El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 21 – ROTA
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CAPÍTULO 21 – ROTA

Dame el chocolate y nadie saldrá herido.

Actualidad

Cuando entré en la cafetería donde había quedado con Mat, inspiré hondo y me dejé invadir por una vibración que me caldeó por dentro.

El lugar rezumaba un encanto especial, como si fuese el escenario de una película inglesa de las de antes, mezclado con la sensación de un atardecer entrando por la ventana en primavera.

Unos sillones de cuero esparcidos por el lugar llamaron mi atención, finalmente me decanté por una de las preciosas mesitas al lado de la ventana.

Cuando me senté, por un momento, me imaginé allí mismo contemplando la lluvia caer en un día gélido y calentando mis manos con una de las tazas de cerámica que salpicaban las mesas a mi alrededor.

Vale, era cierto que estaba un poco intensa, pero era lo mínimo después de la que llevaba encima.

Respiré profundamente y dejé que una sensación de bienestar me asaltase mientras cerraba los ojos.

El ambiente que se respiraba era seductor y tenía un aire romántico muy peculiar y original. Me encantaba aquel sitio.

—Estás obligada a probar la tarta de zanahoria. —Escuché que decía una voz a mi espalda. Me giré con una sonrisa en la boca y lo abracé con entusiasmo tras levantarme.

»Vaya, qué buen recibimiento. —Se rio Mat—. ¿Qué? ¿Te gusta el sitio?

—Es genial.

—Pues, créeme, cuando salgas de aquí verás el día con otra perspectiva. A mí me encanta venir, aquí dentro mis problemas se esfuman y cuando me voy soy otro. —Recé con todas mis fuerzas para que así fuera, y él debió de caer en mi expresión y en mis ojeras.

»Oye, tienes mala cara —comentó al sentarse frente a mí—. ¿Te fuiste ayer de movida madrileña? —se mofó.

—Qué va, me quedé hasta tarde viendo una película en la habitación del hotel.

—Guau… Partyhard , ¿eh?

Me encogí de hombros, divertida.

—Bueno, cuéntame qué tal tu vida de empresario. Por cierto, ¿ahora usas gafas? —le pregunté extrañada al observar la montura metálica que adornaba su cara.

—Es solo para ver de cerca, de lejos veo fenomenal, sobre todo a los gilipollas —dijo quitándoselas.

Solté una carcajada, y él sonrió con diversión antes de que sus ojos se volviesen hacia algún punto a mi espalda y musitase un «madre mía» que me hizo dirigir la vista hacia la entrada, donde él tenía clavada la suya.

—¿Lo conoces? —pregunté curiosa al caer en el chico al que no le quitaba ojo y que se despojaba del abrigo mientras buscaba a alguien.

—No he tenido el gusto —respondió sin mirarme—. ¿Lo has visto bien?

Contuve una carcajada.

—Sí.

—Joder, está para echarle barniz y exponerlo en una vitrina.

El sonido de mi risa se escapó sin poder retenerlo, y él me miró divertido. Me encantaba cuando se mostraba así de espontáneo en mi presencia, porque sabía que únicamente lo hacía cuando se sentía realmente cómodo.

—No sé yo si a la que le está relamiendo el café de la boca estaría muy contenta con tu idea.

Mat resopló con teatro y se agarró el pecho a la altura del corazón.

—Un poquito más roto —declaró con fingido dolor—. ¿Me pides un café y compartimos una porción de tarta? Tengo que ir al baño.

—Vale.

—Pide la que quieras, no tardo.

Ordené la comanda y seguí su consejo sobre la de zanahoria, la cual me sirvieron en pocos minutos. Tenía una pinta tan suculenta que fui incapaz de no robar un pequeño trocito y llevármelo a la boca.

—Uhmm… —gemí con placer, repitiendo el gesto con glotonería y cerrando los ojos, abandonada a las sensaciones de mi paladar.

—Serás egoísta. ¿Te la pensabas comer entera sin acordarte de mí? —me regañó Mat bromeando.

Abrí los ojos y sonreí relamiéndome los labios.

—¿Sin acordarme? Si por poco me atraganto pensando que venías.

Su risa me caldeó por dentro, haciéndome olvidar por un momento todo lo que arrastraba.

—Y, bien, ¿me vas a decir por qué no me habías avisado de que venías, teniéndome que enterar por una vulgar red social?

Y se lo conté, le expliqué una versión bastante resumida del motivo que me había llevado hasta allí, omitiendo las partes en las que Adriel y mis sentimientos salían a flote, pues no quería volver a tocar el tema y cargarme la buena sensación que tenía desde que me había llamado. Para no variar, la calma duró poco.

Mi teléfono comenzó a sonar y al ver su nombre, ese que yo misma había estado marcando sin cesar desde el día anterior sin obtener respuesta y que ahora parpadeaba incesante en la pantalla, se me congeló la expresión.

Colgué sin saber realmente qué estaba haciendo, no queriendo dedicarle demasiados pensamientos a ese hecho y silencié el teléfono.

Él me miró inquisitivo, pero cambié de tema. Afortunadamente lo dejó pasar, hecho que agradecí en el alma, y la media hora que duró el desayuno se marchó en un suspiro.

Mat no era tonto, ambos sabíamos que algo pasaba, aun así, una vez más respetó mi decisión de no hablar sobre el tema. Eso sí, cuando nos despedimos con un abrazo antes de que se marchase a trabajar de nuevo, me dejó claro con una contundente palabra que seguía sin escapársele nada.

—Llámalo.

Me había pasado todo el camino de regreso al hotel pensando que al llegar lo haría.

Le llamaría, quedaría con él y hablaríamos del tema —aunque ese «tema» abarcaba una extensa abertura del abanico—, pero todo el discurso que ensayé no fue necesario, pues, cuando llegué al pasillo donde se hallaba mi habitación, él se encontraba allí, tirado más que sentado en la moqueta beige que cubría el suelo, con la cabeza apoyada en los brazos y estos envolviendo sus largas piernas.

Su mochila reposaba a su lado en una posición con la que dejaba entrever la manera en que había sido tratada.

—Adriel… —musité cuando llegué a su altura.

Él levantó la cabeza y sus ojos enrojecidos me alarmaron.

—Alicia. —Sonrió con gesto bobalicón—. ¿Dónde has estado?

¿Que dónde había estado? ¿Yo?

La manera en la que arrastró las palabras, y el hecho de que no mantuviese el contacto visual, me provocaron una sensación conocida que me revolvió las tripas.

—Aparta, Adriel. Tengo que abrir la puerta. —Mi tono fue seco.

Con algo de esfuerzo se incorporó y se hizo a un lado.

Tras introducir la tarjeta en la cerradura, y esta emitir un pequeño sonido al abrirse, crucé al interior sin esperar a que me siguiese, no obstante, lo hizo y cerró tras de sí con un pequeño portazo.

Respiré hondo, reuniendo las fuerzas que necesitaba para hacerle frente a la situación. Estaba cabreada, mucho.

Me giré para encararlo y lo vi apoyado en la puerta, observándome. Sus labios no se abrieron para pronunciar ni una sola palabra mientras mis nervios no dejaban de crecer; sabía qué había estado haciendo antes de ir al hotel.

—Deberías darte una ducha.

—¿Huelo mal? —Llevó la nariz hasta su axila e inspiró sonoramente soltando una risita absurda.

—No me voy a acercar para comprobarlo —contesté seria conteniendo las ganas de echarlo de allí.

Era lo último que me esperaba encontrar al llegar, solo yo sabía lo que me estaba costando no derrumbarme con la escena que se presentaba ante mí, a la vez que mi mente entremezclaba unos agrios recuerdos que prefería enterrar bien hondo—. Dúchate y luego hablamos.

Él, ajeno a todo, se llevó dos dedos a la frente en un gesto de subordinación y abrió los labios para decir algo. Antes de continuar con aquello me giré y salí a la pequeña terraza de la habitación.

¿Es que acaso algo más podía salir mal?

Me mordí los labios con fuerza intentando contener el grito de frustración que pugnaba por emerger de mi garganta y, en cuanto escuché el agua correr, dejé salir las lágrimas que me quemaban los ojos.

El tiempo que duró su ducha luché con todas mi fuerzas para no dejar pulular por mi mente las agrias escenas de mis recuerdos, pero me fue imposible detenerlas.

Y así, a caballo entre el presente y el pasado, sumida en un aturdimiento doloroso, me rompí.