CAPÍTULO 14 – SE ACABÓ
El único fruto del amor…
Había discutido con Mat y estaba triste.
Esa misma tarde iba a hacer lo que llevaba semanas rondando mi mente y, aunque mi mejor amigo intentó quitarme la idea de la cabeza e insistió en que terminaría arrepintiéndome, estaba decidida.
Iba a romper con Adriel.
Sentada en mi escritorio frente a la ventana de mi habitación, rememoré, como solo una adolescente desconsolada podía hacer, los seis meses que había durado mi primera y última relación, pues si algo tenía claro era que no pensaba tener pareja nunca más.
Había llegado a la conclusión de que el amor no era lo que yo creía, que hacía daño y que no me merecía la pena.
Amor…
¿Qué sabría aquella cría sobre un sentimiento tan magnífico?
Pero, en mi minúscula sabiduría adolescente sobre el tema, utilizaba mi propia e infantil experiencia, junto a varios ejemplos de mi alrededor que corroboraban mi teoría, como el caso de mi hermana, que estaba teniendo que luchar con uñas y dientes para que mis padres aceptasen la decisión que habían tomado ella y su pareja de seguir adelante con un embarazo no planeado y demasiado anticipado, que les hizo tener que modificar sus vidas de forma drástica.
Si no hubiese tenido novio, nada de eso habría ocurrido.
Y no es que mis quebraderos de cabeza se asemejasen a algo así, pues yo no había mantenido siquiera relaciones con Adriel como para tener miedo a nada parecido, de hecho defendía a capa y espada que no tendría sexo con ningún chico hasta que tuviese, al menos, treinta años.
Sin embargo, yo sabía que había llegado el momento de ponerle fin a lo nuestro y no podía posponerlo más.
Agarré el teléfono inalámbrico y marqué el número de su casa con los nervios atenazando mi estómago. Contestó una voz femenina al tercer tono y cerré los ojos al reconocer a su hermana.
—¿Dígame?
—Hola, Dara. Soy Alicia. ¿Se puede poner Adriel?
—No.
Su respuesta tajante me enmudeció y tuve que contener las ganas que me invadieron de exigirle una contestación más amable y extendida. Al cabo de unos segundos se me pasó el enfado inicial en pos de la preocupación.
¿Por qué no podía ponerse al teléfono? ¿Es que acaso no estaba en casa?
Me había dicho que esa tarde no saldría, incluso cuando le propuse ir al parque con mi sobrina y así poder estar juntos un rato, él rechazó el plan.
Entonces, ¿dónde estaba?
—Le dijo a mi madre que iba a jugar a la consola a casa de Fran, pero ha debido de cambiar de opinión porque lo he visto en la plaza del Pescador con varios de su clase, también había chicas —explicó con malicia como si me leyese la mente.
—Gracias —atiné a decir antes de colgar.
Una sensación desconocida, que me hizo apretar los puños tras colgar, se hizo dueña de todo mi cuerpo y provocó que tuviese que marcar tres veces hasta dar con el número correcto.
—¿Sí? —contestó Mat con desgana.
—Acompáñame a la plaza del Pescador.
—¿Por qué debería hacerlo después de que me hayas mandado a la mierda?
—Mat, no seas capullo y olvida lo que te he dicho, ¿vale? Adriel está allí.
Él debió de reparar en la urgencia de mi tono y cortó la llamada tras un escueto: «Ya salgo».
Al apoyar el teléfono sobre la base de carga noté cierto temblor en mis manos e intenté serenarme.
¿Por qué me importaba tanto dónde y con quién estuviese Adriel si iba a cortar con él?
Si mi llamada de teléfono había sido para acabar con lo nuestro, ¿qué relevancia tenía que estuviese con otras personas cuando a mí me había dicho que no saldría de casa?
Años después supe que lo que sentía por él me quedaba grande, que una chiquilla con inseguridades y la visión idealizada del amor como la que yo tenía en aquella época no podría haber actuado de otra manera, aunque hubiese querido, pero en aquel momento aquello era lo más parecido a una catástrofe mundial para mí.
En el trascurso de los escasos minutos que Mat tardó en llamar a mi puerta, tomé la determinación de que dejaría en manos del destino mi decisión.
Si era verdad que estaba en la plaza, y, por lo tanto, me había mentido, cortaría con él sin dudarlo.
Si por el contrario no estaba allí, vería la manera de continuar juntos ese verano, aunque yo me marchase al pueblo de mis abuelos y estuviésemos lejos, algo que me ahogaba de miedo con tan solo pensarlo.
Me convencía a mí misma diciéndome que aquello lo hacía por él, porque no quería que estuviese atado a mí durante lo que me parecía una eternidad y que en la vida real se traducía en dos meses y medio de vacaciones separados, no obstante, la realidad era otra bien distinta, y es que, solo de imaginar lo que podía estar haciendo mientras yo me pasaba los días encerrada en la finca de mis abuelos, me provocaba un sinvivir en la boca del estómago.
Tan solo era una niña con cierto complejo de inferioridad y las dudas propias de cualquier adolescente insegura.
Aquella noche lloré. Adriel estaba justo donde su hermana me dijo.
Lloré tras colgar el teléfono.
Lloré reproduciendo una y otra vez su escueta respuesta al decirle que quería cortar.
Lloré tanto que las lágrimas se llevaron mi voz y me pasé los dos días siguientes muda y con una sensación de pérdida que jamás hubiese imaginado sentir.
Me dolía que él no hubiese luchado por mí, por nosotros…, por recuperarme, sin embargo, ¿qué le podía pedir a un chico que estaba igual que yo? ¿Qué se le puede exigir a alguien que no entiende siquiera por qué le dices que le quieres, pero que no puedes estar con él?
Éramos dos niños jugando a ser mayores y terminamos perdiendo la partida por no saber interpretar las instrucciones del juego.
Pero el verano conspiró con la vida y, con el tiempo, disipó mis dudas y miedos, convirtió esos días en los que caminaba descalza y despeinada, en los que igual reía que lloraba y en los que me prometía en cada atardecer que iba a luchar siempre para ser feliz, en una terapia en la que sané cada herida provocada por los insultos recibidos, en la que aprendí que debía empezar a amarme a mí misma tal y como era y entendí que primero tenía que quererme yo para ser capaz de volcar mi amor en los demás.
Ese verano maduré y comencé a construir los pilares de la mujer en la que luego me convertí y me juré a mí misma que nunca más dejaría que las inseguridades dominasen mis decisiones.
Mentiría si dijese que no sentí nervios la primera mañana de clases tras las vacaciones, pero fue algo totalmente en vano, ya que Adriel actuó con amabilidad y los días se sucedieron como si entre nosotros no hubiese ocurrido nada, como si nuestras lenguas no se hubiesen enredado durante meses, como si todo hubiese sido producto de mi imaginación.
Cuando le conté a mi madre lo que había ocurrido, y cómo me encontraba, ella lo achacó a cosas de adolescentes restándole importancia y, pese a que me dolió que mis primeras veces hubiesen quedado relegadas a algo que parecía no existir, asumí que era mejor continuar siendo amigos, aunque sintiera cierta distancia entre nosotros.
El curso se desarrolló sin demasiados contratiempos e incluso noté que las mofas que solían dedicarme algunas de mis compañeras más crueles cesaban. Entendí entonces lo que meses atrás me había dicho mi padre, eso de que, si dejaba que los demás viesen mis debilidades, las utilizarían en mi contra.
Mat y yo nos hicimos aún más inseparables, su situación en casa no mejoraba y tampoco estaba siendo fácil para él aceptar su homosexualidad sin figuras adultas en las que apoyarse, así que yo me limité a hacer lo único que sabía; estar ahí a su lado y llorar con él cuando no podía soportarlo más.
Y, entre todo eso y casi sin darnos cuenta, el curso llegó a su fin y, con ello, toda nuestra etapa secundaria.
Ese último escalón antes de sentirnos «mayores».
—Alicia, termínate los cereales —me dijo mi madre a la vez que me tendía un plátano para el recreo.
Observé la fruta entre sus dedos durante unos segundos y sonreí.
—Hoy me llevo una manzana.
—Me vas a volver loca —se quejó ella depositando de nuevo la pieza en el cuenco de la encimera—. Antes te encantaban, luego no, ahora vuelves a quererlas. A ver si nos aclaramos, cariño.
Me encogí de hombros sin querer explicarle que jamás me había gustado esa fruta, pero no podía desaprovechar la oportunidad, ya que sería la última vez que compartiría espacio con Adriel antes de que cada uno tomara su camino para continuar estudiando especialidades diferentes y, a pesar de que sabía que lo nuestro estaba superado, no pude resistirme.
—Ali, acuérdate de que me prometiste hacerte cargo de la niña esta tarde —me recordó mi hermana, revisando los apuntes con mi ahijada adormilada mientras succionaba de su pecho—. El examen no durará mucho, así que me paso luego a buscaros con Fede.
—¿Y no puede quedarse su padre con ella? —preguntó mi progenitor, que se había mantenido en silencio leyendo el periódico, apoyado en la encimera de la cocina.
—No puede —aclaró mi hermana sin levantar la cabeza de los folios que tenía delante.
—Papá. —Me volví hacia él, seria—. A mí no me importa cuidarla, empiezo hoy las vacaciones, y Fede trabaja.
Mi padre chasqueó la lengua, aunque en el fondo sabía que llevaba razón. No me gustaba ver cómo los presionaban desde que asumieron su papel de padres de forma inesperada, porque desde que supieron de la existencia de mi sobrina se habían dejado la piel cada día para darle lo mejor.
Mi cuñado trabajaba en un gimnasio del pueblo.
Empezó reparando las máquinas de musculación y los desperfectos del lugar, su jefe había visto el potencial que tenía, pues siempre había practicado deporte y aprovechaba la hora de la comida para ejercitarse, por lo que al poco tiempo de estar allí le ofreció el ascenso, y él aceptó sin dudar, convirtiéndose en monitor.
Sabíamos que estaba deseando hacer los cursillos que los compañeros habían realizado antes de entrar a trabajar y que él no había tenido la ocasión de poder hacer por falta de tiempo libre.
Y, al margen de eso, los fines de semana también hacía de repartidor en la pizzería del pueblo, porque se negaba a que mi hermana dejase la carrera sin terminar. Todo ingreso resultaba poco cuando se trataba de criar a un hijo y ahorrar para poder independizarse los tres.
Fede era el mejor hombre que había conocido en mi vida y estaba feliz de que formase parte de mi familia. Y sabía que mis padres también lo estaban, de hecho, los ayudaban mucho, aun así, a veces les salía una pequeña vena anticuada la mar de desagradable.
Comí un par de cucharadas más de los cereales a desgana y me despedí de mi familia cuando la puerta de casa sonó. Mat venía a recogerme como cada mañana y me provocó una tristeza tremenda saber que esa sería la última.
—Lo sabía —dijo sonriendo—. Es que sabía que te iba a encontrar llorando.
Hice un puchero con los labios y lo miré implorante.
—No quiero que nos separemos.
—Anda, vamos a clase, que aún te quedan unas cuantas horas en las que aguantarme. —Pasó su brazo por mis hombros y rodeó con él mi cuello, besando mi cabeza.
Entendía por qué se rumoreaba por el pueblo que éramos pareja, a decir verdad, no nos importaba lo más mínimo que el cuchicheo continuase. A Mat le servía para encubrir lo que aún no era capaz de afrontar, y a mí, ¿para qué negarlo?, me gustaba presumir de «novio» guapo y apuesto por la calle.
La mañana transcurrió demasiado rápido, el timbre que marcaba el último cambio de clase me sobresaltó y cuando me quise dar cuenta todos estaban intercambiándose los anuarios que acababa de repartir el delegado de clase, pidiéndose firmas y dedicatorias los unos a los otros.
Yo no lo dudé, me acerqué a Adriel, que dibujaba sobre la madera verde de la mesa, como queriendo dejar una marca perenne que homenajease su paso por ese lugar, y sonreí con algo de nerviosismo cuando me miró.
—Hola —le dije.
Él me sonrió de lado.
—Hola, Alicia.
—¿Me lo firmas? —le pedí tendiéndole el anuario.
—Solo si tú lo haces en el mío. —Rebuscó en la bandeja bajo la mesa y lo extendió hacia mí.
Acepté y me acerqué de nuevo a mi pupitre.
No recuerdo qué fue lo que escribí exactamente, algo sobre que la vida le deparase cosas bonitas o alguna chorrada por el estilo.
Quizá si hubiese sabido que la suya iba a dejar al descubierto lo que aún decía sentir por mí y la promesa de que nunca me olvidaría, me hubiese esmerado más, pero el verdadero mensaje no iba escrito, sino en lo que metí entre sus hojas y que abultó su forma cuando lo cerré: una manzana.
Esa fruta siempre me había recordado a él, a nuestros comienzos, a ese primer día en el que se apiadó de mí y decidió cambiarme el desayuno, comenzando con ello un ritual que nos uniría sin saberlo.
Esa no fue la única ocasión, la historia se repitió bastantes veces hasta que rompimos y, desde entonces, había echado de menos cada día su mirada cómplice acompañada de una sonrisa cuando le observaba interrogante alzando la odiosa fruta; así que esa manzana, esa efímera fruta que no tardaría más de una semana en marchitarse si él decidía conservarla, pero que cargaba un mensaje que perduraría por siempre, era mi manera de homenajear esa historia que compartimos durante un tiempo y también la encargada de decirle que no lo había olvidado.