El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 13 – CON SIETE BASTA #2
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CAPÍTULO 13 – CON SIETE BASTA #2

—No tienes que darlas —le contesté con cariño. Me separé de él, alisé las solapas de la americana azul que llevaba puesta y besé su mejilla—. Disfrutad de estas horas de desconexión y no os preocupéis por nada, que yo me ocupo de todo, ¿vale? Os merecéis un rato los dos solos.

—Llámanos si ocurre…

—Que sí… —le corté—. No te preocupes, de verdad.

No es la primera vez que cuido de mis sobrinos, tengo todos los números de emergencia pegados al frigorífico, sé dónde están las medicinas y las cosas de primeros auxilios, conozco las intolerancias de Bruno, la dinámica de las tomas de Guille y dónde escondéis el alijo de chocolate. Está todo controlado.

Él sonrió y respiró hondo.

—¿Le gustará? —murmuró.

—No lo dudo ni por un segundo —lo animé—. Limítate a cuidar de ella y a recordar lo que era ser únicamente dos, que por aquí todo estará bien, te lo prometo.

—Te quiero, enana.

—Y yo. —Giré sus hombros y le empujé hasta la puerta—. Anda, vete y dame diez minutos. En cuanto termine, subo y me hago cargo de todo.

Fede asintió y se marchó; al girarme, aún con la sonrisa dibujada en mi cara, descubrí la mirada curiosa de Adriel a los pies de la escalera de mi cuarto.

—¿Qué era todo eso?

Negué con la cabeza.

—Nada importante, solo que durante unas horas voy a convertirme en madre de siete retoños —contesté con diversión yendo hacia él—. Un planazo de fin de semana, ¿eh? Qué bien me lo monto. —Adriel se debatió mentalmente con algo que lo mantuvo en silencio unos segundos.

»Tengo que darme una ducha antes de que se marchen —comenté comenzando a buscar ropa cómoda para estar en casa de mi hermana lo que restaba de tarde—. ¿Tú ya has acabado con lo tuyo?

—Sí —afirmó a mi espalda.

Un momento después, con todo en mis brazos, me giré para encaminarme hasta el baño y descubrí que él aún continuaba en la misma posición tras de mí.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí.

—¿Necesitas algo?

—¿Me puedo quedar? —contestó con otra pregunta.

No entendía si se estaba refiriendo a quedarse mientras yo me duchaba —cosa que me perturbaba sobremanera—, quedarse en mi apartamento esa noche aprovechando que yo no estaría o quedarse permanentemente en mi vida.

Opté por salir de dudas de la manera más efectiva y rotunda posible, antes de que mi cerebro se pusiera a bordar nuestras iniciales en la ropa de cama de mi ajuar imaginario de novia.

—¿Quedarte dónde?

—Contigo. Me gustaría ayudarte un rato con los niños, solo si a ti te parece bien. Mi madre está con mi hermana y los sábados suelo levantarme tarde porque ella se encarga al no tener que ir a trabajar.

—¿Estás seguro de lo que estás diciendo? Son siete…

—Sí —dijo con cierta diversión—. Cuatro manos hacen más que dos y encontrarte de la noche a la mañana siendo madre de tanto crío tiene que costar un poco. Al menos así podrá decirse que somos una familia funcional… Fingida, pero funcional —bromeó.

Mi mente guiñó un ojo mientras enhebraba el hilo y daba las primeras puntadas para formar la doble letra «A» en unas impolutas sábanas blancas, recreando la imagen de nosotros siendo realmente los padres de los chiquillos que se escuchaban chillar al otro lado de la puerta.

Me descubrí asintiéndole con una sonrisa en los labios.

—Vale.

—Vale —repitió aguantando una sonrisa.

—Luego no me vengas pidiendo daños y perjuicios. Has sido tú el que has querido quedarte.

—No puede ser tan malo. —Rio—. Son solo niños.

Sonreí y me excusé, metiéndome en la ducha, pues se nos estaba echando el tiempo encima.

Una vez dentro, y a la vez que enjabonaba mi cabeza, un pensamiento rondó mi mente: ¿querría tener hijos Adriel? ¿Estaría Carla dispuesta a relajar su ritmo de trabajo, ese del que él tanto se quejaba, para formar una familia?

La imagen de un par de réplicas de él correteando por una casa ordenada de Madrid me perturbó y recé con todas mis fuerzas para que después de esa noche se le quitase cualquier atisbo de instinto paternal que pudiese albergar, cosa que no era difícil, porque mis sobrinos, aunque los quería con locura, podían llegar a intimidar hasta al más mentalizado.

Lamentablemente y contra todo pronóstico no fue así.

Adriel se transformó y se convirtió en una gran ayuda con todos ellos esa tarde, sobre todo con Fabiola, que parecía haber caído rendida a sus pies y no se despegaba de su lado.

Debía admitir que la niña no tenía mal gusto, pero yo me tuve que reprender mentalmente por desear apartarla de su regazo y ocupar el sitio sobre sus piernas.

Era absurdo, tenía más que claro que Adriel no era para mí de ninguna de las maneras, más allá de mi cámara y compañero de edición; entonces, ¿por qué demonios no se terminaban de extinguir de mi mente ese tipo de pensamientos?

—Adriel, ¿mis papás se han ido porque ya no nos quieren? ¿Ahora la tata y tú vais a ser nuestros papás? ¿Os daréis besos mientras la tata cocina?

La ristra de preguntas de Fabiola provocó risas en sus hermanos más mayores, y yo casi me atraganté con la bebida. Él me miró, divertido y a la vez sin saber qué contestarle a la niña.

Su sonrisa alterada y de medio lado terminó por desarmar mis defensas.

Mandé callar a las gemelas, que se habían enzarzado en una discusión sobre si Adriel y yo éramos novios, y me fijé en que él calmaba a su pequeña admiradora pasándole la mano con cariño por su pelo, mientras ella hacía pucheros.

La imagen agitó hasta la última de mis hormonas, que ya se andaban desnudando para darse en ofrenda tras semejante estampa. Antes de cometer una tontería, me levanté como un resorte, acercándome a ellos sin saber muy bien para qué.

Intenté recomponerme en esos escasos segundos y, una vez al lado de Adriel, me agaché impregnándome de su olor en mi descenso y colocándome frente a Fabiola, que me miraba con ojitos tristes debido a las mofas de sus hermanos.

Mi pequeña era una niña sensible que a veces tenía la autoestima un poco baja. El hecho de que los demás la hubiesen apodado «Pato» como el patito feo, por el simple hecho de ser diferente a todos los demás, debido a su pelo y a sus ojos oscuros, no ayudaba demasiado.

—¿Quieres venir conmigo, cariño? —Ella negó a mi pregunta con su cabecita, apretando su espalda contra el pecho de Adriel. La entendía, entre esos brazos una debía de sentirse en la gloria.

»No pasa nada —la apacigüé—. No te preocupes, puedes quedarte ahí si te sientes bien. Papá y mamá se han marchado solo por esta noche, porque necesitaban estar juntos y dedicarse un poco de tiempo el uno al otro. ¿Quieres saber por qué? —Afirmó con un gesto y encogió la cabecita un poco más.

»¿A que cuando tú estás triste o cansada ellos cuidan de ti y te gusta que te den mimitos?

—Sí, papá me coge en brazos y me canta, y mamá me acaricia hasta que me pongo tranquila —contestó con su tierna vocecita.

—Pues a veces los mayores también nos ponemos tristes o nos cansamos, y necesitamos que alguien nos coja en brazos o nos dé cariño, como hacen contigo mamá y papá.

—¿Como cuando el tío Leo se fue y tú dormías en mi cuarto para no estar solita y llorabas por la noche?

Tragué saliva y le sonreí con cariño.

—Por ejemplo.

Dirigí mis ojos hacia Adriel, y su gesto cálido me hizo contener la respiración.

—O como cuando papá riñó a Bruno porque se gastó toda su paga comprando helados para las chicas de su clase, y él se puso triste porque lo castigó sin salir dos semanas —añadió Carolina.

El aludido se encogió de hombros, para nada arrepentido con lo que él consideraba un gesto galante, aunque con ello hubiese renunciado a una quincena de disfrute de la piscina comunitaria de la urbanización.

Contuve la risa.

—O cuando papá y la tata salen a correr, y luego la tata se queja porque dice que no puede más —comenzó Emma.

—Y que necesitará una grúa para levantarse —apuntó Diana finalizando la frase de su gemela.

—En mi defensa diré que eso solo ocurre una vez de cada diez, y solo si lo habéis enfadado —me excusé.

—Yo también me quejaría, correr es un rollo —dijo Adriel.

—Pues es muy sano —contestó Alana, interviniendo por primera vez en la conversación.

—Yo prefiero jugar a videojuegos —le susurró cómplice a Diana, la diablilla de las gemelas que no perdía ocasión para soltar cualquier locura que se le viniese a la cabeza.

—¿Sabes jugar? —preguntó Bruno.

—Pero si eres muy mayor —añadió Diana menospreciándolo con un gesto de la mano.

—Pues sí, sí que juego, y además lo hago bastante bien —respondió Adriel jactancioso—. Cuando queráis os lo demuestro, seguro que os doy una paliza.

Se le veía cómodo entre tanta boca mellada, pero, justo cuando comenzaron a bombardearlo a preguntas, el vigilabebés reprodujo el llanto de Guille y me excusé yendo hacia arriba para atenderlo.

Tardé en calmar al pequeño, me costó un biberón bien cargado de leche con cereales y exprimir mi mente para sacar de ella todo el repertorio de canciones infantiles que recordaba.

Para cuando me quise dar cuenta, Adriel y yo estábamos enfrascados en pleno ritual para que los demás se fuesen a la cama.

Deseé las buenas noches a cada uno desde su puerta, aprovechando para repasar que todo estaba en orden.

Era consciente de que los más mayores aprovecharían un rato más del viernes noche, como, por ejemplo, las gemelas, que leían un libro cada una en su cama correspondiente, o Alana, que, tumbada sobre la colcha y aún vestida, deslizaba los dedos con destreza por la pantalla de su teléfono, hablando con alguien.