CAPÍTULO 13 – CON SIETE BASTA #3
—Nada de escaparte por la ventana ni dejar entrar a ningún chico —le dije con sorna—. No queremos que tu padre nos mate a las dos.
Ella levantó la cabeza y puso los ojos en blanco, aunque no pudo evitar sonreír.
—Tranquila, hoy se han ido a casa de Julia a comer pizza y a ver una película.
—¿Y por qué no has ido?
—Porque papá me ha pedido que me quedase a echarte una mano con los niños.
Me mordí el labio posicionándome mentalmente en su lugar.
—¿Te apetece que hagamos alguna cosa juntas? ¿Ver algo en la tele que no sean dibujos ni el dichoso Harry Potter ? —le propuse queriendo animarla un poco.
—Qué va, estoy cansada, mejor me quedo por aquí y vigilo que no haya movimientos por el pasillo mientras tú estás tranquila con Adriel.
Me miró cómplice, y negué divertida con la cabeza.
—Eres una lianta.
Ella levantó los brazos con el mismo gesto que solía hacer su padre cuando sabía que tenía la batalla perdida y me lanzó un beso antes de dejarla sola en su habitación.
Cuando retorné mis pasos de vuelta por el pasillo, en dirección a las escaleras, observé la puerta entornada de la habitación de Fabiola y supe que Adriel estaba allí.
Encaminé mis zancadas hasta la entrada del dormitorio y no pude evitar escucharlos hablar antes de que mis pasos los alertasen sobre mi llegada.
—No, ¿por qué crees eso? —Escuché que le decía él.
—Porque Bruno dijo que os habíais dado un beso en la boca, y papá siempre dice que los besos en la boca se los dan los novios.
—Bruno no lo debió de ver bien porque no nos hemos besado. ¿Crees que con lo guapa que es tu tía iba a querer darle un beso a un tipo tan feo como yo y con esta barba? —preguntó divertido haciendo reír a la pequeña.
Les concedí unos segundos más antes de hacer acto de presencia, sucumbiendo a la necesidad de continuar escuchando a escondidas la conversación entre ambos.
—¿Por qué no te quitas los pelitos de la cara? Mi papá lo hace —le dijo ella.
—Te lo cuento si me prometes que después te dormirás. —Fabiola debió de asentir porque él continuó—. Yo tengo una novia que se llama Carla.
—¿Y os dais besos en la boca? —le interrumpió.
—Sí. —Pude notar la sonrisa en su respuesta—. Aunque últimamente no nos damos muchos.
—¿Por qué?
—Seguramente porque no le gusta mi barba.
—Entonces quítatela y así te querrá por siempre jamás.
—Ojalá fuese tan fácil —le respondió con algo de aflicción—. Pero ¿sabes qué ocurre? Que a mí me gusta mi barba y no sería justo que me la tuviese que quitar para que ella quisiera besarme, ¿no crees?
Se hizo el silencio durante un instante antes de que ella contestase.
—Seguro que a mi tata no le improta que tengas pelitos, ella es muy buena y te dará un beso para que no estés triste. ¿ Queres ser su novio?
Decidí que había llegado el momento de entrar.
—¿Aún estás despierta, ratoncita? —le pregunté interrumpiendo la conversación.
Sentí que Adriel fijaba sus ojos en mí y se mantenía en silencio mientras me acercaba a la cama en la que él estaba sentado. Ayudé a la niña a meterse dentro de las sábanas y la arropé con cariño, del mismo modo que mi madre hacía conmigo en mi infancia.
—¿Cuándo vienen papá y mamá? ¿Estarán aquí cuando me despierte? —me preguntó preocupada.
—Cuando te despiertes te voy a estar esperando con tu bizcocho favorito preparado, jugaremos a lo que tú quieras y antes de que te des cuenta ya estarán aquí mamá y papá, ¿vale?
—Acaricié su brazo con cariño, y ella asintió resignada—.
Y, cuando lleguen, los convenceremos para que mañana te quedes a dormir conmigo en mi casa, ¿quieres?
—¡Sí! —chilló con entusiasmo, levantándose de nuevo en la cama y saltando sobre ella, animada. Me reí, y Adriel se irguió sonriendo—. ¡Sí! ¡Sí! —canturreaba sin dejar de saltar.
—Venga, loquita. Si no te duermes, no podremos hacer nada de eso.
—¡Vale! —Se tumbó de nuevo y me dedicó una sonrisa que me desarmó, pero que también me puso en guardia—. Tata —susurró—, la novia de Adirel no quiere darle besos porque tene pelitos en la cara, y él está triste. ¿A que a ti no te improta darle besos en sus pelos?
—No me importa —contesté girando mi cara hacia él y dándole uno en la mejilla—. ¿Ves? Ya no está triste. Y, ahora, vamos a dormir.
Le di un beso a la niña, y Adriel se despidió de ella lanzándole uno desde la puerta.
La encajé dejando encendida la luz nocturna que había colocada en el pasillo y, antes de descender de camino al salón, cerré las barandillas de seguridad que habían instaladas desde hacía años en cada tramo de las escaleras.
—¿Alguna vez te has parado a pensar qué habría sido de nosotros si hubiésemos continuado juntos? ¿Si no hubieses realizado esa llamada? —Escuché su voz ronca a mi espalda cuando activaba el seguro de la última barandilla.
Al girarme aguanté la respiración, ese olor a menta…
Adriel estaba tan sumamente cerca que, si permitía a mis pulmones albergar oxígeno, el movimiento haría que nuestros cuerpos se fundiesen en uno solo.
Sus dedos acariciaron el lunar bajo mi ojo y supe, al mirarlo, que estábamos cayendo de cabeza en un pozo atestado de problemas de los gordos.