CAPÍTULO 16 – PADRES
Algo actúa como detonante y ya no hay vuelta atrás.
Actualidad
Observé a mis padres con una sonrisa instalada en la cara.
Ellos tenían ese «algo» que te hacía sentir envidia de la sana al contemplarlos juntos en un acto tan cotidiano como preparar el café.
Mi madre no podía vivir sin mi padre, y él simplemente no sabía hacerlo de otra manera que no fuese con ella de la mano.
Era bonito, aunque eso no significaba que todo hubiese sido un camino de rosas, de hecho, tuvieron que superar un duro bache que jugó con los límites de ambos, pero consiguieron salir adelante, juntos y más fuertes.
—Aquí tienes, cariño —me dijo mi madre tendiéndome la taza blanca con pequeñas florecitas de colores pastel a modo de filigrana, parte inalterable del encanto de la casa que me había visto crecer—. ¿Te apetece comer?
—No, tranquila. Me tomé una tostada antes de salir de casa.
—El otro día preparamos esos dulces turcos que hiciste hace poco en uno de tus vídeos —explicó mi padre hojeando el periódico, costumbre de cada mañana.
—¿Los de forma de concha? —Asintió—. ¿Y qué tal os quedaron? —me interesé contenta y en cierto modo orgullosa de que mi trabajo provocase ese tipo de satisfacciones.
—No quedó ni uno —contestó él.
—Así es, se los comió todos —aclaró mi madre—. Ya sabes que tu padre tiene buen estómago. La verdad es que nos salieron secos y duros como piedras. Eso sí, nos divertimos y estuvimos buena parte de la tarde entretenidos.
Solté una carcajada por el gesto de cómica negación que compuso mi padre, y les expliqué con cariño que el secreto, como en casi todo, estaba en la masa y les recomendé que la próxima vez deberían echar un poco menos de harina para que no les quedase seca y también que no acortasen el tiempo de reposo en el almíbar.
—Que no, que no, que ya te digo yo que de duros nada, estaban perfectos.
La hora siguiente la pasé escuchando sus peripecias con el nuevo robot de cocina y las recetas que habían probado a hacer en él, tema que provocó más de un ataque de risa, ya que si mi padre se caracterizaba por algo era por no tener demasiados requisitos a la hora de comer, siempre alababa todo lo que se ponía sobre la mesa y era el que terminaba todas las sobras que iban quedando.
Mi madre bromeaba alguna vez con que su estómago tenía que parecerse al camión de un basurero y, aunque lo decía con cierta burla, la verdad es que llevaba parte de razón.
Cocinar para él, y/o con él, era sumamente agradecido, porque no había nada que no le gustase, incluso cuando el resultado no era del todo comestible.
Y podía dar buena fe de ello, pues en más de una ocasión mis experimentos culinarios no habían quedado como había imaginado, aun así, para él siempre fueron «perfectos».
—Voy a ir a cambiarme, Toñi, ya es hora —anunció él en un momento dado.
Mi madre miró el reloj colgado de la pared de la cocina y asintió enérgicamente con la cabeza.
—Madre mía, no me había dado cuenta de lo tarde que es —se excusó—. ¿Te apetece venir a andar con nosotros, cariño?
—La verdad es que he venido a buscar unas cosas que dejé en mi dormitorio —le aclaré—. No te preocupes, marchaos con tranquilidad que cierro al salir.
—Vale, cielo. —Me besó en la mejilla y me sonrió con ternura.
Recogimos la cocina y al poco nos despedimos.
Mi cara se iluminó al asomarme a la ventana y verlos pasear calle arriba a buen ritmo, con sus zapatillas deportivas y charlando animadamente.
Desde que mi padre se retiró del cuerpo de policía, jubilándose anticipadamente debido a una lesión en una de sus rodillas, que le había hecho pasar por el quirófano dos veces, no faltaban ni un solo día a la cita que ellos mismos se habían marcado de salir a caminar, marchándose a las once de casa y volviendo un par de horas después.
Tenían suerte de vivir en una de las zonas más áridas del país, pues pocas eran las veces que la lluvia les impedía llevar a cabo sus planes.
Un grupo de vecinas los saludaron cuando pasaron por su lado, e imaginé lo que se dirían las unas a las otras, haciendo referencia al matrimonio de «los Toños», esa pareja que aún se cogía de la mano en público y que se mantenía como si los más de treinta y cinco años que llevaban juntos no hubiesen cotidianizado nada a su alrededor.
Toñi y Toño o, lo que era lo mismo, Antonia y Antonio: mis padres.
Aún con una sonrisa en los labios, subí las escaleras y encaminé mis pasos hasta mi antiguo dormitorio, ese que aún atesoraba la misma decoración que mi hermana y yo nos habíamos afanado en colocar siendo pequeñas.
En su mitad, los pósteres de los grupos de música que en los noventa sonaban continuamente en la radio; en la mía, la propia evolución de mis dibujos, desde los más infantiles, pasando por los paisajes de Costa Serena que tanto me gustaba inmortalizar, hasta los pocos retratos que me animé a hacer, pues era el tipo de dibujo que más me costaba, por no saber darle la esencia necesaria para que pareciese vivo.
Recordé la época en la que cada día me levantaba con una convicción, en unos afirmaba que estudiaría algo relacionado con Bellas Artes y en otros, sin embargo, con el arte de cocinar.
Finalmente ganó esta última, pero el gusanillo del dibujo siempre seguía ahí.
Al terminar de repasar todos mis bosquejos eché en falta uno en concreto. Supe que lo encontraría en el altillo de mi armario, junto con otras cosas que en su día me parecieron importantes para conservar, aunque seguramente carecerían de valor para cualquier otra persona.
Miré hacia el lugar donde debían permanecer y salí del dormitorio decidida. Entré en el trastero para coger la pequeña escalera que sabía que guardaban allí y, al sacarla, una caja de la estantería sobre la que estaba apoyada volcó parte de su contenido en el suelo.
Me afané en recogerlo y mis dedos se demoraron unos segundos en un pequeño pliego envejecido por el tiempo que yacía sobre la loseta. Dudé sobre si leerlo sería una buena idea, sin embargo, no pude resistirme.
Aquel trozo de papel resultó ser un viejo escrito a mano con la característica letra de mi madre, pero realizada con líneas un poco más infantiles.
Sonreí enternecida al leer el encabezamiento: «El chico ideal de María Antonia Vega».
Debajo de esto había escritas una serie de cualidades y características de lo que ella parecía querer encontrar algún día en su pareja.
Estaba fechado en un lejano diciembre, calculé que mi madre tendría unos diez u once años cuando la escribió.
Me inundó la nostalgia, pues yo también había hecho algo parecido en mi diario siendo una niña, y leí con atención dándome cuenta de que esa lista era, básicamente, una descripción casi exacta de mi padre.
Tal como recaí en ello, recordé que curiosamente ellos no se habían conocido hasta los veinte años.
¿Era posible entonces que esa fuese la clave de la felicidad?
¿Encontrar a alguien que cumpliese todos los puntos de una lista de preferencias redactada en la niñez y solo de esa forma se convertiría en algo duradero?
Volví a doblar el papel y terminé por recoger lo demás.
Mientras emprendía el camino de vuelta a mi antiguo dormitorio, intenté hacer memoria sobre qué había escrito en la mía años atrás, pero fui incapaz de recordarlo con exactitud. Una lástima, pues quizá me hubiese ayudado en el presente.
Una vez allí, abrí la pequeña escalera a los pies del armario y subí los peldaños con la ilusión de quien escarba en la tierra hasta dar con un tesoro enterrado. Mi tesoro, ese que había ido a buscar, estaba dentro de una caja de cartón algo desvencijada por el tiempo.
La cogí con cuidado y bajé los escalones con nerviosismo por lo que encontraría dentro de ella, depositándola sobre mi cama.
Al hacerlo, dejé ir una sonrisa alterada y me senté sobre una de mis piernas.
Imaginé que esos serían los nervios que se experimentarían al abrir una cápsula del tiempo, porque eso era prácticamente lo que tenía ante mis ojos: los tesoros más preciados de mi adolescencia…
Y, sin tener que rebuscar demasiado, allí estaba él.
Adriel llenaba cada recoveco de la caja en diferentes versiones, como por ejemplo en una fotografía de él apoyado contra una pared, despeinado, con los brazos cruzados, una camisa de mangas cortas en color celeste y su pulsera ancha de cuero.
Rebusqué entre todo lo demás hasta dar con ella, con esa misma pulsera, y acaricié la piel con nostalgia.
Recordaba perfectamente el día que me la dio y sonreí de nuevo al ver su gesto serio y su cara tan aniñada en la foto.
Examiné entre las demás cosas y encontré el dibujo que le hice, pero que nunca le llegué a mostrar.
Me había dado demasiada vergüenza enseñarle algo que consideré tan ridículo en aquel momento, pues su retrato hecho a lápiz por mí misma lo había enmarcado con un gran corazón y había escrito nuestros nombres debajo.
Lo fui depositando todo con cuidado sobre mi cama y continué, dando con un pin en forma de manzana que me regaló una mañana antes de empezar las clases, un par de envoltorios de los caramelos que comprábamos al salir del colegio en el kiosco que había de camino a casa, el anuario del último curso de secundaria, donde algunos de mis compañeros —incluido él— me habían dejado sus mensajes y dedicatorias, y una foto juntos en la que se me podía ver a mí sacando la lengua y bizqueando los ojos mientras él elevaba las cejas con cara de conformismo a mi lado.
No lo pensé demasiado y cogí mi teléfono móvil. Intenté recrear la imagen mostrando a la cámara también la instantánea original. Inmortalicé el momento y se la envié a Adriel junto con un mensaje:
Alicia
Falta tu cara de acelga,
pero se ve que yo sigo igual de payasa.
Su respuesta no se hizo esperar.
Adriel
Madre mía, ¿de dónde ha salido eso?
Alicia
Buscando en el baúl de los recuerdos, uhuhuuuh.
Adriel
¿Qué más cosas guardas de aquella época, chica manzana?
Alicia