CAPÍTULO 16 – PADRES #2
Tesoros de incalculable valor, sin duda. Uno de ellos nunca llegué a enseñártelo y estoy segura de que si lo ves caerías rendido a mis pies.
Adriel
Sin duda quiero verlo.
Alicia
No te va a salir barato.
Adriel
¿Qué quieres a cambio?
Alicia
¿Qué me das a cambio?
Sí, era consciente del tonteo que me traía entre manos, pero me fue imposible evitarlo.
Adriel
Prueba a pedir y ya veremos.
Alicia
Tendré que pensarlo detenidamente antes.
¿Tienes planes para hoy?
Adriel
La verdad es que sí.
Me chafé al leer su respuesta, pero, antes de poder escribir una contestación que me hiciese salir del paso, volvió a llegarme un mensaje.
Adriel
Hoy me quedo en casa con mi madre, Dara está en Valencia por unas charlas educativas o algo así.
Alicia
Claro, entonces no te preocupes.
Adriel
Vente.
Sopesé una negativa cortés en respuesta, pero me dije a mí misma que realmente tenía ganas de verlo, quería enseñarle lo que había encontrado y ¿por qué no admitirlo? También quería pasar tiempo con él; en calidad de amigos, claro.
Alicia
¿Seguro que no molesto?
Adriel
Mi madre dice que ya estás tardando en venir.
Sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago por la anticipación, el cual me fue imposible de sofocar.
Alicia
No seré yo la que le lleve la contraria a doña Isabel.
Adriel
Mejor, no sabes cómo se las gasta. A veces siento que vuelvo a tener doce años.
Alicia
En un ratito estoy allí.
Bloqueé el teléfono y agarré las cosas que quería enseñarle.
Al meterlo todo en mi bolso suspiré, planteándome por un segundo si lo que estaba haciendo era apropiado, pues, aunque quisiera engañarme a mí misma, Adriel me hacía sentir cosas y no podía perder el norte con él si no quería sufrir en el inevitable viaje de vuelta a la cordura.
Me fui sermoneando durante todo el paseo hasta llegar a su puerta, enumerando cada una de las razones por las que sería una mala idea plantearme siquiera ser la tercera en discordia de una relación ya consolidada.
Sin duda, esa misma noche hablaría con Leo de todo aquello, necesitaba hacer a alguien partícipe de mis líos mentales, y él siempre había sido el oyente perfecto.
Al tocar con los nudillos en la puerta se instaló en mi estómago un cosquilleo que no se disipó ni cuando su madre abrió con una sonrisa.
—Hola, bonita. Pasa, estás en tu casa —me invitó a entrar, echándose a un lado con un poco de torpeza.
—Buenos días, Isabel. ¿Qué tal está?
—Bien, no puedo quejarme. Y tus padres, ¿están bien? —contestó animada, a pesar de que su mirada transmitió algo de aflicción.
—Sí, genial. Gracias por preguntar.
—No hay de qué. —Me señaló con la cabeza antes de hablar—. El niño está en la cocina.
—¿Puedo? —pregunté pidiéndole permiso para ir hacia allí.
—Claro —me animó con un gesto de la mano.
Avancé hasta el lugar y conforme daba un paso tras otro recordé el olor de esa casa en la que ya había estado muchos años atrás; esa esencia tan característica que tienen los hogares, y que posee la capacidad de transportarte a momentos o situaciones determinadas, fue lo que provocó que entrase en la estancia con una sonrisa que se amplió al observar la escena.
El jodido, atractivo, interesante, guapo y puñetero Adriel estaba preparando algo frente a los fogones, y yo no me lo esperaba, aunque las probabilidades de que estuviese haciendo otra cosa en aquel lugar fueran escasas.
—Sabes cocinar —afirmé.
Mi frase y el tono de asombro en mi voz le alertaron de mi llegada. Se volvió con una cuchara de madera en la mano y me miró encogiéndose de hombros.
—Me defiendo, sí.
—No me lo esperaba —admití acercándome hasta él.
—Hola.
—Hola…
Con curiosidad, examiné lo que había dentro de la cacerola, que bullía al fuego, y sonreí al ver un guiso de lentejas con una pinta bastante aceptable.
—En Madrid soy yo quien cocina, a Carla no se le da bien —aclaró mientras removía el contenido de la olla—.
Una mañana de resaca, al poco de irnos a vivir juntos, me levanté porque en el piso había un olor bastante apetecible a tostadas, pero cuando llegué a la cocina me di cuenta de que lo que provocaba ese olor eran unos garbanzos que se estaban carbonizando.
La peste a quemado no se fue hasta pasada una semana.
—Madre mía. —Me reí.
—Tus vídeos me han servido durante estos años para no comer siempre macarrones con tomate y pizza calentada en el microondas, así que gracias.
Lo miré con un gesto de asombro en la cara mientras él continuaba su tarea sin ser consciente de lo que habían provocado en mí sus palabras.
¿Adriel veía mis vídeos? Jamás habría imaginado que él fuese uno de mis seguidores.
No sé, podían llamarme loca, pero, al igual que yo perdí todo contacto con él, imaginé que ocurría lo mismo al contrario; sin embargo, Adriel admitía haber visto mi canal y, por consiguiente, a mí durante todos esos años.
—Hoy no paras de sorprenderme.
—¿Por qué? —Alzó la vista hacia mí recayendo en mi cara de estupefacción—. ¿Qué pasa?
Ensanché mi sonrisa y negué con la cabeza.