El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 20 – MI ÁNGEL SALVADOR #2
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CAPÍTULO 20 – MI ÁNGEL SALVADOR #2

—Para eso nací, pequeña saltamontes.

Nos despedimos y cuando colgué sopesé sus palabras.

Me di cuenta de que realmente no había sido yo misma desde hacía tiempo, justamente desde que él anunció su marcha y la posterior llegada de Adriel.

Aunque llevaba razón en parte de lo que había dicho, siempre que había querido algo había luchado por conseguirlo y hacía demasiado tiempo que aquella etapa en la que mendigaba en la sombra, como hacía en aquel momento, había pasado, pues, desde que me di cuenta de que los demás no valían ni más ni menos que yo, me había dedicado a luchar por lo que quería.

Sin embargo, una palabra que había pronunciado Leo seguía bailando en mi cabeza. ¿Era obsesión lo que sentía por Adriel?

No podía negar que parte de lo que me ocurría tuviese algo en común con ella, como la inseguridad que había experimentado en mí misma en algunas ocasiones en los últimos tiempos, pero para nada me pasaba las veinticuatro horas del día pendiente de sus movimientos ni había dejado de lado a mis amigos o a mi familia por él.

En fin, si tenía que ser franca conmigo misma, lo que sentía por Adriel no lo había experimentado ni siquiera con Leo cuando comenzamos nuestra relación.

Era diferente, intenso, que me incitaba las mismas ganas de cuidarlo como de abandonarme a su suerte; algo que me provocaba una sensación de falta de aire similar a cuando subes una escalera a toda prisa; sofocada, pero a la vez ansiosa de llegar a lo más alto de la cima.

Quizá había llegado el momento de girar mi mano, mostrar mi jugada y atenerme a las consecuencias.

¿Conseguiría ganar la partida o por el contrario perdería todo lo apostado?

Solo había una forma de saberlo y era hablando con él, aunque para ello primero tenía que aparecer…

Cosa que no hizo.

Varias horas después, cuando me despedía del agradable seguidor que me había acompañado en la cena junto a su pareja y le pedía de nuevo disculpas por la forma tan rudimentaria en la que tuve que grabar partes del encuentro, decidí que aquello tendría consecuencias, pues no solo había pasado un mal rato al no tener conmigo allí a la persona que se encargaría de la parte logística del vídeo, sino que además había incumplido la promesa que le hice a Leo esa misma tarde, cuando antes de colgar me hizo darle mi palabra de que no acudiría a la cena sola.

Entendía su petición, ya que el fanatismo a veces jugaba malas pasadas y a eso nos exponíamos las personas que teníamos cierta repercusión en internet.

Eso para él siempre había sido una máxima que había llevado a rajatabla desde que comenzamos con el canal; pero sí, sí que había estado sola, por lo que el suma y sigue de despropósitos que estaba cometiendo continuaba engrosándose hasta límites incalculables.

Y para más inri, si conseguía algo decente de aquel viaje para compartir en el canal, iba a ser digno de estudiar y de considerar como un milagro de la era moderna.

A la cuarta vez que me saltó el buzón de voz, decidí que no iba a intentar contactar más con Adriel.

Ciertamente, una pequeña parte de mí estaba preocupada por él, pues no me parecía normal que no hubiese dado señales de vida en todo el día, pero a ratos ese sentimiento era eclipsado por el enfado que la situación me había producido y la conmoción de estar fallando, no solo a Leo al mentirle, sino a las miles de personas que habían confiado y confiaban en mí cada día, aunque sobre todo a mí misma.

Mis emociones, en aquel momento, eran como el líquido resultante de una buena sacudida en la coctelera de un camarero de fornidos y ágiles brazos, y con ese batiburrillo de sentimientos me costó horrores dormirme aquella noche.

A la mañana siguiente el sonido de mi teléfono me hizo dar un salto en la cama y, cuando mi cuerpo conectó con mi mente y este fue consciente de que ya estaba despierta, proyectó sin ningún tipo de remordimiento varios puntos de dolor que me hicieron contraer el gesto.

Ni tras una noche de sexo salvaje me hubiese sentido así. La postura que había mantenido como consecuencia de la maldita roca que tenía por colchón se llevó una buena retahíla de injurias mientras descolgaba la llamada.

—¿Sí? —farfullé con un ojo cerrado y gesto de malestar.

—No me puedo creer que hayas venido a Madrid y no me hayas llamado. Menuda amiga estás hecha, mujer maravilla.

Separé el teléfono de mi oreja y miré el nombre de la persona con la que estaba manteniendo la conversación, más que nada para corroborar que mis conjeturas eran ciertas.

—¿Mat? ¿Cómo sabes que…?

—Yo lo sé todo.

—Instagram —deduje.

—¡Equilicuá! —contestó alegre—. Tengo una hora para desayunar y no admito un no por respuesta, así que mueve tu bonito culo hasta el Café Mür.

Sonreí algo más alegre.

—Mándame la ubicación —acepté con ánimos renovados.

—Eso está hecho. Nos vemos a las once allí, preciosa.

Sí. Me apetecía ver a Mat. De hecho, se me antojaba cualquier cosa que no fuese estar sola pensando en Adriel y, como ver a Mat no entraba en mis planes, aquella llamada me animó sobremanera.

De nuevo mi ángel salvador se colocaba sus alas para mejorar aquel penoso fin de semana.

Aún continuaba sonriendo cuando me llegó el enlace del lugar.

Miré el reloj en la esquina de la pantalla y me di cuenta de que no podía perder ni un solo minuto si no quería llegar tarde a nuestro encuentro, por lo que me arreglé lo más rápido que pude y, después de comprobar una vez más el teléfono y constatar que no había noticias de mi cámara perdido en combate, me fui al encuentro de mi amigo, a ahogar las penas en café.