CAPÍTULO 17 – COBARDE
Si la realidad te golpea, ponle la otra mejilla.
Actualidad
—Tienes mala cara, enana —me dijo Fede al verme picotear con desgana y preocupación el desayuno que había frente a mí.
—Chicos. —Captó mi hermana la atención de los niños—. Id a terminar de prepararos, ya mismo nos vamos.
Mis sobrinos obedecieron con ilusión, pues la cita de los sábados por la mañana con las bicicletas era uno de los acontecimientos más esperados de la semana. Alana, que de tonta no tenía un pelo y sabía que algo ocurría, cogió al pequeño Guille de la trona y al pasar por mi lado me dio un beso.
Le sonreí con cariño antes de quedarme a solas con mi hermana y su marido.
—¿Qué ocurre? —preguntó él.
—Ayer no estuviste en tu apartamento en todo el día y no te escuchamos al llegar —continuó mi hermana.
—Estuve en casa de Adriel y luego en el hospital.
—¿Qué ha pasado? —inquirieron casi al unísono con preocupación.
—Su madre tuvo un percance —comencé a decir—. Adriel me contó que padece una enfermedad que le afecta a los nervios de las manos, piernas y pies, y que con el paso del tiempo va empeorando.
—Pobre mujer —se lamentó mi hermana.
—Por eso se ha quedado en Costa Serena —adivinó Fede.
—Sí.
—¿Y qué pasó? —indagó Estrella agarrándome de la mano—. ¿Está bien?
—La enfermedad le está debilitando las extremidades y ayer perdió el equilibrio con tan mala suerte que, al caer, se dio un golpe en la cabeza —narré recordando la ansiedad que pasé mientras llamaba al número de emergencias y veía cómo Adriel intentaba no desmoronarse—.
Perdió el conocimiento y lo recobró cuando ya estaban allí los sanitarios.
La han tenido en observación toda la noche y la han subido a planta hace un par de horas.
Mi cuñado se mantuvo en silencio, y fue mi hermana la que continuó la conversación.
—Y has estado allí toda la noche —dio por hecho.
—Sí. Antes de venir hemos entrado a verla y estaba dormida. Los médicos dicen que no parece que haya ningún daño que lamentar, pero quieren dejarla un poco más allí para controlarla.
—Ve a acostarte, cariño —me dijo maternal—. Debes de estar agotada.
—Sí, la verdad es que sí lo estoy.
—Les diré a los niños que dejamos la salida para esta tarde —anunció Fede con toda la intención de levantarse, y negué automáticamente con la cabeza.
—De eso nada, yo voy a dormir un par de horas y después tengo intención de volver al hospital, así que no hace falta que cambiéis vuestros planes por mí.
—¿Segura? —preguntó ella.
—Claro. —Les sonreí—. Pasadlo bien, ¿vale?
—Dales un beso a Adriel y a su madre de nuestra parte —añadió mi hermana.
—Se los daré.
Fede besó mi cabeza y, sintiendo como si el cuerpo me pesase media tonelada, me desplacé hasta la puerta que conectaba con mi apartamento.
No recuerdo con exactitud cómo me desnudé y si fui capaz de meterme en la cama o tan solo me desplomé sobre ella, pero sí sé que antes de cerrar los ojos le mandé un mensaje a Adriel diciéndole que ya estaba en casa y que en un rato regresaría allí de nuevo.
Él me había insistido para que me marchase a descansar, y solo accedí cuando me prometió que, a mi vuelta, comería algo, ya que lo único que había entrado en su estómago desde la tarde anterior fue el contenido de varios vasos desechables de café de la máquina de la sala de espera.
Cuando la alarma del teléfono me sonó un buen rato después, me levanté con rapidez, me di una ducha, me vestí y descubrí que Adriel no había contestado a mi mensaje, a pesar de que sí que lo había leído al poco de enviárselo.
No le quise dar importancia debido a la situación por la que estaba pasando, aunque me quedó un regusto raro en el estómago.
Ese sábado por la mañana el hospital bullía de actividad.
Al traspasar sus puertas avancé con presteza, pues quería llegar cuanto antes al lado de Adriel y ver cómo seguía Isabel; no obstante, cuando salí del ascensor y giré mi cabeza a la derecha, observé que él estaba allí y que hablaba con una mujer en la sala de espera.
Supe de quién se trataba incluso antes de verle la cara, pues todo en ella me gritaba que solo se podía tratar de una persona: Carla.
Era tal y como Adriel me la había descrito: media melena castaña peinada con esmero, maquillaje perfecto, tacones altos y ropa elegante con pinta de costar lo que gana cualquier persona de clase media en un mes, todo acompañado de una postura recta que gritaba a todo aquel que la mirase su superioridad ante el mundo.
Siendo sincera, no pegaban ni con cola.
Sin saber cómo actuar debido a la sorpresa, hice lo que menos debía: acercarme a ellos sin ser vista y disimular en las máquinas expendedoras mientras ponía toda la atención en su conversación. Me estaba convirtiendo en una digna sucesora de Juani, pero no pude evitarlo.
—¿A qué viene esa pregunta, Adriel? —Escuché que le decía—. Sabes que si no me hubiese traído no habría podido venir a verte. Era la única persona a la que pude recurrir anoche cuando me escribiste.
—Fíjate que estoy seguro de que sería capaz de sacar dos o tres opciones diferentes que no incluirían pedirle precisamente a él que te trajese —contestó tirante—. Pero imagino que te resultaba más cómodo venir en su cochazo que meterte en un transporte público durante unas cuantas horas.
—No seas así —se defendió cambiando el tono por uno mucho más empalagoso—. Estoy aquí y eso es lo que debería importarte. Si no recuerdo mal, llevabas muchos días echándome en cara que aún no había venido a verte a tu pueblo.
La manera en la que pronunció «tu pueblo» tuvo un deje despreciativo que no me sentó demasiado bien.
—Y parece que debo dar las gracias a que mi madre esté ingresada y que eso haya hecho que vengas —espetó seco—. ¿Entiendes ahora por qué no puedo irme a Madrid?
—Tan solo ha sido un accidente.
—Carla, mi madre está enferma y cada vez va a peor. No se va a curar y me necesita.
—Tu novia también lo hace y te recuerdo que tenemos nuestra vida en otro lugar. Comprendo que estés asustado, pero no puedes dejar todo tu mundo parado porque se haya dado un traspié, ¿no te das cuenta?
—¿Estás hablándome en serio? —siseó enfadado.
—¿Qué estás haciendo con tu vida, Adriel?
—le reprochó ella—. De repente te ha dado un aire, utilizas la excusa de tu madre y te vienes aquí de un día para otro, dejándolo todo atrás.
Por si eso no fuera suficiente, está el tema laboral.
Sabes que llevo muchísimo tiempo diciéndote que no necesitas trabajar, con mi sueldo podemos vivir perfectamente holgados, pero tú siempre te has negado a dejar tus encargos —pronunció con prepotencia—, y lo peor es que ahora encima andas de hermanita de la caridad dispuesto a ser el esclavo de una que se cree famosa y que no la conocen ni en su casa…
Y, aunque no hayas querido decírmelo, me apuesto mi sueldo de un mes a que encima te paga una miseria —siseó con mofa—.
Ya sabes que si necesitas dinero solo tienes que pedírmelo y te lo haré llegar, no es necesario que te prestes a todo esto para demostrar no sé qué absurda teoría sobre nosotros.
—¿Cuándo te marchas? —se limitó a responder con dureza.
Apreté los labios conteniendo las ganas que me habían entrado de asfixiarla. Ella, ajena a mí y a mi instinto asesino, tan solo suspiró con teatralidad y alzó ambas cejas, como queriéndole decir que ya sabía la respuesta.
—El viaje a Londres sigue en pie, por lo que hoy mismo tengo que volver a Madrid para prepararlo todo. Espero que lo entiendas.
—Por supuesto —contestó con desdén.
—¿Por qué no vamos a comer algo? Tienes muy mal aspecto, y yo no he probado bocado desde el desayuno.
Tuve ganas de dar a conocer mi posición y terminar con el ambiente tan nocivo que se respiraba allí, sin embargo, me contuve a duras penas.
¿Qué aspecto quería que tuviese después de toda una noche velando a su madre en el hospital?
No pude contener el pensamiento, esa tía me pareció una imbécil de manual.
—No, Carla. Prefiero quedarme con mi madre, pero ve tú si quieres —declinó sin ganas.
—Me quedaré contigo —rebatió ella compasiva—. Ya comeré más tarde, no te preocupes por mí; total, no sería la primera vez que dejo mis necesidades de lado por cosas tuyas.
—Carla, por lo que más quieras, no te hagas la víctima ahora…
Su tono agotado fue superior a mí; la gota que colmó el vaso de mi paciencia y motivo por el cual volví sobre mis pasos y me encaminé hacia el pasillo en el que se hallaba la habitación de Isabel.
No quise darle demasiadas vueltas a lo que acababa de presenciar, porque, aunque ya intuía que entre Adriel y su pareja las cosas no iban demasiado bien, verlo en directo no había sido plato de buen gusto y mucho menos escucharlos.
Intenté no darle importancia a sus palabras hacia mí, en el fondo no me conocía y su inquina no podía dañarme.
Dándole vueltas al asunto entré en la habitación, dándome cuenta de que la estampa seguía siendo la misma que horas atrás, Isabel se encontraba con los ojos cerrados, aparentemente descansando, pero al encajar la puerta tras de mí con cuidado la vi entreabrir uno de ellos.
—Ay, menos mal, eres tú. —Suspiró con alivio, despertando mágicamente del letargo con un talante bastante más ágil del que cabía esperar—.
Pensaba que eras otra vez la estirada de mi nuera.
Antes me he tenido que hacer la dormida para que dejase de hablar y se la llevase de aquí…
Qué martirio, por todos los santos. —La miré con los ojos abiertos y petrificada en la entrada.
»Pasa, pasa, bonita —me animó—. ¿Eso es para mí? No sabes cuánto te lo agradezco, me tienen sin comer y me rugen las tripas —dijo señalando con la cabeza lo que sostenía en mi mano.
Dirigí mi vista hacia allí y descubrí un paquete de patatas, que, sin ser consciente, había sacado de la máquina expendedora mientras permanecía de oyente de la conversación de su hijo con «la estirada de su nuera».
—No creo que sea buena idea que se lo dé si la tienen en ayunas, Isabel. Prometo que en cuanto la dejen comer le traeré algo delicioso —le contesté con cariño acercándome a ella—. ¿Cómo se encuentra?
—Bien, fue una tontería y ya estoy perfectamente. Y tutéame, por favor, hay confianza, ¿no? Te conozco de toda la vida.
—Está bien —acepté.
—¿Sigue mi hijo ahí fuera? —Asentí sin querer hablar para no delatarme.
»No sé cómo no la manda a hacer puñetas —comentó bajando la voz—.
Las pocas veces que he tratado con ella no me ha gustado el tono con el que le habla ni tampoco cómo se comporta mi hijo en su presencia.
—Tras dejar fluir sus pensamientos en voz alta, cayó en que yo continuaba allí a su lado con cara de estupor—.
No me mires así, bonita. Una madre siempre quiere lo mejor para sus hijos, y dudo mucho que ella lo sea.
—Quizá estén pasando por una mala racha —dije sin querer echar más leña al fuego.
—Pues ya dura demasiado —convino—. Mi hijo es un sol, pero también es un poco gallina. —Sonrió con cariño—. No es de los que nadan a contracorriente, ¿sabes?
—No sabría decirte —admití sentándome en el sillón a su lado.
—Está mal que admita algo así y bien sabe Dios que me arrepiento, pero en más de una ocasión los he escuchado discutir cuando se ven por el ordenador.
—No pasé por alto su expresión atormentada—.
Y conforme pasan los días las peleas van a peor.
Mi hijo quiere quedarse en Costa Serena, y ella ni se plantea venirse a vivir a este pueblucho de mala muerte.
—¿Pueblucho de mala muerte? —repetí con el orgullo herido.
—Así lo llama ella. —Me mantuve en silencio porque lo que quería escapar de mis labios no era demasiado elegante.
»Yo solo quiero que él decida lo que de verdad le haga feliz. Si quiere quedarse aquí, que sea porque es lo que le pide el corazón y no por mi enfermedad. No puede supeditar su vida a mí, porque esto lo he tenido desde los veinte años y seguirá conmigo hasta que me vaya con Dios.
—Esperemos que dentro de muchos años. —Le sonreí.
—Cuando él lo mande.
No supe si toda esa información me estaba haciendo demasiado bien, prefería vivir en la ignorancia con respecto a los problemas de pareja que pudiesen tener en vez de saber con certeza que Adriel no era feliz, porque entonces mi cabeza comenzaba a maquinar y a pensar que quizá por esa infelicidad buscaba expiación en otros brazos, más concretamente en los míos si me paraba a analizar algunos de nuestros momentos más tensos.
Aproveché que la conversación parecía regalarme una pausa y me despedí de Isabel, intentando contener la zozobra que sentía por el cúmulo de sensaciones vividas. No quería que la pareja me descubriese allí, así que había llegado el momento de volver a casa.
Las emociones del día anterior, las horas sin dormir, la preocupación que vi en los ojos de Adriel esa misma mañana y, como colofón, lo ocurrido al llegar al hospital, me habían alterado y tan solo quería salir y desintoxicarme de todo lo que tuviese que ver con él.
Sin embargo, el destino aún tenía preparada la guinda del pastel, pues, cuando me situé tras las puertas cerradas del ascensor esperando su llegada, miré en un acto total de masoquismo hacia la sala de espera y vi que ambos continuaban allí, solo que se hallaban sentados en las sillas ancladas al suelo, él con la cabeza apoyada en los azulejos de la pared y los ojos cerrados, y ella acariciando su nuca con delicadeza y mimo.
Y fue ese gesto tan íntimo el que me devolvió de un revés a la realidad.
Sí, sabía que aquel gesto de cariño de ella a él era algo minúsculo en comparación con lo que debían de haber compartido anteriormente en su relación, pero para mí fue el golpe que necesitaba para aterrizar de lleno de mi viaje mental y lo que me hizo darme cuenta de que sí, de que quizá su madre, que lo conocía mejor que nadie porque lo había llevado nueve meses en su interior y se había encargado ella sola de su educación hasta que se marchó de su lado, sí que llevaba razón y a eso se refería con que Adriel era un poco cobarde.
Y lo odié un poquito por ello.