El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 19 – MENTIRAS
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CAPÍTULO 19 – MENTIRAS

No hay mayor mentiroso, ni más tonto, que el que consigue engañarse a sí mismo.

Actualidad

—Te voy a dar tal paliza que cuando acabe contigo no vas a saber si subes o si bajas —pronuncié con furia observando atentamente al frente.

—¿Qué haces? —preguntó Fede a mi espalda.

—Esto se ha convertido en algo personal.

—¿Qué te has fumado hoy, peque?

—Yo no fumo —le contradije sin despegar la vista de mi objetivo—. Pero estas de aquí van a sufrir las consecuencias del estrés que llevo últimamente.

Respiré hondo y cumplí mi amenaza trotando con brío y ascendiendo por las escaleras mecánicas a las que se la había jurado.

Ellas, tan tranquilas en el parque comercial al que nos habíamos acercado, pagaron los platos rotos.

Comencé a subir y bajar dispuesta a recorrer los peldaños tantas veces como fuese necesario para sentirme mejor o al menos lo bastante exhausta como para no poder ni pensar.

Cuando esa mañana mi cuñado me vino a buscar y me propuso salir a correr, pues tenía un par de horas libres, ni lo dudé.

No me pesó dejar pausado todo lo que estaba haciendo, porque necesitaba respirar aire puro y descargar la frustración que sentía en esos momentos, debido a la locura que había asaltado mi vida, pero, aunque un rato después me sentía al borde del desfallecimiento mientras corríamos de vuelta a casa, no conseguí quitarme de la cabeza todo el lío emocional que había intentado aliviar con el ejercicio.

—Alana no quiere que vaya a buscarla al instituto.

La voz consternada de él me sacó de mis pensamientos y agradecí la distracción.

—Es normal, ¿no? Ya tiene edad suficiente para ir y venir sola.

—Pero a mí no me cuesta ningún trabajo —expuso—. Tengo que ir a por sus hermanos.

—¿Recuerdas cuando tenías su edad? —le pregunté controlando la respiración en la carrera—.

Es una etapa difícil, las hormonas te revolucionan y quieres ser mayor a toda costa.

Déjala serlo, es una chica estupenda y muy responsable.

—Su mirada me produjo ternura; era un padre increíble, aun así, le estaba costando aceptar que su niña se hacía mayor, aunque aún tuviese a unos cuantos más en la recámara de la etapa infantil.

Seis para ser exactos—. Hablaré con ella —convine, y sonrió agradecido.

Mi mente se puso a cavilar sobre el tema de mi sobrina, dejando por un momento al margen todo lo referente a Adriel, pero, como el destino parecía troncharse a mi costa últimamente, me regaló un encuentro que me lo traería de vuelta al pensamiento de manera irremediable unos minutos después, ya que me topé con su madre y su hermana.

Disminuí la carrera hasta detenerme frente a ellas.

—Buenas tardes —saludé a ambas mujeres—. ¿Qué tal se encuentra, Isabel?

Apoyé la mano en mi costado, donde notaba un leve pinchazo, y respiré con fuerza por el ejercicio. Vislumbré que Dara movía los ojos en un gesto de cortesía, poco emocionada por el encuentro.

—Hola, bonita. Habíamos quedado en que me tutearías, ¿recuerdas? Estoy mucho mejor, gracias por preguntar —contestó con júbilo—. Oye, y qué buen mozo te acompaña.

—Buenas tardes —saludó el aludido, que se había mantenido hasta el momento en segundo plano.

—Buenas tardes —le respondieron las dos.

Contuve la sonrisa al descubrir que la hermana de Adriel no tenía problema en dirigirse al resto de los mortales, más concretamente a un mortal bastante bien servido de músculos; rubio, atractivo y, para más señas, sudadito.

Así que, si mis cálculos no fallaban, parecía que la inquina seguía yendo solo conmigo.

Qué bien, qué afortunada era.

—Es Fede, el marido de mi hermana —aclaré—. Ellas son la madre y la hermana de Adriel.

—Encantado.

—Mamá —la apremió Dara después de sonreír forzadamente, queriendo cortar la conversación.

—Igualmente, joven —respondió ella ignorando a su hija—. Yo soy Isabel, y ella es mi hija pequeña, Dara. ¿Tiene usted hijos, Federico?

—Sí. —Sonrió—. Siete.

—Siete —repitió ella con admiración, después dirigiéndose a mí añadió—: Buena suerte la de tu hermana. Hombres así quedan pocos.

—Mamá… —repitió Dara impaciente.

Isabel la miró con reprobación, pero aceptó el apremio dirigiéndose de nuevo a nosotros.

—Tenemos que irnos, llevamos algo de prisa. Me ha gustado verte, bonita. —Se me acercó cómplice y agarró mi brazo antes de susurrar—: Y, por lo que más quieras, saca a mi hijo de casa porque, si no lo haces tú, lo tiro yo por la ventana.

Contuve una carcajada y me despedí de ellas, asegurándole que me encargaría personalmente del tema. Cuando ya estuvieron lo bastante alejadas de nosotros, reemprendimos la marcha en un silencio bastante reconfortante.

Al llegar intercepté a mi sobrina mayor en el jardín. Aprovechaba el buen día de sol echada en una tumbona con las mangas del chaleco remangadas cuando me puse frente a los rayos y proyecté mi silueta en sombras sobre ella.

Con la excusa de necesitar consejo sobre moda me la llevé a mi apartamento.

Para ella no había nada más apasionante que escudriñar entre la maraña de ropa que colapsaba mi armario como lo haría un ratoncillo rebuscando entre la basura.

Solía dejarla prepararme conjuntos con los que, según ella, me sacaría el máximo partido.

Unos minutos después, mientras Alana trasteaba en los cajones del mueble del baño donde guardaba el maquillaje, y yo me aseaba, indagué sobre el tema que carcomía a mi cuñado.

—¿Ocurre algo con tu padre?

—No, ¿por?

—Está preocupado porque no quieres que vaya a recogerte al instituto.

Alana resopló. Le di margen para ordenar sus palabras y cuando estaba aplicándome el exfoliante facial habló:

—Estoy harta de que a mis amigas se les caiga la baba cada vez que lo ven. Me da mucho asco que hablen así de él —se quejó con hastío.

—Hombre, peque… Es que tu padre está de muy buen ver —expuse con confianza—. Eso sí, si fuese mi pareja, le pasaba una cuchillita por ese pechote de lobezno que tiene, que mi piel es muy sensible y en vez de una noche de pasión parecería que me habría apareado con un cactus.

—Tata, ¡qué fatiga! —se quejó con diversión.

Solté una risotada.

—No es malo que tenga éxito entre tus compañeras —concedí—. Es hasta natural si lo comparamos con los padres de algunas de ellas…

—Yo sería incapaz de fijarme en un hombre tan mayor.

—¡Qué mayor! —exclamé—. Si tiene treinta y seis años, por el amor de Dios. Ni que fuese octogenario.

—Para ti no lo será, pero para mí es demasiado viejo. Jamás estaría con alguien que tuviese más edad que la mía.

Puse los ojos en blanco a la misma vez que salía de la ducha y me envolvía con la toalla.

—Nunca digas de esta agua no beberé o este cura no es mi padre.

—¿Ahora te ha dado por los refranes de las abuelas? —se mofó.

—Tú hazme caso. —Le alcé una ceja y redirigí la conversación—. Cariño, comprendo que te sientas así, pero creo que deberías hablarlo con él y explicárselo claramente, así te entenderá y no se preocupará tanto.

—No creo que le dé ninguna importancia.

—Bueno, también puedes hablar con tus amigas y decirles que no te gusta que hagan esos comentarios sobre él porque te incomodan.

—Sus ojos mostraron un halo de meditación—.

Los adultos debemos hablar las cosas para llegar a entendernos, no sirve con enfadarnos y evadir el tema con excusas. Eso jamás soluciona nada.

Ella me miró en silencio y, unos segundos después, tan solo asintió con la cabeza como respuesta.

Supe que se arreglaría.

Y también fui consciente de que quizá tenía que aplicarme mis propios consejos porque, aunque a veces me pesase, era adulta, así que esa misma noche antes de acostarme cogí mi teléfono y escribí un mensaje para Adriel.

Dudé durante varios minutos, cambié el texto innumerables veces y finalmente lo envié.

Mis responsabilidades no podían resentirse más por evitar la situación que teníamos entre manos; el canal era mi trabajo, mi medio de vida y vocación, y tan solo contábamos con unos días para poder programar el viaje para el próximo vídeo, editarlo y subirlo.

Afortunadamente, vio el mensaje a tiempo y quedamos a la mañana siguiente para desayunar en el paseo.

Los domingos solían poner un mercadillo en la zona y mientras lo esperaba aproveché para visitar los puestos, comprarles algún detalle a mis sobrinos y disfrutar del movimiento del pueblo desde bien temprano.

Al guardar la cartera en el bolso lo vi acercarse hacia mí, caminando con aire despreocupado.

Me llamaron la atención sus gafas de sol, las malditas le quedaban tan sumamente bien que restaban importancia al hecho de llevar una chaqueta vaquera con cuello de borrego que parecía haber salido del baúl de los recuerdos del abuelo de Heidi.

Lo poco que le importaba a Adriel su aspecto y lo bien que se le veía con cualquier harapo era otra de esas cosas injustas del universo, obviamente.

Un par de metros antes de llegar a mí, un niño de aproximadamente dos años, con el pelo rubio y unos grandes y vivos ojos azules, obstaculizó su camino mientras corría riéndose.

Observé la escena y me di cuenta de que parecía escapar entre risas de una chiquilla un par de años mayor que él que lo llamaba a voces.

—Hermano, ¡ven aquí! —Rio ella cuando le dio alcance entre las piernas de Adriel.

—¡Chicos! —exclamó una mujer corriendo hacia el punto en el que nos encontrábamos—.

Madre mía, vaya día que estáis dando —les amonestó con cariño y la respiración agitada.

Acto seguido miró a Adriel—. Perdona, parece que desde que les ha dado el aire del mar los ha poseído la hiperactividad. Chicos, ¡dejad de molestar, por favor!

Reí por lo bajo siendo espectadora de primera fila de la cara de Adriel mientras el más pequeño se agarraba a su pierna, escondiéndose entre juegos de su madre.

La diversión le duró poco, pues, un momento después, un hombre con los mismos rasgos de la niña pero varias décadas mayor, lo agarró y lo alzó en el aire para regocijo del pequeño.

—Disculpa de nuevo —le dijo la madre agarrando de la mano a la pequeña, sin poder aguantar una sonrisa al escuchar las carcajadas del chiquillo.

—No se preocupe —contestó Adriel—. No ha sido nada.

—Es el cumpleaños de mi mamá —informó la chiquilla—. Y hoy manda ella.

—Sí, está claro que mando yo. —Se carcajeó la mujer—. Venga, vamos a comprar una pulsera para la prima, ¿vale?

—¡Sí! —contestaron con entusiasmo infantil.

Se despidieron y se marcharon, dejándome frente a Adriel con el ánimo algo más liviano y una sonrisa en la cara al constatar una vez más que a Adriel le agradaba tener niños alrededor. Afortunadamente, las risas infantiles habían aliviado en parte mis nervios.

—Hola.

—Hola.

—¿Esperas a alguien? —preguntó guardando las distancias.

Elevé una ceja, divertida.

—Puede ser.

—¿Y sabes si tardará mucho en venir?

—Ni idea. —Miré con teatro mi muñeca, donde claramente no había ningún reloj, y resoplé con fastidio—. Para una vez que no llego tarde y me hacen esperar.

—Que le den, vente conmigo. Te invito a un café.

—Prefiero un chocolate con churros.

—Que sean dos.

Su sonrisa torcida me descontroló las hormonas y, cuando un rato después le vi pasar la lengua por sus labios recogiendo el chocolate que había caído sobre ellos, directamente se me fundió la placa base.

Recuerdo vagamente que hablamos de su madre, su recuperación y su enfermedad. Él agradeció de nuevo mi ayuda y el haberle dejado unos días libres para poder dedicarse por entero a ella, y fue ahí, justo en ese instante, cuando vi el momento perfecto para comentarle el tema del viaje.

Después de exponérselo todo de carrerilla, como una niña que ha ensayado la lección delante del espejo —algo que jamás reconocería haber hecho mientras me vestía esa mañana—, me preguntó cuándo debíamos marcharnos.

—Tiene que ser la semana que viene —apremié—. Después estará todo completo y los precios subirán bastante en Navidad.

—Entiendo —contestó pensativo.

—He estado organizándome y propondré hoy mismo los lugares en mis redes sociales. Así mañana, lunes, cierro la encuesta y puedo dejarlo todo listo. Con lo de tu madre he imaginado que no te querrás ausentar mucho, por lo que plantearé tres sitios que estén relativamente cerca y que…

—¿Madrid? —inquirió interrumpiéndome. Me sorprendió su vehemencia.

A decir verdad, yo había pensado en algo más cercano a Costa Serena—.

¿Puedes hacer que sea Madrid, por favor?

—Me miró con tal intensidad que supe que para él era importante y, como buena amiga que quería ser, contesté sin pensar realmente en lo que conllevaría una simple afirmación.

—Sí. Iremos a Madrid.

Y el resultado fue que, por primera vez, mentí a mi audiencia.

Truqué los resultados haciéndoles ver que esa había sido la opción que más votos había recibido, y lo hice para complacerlo, porque estaba pillada hasta las trancas y porque por aquel entonces aún intentaba engañarme a mí misma, camuflando mi cuelgue absoluto con gestos de supuesta amistad que no me paraba ni a meditar.

Aunque, si hubiese sabido lo que iba a ocurrir en aquel viaje, seguramente no habría hecho la maleta con tanto entusiasmo…