CAPÍTULO 23 – ROTO
No es hambre, son mariposas.
Actualidad
Conseguí recomponerme a duras penas antes de que Adriel saliera del baño. Todavía me encontraba en la terraza cuando le escuché abrir su maleta y trastear con las prendas, mientras yo intentaba ordenar mi mente.
Habían pasado unos cuantos minutos, y aún no había reunido el valor suficiente para girarme y encarar la situación, cuando un sonido captó mi atención y puso en pie todas mis alarmas. Me giré y crucé con sigilo la puerta de la terraza y lo que vi me desgarró el alma.
Adriel, sentado en la cama, con los brazos apoyados en las rodillas y las manos cubriendo su rostro, sollozaba en silencio.
Avancé hacia él, concentrada en el movimiento de sus hombros al respirar entrecortadamente, y sentí cómo el nudo en mi pecho enviaba lágrimas a mis ojos de manera fulminante.
El único hombre al que había visto llorar en toda mi vida había sido a mi padre; no fue plato de buen gusto debido a la situación que estábamos viviendo y a que, habiéndonos criado en una sociedad impregnada de convencimientos arcaicos, se pensaba erróneamente que los hombres no necesitaban desahogarse de la misma manera que nosotras, pero hacía casi veinte años que aquella absurda idea se había desmoronado de golpe.
Y Adriel lo estaba volviendo a hacer, estaba dejando salir lo que tenía dentro demostrándome que las heridas no son cuestión de género, sino de estar vivo y sentir, de padecer, al fin y al cabo. Y deseé irremediablemente que ese momento de total vulnerabilidad lo compartiese conmigo.
Me acerqué a él y llevé mis manos hasta su pelo todavía húmedo. Lo acaricié con las yemas de mis dedos y tragué saliva con dificultad antes de hablar.
—Adriel…
Elevó la cabeza como si no hubiese sido consciente de dónde y con quién se encontraba hasta ese momento.
Un amago de sonrisa lastimera asomó a sus labios y supe que, aunque algo menos evidentes, aún había signos de embriaguez en su cuerpo.
Nos mantuvimos la mirada y su gesto entristecido me rompió un poco más el corazón. Un momento después su voz sonó en un susurro, invadiendo el espacio a nuestro alrededor.
—Lo siento, Alicia —comenzó a disculparse—. No quería presentarme aquí así y montarte este numerito. —Dejó escapar una sonrisa triste que le provocó unas pequeñas arruguitas en la comisura de los labios.
—Me alegro de que hayas venido —solté sincera.
Él rehuyó mi mirada antes de volver a hablar.
—Yo también. —Pasó la mano por su pelo, echándolo hacia atrás a la vez que emitía un suspiro cansado—.
Es curioso, esta es la ciudad en la que llevo viviendo los últimos años, donde supuestamente tengo mi vida y mis amigos y, sin embargo, el sitio donde necesitaba estar y el único que me ha venido a la mente como si no existiese otra opción válida, era en el que estuvieses tú.
Aquello me provocó cosas. Cosas que me dieron miedo y que a la vez me hicieron sentir dichosa dentro de la tristeza que me embargaba y que se podía palpar a nuestro alrededor, porque, incluso sin él pretenderlo, me había necesitado para combatir su dolor, y yo no podía más que ablandarme un poco más y sentirme sumamente agradecida por ello.
—Adriel… —conseguí pronunciar con la voz quebrada al verlo tan abatido.
Él me miró, apretó los labios el uno contra el otro y, sin oponer ninguna resistencia, se abrió en canal delante de mis ojos.
—Qué mal lo he hecho todo, joder —sollozó—. Qué mal.
Me sentí incapaz de mantenerme al margen por más tiempo, por lo que me agaché hasta quedar a su altura y lo abracé con todo mi cuerpo, pero también con mi alma, queriéndole transmitir que podía evaporar en aquellas lágrimas las heridas que tuviese, pues yo estaría allí con él el tiempo que necesitase para sanarlas, a pesar de que aún no conociese el alcance ni la magnitud de las mismas.
Permanecería a su lado, aunque después me doliese.
Estaría para él siempre que lo necesitase y fui incapaz de concebir otra manera de expresarle todo aquello más que con mi presencia y mis caricias.
Mi mano se lanzó en un baile hipnótico de arriba abajo en su espalda, arrullándole sobre la tela del jersey que llevaba puesto, sin permitir que se sintiese solo.
Varios minutos después comencé a notar las piernas algo entumecidas, pues me mantenía de rodillas sobre el duro suelo enmoquetado de la habitación y, cuando comencé a recolocarme en la postura, él debió de advertir mi incomodidad, ya que se separó un poco e, inspirando sonoramente por la nariz, habló:
—¿Estás bien?
Asentí con una sonrisa cariñosa y atusé su afectado flequillo con mi mano.
—Sí, no te preocupes —le resté importancia—. ¿Cómo estás tú?
Él se encogió de hombros por toda respuesta y el enrojecimiento de sus ojos me hizo entender que aún era pronto para que él mismo pudiese tomar las riendas de la situación, por lo que decidí actuar según mis propias conclusiones.
Me puse de pie frente a él, que elevó la cabeza para poder observarme.
—Alicia, sé que no debería haberte dejado sola ayer y que… —Apoyé dos dedos en sus labios haciéndolo callar y negué con la cabeza sin dejar de sonreír.
—Eso ahora no importa.
Le sonreí con ternura y conduje mis manos hasta su cara, bajo su atenta mirada. Reseguí con la yema de mis dedos el destello brillante de una lágrima en su mejilla y proseguí hacia su mentón, notando el picor de su incipiente barba en mis dedos.
Su expresión me dejó claro que lo había pillado desprevenido, pero yo tan solo estaba dejando actuar a mi cuerpo, queriendo sanar su herida.
Así se lo quise transmitir dentro de la intensidad del momento.
Sin desviar la vista de sus ojos dibujé la característica constelación de lunares que había en su cuello y continué hacia abajo, deslizando lentamente las palmas de mis manos por sus brazos.
No me pasó desapercibido cómo sus labios se entreabrieron para coger aire cuando agarré su jersey por la cintura y, con tranquilidad, lo subí con la clara intención de despojarlo de él.
—Alicia —rogó confundido mientras elevaba los brazos.
Me deshice de la prenda echándola al suelo.
Aunque la connotación del momento podía haberse malinterpretado, no dejé de sonreírle con cariño y también con unas inmensas ganas de llorar, pues sus sollozos silenciosos de hacía un momento aún seguían clavados en mi corazón.
Desconocía qué era lo que le había ocurrido o lo que le había llevado a aquel estado, pero sí fui consciente de que, el Adriel entero que despedí la tarde anterior, no era el mismo que había vuelto hecho pedazos, y lo único que me nacía era tratar de recomponerlo, porque sentía por él algo muy intenso, una necesidad impulsiva de besar cada marca de dolor que asomaba por su alma.
Haría cualquier cosa por él. Le quería lo suficiente como para sacrificar mis propios sentimientos y, sorprendentemente, aquella revelación no me cogió por sorpresa.
Respiré hondo, y él imitó mi movimiento.
—Confía en mí, Adriel —le susurré.
Supe que así lo hacía por cómo me miró, por el gesto contenido que me dirigió.
Con lentitud me deshice de mi propio jersey, quedándome tan solo con el bodi de manga larga que llevaba debajo, y me despojé de las zapatillas de deporte sin siquiera desabrocharlas.
Advertí que él había estado descalzo todo ese tiempo y mi mirada se demoró unos cuantos segundos en sus pies.
Los tenía bonitos, con unos dedos rectos no demasiado largos y las uñas meticulosamente cuidadas.
Sonreí internamente al ser consciente de que jamás me había fijado antes en si los pies de un hombre me resultaban agraciados o desagradables, y aún conservé la sonrisa al conectar de nuevo con su mirada.
Cuando me subí a la cama, escuché cómo cogía aire con brusquedad.
—Ven.
—¿Qué…?
Contuve las ganas de consolarlo como quien reconforta a un niño que no entiende la lección y le cogí de la mano atrayéndolo hacia mí.
—Ven, túmbate.
Lo hizo sin dejar de mirarme. Estaba desconcertado. Su expresión se encontraba a caballo entre la extrañeza, la curiosidad y una pizca de intranquilidad.
Antes de apoyar la cabeza en la almohada pareció debatir la decisión mentalmente y, cuando por fin se tumbó boca arriba a mi lado, no perdí ni un instante y me arrimé a su costado, quedándome abrazada a su cuerpo y tapándonos a los dos en el proceso.
No tardé en ser consciente de su calor traspasando las prendas que nos mantenían cubiertos y eso, curiosamente, me reconfortó.
Inspiré hondo y mis fosas nasales se impregnaron de su olor, tan cercano y agradable.
—Cierra los ojos y no pienses en nada —le ordené en un susurro cerrando los míos—. Yo estaré aquí cuando despiertes y tendremos tiempo de sobra para hablar de todo lo que quieras.
—No voy a ser capaz de dormirme —admitió.
—Tan solo ciérralos. Los dos necesitamos descansar, creo que para ambos ha sido una noche horrible. —Su silencio elocuente fue suficiente respuesta—. Deja que cuide de ti, por favor.
Elevé la cabeza y nos mantuvimos la mirada, observándonos en silencio durante unos segundos. Cuando atisbé el amago de una pequeña sonrisa en sus labios, rompí el contacto visual y apoyé mi mejilla en su pecho, sintiéndolo ascender y descender con su respiración.
Mi pómulo contabilizaba cada latido de su corazón en un mantra letárgico que me fue hipnotizando con el paso de los minutos y un buen rato después, cuando su postura algo rígida se terminó de relajar e incluso se había aventurado en apoyar una mano en mi espalda, murmuró contra mi pelo:
—Gracias, chica manzana.
Sonreí en respuesta y, aunque no le pude ver, sé que él lo sintió.