El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 22 – RECUERDOS QUE DUELEN
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CAPÍTULO 22 – RECUERDOS QUE DUELEN

El sol se esconde al atardecer para espiar a la luna durante la noche.

Mamá llevaba un par de horas en la cocina preparando la cena. La casa tenía un olor delicioso y a mí me rugían las tripas, pero, la tercera vez que entré y abrí el frigorífico, me riñó y me prohibió volver a entrar. ¿Por qué no entendía que tenía hambre?

—Deja de olisquear la puerta, pareces un ratoncillo hambriento —se quejó mi hermana al pasar por mi lado.

—Tengo hambre.

—Siempre la tienes. —Resopló encendiendo el televisor.

Después se dejó caer en el sofá y me miró con cara de hastío, como solo una adolescente de quince años sabe hacer.

Esperaba no ser así en cinco años, la verdad—.

Pídeselo a papá, seguro que él te consigue algo de la cocina de contrabando, eres su favorita.

—No está. —Obvié la respuesta hacia su comentario en tono hiriente—. ¿No te quedan chocolatinas?

—No —contestó rotunda—. Y, aunque tuviese, no te iba a dar más. Aún siento vergüenza al recordar lo que pasó en clase por tu culpa.

Me mordí el labio inferior con fuerza intentando no sonreír, pues sabía que eso solo empeoraría más las cosas y no me gustaba estar peleada con ella.

Días atrás Estrella volvió de clase muy contenta diciendo que, tras mucho insistir, la profesora de música le había prestado uno de los cedes que utilizaban en la asignatura y con el que mi hermana parecía haberse encaprichado.

Se había pasado tooodo el fin de semana escuchando una sola canción, una vez tras otra; fueron tantas que hasta yo misma me la aprendí.

Compartíamos habitación y a veces eso era un incordio, pero otras no me venía del todo mal, pues ella aún conservaba casi intacta su caja de bombones en el cajón de su mesilla, regalo de la abuela, y de la que yo ya había dado buena cuenta el mismo día que cayó en mis manos.

Para conseguir mi propósito, utilicé información privilegiada que solo una hermana pequeña puede almacenar en su memoria para esos menesteres y le dije que, si no paraba la maldita canción, iría a contarle alguno de sus secretos a mamá.

Ella compró mi silencio con chocolate, y yo hubiese sido capaz de venderle mi alma al diablo por esos bombones, recubiertos de un papel dorado que parecía haber sido creado en la mismísima fábrica de envolturas de bombones del cielo.

Con aquello firmamos una tregua, sin embargo, de poco sirvió aquella calma momentánea, porque el lunes siguiente volvió a casa hecha una furia conmigo. Jamás la había visto así y hasta mamá se asustó por cómo me estaba hablando.

—He pasado la mayor vergüenza de mi vida por tu culpa, niñata asquerosa.

—Estrella, cálmate y no le hables así a tu hermana —ordenó mi padre.

—¿Qué ha pasado? —preguntó mi madre preocupada—. Tranquilízate y cuéntanos qué es eso tan grave que ha ocurrido.

Estrella cerró los ojos un segundo y respiró hondo, aunque fue en vano porque, cuando los abrió y dirigió su mirada hacia mí, aún llameaban.

—¿Os acordáis del disco que me prestó Encarna el otro día?

—inquirió con supuesta calma, haciendo alusión a la maestra de música del instituto—.

Pues hoy se lo he devuelto y, cuando lo ha abierto delante de toda la clase para ponerlo en el reproductor, ha explotado una lluvia de celofanes dorados hacia su cara como si fuera confeti a presión.

—Contuve una carcajada a duras penas, imaginando la escena.

»Como te rías te mato —me gruñó—. No sabes lo mal que lo he pasado. La profesora se ha creído que me estaba riendo de ella y me ha castigado la hora entera de clase.

—Alicia, ¿ha sido cosa tuya? —Mi padre me miró arqueando una ceja, como solo un policía sabe hacer delante de un culpable, pues, aunque llevase varios meses de baja por una lesión en la pierna, no había perdido la práctica.

Las ganas de reírme se esfumaron de golpe ante su escrutinio y reprimí unas lágrimas de culpabilidad antes de admitir el pecado.

—Estrella, escribiremos una nota a tu profesora explicando lo que ha ocurrido, y Alicia irá contigo a entregársela, ¿de acuerdo?  —añadió mi madre

Ambas asentimos, ella aún algo enfadada, y yo aliviada al creer que iba a recibir un castigo tan liviano, después descubriría que me iba a tocar a mí hacerle la cama durante una semana entera, y eso sin contar con que aún no sabía que su alijo de bombones había descendido sospechosamente de nuevo.

Odiaba profundamente hacer la cama…

—Ya ha llegado papá. —Estrella me trajo de vuelta al presente y sentí el sonido de las llaves en la cerradura.

Sonreí con ganas. Papá y yo teníamos una relación muy especial, siempre me defendía y me permitía comer chuches cuando mi madre se negaba. Por eso, cuando entró en el salón con un escueto saludo y se internó en la cocina sin casi dirigirme la mirada, observé la puerta cerrada con extrañeza.

—Me voy al cuarto —anunció Estrella—. La tele apesta.

Asentí contrariada sin ser realmente consciente de qué era lo que ocurría en la cocina, a pesar de que la voz amortiguada de mi madre se alzaba sobre el ruido de los cacharros.

Si bien aún no lo sabía, ese sería el peor día de mi vida o al menos el primer peor día, porque, aunque durante aquella noche de fin de año todos reímos las gracias de mi padre, en el fondo sabía que algo no iba bien.

Los ojos vidriosos de mi madre y su silencio, los movimientos torpes de mi progenitor y el hecho de que no dejase de llenar su copa de vino presagiaban problemas, pero parecía que nadie se daba cuenta.

Bueno, alguien sí: mamá.

Ella siempre lo sabía todo y di por hecho que era consciente de eso tan raro que estaba pasando y que mi corta edad no me dejaba aún comprender. Lo terminé de confirmar cuando nuestras miradas se cruzaron y su sonrisa no le llegó a los ojos.

Sentí un nudo en el estómago al percatarme de su gesto contenido y este se acrecentó cuando, un par de horas después, observé atónita la escena que se daba en las escaleras.

—¿Papá? —le llamé dubitativa, él intentaba subir y trastabillaba continuamente, mascullando algo ininteligible—. ¿Estás bien?

Se giró sonriéndome.

—¡Alicia! —Su euforia me hizo fruncir el ceño—.

Ven aquí, pequeña, ayuda a este tullido a llegar hasta su habitación.

No sé dónde se ha metido tu madre —murmuró cuando me echó el brazo por el hombro y dejó caer buena parte de su peso sobre mí, haciendo que me tuviese que agarrar a la barandilla para no despeñarme con él encima.

Yo era una niña bastante grande para mi edad, la más alta y ancha de la clase, para ser más exactos, y mi padre era una torre humana si lo comparaba conmigo.

Con bastante dificultad ascendimos y, justo cuando puso el pie en el último peldaño, una arcada lo dobló en dos.

Su movimiento involuntario e inesperado me hizo perder el equilibrio, por fortuna pude agarrarme en el momento en el que mi culo impactó contra el escalón, evitando así rodar escalera abajo.

Aún con dolor en mi trasero sentí algo viscoso y caliente descendiendo por mi brazo en dirección a mi mano.

Con aprensión, y apretando los labios, llevé la vista hacia allí y solo fui capaz de sollozar con una mezcla de repugnancia y asco antes de que mi madre apareciese a toda prisa y agarrase a mi padre, que respiraba con dificultad por el esfuerzo de vomitar, y lo llevase hasta su dormitorio, cerrando la puerta tras ellos.

Sí, aquella fue la primera peor noche de mi vida, y luego vinieron más.

Por aquel entonces los niños no teníamos tanta información como hoy en día.

La conexión a internet era algo de lo que se empezaba a hablar, pero ni por asomo lo que conocíamos en la actualidad y, en mi inocencia propia de los diez años, creí que mi padre estaba muy enfermo y que iba a morirse, no encontraba otra explicación a que, cada vez que volvía a casa antes de cenar, llegase sudando, con la cara enrojecida, problemas para hablar, la respiración acelerada y dificultad para moverse y caminar.

Mi madre lloraba.

La escuchaba hacerlo en su habitación día tras día, normalmente cuando papá no estaba con ella o se encontraba indispuesto, sin embargo, cada vez que le preguntaba me decía que todo estaba bien.

¿Cómo iba a estarlo?

¿Por qué nadie se daba cuenta de que ya llevábamos así varios meses y la cosa no parecía mejorar?

Yo no quería que mi padre se muriese y, como nadie tomaba cartas en el asunto, una tarde decidí hacérselo saber a mi madre.

En mi mente tenía toda la lógica del mundo, yo debía alertarla para que pudiésemos llevarlo al médico para curarse, así que, mientras mi hermana y yo merendábamos en la cocina y mi madre secaba la cubertería, me lancé.

—Papá se está muriendo, ¿verdad?

—No —contestó mi hermana sin levantar los ojos de su sándwich de crema de cacao al ver que mi madre no pronunciaba palabra.

Se salvaguardaba de nuestras miradas al estar de espaldas a nosotras, aun así, yo sabía que me había escuchado, su espalda se había enderezado y se mantenía tensa, sin moverse.

—Pero está enfermo —aclaré sin creerme que nadie se hubiese dado cuenta.

—No lo está.

—Sí —repetí tozuda—. ¿Tan poco te fijas en él, Estrella?

—¡No está enfermo, Alicia! —me chilló—. No lo está. Papá es un borracho.

—¡Estrella! —exclamó mi madre amonestándola y se giró para mirarnos. Sus ojos desprendían desolación—. No digas eso.

—Es la verdad. —Se encogió de hombros—. Se pasa el día en el bar, viene apestando a alcohol y está más tiempo así que normal.

—Papá está pasando por un momento difícil. —Suavizó mi madre ante mi mirada pasmada—. Su lesión ha sido un duro golpe para él, solo necesita tiempo, todo estará bien…

En mi ignorancia me alegré de que lo que tuviese fuese algo tan sencillo y con cura; a fin de cuentas no estaba enfermo, no se iba a morir.

—Podemos decirle que deje de serlo —expuse inocentemente resuelta.

—No es tan fácil, so boba —resopló mi hermana.

—Sí lo es.

—No, no lo es, y tú eres muy pequeña para entenderlo.

—¡Tú también eres pequeña!

—Y tú, idiota.

—Estrella, ¡basta! Alicia, si ya te has acabado la merienda, vete a hacer los deberes —me despachó—. Y tú —dijo señalando a mi hermana, que ya se disponía a levantarse para escapar de aquello—. Quédate un momento conmigo, necesito que me ayudes con una cosa.

Cuando fui a replicar, y decirle que yo también podía ayudarla, me miró severa y comprendí que aquella lucha no iba conmigo. Mamá siempre había sido dulce, comprensiva y cariñosa, pero de un tiempo a esa parte ya no era igual.

En aquel momento no comprendí la magnitud de lo que mi hermana me había revelado esa tarde, sin embargo, sí me creó una relación de odio absoluto con el alcohol, porque él había sido el causante de que mi familia se estuviese desmoronando, de que mi madre no parase de llorar, de que mi padre apenas pasase tiempo en casa y, cuando lo hacía, ya no quería salir a jugar conmigo con la bicicleta ni me pedía que lo ayudase en el jardín.

Hacía meses que venía un chico del pueblo a encargarse del mantenimiento de las plantas y el césped, y lo que pensé que sería pasajero se fue alargando en el tiempo.

Mi madre andaba por la casa como si algo le hubiese robado las ganas de vivir.

Cada vez veía menos a papá, y mi hermana no ayudaba en nada creyéndose tan mayor y dejándome de lado, sin apenas aclararme las dudas que me surgían y que le iba preguntando.

Comencé a encerrarme en el desván. Estudiaba y dibujaba rodeada de cajas y muebles viejos, curiosamente me sentía cómoda y a salvo allí arriba.

Era el único lugar de la casa que no me provocaba dolor ni me hacía presenciar escenas que después danzaban por mi mente a la hora de dormir, por lo que lo convertí en mi refugio.

Una mañana de sábado en la que mi hermana se fue con unas amigas, y yo difuminaba las sombras de un árbol que había estado dibujando desde hacía un par de horas, escuché un golpe que me alertó. Dejé a un lado el cuaderno de dibujo y me acerqué a la trampilla que guardaba la escalera.

Y así fue como fui testigo del ultimátum que haría que todo aquello estallase.

Las duras palabras de mi madre volarían por mi cabeza durante mucho tiempo después, acompañándome en mi crecimiento y haciéndome consciente de lo duro que tuvo que resultar para ella decirle al hombre que más amaba que había llegado al límite.

Supe, por sus réplicas, que en ese momento no estaba bebido, y es que yo misma había llegado a saber calcular el grado de embriaguez que sufría por la facilidad con la que se le trababa la lengua al pronunciar el nombre de mi madre.

—Imagino lo difícil que es esto para ti, siempre te has desvivido por tu trabajo y no me hago una idea de lo duro que debe de ser saber que no vas a poder volver a incorporarte y que, si lo haces, tendrás que quedarte sentado detrás de una mesa en la comisaría, pero ya no puedo más, Toño.

Tienes que parar —sentenció con la voz temblorosa—.

Tienes que parar y dejar que te ayuden o nos perderás para siempre.

No era realmente consciente de lo que hacía mientras los escuchaba, pero de pronto me descubrí escondida de sus miradas, convirtiéndome en una espectadora oculta de la conversación. Y lo que vi me impactó tanto…

Él, un policía alto, serio y un tanto reservado, postrado de rodillas ante mi madre, aferrando sus manos con fuerza y con el alma desgarrada, saliéndole del cuerpo por los ojos en forma de gruesas y dolorosas gotas saladas.

Mi padre fue el primer hombre que vi llorar. Vertió tantas lágrimas como las que había ido derramando mi madre en el trascurso de aquellos meses.

Lloraron juntos cuando se abrazaron mientras él le decía que lo superaría y que todo se solucionaría, jurándole que volverían a estar bien y que lo haría por nosotras.

Y lloré yo también porque sabía que, aunque todo se arreglase, una parte de mí siempre estaría algo rota por todo aquello, pues mi padre, ese héroe que cuidaba de Costa Serena y con el que siempre me había sentido segura, también cometía errores…

Unos errores que me afectarían muchos años después y que terminaría pagando una persona que quizá no se merecía tal culpa.