda donde siempre comprábamos el desayuno.
Aún sonreía cuando pasaba por allí, trasladándome a otra época más inocente y feliz por unos segundos.
Los más mayores teníamos el privilegio de poder salir a la calle en el descanso y, mientras nuestros compañeros comían sus bocadillos recién hechos, Adriel y yo nos desayunábamos a besos y bebíamos de nuestras respiraciones agitadas.
Aunque habían pasado años de aquello, aún sentía su respiración acelerada pidiéndome que parásemos.
Yo no quería hacerlo, pero su excitación y la manera en la que me miró me hicieron saber que bajo ningún concepto podíamos continuar.
Asentí, le sonreí, nos dimos la mano y nos unimos a los demás del grupo, que nos recibieron con silbidos y burlas a las que no quise prestarles demasiada atención.
Una vez de regreso a clase, mientras el profesor explicaba unos ejercicios, unimos nuestras miradas y me sonrió justo antes de pedir permiso para ir al baño y salir del aula.
Mi estómago bailaba nervioso mientras intentaba continuar, pero fui incapaz de concentrarme en la tarea que debíamos hacer, así que, cuando Adriel regresó y me guiñó un ojo, murmuré una disculpa con el profesor y subí rauda las escaleras que conducían al último piso, buscando lo que no tardé en encontrar.
Sonreí sobreexcitada al leerlo.
El único fruto del amor es la manzana.
Lo curioso de todo aquello no era acordarme de ese día, sino el hecho de que ambos pareciésemos tenerlo inmortalizado en nuestra memoria, pues quince años después, frente al espejo del diminuto baño de mi apartamento, descubrí exactamente la misma frase escrita con lo que parecía ser mi lápiz de ojos preferido, un capricho que me había concedido un par de meses atrás y que reposaba encima del lavabo con la punta machacada.
Aunque quise, me fue imposible enfadarme con él habiendo tenido ese detalle y viendo cómo esas palabras decoraban mi reflejo en el espejo. Pero, a pesar de que aquel gesto junto con la conversación de esa misma tarde eran muy bonitos y halagadores, yo seguía sin querer correr.
Cualquier otra persona en su sano juicio habría caído con todo el equipo cuando el hombre por el que comienza a sentir cosas importantes le hace creer que es recíproco, y no negaré que eso fue justo lo que sentí al escucharlo rodeado del sonido de las olas del mar embravecido de diciembre, pero Adriel acababa de salir de una relación y traía consigo una maleta llena de malas vibraciones.
Simplemente no podía imaginarme siendo parte de ese lastre en algún momento por el simple hecho de precipitarnos, y ¡mierda!
, qué difícil había sido no abalanzarme sobre él cuando había admitido que al estar a mi lado sentía una mezcla de emoción, pasión, deseo y cierta confusión, y borrarle a base de besos el caos que enturbiaba sus ojos.
Y sí, yo misma le había pedido que se tomase las cosas con calma y dejase pasar un poco de tiempo antes de decidir nada trascendental sobre su vida, pues yo iba a seguir aquí, justo donde llevaba veintinueve años, aun así, admitía que en el fondo me moría de ganas de perderme en su boca y, si él no ponía de su parte, yo sola no podría cargar con el peso de refrenar situaciones que se avecinaban comprometidas, aunque me autoconvencía diciéndome que un poco de tonteo no le hacía mal a nadie.
Adriel, que sabía que me percataría de lo del espejo al llegar a casa, esperó prudencialmente antes de enviarme un mensaje al móvil:
Adriel
Voy a echar de menos dormir en tu cama, doy fe de que es mucho más cómoda que la mía.
Sonreí al leerlo.
Alicia
Pues lo siento, pero no pienso pasar otra noche en el cuarto de las mellizas, aún me duele la espalda.
Adriel
Recuerdo cierta conversación, que jamás admitiré haber escuchado, en la que se mencionaba lo suficientemente grande que es tu colchón.
Alicia
Menudo alcahuete estás hecho.
Escribí sin dejar de sonreír como una boba en medio de mi apartamento.
Alicia
No sé si tengo ganas de besarte o de estrangularte. Has desgraciado casi treinta euros en el espejo de mi baño.
Adriel
Si mi voto cuenta, prefiero que me beses.
Alicia
Hablo en serio.
Adriel
Y yo.
Pasaron unos segundos antes de que volviese a escribir.
Adriel
Espero que estés de broma, chica manzana. ¿Cómo puede costar eso un simple trozo de mina?
Puse los ojos en blanco y me reí antes de enviarle el enlace de la página web en la que venían las especificaciones del producto.
Prefería mantenerlo entretenido con ese tema, que en el fondo no me importaba tanto, a tenerlo hablando de compartir cama conmigo.
Sin lugar a dudas, me aferré a aquel lápiz como a una tabla de salvación.
Apoyé el teléfono en la encimera, dándole tiempo, y bebí agua directamente de la botella al agarrarla del frigorífico. Miré de reojo el móvil con ansia y mi estómago saltó cuando este vibró un par de minutos después.
Sonreí de anticipación.
Adriel
«Deja fluir la diosa rock and roll que hay en tu interior»… Madre mía. ¿De verdad te has dejado engañar por ese eslogan? A ti no te hace falta nada de eso para «fluir».
Alicia
Vaya, y yo que pensaba que me iba a salir novio si lo usaba.
Antes de poder soltar de nuevo el aparato, este comenzó a sonar con una llamada entrante.
Era él.
—Dime que no te has gastado veinticinco con noventa y nueve en un producto de maquillaje para encontrar pareja —rogó con fingida ofensa.
—No me he gastado veinticinco con noventa y nueve, fueron veintinueve con los gastos de envío. —Me reí cuando bufó exageradamente—. Eh, y los volvería a pagar, es maravilloso.
—Si tú lo dices. —Pasaron un par de segundos antes de escuchar su voz—. Por cierto, habrás cambiado las sábanas, ¿verdad?
—Claro —mentí dirigiendo mi mirada hacia ellas.
—Tengo algo que confesarte.
—A ver —dije con expectación.
—Me costó un poco dormirme porque tu olor estaba por todas partes y eso me tuvo un pelín alterado —recalcó esa última palabra—. Ya me entiendes. Ciertas partes de mi cuerpo estuvieron en contacto estrecho con esas sábanas.
Mierda.
Mierda, Adriel… ¿En qué maldito momento se me había ocurrido refrenar aquella carrera que todavía no había ni comenzado, si lo que de verdad me apetecía era que esas partes de su cuerpo tuvieran un contacto estrecho conmigo?
Tragué saliva al darme cuenta de que me había desplazado hasta sentarme sobre el borde del colchón y mi mano acariciaba el objeto de nuestra conversación.
Qué difícil me resultaba controlarme con él.
—Mejor deja el tema, por favor —le rogué—. ¿Qué tal has encontrado a tu madre? —pregunté queriendo cambiar el curso de la conversación con más perturbación de la recomendable.
Estaba excitada y muy posiblemente esa noche estrenase el regalo de Leo.
Oh, no. Leo.
Llevaba sin hablar con él desde el viernes anterior, momento en el que ocurrió todo lo del viaje y Adriel.
Cuando le contase todo lo que había cambiado el panorama en tan poco tiempo no se lo iba a creer, y no lo culpaba, pues mi vida en la mayoría de las ocasiones no era demasiado interesante, ¿para qué nos íbamos a engañar?
Adriel suspiró antes de romper el silencio que se había creado en la línea durante unos segundos, y Leo abandonó mi cabeza con la misma rapidez con la que había entrado.
—Bueno, está bien, ya sabes. Le he insinuado que lo de Carla ha acabado y de momento se ha conformado con esa explicación —expuso—. Solo me ha dicho que ella no parió a una gallina, sino a un hombre.
—Vaya.
—Aún no sé cómo tomármelo. —Contuve la risa al imaginarme a Isabel diciéndole algo así—. El martes voy a ir a Madrid —volvió a hablar soltando la bomba. Sus palabras provocaron mi mutismo—. Tengo que hablar con Carla y traerme mis cosas.
—Claro.
—Espero poder dejarlo todo zanjado en un par de días —añadió—. Me quedaré con un amigo, y él me ayudará a empaquetarlo todo cuando ella esté en el trabajo, así no la tendré que ver más de lo necesario.
—Estupendo, ojalá no os lleve mucho tiempo. —Forcé mi voz para que sonase positiva.
—Mañana podemos grabar un par de vídeos si quieres, mi madre me ha dado el día libre —bromeó—. Va a irse a casa de una amiga y no volverá hasta por la noche.
—No, no. No te preocupes, Adriel, tú prepara el viaje con tranquilidad, que yo tengo material para ir subiendo, ya cuando vuelvas nos organizamos.
—¿Segura? —preguntó con un tono más serio al escuchar mi réplica.
—Sí, claro. —El ambiente se había enrarecido, y ambos lo podíamos notar flotando en la línea telefónica—. Tengo que dejarte, mi hermana necesita ayuda con los niños. Espero que todo vaya bien, ya me contarás al regresar, ¿vale?
—Vale —contestó y se despidió escueto.
Cuando colgué el teléfono me dije que no podía afectarme tanto que Adriel fuese a ver de nuevo a Carla, pues precisamente iba a poner en orden su vida, cerrando las puertas que había dejado entornadas tras él y trayendo consigo las ganas de continuar hacia delante, tal y como yo misma le había pedido, pero me fue imposible tranquilizarme.
Aquella noche fue la primera en la que dormí poco y mal, la primera de seis.
El regalo de Leo continuó con la envoltura intacta, y yo, con más frustración de la convenida, pues por delante me quedaba toda una tortuosa semana hasta verlo de nuevo y esperaba que para entonces sus sentimientos no hubiesen cambiado, porque los míos estaban más descontrolados que nunca.