El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 16 – PADRES #3
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CAPÍTULO 16 – PADRES #3

—Nada. —Alzó una ceja, y sofoqué una risa nerviosa por su gesto—. Es solo que no me había parado a pensar que sabrías cocinar y ni mucho menos me esperaba que fueses seguidor de mi canal.

—¿Y no lo esperabas porque…?

—Pues no lo sé, quizá porque pensé que tendrías algún tipo de rencor hacia mí tras lo que pasó entre nosotros o algo así.

—Qué va —restó importancia con una sonrisa—. Fueron cosas de niños.

Y, a pesar de que sabía que llevaba razón, que catalogase lo nuestro como «cosas de niños» no me sentó del todo bien; yo guardaba un recuerdo sentimental importante de toda aquella experiencia, pues él había sido mi primer novio, el primer chico que había besado y con el que había experimentado por primera vez lo que eran los celos, el deseo y los miedos insanos e irracionales de una relación, así que para mí no era algo sin importancia. La tenía y mucho.

—Yo siempre quise pedirte perdón por lo que ocurrió —le dije apoyándome en la encimera sin quitarle el ojo de encima.

Él se giró hacia mí y me observó con detenimiento—.

Creo que tendría que haberlo hecho de otra manera, hablarlo en persona al menos.

Admito que hacerlo por teléfono y sin darte demasiadas explicaciones fue un acto bastante cobarde por mi parte, la verdad.

Él no desvió sus ojos de los míos y, tras unos segundos en los que nos mantuvimos la mirada, su sonrisa torcida hizo acto de presencia, solo que en ese momento, en vez de alterar mis hormonas, me provocó una carcajada.

Llevé mi dedo índice hasta su mejilla, donde un trocito de pimiento se había quedado adherido a su barba y se movía ondulantemente.

La comida era así de maravillosa, lo mismo devolvía la vida a un hambriento que se tomaba la libertad de colgarse de la barba de un tío bueno, planeando peligrosamente cerca de la comisura de sus labios.

Cuando se dio cuenta del motivo de mi risotada, se llevó la mano hasta la zona y pasó los dedos por ella, queriendo eliminar cualquier otro posible resto.

—Alicia, no quiero que me malinterpretes con lo que he dicho antes —retomó la conversación—.

Tú sí que fuiste importante para mí y el verano después de romper estuve bastante cabreado por la situación y contigo, aunque terminé entendiendo que no podía forzar nada.

—Me sonrió encogiendo la nariz—. Ha pasado mucho tiempo y ya no tiene la importancia que tuvo en aquel momento —aclaró—. A eso me refería.

—Ya, aun así, me gustaría pedirle disculpas al adolescente que aún vive en ti. No querría bajo ningún concepto que me tuviese algún tipo de rencor. —Disfracé con mi tono de burla una gran verdad—. Así que lo siento.

—No podría tenértelo ni aunque quisiera, pero gracias.

—Me alegro. —Le sonreí con coquetería.

—Y yo.

Nos sostuvimos la mirada con tal intensidad que por un momento creí que estaba leyendo en mis ojos lo que su simple cercanía provocaba en mí, hasta que una melodía metálica se interpuso entre nosotros, rompiendo la conexión que habíamos creado.

—Es Carla —anunció sin necesidad, pues el teléfono se encontraba sobre la encimera que teníamos al lado y la pantalla lucía iluminada con el nombre de ella ocupando la mitad superior de la misma.

Me mordí el labio inferior y forcé una sonrisa.

—Adelante.

Me alejé de su lado, con toda la intención de salir de la cocina para darle privacidad.

Lo que menos me apetecía en ese momento era presenciar una llamada cariñosa entre ellos y, a pesar de que jamás había sido una persona curiosa o entrometida, debía admitir con algo de culpa que me quedé tras la puerta escuchando parte de la conversación que estaban manteniendo.

Sabía que no debía, aun así, me fue imposible alejarme de allí y, sintiendo literalmente el peso de nuestros recuerdos en el bolsillo de mi chaqueta, espié lo que decía.

Percibí cómo el tono de Adriel iba cambiando conforme la conversación avanzaba, notándolo alterado en sus respuestas casi monosilábicas y con un humor cada vez más irascible.

¿Qué estaría diciéndole ella? ¿De qué hablaban para reaccionar así?

—Ya lo discutimos la última vez que estuve allí y creo que te comprometiste a algo… No… No. Carla, las cosas no son así… Claro que sí, pero no a toda costa…

Me dije que había tenido suficiente y, justo en el momento en el que comencé a caminar por el pasillo, un golpe seco y un pequeño lamento captaron mi atención provocando que corriese hacia el salón.

Al llegar, descubrí horrorizada cómo Isabel se encontraba aparentemente inconsciente en el suelo y no lo pensé dos veces.

Corrí de vuelta a la cocina, irrumpí en la estancia y me colé abruptamente sin ningún tipo de remordimientos en la discusión que mantenía con ella.

—Adriel, ¡tu madre!

No le hizo falta ninguna explicación más, mi urgencia y mi gesto le bastaron para entender que algo malo ocurría.

Se separó del teléfono con rapidez sin despedirse siquiera y, en el escaso segundo que tardó en ponerse en marcha, su mirada me transmitió tal desasosiego que se me instaló en el pecho una sensación de desazón que, mucho tiempo después, aún me provocaba escalofríos al recordarla.

Adriel estaba muerto de miedo, y yo morí un poco al verlo así.