El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 18 – CONSTANTES
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CAPÍTULO 18 – CONSTANTES

Cuando tu objetivo parezca imposible no lo abandones, tan solo busca un nuevo camino para llegar hasta él y pon toda tu esencia en conseguirlo.

Actualidad

Echaba de menos a Leo por muchos motivos, uno de ellos era por el desorden y el caos que había dejado en mi vida tras su marcha a Alicante, razón por la cual, entre otras cosas, me tenía que encargar del canal prácticamente yo solita en su totalidad, y más en ese momento en el que no quería ni debía contar con la ayuda de Adriel, que ya tenía bastante con su situación familiar.

De fondo sonaba una melodía a piano que el sistema había seleccionado aleatoriamente de las listas de reproducción de «música para concentrarse» mientras editaba el vídeo que subiría al día siguiente.

Sin querer evitarlo empecé a recordar parte de la conversación que mantuve con Leo la noche anterior, donde le conté todo lo que había sucedido con Adriel.

Mis dudas, mis sentimientos y la forma en la que reconocí por primera vez en voz alta que aún sentía cosas por el que hasta entonces había sido mi primer amor; admití que lo que un día quedó relegado al olvido, bajo capas y capas de años y experiencias vividas, había regresado con fuerza y con una magnitud bastante diferente, pues ya no se trataba de un simple enamoramiento adolescente, sino más bien de un estado de interés platónico mezclado con deseo que iba mutando a pasos agigantados.

—¿Y qué vas a hacer al respecto?

—No tengo ni idea —acepté con abatimiento la noche anterior, mientras mi mejor amigo me escuchaba al otro lado de la línea—. ¿Qué puedo hacer? No quiero inmiscuirme en su relación, las cosas no están bien entre ellos y no es momento de «hacer» nada.

—Es un marrón, sí —concedió.

—Ya.

—No sé qué decirte que no te haya dicho ya, Ali —admitió con dulzura y tras unos segundos volvió a hablar—. Lo único que se me ocurre es que te vengas conmigo un par de semanas, te lo tomes como unas vacaciones forzosas y así intentes verlo todo desde otra perspectiva.

—Ojalá pudiese ir, pero es imposible. Aún no tengo material para el canal, voy prácticamente al día con los vídeos y no hemos elegido siquiera la ciudad donde grabaremos este mes… y estamos a día ocho —dije agobiada.

—Hostia, pues sí que está jodida la cosa.

—Sí —lloriqueé—. Vuelve…

—Ya mismo. —Su sonrisa traspasó la línea y me calentó desde dentro—. En Navidad iré unos días, ya lo sabes.

Suspiré con dramatismo.

—Tú tienes la culpa de todo, que lo sepas.

—Esa frase la he escuchado demasiadas veces últimamente —recapacitó—, y la verdad es que empiezo a creérmela.

Quise indagar y saber a qué se refería, pero Leo se cerró en banda, y no tardamos en despedirnos.

Saqué en claro que los dos experimentábamos un desasosiego similar, aunque no sería hasta tiempo después que me reconocería estar pasando por una encrucijada que lo tenía bastante agobiado y, a pesar de que tardó lo suyo en abrirse y reconocer lo que le carcomía por dentro, ya intuía por aquel entonces que algo no iba bien, y no por lo que se callaba y dejaba entrever con frases soltadas a la ligera y con cierto tono de burla, sino por los silencios que permitía que se hiciesen hueco en nuestras conversaciones más segundos de lo habitual.

Sin embargo, en aquel momento lo dejé pasar. Sabía que era inútil obligarlo a hablar, lo conocía tan sumamente bien que tenía la certeza de que, cuando necesitase compartir su carga, lo haría y ahí estaría yo para sujetar el peso y que él descansase un rato.

Cuando unos toques en la puerta llegaron hasta mis oídos, volví al presente y miré hacia la entrada interior, dándole paso a quienquiera que estuviese al otro lado.

Juani abrió y pidió permiso antes de entrar con algo entre las manos.

Vislumbré que eran un par de prendas de ropa que había olvidado en casa de mi hermana, y ella lo confirmó al apoyarlas encima de mi cama, comentando a la vez la información que parecía quemarle en los labios y que no había podido decirme un rato antes en pleno desayuno, pues mi hermana y mis sobrinos estaban en casa, y Estrella ya le había pedido en alguna ocasión que no fuese contando chismes delante de los niños.

—La madre del chico ha vuelto a casa esta mañana —dejó caer como quien no quiere la cosa—.

Venían en un coche rojo de esos modernos, y el muchacho la ha ayudado a bajar y a caminar hasta dentro.

Qué atento y qué guapo es ese joven, ¿verdad?

Se ha convertido en un hombre bastante atractivo…

Si yo tuviese veinte años menos ni lo dudaba.

Eso sí, ella no tenía demasiada buena pinta. Pobrecilla, ¿qué le pasará?

Dudé de que a aquellas alturas no lo supiera ya.

—Ni idea. —Me encogí de hombros—. Por cierto, Leo me mandó ayer saludos para ti, dice que está deseando venir en Navidad y que lo cebes a base de bien.

Supe que esa frase la mantendría sonriente lo que restaba de mañana, pues su debilidad tenía nombre de maestro del Renacimiento.

—Qué ganas tengo de verlo —reconoció—. Espero que esté comiendo bien allí.

Me reí con ganas.

—Seguro que no.

—Le daré dos pescozones si me entero de que no se está cuidando —amenazó antes de dirigirse de nuevo hacia la puerta y abrirla—. Y no quisiera tener que dártelos a ti también si no dejas de estropearte los ojos delante de esa pantalla, con lo bonitos que los tienes.

—Ya me queda poco.

—Mejor —sentenció antes de salir.

Sonreí con cariño cuando se marchó y asimilé la información que me había dado sobre Adriel, ya que, pese a que ya daba por hecho que en breve regresarían del hospital, ser conocedora de que ya estaban de vuelta me removió un poco por dentro.

¿Se habría quedado Carla al final con él? ¿Habrían arreglado las cosas? Y su hermana, ¿habría llegado ya de su viaje? Esperaba que sí a eso último, porque así Adriel podría descansar un poco de las emociones vividas.

Las otras incógnitas no sería capaz de resolverlas si no le preguntaba directamente a él, y de momento eso estaba descartado. Aunque…

Sonreí y guardé la edición del vídeo en el que llevaba trabajando toda la mañana, apuntándome a mí misma que el par de retoques que le quedaban los terminaría más tarde, y me dirigí hacia la nevera.

Una vez allí rebusqué entre lo que había en ella hasta dar con los ingredientes que necesitaba para lo que tenía en mente. Pensaba cumplir mi palabra.

Una hora más tarde, aparentando una calma que no sentía, esperaba plantada delante de la puerta de la casa de Adriel con una fuente llena de lasaña entre las manos.

Fue él quien abrió y pude atisbar asombro en su mirada al verme allí.

—Alicia —atinó a decir—. ¿Qué haces aquí?

—Hola —contesté un poco cortada por su recibimiento—. Me he enterado hace un rato de que ya habíais vuelto a casa y quise traer algo de comer para facilitarte el trabajo y que así pudieseis descansar un poco los dos.

Quise eliminar de la ecuación a Carla dando por hecho que no permanecía en Costa Serena, a pesar de que aún tenía serias dudas después de haberla visto prodigándole caricias tras la discusión que habían mantenido.

—Muchas gracias. —Agarró la fuente de mis manos y lo vi inspirar—. Huele bien.

—Espero que os guste.

—¿Quieres pasar?

—Podría saludar a tu madre y ver cómo está, siempre que no moleste, claro.

—Adriel se retiró permitiéndome la entrada y eché en falta un poco más de cercanía en su trato.

Al franquear la puerta y pasar por su lado me giré hacia mi derecha quedándonos bastante más cerca de lo que pretendía—.

¿Tú estás bien? —pregunté con preocupación.

Aparte de las ojeras marcadas que lucía bajo los ojos y el aspecto cansado, su mirada transmitía algo que no me terminó de gustar.

—Sí, claro. —Supe que mentía.

Sin pensarlo, llevé mi mano hasta su flequillo y lo toqué ensimismada, recolocando un poco su aspecto desaliñado. Bajé los ojos hasta los suyos y lo descubrí mirándome intensamente.

Cuando mi vista quedó atrapada bajo esos iris penetrantes supe que estaba perdida, pues fui plenamente consciente de cómo mi estómago se encogía de anticipación, deseando que su boca se estampase contra la mía y me devorase allí mismo, fuente de lasaña de por medio incluida.

Me habría entregado a él en bandeja de plata en aquel momento, así de imbécil era.

—¿Interrumpo?

Una voz femenina demasiado cerca de nuestra posición se coló entre nosotros, utilizando un tono bastante seco. Cerré los ojos durante un par de segundos antes de girarme y ser consciente de la figura que nos observaba pocos centímetros más allá.

—Pasa, Alicia —me animó Adriel con un tono de voz costosamente bajo.

Al ver que no me decidía a avanzar en mi posición, motivo por el cual nos era imposible dejar libre la puerta de entrada, apoyó su mano izquierda en la parte baja de mi espalda y ejerció una leve presión que activó mis piernas en un acto reflejo.

—Hola —la saludé cuando pasó como un huracán por mi lado, sintiendo el calor que había dejado la palma de Adriel en mi piel y siendo consciente de que para ella no era plato de buen gusto encontrarme allí.

—Hola —me dijo a su vez para acto seguido mirarlo a él, olvidándose de mi presencia—. Creía que ibas a encargarte tú del almuerzo, no sabía que teníamos servicio a domicilio en el pueblo —añadió con sarcasmo señalando con la vista la bandeja que yo había llevado.

—Dara. —Se escuchó la voz de Isabel en alguna estancia de la planta baja—. ¿Eres tú, hija?

La hermana de Adriel miró en mi dirección una última vez con expresión fría y se marchó, contestándole a su madre por el camino.

—Anda agobiada con todo lo que ha pasado y se culpa por no haber podido llegar a tiempo —la excusó él utilizando un tono más normal y despreocupado—.

Ven, a mi madre le va a gustar verte, ha preguntado por ti varias veces estos días.

Quédate con nosotros a almorzar, aquí hay comida de sobra para los cuatro.

Contuve las ganas que me nacieron de explicarle que si no había vuelto al hospital había sido en parte por su culpa, ya que tampoco era del todo justo atribuírsela por entero cuando lo que me apetecía tras el episodio de la sala de espera era alejarme de él para pensar con frialdad, pues cuando lo tenía cerca se me freían las neuronas.

Lo que no calculé es que apartándome de su lado también lo hacía de su madre, y realmente me había parecido que a la mujer le hacía bien tener junto a ella a alguien que no estuviese constantemente preguntándole si se encontraba bien y que no la tratase como si fuese de cristal.

—Tuve trabajo, lo siento —me excusé con una sonrisa forzada.

Unos minutos después y tras haberle pedido disculpas también a Isabel, la cual tenía un aspecto bastante mejor del que me había pintado Juani, me despedí y me encaminé hacia la salida seguida de Adriel.

—¿Seguro que no quieres quedarte a comer? Después de tomarte la molestia…

—Seguro. —Le sonreí—. No te preocupes, ya he picado algo en casa antes de salir y además tengo reservas para una buena temporada. —Palmeé mi muslo con diversión—. Tan solo venía a traeros esto y a saludar.

—¿A qué hora nos vemos esta tarde?

Negué con la cabeza.

—Olvídate del canal por hoy —lo alenté—. Quédate con ella, no hay prisa alguna, de momento me encargo yo, ¿vale?

—No creo que…

Le interrumpí:

—Adriel, de verdad, el trabajo no se va a ir a ninguna parte. Cuando esté todo más tranquilo te espero en mi casa, pero no tengas prisa ni te sientas presionado. Es una orden —bromeé.

—De acuerdo —aceptó tras un par de segundos en silencio—. Y gracias por todo.

—No tienes que darlas.

Sin querer alargar más el momento, me marché sin mirar atrás.

Mientras caminaba de regreso era consciente de cómo los sentimientos que bullían en mi interior se contradecían entre sí. Unos reclamaban tomar el control sobre la situación y actuar con todo el arsenal del que disponía para conseguir lo que deseaba: a él.

Los otros, por el contrario, refrenaban a los anteriores exponiendo lo que tan bien sabía, que no iba a resultar bien parada, que dolería y mucho, pues tan solo sería la tirita que curaría la herida que parecía estar padeciendo Adriel, pero, como cualquier otro elemento temporal, en el momento en que sanase el daño me desecharía, porque tenía la certeza de que el posible interés que pudiese haber demostrado por mí tan solo era producto de la situación por la que estaba pasando, una solución temporal con la que aliviar el escozor.

Supe que no quería ser algo efímero en su vida, así como tampoco era capaz de alejarme y hacer como si nada hubiese pasado, como si mis sentimientos no se hubiesen despertado de su letargo con lo poco que me había dado.

Por consiguiente, ¿qué me quedaba entonces?

No ignoraba la respuesta a esa pregunta, lo que no era capaz de encontrar era la forma en la que podía llevar a cabo algo así con él, con un hombre que sabía herido, con una persona que clamaba en un desgarrador grito silencioso por un cambio en su vida, pero que no encontraba la valentía suficiente para tomar el camino necesario e ir en su búsqueda.

Y justo en ese momento entendí que, pese a todo eso, no podía ni quería alejarme de él; fui consciente de que ambicionaba ser su constante, y la única posibilidad de serlo, de permanecer en su vida, era ocupando el lugar que él necesitaba, que no era otro que el de una amiga que estuviera allí para él, olvidándome de esa idea del amor platónico y del posible deseo que sentía por su persona, porque si no dejaba de lado esos sentimientos lo terminaría perdiendo, y eso sí que no estaba dispuesta ni a considerarlo.