CAPÍTULO 13 – CON SIETE BASTA
De mujer soltera a madre numerosa.
Actualidad
Habían pasado dos semanas desde el cumpleaños de Fede, pero, a tenor del discurso que llevaba esa mañana mientras corríamos juntos, parecía no ser tiempo suficiente para digerir ciertos sucesos.
Comprendí que incluso para un padre moderno y lozano como él, descubrir a su hija adolescente siendo besada por un compañero de clase —o por un saco de hormonas andante, como él lo había bautizado— no era fácil, aunque a mí me había parecido tan tierno y evocador que no le daba tanta importancia como la que él parecía otorgarle.
—Enana, ¿me estás escuchando?
—Toooodo el rato —resollé al llegar a la arena y aparté un mechón que se movía en libertad a mi alrededor al habérseme salido de la coleta.
El viento en aquella playa virgen y de arena tostada era impresionante, motivo por el cual la gente la elegía como enclave predilecto para practicar surf y otros deportes acuáticos.
Su nombre no lo habían elegido al azar precisamente, pues la playa de Céfiro había sido bautizada en honor al dios del viento de poniente.
Estaba enamorada de Costa Serena y sería incapaz de instalarme en cualquier otro lugar durante demasiado tiempo, por eso no entendía a la gente que se marchaba a otras ciudades, como, por ejemplo, Adriel, buscando bullicio, invisibilidad y caos, cuando a nuestro alrededor la vida se extendía con una esencia totalmente diferente; una que solo se podía sentir al estar allí.
El pensamiento de viajar me hizo recordar que tenía que plantearle a mi nuevo compañero la necesidad de ir organizando el próximo destino para la sección Misschelines por el mundo .
No estaba segura de cómo saldría siendo el primero que haría sin Leo.
Lo que sí tenía claro era que en aquella ocasión haría un esfuerzo y pediría dos habitaciones, porque la otra alternativa arremetía directamente contra mi cordura.
Y, mientras observaba el romper de las furiosas olas en la orilla, admití que llevaba un tiempo pensando más de lo normal en cosas algo intensas, como el lugar al que pertenece el alma de cada persona y otros dramatismos similares.
El detonante de aquello —de nuevo— era él: Adriel.
Jamás hubiese imaginado que una simple reunión de antiguos alumnos traería tantos cambios a mi presente, sin embargo, en el fondo daba gracias por haberme podido reencontrar con él, pues ese tiempo en el pueblo parecía que le estaba sentando bien.
Cuando hablábamos percibía que de alguna manera aquel aire cargado de salitre lo estaba reconectando con sus raíces y su familia.
En lo concerniente a mí me había servido de ayuda en mi vuelta a la normalidad sin Leo y también había puesto a prueba mi resistencia y determinación, e incluso me obligaba a luchar conmigo misma cuando ciertos pensamientos me atravesaban con la fuerza de un rayo, estallando en el centro de mi cuerpo, como la perturbadora idea de saborear de nuevo su boca mientras nuestros ojos conectaban y se gritaban lo que no teníamos permitido decirnos con los labios.
No obstante, a pesar de que creía que para él estaba siendo terapéutico su regreso temporal a Costa Serena, también sabía que lo pasaba mal por estar lejos de Carla.
Ese fin de semana se había vuelto a ir a Madrid, parecían poderle las ganas de estar con ella, aunque para llevarlo a cabo tuviese que hacer un buen trayecto con el coche.
Aquello me venía bien para afianzar mis pies en el suelo y darme cuenta de que ciertas ideas se quedarían en mi imaginación.
Eso no significaba que no se me apretase la garganta cada vez que se despedía de mí con un rumbo fijo en sus neumáticos.
En aquel momento ya debía de estar conduciendo de regreso para nuestra grabación de esa misma tarde y, si todo se desarrollaba como la vez anterior, lo encontraría distraído y de un humor relativamente extraño.
Recordaba que el primer día tras su primer viaje relámpago a Madrid me resultó algo desconcertante su actitud, porque se quedaba con la mirada fija en mí, en absoluto silencio, serio y paralizado…
Luego entendí que, pese a que sus ojos estaban posados en mi persona, su atención debía de estar mucho más lejos, más concretamente a quinientos setenta y cuatro kilómetros.
No lo culpaba, me ponía en su lugar y sabía que estaría llorando por las esquinas si estuviera tan lejos de mi compañero de vida.
Me parecía muy inspirador pensar que alguien algún día pudiese llegar a estar tan enamorado de mí y le hiciese tanta falta como para no importarle hacer tantos kilómetros si con ello conseguía tenerme, aunque solo fuesen unas horas.
Carla se debía de sentir afortunada, pues en lo que llevábamos de mes ya era el segundo fin de semana que se marchaba, y deseé que ese trabajo que tan absorbida la tenía le permitiese venir la próxima vez y así evitarle a él un viaje tan agotador.
Mientras mi cuñado me instaba a que acabase la serie de sentadillas, una vocecita en mi cabeza me susurró que no esperase esa ocasión con tanto júbilo, porque no iba a resultarme agradable verlos interactuar a los dos.
Supe que mi mente llevaba razón, ya que una cosa era imaginarlos y otra el golpe de realidad que podía resultar verlos juntos.
Acallé esos pensamientos con un resoplido, apartando de nuevo el pelo que se empeñaba en volar libre azotando mi rostro.
—Entonces, ¿lo harás? —habló Fede tras comprobar la pulsera que marcaba el tiempo de nuestros ejercicios.
—¿Qué? —pregunté confundida.
—¿Ves cómo no me estabas escuchando? —Su queja divertida le restó importancia al hecho de no haber atendido a ni una sola de las palabras que habían salido por su boca en los últimos minutos—. Me vendría genial que te quedases con los niños el próximo viernes.
—Claro, ¿qué vais a hacer? —pregunté con curiosidad.
—No puedes decir nada, ¿eh? Voy a llevar a tu hermana al Luxury. Últimamente la veo un poco agobiada y creo que le vendrá bien desconectar y que la mimen.
—¡Oh! Le va a encantar.
Sonreí sabedora de lo que le gustaría a Estrella la sorpresa.
Fede la conocía bastante bien y, aunque él siempre le restaba importancia a esos gestos, alegando que era lo mínimo que podía hacer por su mujer, era un hombre detallista con una fuerte vena romántica en todo lo concerniente a mi hermana.
Él sonrió triunfal a la vez que nos agarrábamos el hombro el uno al otro, haciéndonos de soporte para estirar los cuádriceps.
—Va a ser una noche inolvidable.
—Seguro que sí. —Le sonreí—. Pero, por lo que más quieras, ponte un gorrito llegado el momento, que Guille es muy pequeño aún.
Él soltó una carcajada.
—Mi cuñada hablándome de sexo, esto es nuevo —se mofó—. ¿No eras tú la que decías que era un tema tabú y que «jamás» —recalcó la palabra— querías volver a saber nada de lo que hacíamos tu hermana y yo en la intimidad?
—Me habéis traumatizado durante todos estos años, ¿qué esperabas? —me quejé.
—Tampoco exageres.
—¿Exagerar? —Me separé de él y continué con mis estiramientos—. Ya he perdido la cuenta de las veces que os he pillado en momentos que hubiese preferido no presenciar. Una vez más y me tendré que someter a una lobotomía para olvidar el espectáculo.
Fede sonrió.
—Y fíjate qué curioso que a ti los únicos que te han pillado han sido mis hijos.
Alcé una ceja, divertida.
—Eso no es verdad y lo sabes.
—Ah, ¿no? —Sonrió socarrón—. Pues me contaron hace unas semanas que su tata estaba besándose con «el nuevo Leo».
«El nuevo Leo», así era como las gemelas llamaban a Adriel.
Puse los ojos en blanco y negué con la cabeza.
—Cuñado, qué mal se te da sacar información. ¿Quieres saber algo en concreto? Ya sabes que solo tienes que preguntarme.
—Pero si luego no sueltas prenda —se quejó. Sonreí y reanudé la marcha de vuelta a casa. Escuché mi nombre a mis espaldas y al poco se puso a mi lado, trotando a paso lento—. No haces más que darme la razón.
—¿En qué?
—En que tienes algo con él y por eso eludes el tema.
—Qué va —contesté sin dejar de mirar al frente, concentrada en la carrera.
—Pero os habéis besado.
—Entonces dices que quieres que me quede con los niños desde el viernes hasta que volváis el sábado, ¿verdad?
Mi pregunta y el alzamiento de mi ceja provocaron que levantase las manos en señal de rendición. No iba a hablar de Adriel ni a rememorar nada de lo poco que había ocurrido entre nosotros, y Fede supo que, por más que lo intentase, iba a resultar en vano, por lo que lo dejó estar.
Echando la vista atrás, quizá me habría venido bien hablar con él sobre ello, su visión del asunto seguramente podría haberme ayudado a entender lo que estaba por venir.
La puerta que conectaba con la casa de mi hermana se abrió tras darle paso a la persona que había tocado un par de veces con los nudillos sobre ella.
Mi cuñado, arreglado, imponentemente atractivo y peinado para la ocasión, hizo acto de presencia y tras saludar a Adriel, que andaba reorganizando las cámaras utilizadas en la grabación de esa tarde, me miró.
—Tu hermana está terminando de arreglarse, calculo que en una media hora estaremos listos, ¿te va bien o necesitas un rato más?
—No, no, tranquilo. Ya hemos acabado.
Él asintió y pude notar cierto nerviosismo en el temblor de sus labios al estirarse en una sonrisa.
—¿Cómo estoy?
—Impresionante.
—Por favor, no pierdas de vista a Alana, nada de visitas ni compañía en casa.
—No te preocupes por nada, seré vuestros ojos y oídos hasta que volváis —le tranquilicé—. Además, creo que ya no se ve con ese chico.
—¿No? —indagó esperanzado—. No, no. Será mejor que no me digas nada, prefiero seguir viviendo en la ignorancia un poco más. —Sonreí y me acerqué a él. Le rodeé con mis brazos y el fuerte contacto de los suyos a mi alrededor me dejó claro cuánto necesitaba ese gesto—. Gracias —murmuró.