El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 24 – BICHO
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CAPÍTULO 24 – BICHO

Te puede dejar tu novio, pero la purpurina nunca te abandonará del todo…

Actualidad

Sentía dos pares de ojos posados sobre mí y podía escuchar cómo sus vocecillas cuchicheaban.

Sin querer delatarme, continué con los míos cerrados y la postura relajada sobre la cama supletoria de la habitación de las mellizas en la que había pasado la noche, hasta que las escuché salir por la puerta.

Conociéndolas, quizá debería haberlas seguido para interceptarlas antes de que llevasen a cabo alguna de sus trastadas, pues, aunque Emma era la gemela «buena», Diana conseguía hacerla partícipe de las fechorías más imaginativas que se le pasaban por la mente, y terminaban liándola a base de bien.

Abrí con sigilo uno de mis párpados. Cuando estuve segura de que me encontraba sola, rebusqué entre las sábanas hasta que di con el teléfono y miré la hora: las siete y veinte de la mañana.

Mierda, me encantaban los niños, pero si había algo que detestaba de la faceta maternal era, sin lugar a dudas, las horas a las que se despertaban de lunes a domingo, sin importar si había colegio, obligaciones o fiestas de guardar.

Resoplé al ponerme en pie y me estiré con esfuerzo, me encontraba un poco entumecida después de haber tenido que pasar la noche en un colchón bastante incómodo y en el que mi cuerpo prácticamente rebosaba a lo largo y ancho de su superficie.

Me di cuenta de que la planta de arriba se encontraba en relativa calma e imaginé que mis sobrinos mayores aún dormirían.

El eco de las voces de los pequeños sonaba amortiguado desde el piso inferior y hacia allí encaminé mis pasos, con una sonrisa anticipada y, justo cuando llegué al pie de las escaleras e hice recuento de cuerpos, fui consciente de que las gemelas no se encontraban a la vista.

Una alarma resonó en mi mente y, sin ser realmente consciente, moví veloz mi cabeza fijándome en un pequeño detalle que confirmaba mis peores temores: la puerta que conectaba con mi apartamento estaba entornada, cuando recordaba perfectamente haberla cerrado la noche anterior tras de mí.

—Mierda, joder —blasfemé a la nada, terminando de bajar los escalones y dando un par de pasos hacia allí.

Escuché un coro de vocecillas infantiles repitiendo mis poco apropiadas palabras, y a mi hermana amonestándolos desde algún lugar entre el salón y la cocina al que no alcanzaba mi visión.

Sin querer perder más tiempo, me dirigí hasta mi objetivo con decisión, pero a la misma vez con sigilo, pues no quería alertarlas de mi presencia, aunque sí esperaba ver qué estaban haciendo y de qué me tendría que disculpar después con Adriel.

—¿Crees que está muerto? —preguntó una de ellas en un susurro.

—Huele a muerto —respondió su hermana, y ambas rieron comedidas.

—Yo nunca he olido a ninguno.

Abrí un poco más la puerta, lo justo para ver sus espaldas encorvadas observando al espécimen que ocupaba la cama que había sido de su tía hasta la noche anterior.

—¿Crees que la tata y él se han peleado y por eso no duermen juntos?

—No seas idiota, Emma. Los novios cuando se pelean luego se dan besos con lengua y lo arreglan —contestó la otra con orgullo, como si conociese los secretos del universo a sus escasos siete años—. Seguro que le olían los pies, y la tata prefirió venirse a nuestra habitación a dormir.

—No huele a pies ahora —rebatió su hermana con inocencia.

—Pues entonces se tiró muchos pedos.

—¡Qué asco! —murmuró Emma con cara de repulsión mientras su melliza reía maliciosa—. Eh, ¿qué vas a hacer, Diana? —preguntó alarmada.

—Shh, calla, que lo vas a despertar.

Decidí intervenir cuando me percaté de que el demonio disfrazado de niña que tenía delante levantaba la manta que cubría el cuerpo boca abajo de Adriel y su espalda desnuda, seguida de su trasero, comenzaba a asomar a ojos de todo aquel que quisiera verlo.

—¡¿Qué hacéis?! —las reñí en susurros.

—¡Nada! —Se sobresaltaron, envarándose y volviéndose para mirarme.

—Salid de aquí inmediatamente —las amonesté en un grito mudo y señalé con la mano hacia mi espalda.

—Te dije que no era buena idea. —Escuché que Emma murmuraba a Diana.

—Calla.

—¿Qué pasa? —La voz de Carolina a mi espalda me hizo morderme los labios.

—Sus pedos casi matan a la tata —explicó Bruno, que debía de haber espiado tras de mí a tenor de sus conclusiones.

— Adirel no hace eso —le defendió su fan número uno, Fabiola, con candidez.

—Pato, todo el mundo se tira pedos —añadió Diana sin ningún atisbo de remordimiento por lo que acababa de hacer—. Hasta Guille, que es un bebé, lo hace.

—Y huelen fatal… —dijo Carolina.

Cuando conseguí reaccionar a aquella situación tan sumamente surrealista, y fui consciente de que una buena porción del trasero de Adriel continuaba asomando por la manta, me giré hacia ellos y extendí los brazos con la intención de echarlos de allí.

—Todo el mundo fuera —les dije intentando parecer severa, aunque la visión de un culo prieto y masculino rondaba mi cabeza perturbándome—. Vamos, volved al salón. En esta casa no conocéis lo que es la intimidad, leches.

—Hala, la tata ha dicho una palabrota —canturreó Fabiola.

—«Leches» no es una palabrota, Pato —le dijo Bruno.

—Sí que lo es —se defendió ella.

—Caraculo tampoco —añadió Diana.

—Creo que eso sí —explicó su melliza.

Mi hermana llegó en ese momento hasta nosotros con Guille en brazos y un paquete alargado y dorado en la otra.

—¿Qué ocurre? —Con sus poderes de madre echó un vistazo al alboroto que había montado en la entrada de mi apartamento y discernió en escasos segundos lo que sucedía, activando finalmente el protocolo de emergencia—.

Venga, ya habéis oído a vuestra tía, hacedle caso y despejad la zona.

Vamos, vamos… —les ordenó como un sargento a sus tropas—. Alana, llévatelos al salón y reparte.

Mi sobrina mayor, que se había mantenido en un segundo y discreto plano, agarró a su hermano pequeño y al alijo de galletas que su madre le tendía, y se los llevó tras ella como si del mismísimo flautista de Hamelín se tratase.

El azúcar a veces obraba milagros que ni la propia Virgen de Lourdes sería capaz.

—¿Por qué has dormido con las niñas? —preguntó en voz baja mi hermana cuando estuvimos solas.

Encajé algo más la puerta de mi apartamento y la miré tras coger aire con un suspiro que nació de lo más profundo de mi estómago.

—Adriel se quedó aquí —expliqué como respuesta.

Ella alzó las cejas reclamando más información. Imité su gesto, encogiéndome de hombros.

—¿Él se queda en tu apartamento, y tú te vas con las gemelas?

—No pienses lo que no es —advertí—. Llegamos tarde y no quiso molestar a su madre a esas horas, así que le dije que se quedara y le cedí mi cama.

—Tu cama es amplia…

—Estrella, no empieces, que a veces eres peor que tus hijos.

Ella contuvo una sonrisa.

—Está bien. ¿Necesitáis algo?

—¿Un pestillo doble y una puerta acorazada?

Se le escapó una carcajada y me revolvió el flequillo, gesto que siempre hacía su marido cuando me veía.

—¿Dónde está Fede?

—Limpiando la piscina. —Negó con la cabeza cuando la miré estupefacta—. No me preguntes por qué si estamos en diciembre, yo he intentado averiguarlo y aún no lo he conseguido.

Me reí al ver su gesto.

—Bueno, voy dentro —añadí como despedida.

—Vale… —canturreó mi hermana. Su tono sirvió para que le lanzase una mirada de advertencia que tan solo le provocó una nueva carcajada—. Por si acaso pondré la tele a un buen volumen, no quiero que los niños se me traumaticen.

—Vete a la mierda un ratito, anda.

No pude evitar reírme en silencio cuando cerré la puerta a mi espalda ya dentro de mi apartamento.

Cogí aire armándome de valor y me giré. Dirigí mi vista hacia la cama, esperando encontrar a Adriel tal y como lo había dejado, pero sus ojos observándome fijamente me hicieron dar un buen brinco, sobresaltada.

—Joder, me has asustado.

—¿Yo? —Se rio—. ¿Te he asustado yo? Pues no te quiero ni contar lo que me ha pasado a mí cuando me he sentido observado por unos quince ojos.

—Dieciséis —le corregí con diversión—. Hasta donde yo sé, a ningún miembro de esta familia le falta ninguno y quince es impar.

Adriel soltó una risotada espontánea, y yo me mordí los labios, porque su rostro algo hinchado, pero mucho más renovado; sus pelos enmarañados, y ese torso desnudo sumamente apetecible estaban haciendo mella en mí.

El condenado estaba atractivo hasta recién despierto y una no era de piedra y, si a todo eso le sumabas la conexión que se había creado entre nosotros desde la mañana anterior, cuando lo encontré esperándome en el hotel y todo lo que vino después, las emociones se me estaban haciendo bola.

—¿Cómo estás? —le pregunté rompiendo el silencio.

—Bien, descansado. Tu cama es bastante cómoda —explicó, por si no la había echado lo suficientemente de menos la noche anterior, mientras lo imaginaba a él metido en ella.

—Lo sé. —Nos miramos durante unos segundos—. ¿Te apetece desayunar?

—Lo cierto es que sí —contestó sin hacer amago de levantarse.

—Y no pretenderás que te lo traiga a la cama, ¿verdad? —bromeé.

Él entrecerró los ojos como calculando sus posibilidades antes de hablar.

—Pues no estaría mal, la verdad.

—Tendrás morro —me quejé sin perder la diversión—. Anda, vamos. Prepararemos algo rico.

Me giré con toda la intención de bajar los escalones que dividían el dormitorio del resto del apartamento, pero, algo que aún no sabría explicar bien qué fue, me hizo voltearme a un par de pasos de alcanzar la cocina, en el momento justo.

Una imagen gloriosa se grabó en mis retinas para el resto de mi existencia, pues Adriel se subía los pantalones vaqueros, sin atisbo de ropa interior, ofreciéndome una panorámica de su trasero en todo su esplendor.

Además de ese cuadro también contaba con el añadido de deleitarme con su espalda desnuda, donde unos músculos bastante interesantes bailaban al compás del movimiento de sus brazos.