El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 24 – BICHO #2
59%

CAPÍTULO 24 – BICHO #2

Entonces él se giró y me descubrió en medio de la estancia, observándolo. Me faltaba la baba resbalando por la comisura de mis labios, aunque quizá la tenía y lo que pasaba es que era incapaz de percatarme, tan sumida como estaba en mi objetivo visual.

Con diversión torció la cabeza ante mi mutismo.

—¿Estás bien?

Asentí mordiéndome una sonrisa.

Él me miró entretenido a la vez que avanzaba hacia mi posición, y cuando llegó a mi lado rompí a reír de una forma un tanto absurda y vergonzosa. Los nervios me estaban jugando una mala pasada.

—Perdona.

—No hay nada que perdonar —se opuso—. Más bien tendría que pedirte disculpas yo por haber dormido así en tu cama. —Se señaló las piernas; esas gloriosas y fibrosas piernas que recorrería con los labios y que envolvería con mis…—. Espero que no te haya molestado —interrumpió mis pensamientos.

—Ah, no —negué—. No pasa nada, no te preocupes.

Me callé que tenía pensado guardar esas sábanas como mi más preciado tesoro, un secreto que nunca admitiría.

—¿Y qué has pensado?

Vaya, parecía que se había levantado curioso esa mañana.

—Pues que tienes un cuerpo bonito y un culo muy bien puesto, la verdad. Ah, y no sabía que tenías un tatuaje en el omóplato.

Su carcajada se me anudó en el estómago.

—Sí, me lo hice hace unos tres años. Y gracias por tus palabras, pero me refería al desayuno.

Reí con una mezcla de bochorno y nervios.

—Ya. Ya lo sé —me excusé sin demasiada convicción—. Estaba bromeando para romper el hielo.

Afortunadamente, no ahondó más en el tema y pudimos continuar con relativa calma —toda la posible dadas las circunstancias, claro—.

Durante un buen rato disfrutamos de la compañía del otro y charlamos sobre temas banales mientras preparábamos unas tortitas y dábamos buena cuenta de ellas allí mismo, de pie en la barra de la cocina.

Sabía que en cualquier momento abordaríamos lo ocurrido, era algo que sentía planear sobre nuestras cabezas, aun así, no quería forzar la conversación, prefería que saliese de él y que, sencillamente, le apeteciera compartirlo conmigo.

—No te muevas —me dijo muy serio frente a mí.

Yo me envaré a la vez que cientos de escenarios desagradables circulaban por mi cabeza al ver cómo miraba fijamente mi hombro, donde sentía un leve cosquilleo y movimiento sobre mi chaleco.

Cerré los ojos y respiré, intentando calmarme.

Admitía que la imagen de una cucaracha moviendo sus antenas y mirándome fijamente me atormentaba fuertemente.

—¡¿Qué es?! —pregunté desde la oscuridad de la parte trasera de mis párpados, sin dejar de apretarlos con aprensión—. Quítamelo, por favor —le rogué al borde del llanto.

—Quieta —repitió y lo sentí más cerca—. No es nada. Mira, abre los ojos.

Sin tenerlas todas conmigo, unos segundos después hice lo que me pedía y descubrí con asombro que lo que se había colado en mi apartamento no era ningún bicho asqueroso de los que me había imaginado, sino un adorable insecto palo que, sobre su mano, se balanceaba desplazándose con sus alargadas patas.

—¡Paco! —exclamé aliviada ante la mirada estupefacta de Adriel—. Se le ha debido de escapar a mi sobrino —expliqué ante su ceja alzada—. Es su mascota desde hace un par de meses. Lo encontraron en el campo uno de los días que fueron con las bicicletas y a veces se le escapa del terrario.

Llevé mi mano hasta él y lo agarré con cuidado por su cuerpo, sin querer tocar sus patas, pues todos en casa habíamos hecho un cursillo acelerado sobre la especie y sabíamos que si se sentían en peligro podían desprenderse de ellas.

—Ven —él continuaba atónito, pero me siguió hasta la puerta que conectaba con la casa de mi hermana en silencio—. ¡Bruno! —llamé y escuché sus pasos por la planta de arriba antes de verlo aparecer por las escaleras con cara de preocupación.

—¡Ahí estás! —Suspiró serenándose tras la carrera—. Vas a estar castigado sin hojas de zarza hasta que se me olvide que te has vuelto a escapar —le dijo al animal cuando se lo cedí.

—Bruno Remo Delgado —reclamó mi hermana.

—Oh, oh… Te la vas a cargar —intervino Carolina con las piernas cruzadas sobre el sofá.

Aún a mis veintinueve años no comprendía el motivo, pero que una madre llamase a un hijo con apellidos incluidos no era un buen presagio.

—Dime que Paco no andaba perdido por la casa —exigió mi hermana cuando llegó a nuestro lado.

—Paco no andaba perdido por la casa —coreó él.

—Bruno…

—Mamá…

Ella suspiró hondo.

—Me agotas, de verdad —dijo negando con la cabeza.

—Descansa, mami —contestó mi sobrina Fabiola.

Mi hermana le sonrió con cariño y acto seguido volvió la atención a su hijo mayor.

—No vuelvas a dejarte el terrario abierto, ya sabes que no quiero verlo rondando por casa.

—Mami, si cierras los ojos no lo verás —añadió la pequeña de nuevo.

A Bruno se le escapó una carcajada. Mi hermana lo reprendió con la mirada y sentí la risa comedida de Adriel a mi lado. Yo misma tuve que contener la mía por la respuesta espontánea de la criatura. Apuntaba maneras.

—Ven, princesa. —La agarré en brazos, y ella me sonrió, mostrándome una boca llena de chocolate y churretes de color variado que me derritió—. ¿Con qué estabas jugando?

Mientras ella nos llevaba a Adriel y a mí hasta el salón, donde un montón de trozos de plastilina se esparcían por la mesa de café en una mezcla policromática, pude escuchar cómo mi hermana terminaba de amonestar a Bruno.

—Y hazme el favor de ir a darte una ducha, te brilla la cabeza —añadió cuando él ya pasaba por nuestro lado en dirección a las escaleras con su mascota a buen recaudo.

—Eso es porque tengo buenas ideas, mamá. —Soltó una risita y echó a correr cuando mi hermana hizo amago de ir tras él.

Nos miró y sonrió resignada.

—Y este, Adriel, es nuestro día a día —le dijo a él antes de marcharse de nuevo a continuar con sus quehaceres, los cuales, teniendo en cuenta la sobrepoblación de la vivienda, eran muchos.

Miré al aludido encogiéndome de hombros y le pregunté si quería volver a mi apartamento, y él declinó el ofrecimiento con una sonrisa y una negación divertida de la cabeza.

De fondo la televisión amenizaba el momento y, aunque visto desde fuera todo aquello podía parecer un poco incoherente, para mí aquel caos tenía todo el sentido del mundo, así que agradecí que él se sintiese cómodo entre tanta locura.

Sonreí y acaricié la cabeza de Fabiola.

—¿Ves, tata? Comer fruta no trae nada bueno —dijo mi sobrina Diana.

La miré sin entender hasta que caí en la cuenta de la escena que se estaba desarrollando en la pantalla, donde la imagen de una princesa Disney siendo envenenada por una manzana captó la atención del público congregado en el salón.

—A mí jamás me habrían envenenado con una manzana —añadió Carolina.

—Ni a mí —continué la broma—. Como mínimo me tendrían que haber traído un bocadillo de tortilla.

—O un dónut —añadió Emma.

—A mí me sirve una manzana —murmuró Adriel mirándome intensamente.

Le mantuve la mirada y, cuando sentí que no podía soportar tanta intensidad sin volverme loca, volví mis ojos al frente y aguanté el anhelo mordiéndome el labio inferior con saña.

Un momento después Fabiola captó de nuevo nuestra atención y continuamos jugando a cosas tan apasionantes como a hacer formas con la plastilina, ayudar a Carolina con una manualidad que debía hacer para el colegio, en la que se empeñó en utilizar kilos de purpurina que luego me costó la vida eliminar de mi cuerpo, e incluso jugamos a juegos de mesa con las mellizas y Alana.

Se estaba acercando el mediodía cuando, en un momento en el que nos quedamos prácticamente solos en la planta baja, él me miró y me sonrió.

—Quiero llevarte a un sitio —anunció en tono suave.

Asentí convencida de ir con él a cualquier parte que me propusiese.

Quizá estaba rebasando esa raya imaginaria que había trazado días atrás; puede que la línea a aquellas alturas hasta rodease su cuerpo para atraerlo hacia mí, pero lo que sí sabía con certeza es que no podía ir en contra de lo que me pedía el alma, y en aquel momento me chillaba a voz en grito que lo siguiese hasta los confines de mi cordura.

Así que tras darnos una ducha, lamentablemente por separado, nos marchamos.