CAPÍTULO 25 – CULPABLE
Ninguna historia increíble comienza con alguien comiéndose un plato de brócoli.
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—No puedes estar culpándome, ¿hablas en serio?
Adriel negó con la cabeza.
—No me has entendido. No te lo estaba diciendo en el mal sentido —explicó prudente—.
Solo me refería a que, si tú no hubieses aceptado ir a Madrid, seguramente yo seguiría sintiéndome mal pensando que estoy dejando de lado mi vida y mi relación, mientras me encargo de cuidar a mi madre.
—Hizo una pausa—. En cierto modo te estoy agradecido, aunque siento haber sido tan egoísta pensando solo en mí.
Dirigí mi vista al horizonte y atisbé el sol tímido de diciembre reflejado en el agua del mar. La vista era embriagadora, igual que la compañía.
Respiré hondo.
—¿Quieres hablar sobre ello? —dejé salir temerosa, sin mirarle.
Él no contestó inmediatamente.
Nos encontrábamos sentados en el saliente de unas rocas, en una zona donde se formaban piscinas naturales entre las piedras y que servía a la vez de techo de la gruta que daba paso a la Cala de los Amantes.
Picamos algo por el pueblo y después llegamos allí caminando, dando un buen paseo en un reconfortante silencio. Adriel esperaba poder entrar en la cala, pero resultó imposible acceder por estar alta la marea, así que subimos a Las Pozas y allí llevábamos un buen rato.
Pensé que ya no me contestaría y lo miré justo en el momento en el que cogió aire profundamente y se decidió a hablar.
—Cuando conocí a Carla ella acababa de terminar una relación con un compañero de trabajo —inició su narración, con la vista clavada en algún punto frente a nosotros.
Su semblante permanecía serio, pero sereno—.
Al empezar me contó que había sido una relación bastante inestable que habían mantenido en secreto.
Al final decidió romper con él después de dos años difíciles.
—Inspiré hondo y asentí, invitándolo a continuar.
»Al principio ella tenía miedo, siempre había soñado con trabajar en ese bufete y creía que su puesto se vería afectado.
Aún debían trabajar juntos, ya sabes. Poco tiempo después se dio cuenta de que había tomado la decisión correcta, pues decía que se encontraban bastante cómodos en el ámbito laboral y no parecía haber ningún rencor por ninguna de las partes.
—Observé su perfil sin perder detalle de su expresión, pero su neutralidad no me daba ninguna pista.
»Se llamaba Julio. Le conocí unos meses después y en alguna que otra ocasión volvimos a coincidir.
Si te digo la verdad, nunca terminó de gustarme.
—Se encogió de hombros y me miró—. No me malinterpretes, jamás he sido celoso ni nada por el estilo, pero esa forma en la que se dirigía al mundo, ese aire que desprendía de saber más de todo y que todos…
—Chasqueó la lengua contra el paladar en un ademán negativo—.
Ser el hijo de uno de los socios le ha conferido siempre unas ínfulas de grandeza que jamás he soportado, aunque, las veces que hablé con Carla sobre ello, ella le quitaba importancia e incluso en ocasiones lo defendía.
—Hizo una pausa, y me mantuve callada, expectante, sin querer adelantarme a los acontecimientos, a pesar de que algunas conjeturas ya rondaban por mi cabeza y no eran nada halagüeñas.
»Llevábamos un año saliendo juntos cuando a él lo ascendieron de puesto y se convirtió en su jefe directo. —Alzó las cejas componiendo una mueca de vacilación—. Te puedes imaginar cómo me sentó la noticia.
—Me puedo hacer una idea —añadí escueta.
—Ella nunca ha sabido desconectar de su trabajo, y él, que lo sabía, empezó a utilizar su nuevo cargo para llamarla a cualquier hora, sin importar el día de la semana.
No sabría decirte la cantidad de veces que hemos estado haciendo cualquier cosa, incluso durante el sexo, y se ha excusado para atender el teléfono.
—Joder, ¿en serio?
—Créeme, no mentiría con algo que me deja en tan mal lugar.
—¿Y lo hablasteis alguna vez? —le pregunté cuando una ráfaga de viento hizo que una pequeña llovizna salada cayese sobre nuestros rostros.
Soltó una risa incómoda.
—Tantas veces que no podría ni contarlas.
Ella siempre esquivaba la discusión y zanjaba el asunto alegando que era su trabajo y que yo no podía entenderlo.
—Negó lánguidamente—. ¿Cómo iba a hacerlo si yo solo soy un friki que se dedica a jugar con videojuegos con casi treinta años?
Para ella mi trabajo nunca ha tenido la menor importancia.
—Lo siento. —Puse mi mano en su antebrazo y apreté con cariño—. No me imagino lo difícil que sería la situación para ti.
—Y aún no has escuchado la mejor parte. —Su mirada me provocó un escalofrío de anticipación.
Estiró una de sus piernas y, con dificultad, sacó del bolsillo delantero de su pantalón el teléfono móvil. Tras trastear con él unos segundos, un sonido captó toda mi atención.
Jadeos.
Mierda. Eran jadeos femeninos.
—No… —mascullé cuando me tendió el aparato y mis ojos fueron testigos de la imagen de una pareja manteniendo relaciones sexuales.
Sabía quién era ella gracias a haberla visto en el hospital.
Carla, ajena a la cámara, se mostraba en una actitud bastante comprometida con un hombre que gruñía cada vez que la penetraba.
—Te dejé sola en Madrid con la idea de ir hasta su piso y esperarla allí.
Quería darle una sorpresa cuando llegase de trabajar —explicó sobreponiendo su voz al sonido del teléfono, el cual quedó en un segundo plano como una cacofonía de resoplidos, gruñidos y jadeos que se colaban a nuestro alrededor.
Era incapaz de volver a fijar la vista en la pantalla, unos segundos habían bastado para revolverme el estómago.
Adriel exhaló sonoramente por la nariz al reír dolido—. Pero claramente el sorprendido fui yo.
—Adriel… —Agarró el teléfono y lo miró durante un instante antes de detener la reproducción. Nos mantuvimos en silencio hasta que la pantalla se apagó por completo debido a la inactividad.
»No sé qué decir —admití incapaz de imaginarme el daño que le habría causado ser testigo de aquello—. Lo siento mucho, nadie debería actuar así teniendo pareja.
Movió la cabeza, hastiado, y cerró los ojos.
—Soy un gilipollas. —Lo observé con los ojos acuosos y, cuando abrió los suyos, rehusó mi mirada.
»Me quedé allí toda la jodida noche, Alicia.
Escuché una y otra vez cómo se la follaba en nuestra cama, cómo gemía y le pedía más; vi cómo se corría dentro de ella sin ponerse ni un jodido condón.
—Apretó la mandíbula con furia cuando se le quebró la voz—.
No sé cómo fui capaz, pero conseguí enviarle un mensaje que leyó en voz alta en una de las pausas en las que compartieron un cigarro.
Los escuché hablar de mí. Reírse de mí —rectificó—.
Mofarse del gilipollas que se había ido a cuidar de su pobre madre mientras ellos podían tener vía libre y no tenían que utilizar el despacho para echar un polvo rápido.
Y yo me pregunto: ¿desde cuándo llevan haciéndolo?
¿Es que jamás dejaron de follar y lo nuestro ha sido una puta broma durante todo este tiempo?
—No era capaz de hablar. Mantenía una mano en mi boca y los ojos abiertos de par en par escuchando toda su explicación y era incapaz de emitir sonido alguno.
»Salí de allí cuando se quedaron bien satisfechos y dormidos, con material suficiente como para hundir la carrera de Carla.
—Me miró y sus ojos se asemejaron a una tormenta justo antes de estallar—.
Las relaciones entre trabajadores están terminantemente prohibidas en su bufete.
Lo iba a hacer, Alicia. Estaba decidido a enviar el vídeo a la empresa esa misma madrugada mientras me bebía una copa tras otra, hecho una mierda en un bar, pero cuando más afectado estaba me di cuenta de una cosa.
Hizo una leve pausa y no pude contenerme.
—¿De qué? —susurré contrita.
—De que, al margen del cabreo que tenía por sentirme traicionado y humillado, realmente sentía alivio. —Mi gesto le trasladó mi desconcierto ante sus palabras.
»Sé que mi madre te dijo que soy un cobarde y en parte llevaba mucha razón —declaró y se humedeció los labios tras rascarse la barba con la yema de los dedos—. Nunca he estado enamorado de Carla. —Eché la cabeza hacia atrás en un gesto involuntario.
»Estábamos relativamente bien, para mí era muy fácil estar con ella; nos compenetrábamos bien en la cama cuando su jefe no nos jodía el polvo, respetábamos nuestro espacio personal y creía que lo que iba surgiendo entre nosotros era sincero y real, pero algo fallaba.
Apenas nos veíamos desde que empezamos a vivir juntos, cada uno hacía su vida al margen del otro.
Joder, si últimamente me cruzaba más veces con la asistenta que venía a limpiar que con ella.
—¿Por qué os fuisteis a vivir juntos entonces? —indagué con curiosidad.
—Antes de eso compartía piso con tres estudiantes desfasados de no más de veinte años.
Aquello era un descontrol constante, mi sueldo no daba para más —admitió sin reparos—.
La segunda vez que Carla pasó la noche en mi habitación me dijo que no iba a volver a quedarse allí, y no la culpé, yo mismo estaba hasta los cojones de todo aquello, así que cuando me propuso irme a su piso no lo medité, vi el cielo abierto y acepté.
Por mis propios medios me iba a ser prácticamente imposible salir de esa situación, así que no pensé más allá; dejé al margen las verdaderas razones por las que estaba aceptando su propuesta y, tres días después, mi ropa llenaba unas cuantas perchas de su vestidor.
—Procesé toda la información con algunas incógnitas aún por resolver.
Debió de darse cuenta de mis dudas y sonrió antes de volver a hablar, dejándome aún más confundida.
»Hasta que no volví a Costa Serena no fui realmente consciente de que lo mío con Carla no funcionaba. Cuando le expliqué mi idea de venir ni por asomo pensaba quedarme más de dos o tres semanas, pues en noviembre me había comprometido con un proyecto y supuse que ya estaría en Madrid para entonces.
—¿Y cambiaste de idea al ver el estado de tu madre? —aventuré con cierta duda.
Él me miró, compuso esa mueca de medio lado que siempre me había derretido las neuronas y, obviando el tirón que sentí en mi estómago al observar su sonrisa, alcé las cejas con curiosidad.
—No, Alicia. Tú fuiste la única culpable de que me quedase.