El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 15 – BESOS
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CAPÍTULO 15 – BESOS

… es la manzana.

Actualidad

Por la planta de arriba todo parecía seguir en orden tras la segunda ronda que había dado y ya había pasado un poco más de una hora desde que terminásemos de picotear un poco de cena en la barra de la cocina de mi hermana, tras haberme escabullido de aquel momento al pie de la escalera que tan solo presagiaba problemas.

Lo miré mientras él esperaba que respondiese a su pregunta, sentados uno al lado del otro en el sofá, y le sonreí con tristeza.

—El Luxury es el hotel donde Estrella quería casarse, aunque la realidad fue bastante diferente.

—¿Y eso? —preguntó con interés.

—No tuvieron un banquete como tal; fuimos al juzgado, se casaron un mes antes de que ella diese a luz a Alana y poco más.

—Entiendo que no fue algo que ellos eligieron.

—Qué va. —Negué moviendo la cabeza de un lado al otro con congoja al recordar los ojos de mi hermana ese día—.

Siempre han dicho que a ellos no les hace falta nada más que tenerse el uno al otro y que nada hubiese cambiado de haberlo celebrado por todo lo alto, pero yo sé que a los dos les hubiese gustado algo más que aquello que tuvieron.

Se merecían más. —Jugueteé con el cierre de mi pulsera mientras hablaba—.

Tanto los padres de Fede como los míos les pidieron que formalizasen su relación antes del parto y, bueno, imagino que accedieron por no provocar más quebraderos de cabeza a las familias.

—Si te soy sincero, jamás hubiese imaginado que tu hermana terminaría formando una familia con un tipo como Fede.

Alcé una ceja, aunque su tono había sido amable, no me gustaba que los demás hablasen mal de los míos.

—¿A qué te refieres?

—No me malinterpretes, se los ve genial y estoy seguro de que son muy felices, pero hace años eran como de dos mundos diferentes… —Él no añadió nada más y, al ver que no pretendía continuar, le invité con un gesto de la mano a que ampliase la información.

»No sé, Alicia. Él era el típico tío popular y todo eso, y tu hermana, pues… era más normalita.

Sonreí al ver su leve azoramiento.

—«Normalita» —repetí—. Hay confianza, Adriel, puedes decir con tranquilidad que era un bicho raro. —Él me sonrió en respuesta.

»No siempre hay que juzgar por las apariencias, ¿no? —dejé caer—. Ya ves, dos personas que aparentemente son polos opuestos y al final resultan ser totalmente perfectos el uno para el otro.

—Tú ya sabes que nunca me han importado ese tipo de cosas.

El tono penetrante con el que pronunció las palabras me erizó la piel.

—Lo sé —respondí casi en un susurro mirándolo.

—¿Crees que ahora es buen momento para responderme a la pregunta de antes? —inquirió con demasiada intimidad—. ¿Alguna vez te has parado a pensar qué habría sido de nosotros si hubiésemos continuado juntos? ¿Habríamos formado una familia como ellos dos?

—Sí, claro que lo pensé.

—Y yo aún me pregunto por qué rompimos.

—Porque no estábamos preparados para tener una relación, éramos dos críos, Adriel.

Yo no soporté tener miedos y mis inseguridades no ayudaron.

Siempre me sentí inferior a tu lado. —El tono de nuestra conversación había bajado considerablemente, sería imposible entendernos a más de treinta centímetros de distancia, que era la que prácticamente se interponía entre nosotros.

Los ojos de Adriel brillaban. Mi garganta estaba más seca de lo normal.

»Tan solo era una adolescente con sobrepeso, demasiado pecho y que siempre llamaba la atención entre el resto de sus compañeras…

Y en medio de todo aquello llegaste tú, que eras igual de guapo que de rarito y, aunque me sentía bien estando contigo, también hubo bastantes veces en las que tuve miedos y dudas, e imagino que eso pesó más.

Un buen ejemplo de lo minúscula que me sentía a tu lado es que hasta en algo tan simple como un beso sentía que me superabas.

—Ah, ¿sí? —Sonrió con cariño.

—No me digas que ahora te gusta que te regalen los oídos —me quejé divertida—. Sí, así es. Siempre he recordado nuestros besos y guardo la sensación de que fuiste el que mejor me ha besado en mi vida con diferencia.

—Vaya. Mi «yo» adolescente se siente bastante halagado en este momento.

Me arrepentí nada más soltar la información, porque supe que, pese a que no tenía importancia ni ninguna connotación oculta, en aquel momento admitirle a Adriel que me volvían loca sus besos no ayudó a que la situación entre nosotros se calmase.

Éramos como una bomba de relojería a punto de estallar y ninguno de los dos parecía darse cuenta.

Él salvó la distancia que quedaba entre nosotros y, sin dejar de mirarme a los ojos, me habló, haciendo que el calor de su aliento impactase sobre mi rostro.

—Yo no recuerdo tus besos, pero sí tu sabor…

—Eh… —balbuceé sintiéndome un poco lerda.

—Conseguiste volverme tan adicto a él que aquel maldito verano lo busqué como un loco, parecía un puto enfermo asaltando las bocas de todas las chicas con las que me cruzaba.

Caí en la cuenta de lo que me estaba diciendo con un poco de retardo, en mi defensa diré que me perturbaba la manera en la que me estaba observando.

—Bonita forma de decirme que te liaste con toda Costa Serena. —Reí aparentando indiferencia.

—No recuerdo a ninguna de ellas porque en todas te buscaba a ti y no lo conseguía. Me frustraba tanto que acababa cabreado y encerrado en mi habitación.

—Qué harías ahí dentro.

Fijó sus ojos encendidos en mí y su sonrisa me devastó.

—Esa información jamás va a salir de mi boca —susurró. «¿Ni siquiera si te la arranco a besos?». Mandé callar a mi cerebro a la misma vez que lo escuchaba continuar hablando.

»Creo que sería buena idea demostrar si el paso del tiempo ha hecho que me tengas en un pedestal por algo inmerecido o, por el contrario, podemos corroborar tu teoría sobre mis besos —murmuró con tono confidente engullendo mis labios con sus rasgados ojos oscuros, tanto que sentí un cosquilleo sobre ellos que provocó que los mordiese con lentitud—.

Yo también quiero comprobar si sigues teniendo ese sabor que me hizo adicto a ti o tan solo fueron cosas de críos.

Tragué saliva.

¿Dónde se había quedado ese Adriel taciturno y un tanto retraído de hacía quince años, por el amor de Dios? Vale, estábamos de acuerdo en que siempre fue un chico sincero y que nunca temió decir lo que sentía, pero ¿en qué momento había mutado a un hombre tan sumamente directo y atrevido?

Mierda.

En mi interior se libraba una lucha encarnizada entre la razón y la excitación causada por el simple pensamiento de volver a sentir la lengua de Adriel fluir dentro de mi boca.

Y tenía ganas, muchas. Incontables ganas, sin embargo, la certeza de que aquello no iba a servir más que para hacerme daño me instó a aferrarme al pequeño resquicio de cordura que me quedaba en algún rincón recóndito de mi amplio cuerpo.

No supe de dónde saqué las fuerzas, podría haber jurado que me moría por besarlo, aun así, con voz trémula conseguí pronunciar una palabra que cayó sobre nosotros como un jarro de agua helada y surtió el efecto esperado.

—Carla.

Adriel se despegó de mí como si hasta el momento no hubiese caído en que, a unos cientos de kilómetros, le esperaba su pareja; como si su vida no estuviese encauzada y aquello solo pudiera enredarla innecesariamente.

Aquella mención también provocó algo que no me esperaba, un giro de los acontecimientos con un regusto agridulce.

Adriel, recompuesto de ese instante de enajenación transitoria, me habló de ella, centrando la conversación en la historia de su relación.

Imaginaba que intentaba justificar de alguna manera el desliz que podría haber ocurrido si yo no hubiese hecho acopio de toda mi cordura para frenarlo o puede que recordar lo que había dejado en Madrid le hubiese ayudado a poner los pies sobre la tierra otra vez y así evitar una nueva tentación.

Realmente no pude saber qué lo propició, pero sí que lamenté no haberme dejado llevar y haberlo besado, porque por algún extraño motivo sentía una punzada en el estómago cada vez que la mencionaba.

Y, cuando después de enseñarme fotos del piso en el que vivían juntos me mantuve en silencio, él pareció recaer en mi incomodidad.

—¿Qué te parece? —preguntó bloqueando el teléfono y suspirando.

—¿Quieres que te sea sincera?

—Sí.

—Bueno, creo que es un poco fría e impersonal, jamás habría adivinado que tú vives en ella.

—La decoró Carla.

—No es solo la decoración, en general todo da bastante miedito —reconocí con una sonrisa intentando que no se lo tomase a mal—.

Parece que haya cámaras escondidas que se pondrán a pitar como locas si dejas algo fuera de su sitio.

Si no os hubiese visto en alguna de esas fotos, habría jurado que me estabas enseñando las imágenes de una revista de decoración de lujo.

Adriel soltó una carcajada entristecida tras mi confesión.

—Es un poco estricta con el hecho de tenerla recogida y todo eso. Reconozco que a veces soy más desordenado de la cuenta solo por joder.

—Adriel… —le dije horrorizada y divertida a partes iguales.

—Bueno, no te creas que soy un rebelde total. Normalmente los arrebatos me dan cuando ella está en el bufete y antes de que llegue ya lo he vuelto a colocar todo como si no hubiese pasado nada —admitió sin avergonzarse—. Así de ridícula es la situación.

—Imagino que el amor nos impulsa a hacer cosas absurdas a veces.

Él tan solo me observó en respuesta y lo que creí leer en sus ojos me asustó y me ayudó a entender en cierta manera los motivos por los que parecía olvidar que tenía pareja cuando la tensión crecía entre nosotros, pues en esa mirada había determinación, dolor y un poco de rencor.

En un universo paralelo perfecto le habría preguntado si era feliz, habría indagado más en sus sentimientos y en el porqué de su mirada cargada de tristeza, por el contrario, pequé de cobarde y fingí estar exhausta con la única motivación de detener todo aquello, de darme más de tiempo para entender las circunstancias que nos rodeaban o simplemente alargar lo que por momentos parecía inevitable.

Cuando un buen rato después sentí que Adriel apagaba la televisión que se había mantenido en un segundo y discreto plano, y se incorporaba en el sofá, continué fingiendo estar inmersa en un sueño reparador.

Aquella decisión de nuevo fue la peor que pude tomar, porque un momento después sentí el suave toque de su boca sobre la comisura de mis labios, en un delicado roce que para otros podría ser insignificante, pero que para mí avivaba las llamas de algo que sabía que nunca estuvo del todo muerto, sino tan solo olvidado.

Y, cuando aprecié de nuevo el frío impactar contra mi boca al despegarse de mí, susurró unas palabras que me afectaron aún más que ese contacto.

Repitió exactamente esas mismas que releí tantas veces años atrás.

Y en ese momento las quise sentir como una declaración de intenciones.

—El único fruto del amor eres tú, mi chica manzana.

Me serené para no dejarle ver que era consciente de todo lo ocurrido y no fue hasta que escuché la puerta de la casa cerrarse que no abrí los ojos.

Me incorporé en el sofá y me llevé la mano a los labios, intentando encontrar el calor de los suyos en ellos. No lo hallé y por un momento temí que ese efímero contacto hubiese sido producto de mi imaginación y de las ganas que tenía de él.

Tras unos minutos inmersa en recuerdos y pensamientos, e ignorando el hecho de que el reloj marcase las dos de la madrugada, hice lo único que podría aportarme solaz, algo que me apasionaba y con lo que mi mente se mantenía inmersa sin dejarme pensar en otra cosa: ponerme a cocinar compulsivamente.

Para cuando los niños fueron apareciendo por la planta baja, varias horas después, la cantidad de comida que inundaba cada superficie podría haber alimentado a media Costa Serena.