CAPÍTULO 20 – MI ÁNGEL SALVADOR
Cuando creas que algo va mal, tranquila…, puede ir a peor.
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Mentiría si dijese que no me había imaginado nuestro primer viaje juntos de una forma totalmente diferente a aquella, porque para ser sincera todo estaba pareciendo ser el resultado de una serie de catastróficas desdichas.
El viaje a Madrid lo hicimos en avión, pues, aunque barajé la posibilidad de ir en el coche de Adriel, tal y como él se ofreció, había encontrado una oferta de última hora en una compañía de bajo coste y me pareció la mejor opción para perder el menor tiempo posible en el trayecto.
Viéndolo en perspectiva, seguramente era posible que Adriel hubiese preferido cualquier otro medio de transporte, uno en el que no sintiese la necesidad imperiosa de amputarse las dos piernas, entumecidas al extremo tras dos horas y media de vuelo emparedado entre mi masa corporal y la ventanilla, pero no se quejó en ningún momento.
Podía jurar que había intentado con todas mis fuerzas recluirme en mi espacio para darle a él algo más de amplitud, aun así, aquellos asientos parecían sacados del avión de Pinypon.
Por si eso hubiese sido poco, cuando llegamos, cerca de la hora de la comida, decidimos improvisar e ir a un lugar que él mencionó, y yo, ajena por completo a todo lo que estaba por venir, acepté.
No pudo haber sido peor. El bar resultó penoso, de baja calidad y con un personal algo desagradable. No entendía cómo lo había alabado alegando que había ido varias veces allí a comer con algunos amigos y «era aceptable».
Con todo aquello me había quedado claro que el fin de semana no había comenzado de manera prometedora. Si por un momento se me había pasado por la mente imaginar que todo aquello se quedaría ahí, estaba muy, pero que muy equivocada.
Salimos del local y en cierta manera esperaba una disculpa por su parte, pues aún no llegaba a entender cómo se le había pasado por la mente recomendarme aquel sitio tan horroroso, sin embargo, él, ajeno a mis pensamientos, se limitó a comprobar el reloj de su muñeca antes de hablar y soltar la tercera y más nociva sorpresa.
—¿A qué hora tienes pensado ir a cenar?
—Aún estoy intentando digerir los garbanzos —me quejé con pesadez—. No me hables de comida hasta dentro de un par de horas, por lo que más quieras. Me apetece llegar al hotel, dejar la maleta y tirarme en la cama; aunque quizá sea mejor pasear, a ver si así baja un poco esta fatiga.
Andaba murmurando una queja por mi incomodidad estomacal, sin ser consciente de que su respuesta actuaría como una bomba aún mayor que el plato de cocido madrileño con exceso de grasa que andaba bailando Zumba en mi estómago.
—Yo tengo que hacer un par de cosas. No te importa que nos veamos después, ¿verdad? —Lo miré atónita, pero él no fue consciente de mi expresión, pues revisaba su teléfono—. ¿A qué hora se supone que nos hemos citado con el seguidor?
—A las nueve —aclaré sin salir de mi asombro.
¿De verdad se iba a ir?
—Vale —murmuró para sí mismo—. Creo que llegaré a tiempo. —Besó mi mejilla en un gesto distraído—. Nos vemos luego.
Y se marchó…
Y a mi barco lo llamé necedad.
Y, mirando al cielo a la vez que contenía las ganas de llorar, deseché la idea de un paseo, busqué el hotel en el que había reservado una sola habitación y tiré de mi maleta de mano hasta desplomarme en la cama más dura que había tenido el gusto de conocer.
Me sentía tan sumamente imbécil que fui incapaz de impedir que las lágrimas mojasen la colcha celeste que olía a una mezcla de suavizante con un toque rancio.
¿Es que todo me iba a pasar a mí?
Había debido de ser una malísima persona en mi anterior vida, ya que últimamente parecía estar pagándolo con creces. Y, bueno, ¿a quién demonios quería engañar? Aquello había sido un despropósito desde el principio. ¿Se podía saber qué leches hacía en Madrid con y por Adriel?
Terminé reconociendo que era incapaz de ser su amiga, no en el término en el que dos personas se apoyan y admiran sin ningún otro trasfondo que el de compartir la vida viendo al otro crecer como persona, mientras cada uno tomaba caminos diferentes.
No lo era y, si no fue suficiente la ansiedad que había padecido en silencio desde que, apelando a un gasto menor, me anunció que él dormiría en su piso —con su novia—, el hecho de caerme de la nube en la que estaba subida y en la que mi mente, absolutamente por libre, había decidido rodearse de una estampa idílica en la que ambos compartiríamos un viaje romántico, donde lo tendría en exclusiva para mí, había terminado por tirar los pocos pilares que quedaban en pie de mi cruzada por nuestra amistad.
Pilares bastante débiles, todo había que decirlo.
Ser consciente de que en ese mismo instante, muy probablemente, él estaría dándose un revolcón con su novia y recuperando el tiempo perdido, fue la gota que colmó el vaso.
—Hola. No esperaba tu llamada. —Contuve la respiración intentando serenarme antes de hablar—. ¿Ali? ¿Estás bien? —preguntó Leo con alarma al otro lado del teléfono.
—Soy gilipollas —hipé en respuesta.
—Y tan solo has tardado veintinueve años en darte cuenta —bromeó con ternura—. ¿Qué pasa, cariño?
Y esas tres palabras fueron suficientes para hacer que las compuertas se abriesen y me desahogase con él, expresándole cómo me sentía y lo que había ocurrido; todo lo que en otras ocasiones quizá había obviado por no querer darle mayor importancia, pero que realmente sí la tenía…
Me abrí en canal a él y vomité todos mis sentimientos, por muy absurdos que fuesen, ya que conforme iba hablando me daba cuenta de que, incluso con lo poco que Adriel me había dado, conocerlo como hombre y compartir con él momentos y vivencias en esos dos meses desde nuestro reencuentro, me había bastado para colgarme de él como un cachorro de koala sediento de los mimos de su madre.
—¿Estaré sufriendo una especie de síndrome del nido vacío tras tu marcha y por eso estoy así con él?
Una carcajada de Leo inundó la línea y me di cuenta de que sentía algo de lástima por él, pues últimamente parecía que solo lo llamaba para contarle mis penas.
Echaba de menos su risa, y es que servirme de paño de lágrimas no había ayudado mucho a que esta floreciera, pero era una de las personas que mejor me conocía y a quien me nacía contarle algo de aquella magnitud.
Justo así fue como se lo expresé, y él le restó importancia.
—Necesitas compartirlo con alguien, si no se te hacen bola dentro y es peor, y yo estoy aquí siempre para ti. Aunque a unos cuantos kilómetros de distancia, claro.
—Ahora a menos.
—Cierto.
—Bueno —vacilé—. ¿Qué piensas de todo?
—Sinceramente, me parece que aquí el único gilipollas que hay es él.
—¡Leo! —Lo protegí en un acto reflejo—. Adriel no tiene la culpa de que yo me sienta así. Es normal que quiera ir a ver a su novia.
¿Por qué demonios lo defendía?
—Ali, cariño, si quiere verla que lo haga en otro momento. Habéis ido a Madrid por trabajo; está trabajando —recalcó—. Y, hasta donde yo sé, ir a meterla en caliente no entra dentro de las condiciones que le explicaste cuando le ofreciste el curro. —Apreté los párpados al imaginarme la escena.
»Has hecho cosas por él que no se te hubiesen pasado jamás por la cabeza, como mentir en tus redes sociales.
Y sí, sé que lo has hecho porque así te ha nacido, pero me parece que él está jugando a dos bandas y aprovechándose un poco de la situación…
No me creo que no se dé cuenta de que sientes algo por él; si te soy franco, me da la sensación de que está dejándose querer mientras intenta enderezar su vida.
—Leo, no me digas eso.
—¿Prefieres que me calle?
—No.
Realmente no quería que se guardase nada, siempre me había gustado lo claro que era conmigo en cuanto a sus pensamientos, aun así, escuchar de boca de otra persona lo mismo que rondaba por mi cabeza y a lo que no había querido dedicarle ni un minuto de reflexión para no darle demasiada importancia, no era plato de buen gusto.
—Ali, eres una tía que vale un montón, decidida, fuerte, segura de ti misma y valiente —enumeró con afecto—.
Y apelando a lo que te quiero te digo que no me gusta la versión de ti misma que estás sacando a la superficie desde que él llegó a tu vida.
Jamás has ido mendigando nada, por norma general somos los demás los que vamos tras de ti, porque desprendes esa aura que nos deja obnubilados.
No permitas que esta especie de obsesión te cambie, porque tú eres más que todo esto.
Si Adriel te gusta, actúa. Habla con él, dile lo que sientes.
—Lo he pensado, pero ¿de qué iba a servir teniendo pareja?
—Al margen de su novia.
—No se puede dejar al margen, es el motivo por el que estoy ahora mismo en Madrid. —Reí sintiendo pena de mí misma—. Me ha hecho venir hasta aquí para verla, lo único que me ha faltado es hacerles la cama.
—Habla con él.
—Me siento tan patética…
—Ali, para —me cortó serio—. No eres patética, él no ha ayudado a que tú puedas tener las cosas claras. Si tiene novia, y tan importante es para él, ¿qué demonios hace intentando besarte y provocándote de esa forma?
—Puede que hayan sido imaginaciones mías.
—Puede que yo quiera tener matriz para albergar vida en mi interior y, sin embargo, me sigue colgando un pene entre las piernas —contestó con sorna y dejó pasar unos segundos antes de continuar—.
No sé si recuerdas la conversación que tuvimos la primera noche en la que nos acostamos, en la que estuvimos discutiendo sobre cómo querer bien.
—Me acuerdo.
—Pues si la memoria no me falla ambos estuvimos de acuerdo en que lo de «quien bien te quiere te hará llorar» es una falacia.
—Sí. Te tiene que mimar, cuidar, creer, hacer reír, respetar… —recité con debilidad.
—Y follarte como si el mundo se fuese a acabar. —Dejé salir la carcajada que subió por mi garganta y pude sentir su sonrisa al otro lado del teléfono—. Habla con él.
—Vale.
—¿Sí?
—Sí. Lo haré.
—Eso espero —dijo a su vez tras suspirar—. Te quiero, mi cocinera favorita.
—Yo también a ti, Leo. Y gracias por estar siempre para mí.