El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 12 – DECISIONES #2
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CAPÍTULO 12 – DECISIONES #2

Definitivamente, lo que había ocurrido la tarde del viernes se podía excusar alegando un momento de enajenación transitoria que no volvería a suceder.

Eso era algo que tenía claro, me había pasado casi veinticuatro horas aleccionándome mentalmente sobre ello, aunque sabía que, para que se dejase de pasear por mi interior, tenía que dejarlo salir. Y sabía quién iba a ser mi confidente.

—Hombre, dichosos los oídos.

Sonreí con cariño al escuchar su voz al otro lado del teléfono.

—Perdona por colgarte ayer.

—Vas a necesitar más que una disculpa tan cutre para conseguir que te perdone —contestó Leo en tono digno.

—¿Qué tal tu cita?

—No me cambies de tema…

—Prometo contártelo todo cuando me digas qué tal te fue. ¿Mojaste?

—Voy a ceder porque te quiero, pero que sepas que no te lo mereces ni un poquito.

Por tu culpa me tuve que tragar los nervios mientras esperaba que bajase de su piso preguntándome si habría acertado con la elección de la ropa.

Menos mal que tengo buen gusto y estoy irresistible con cualquier cosa que me ponga.

—Ya, estás muy bien enseñado —contesté con diversión a su melodramatismo fingido—. Imagino que después de tanto tiempo algo habrás aprendido.

—Tú imaginas mucho, pero haces poco por la causa.

—¿Y bien?

—No eché un solo polvo.

—Vaya, lo siento —respondí con sincera pena por su vida sexual—. ¿No hubo química?

—¿Química? —repitió—. Eso no era química, es que directamente saltaban chispas, Ali. En el restaurante me hizo una paja por debajo de la mesa y si la paré fue porque, después del tiempo que llevaba sin estar con una mujer, iba a hacer el ridículo antes incluso de que se me terminase de poner dura.

Cerré los ojos y fruncí la nariz en un gesto que, inconscientemente, me evocó a Adriel.

—No te reprimas con los detalles, ¿eh? Tú tranquilo —me quejé divertida.

—Te juro que jamás, en mi puta vida —recalcó—, una mujer me había puesto tan cachondo con tan solo mirarme.

Entendí a lo que se refería.

—¿Entonces?

—Entonces no eché un solo polvo, fueron tres seguidos —explicó con tanto orgullo que este llegó hasta mi apartamento y me empujó al acomodarse en mi colchón, haciéndose hueco—.

Parecía que me había tomado algo, porque aquello no se terminaba de bajar.

En el último estuvimos más de cincuenta minutos follando sin parar.

—Eso por lo menos debe de convalidar una semana de gimnasio. —Se rio escandalosamente—. Estás contento, ¿eh?

—No me quejo, no… Aunque hoy la cosa es otro cantar.

La tengo como si fuese una momia, embadurnada en crema y tapadita, porque está dolorida de tanta fricción.

Y el cuerpo ni te cuento, si me hubiese pasado la noche corriendo una maratón y tu cuñado me hubiese matado después a sentadillas y flexiones, no estaría ni la mitad de dolorido.

Vamos, que no pienso moverme del sofá en lo que queda de fin de semana, así te lo digo.

—Me reí con ganas imaginando la escena—. No te rías, cabrona —se quejó.

—Dicen que sarna con gusto no pica.

—Quien dijo eso no tenía ni puta idea, porque sí que pica, sí.

—Hizo una pausa y aprovechó el momento en el que mis carcajadas descendieron de potencia para continuar—.

Ha sido espectacular. Parecía que llevásemos años haciéndolo, pero con las ganas de dos animales en celo.

Existía una complicidad entre nosotros que con la mirada nos lo decíamos todo.

Conocía cada puñetero punto erógeno de mi cuerpo, se movía encima de mí como si tuviese a una manada de lobos persiguiéndola y tuviese que cabalgar sobre un caballo con todas sus ganas.

—Qué poético…

—No, qué putada —se lamentó.

Torcí la cabeza al escucharlo.

—¿Putada?

—Es mi jefa, Ali —puntualizó—. No puedo jugármelo todo por follar con ella.

—Pero si ya os habéis acostado… y tres veces, además.

—No me lo recuerdes que se me vuelve a poner tiesa y me duele —se quejó mortificado—.

Me refiero a que no podemos seguir haciéndolo.

Es el tipo de tía de la que podría llegar a colgarme y no puedo poner en riesgo este trabajo si lo nuestro no sale bien.

Ya sabes el tiempo que llevo detrás de algo así y no quiero cagarla por meterla en caliente.

—Quizá deberías haberlo pensado antes de tener una cita con ella, ¿no?

—No me quedó más remedio. No pude negarme, te lo juro…

—Cuéntamelo. —Me moría de ganas por conocer todos los detalles. Leo no era un tío impresionable y parecía obnubilado con esa mujer—. ¿Cómo es?

—Se llama Leire, rondará los treinta y cinco años y es la tía más atractiva que he conocido en mi vida.

—¿Más que yo? —Me reí.

—Qué va, tú eres otro nivel —me aduló socarrón—.

Nos pasamos toda la tarde en su despacho con la formación y se nos hizo tarde, así que me dijo que fuésemos a cenar al sitio del que habían estado hablando mis compañeros durante toda la semana…

Cuando le dije que no se preocupase, que seguro que tenía cosas mejores que hacer un viernes por la noche que sacarme a mí de paseo, me respondió que seguro que podía compensarla después haciéndole compañía en la cama.

—No jodas, ¿de verdad te dijo eso?

—Como oyes —corroboró con cierto nerviosismo en la voz—. Ya te imaginas mi cara, ¿no? —Me reí y afirmé.

»Antes de salir del despacho me dijo que jamás había hecho algo así con nadie del trabajo y que no se me ocurriese cagarla… Y después, como colofón final, me agarró el paquete.

—Joder.

—Exactamente, joder.

—Sabes que eso se puede considerar acoso laboral, ¿verdad?

—¿Estás loca? —Alzó la voz—. Estoy seguro de que mis feromonas la pusieron cachonda durante toda la semana y no pudo aguantarse más las ganas de probar este delicioso bocado.

Desde que llegué aquí me paso el día empalmado; me pone malísimo estar con ella en el mismo despacho encerrados todo el día, oliéndola, escuchándola…

—Tienes un problema, amigo.

—Ni lo menciones. —Suspiró—. Aunque ahora me voy a centrar en recuperar mis heridas de guerra, que no son pocas.

—Haces bien. —Sonreí.

—En fin, basta de cháchara. Dime por qué me colgaste el teléfono, con quién estabas y qué hiciste exactamente. Y no escatimes en los detalles.

Me reí y cambié la mano que sostenía el teléfono, recolocándome en la cama.

Le narré todo lo que había ocurrido entre Adriel y yo, incluso rescatando recuerdos de esos días anteriores en los que algunos detalles que me habían pasado desapercibidos ahora tomaban cierta relevancia.

Le conté lo de la salida a La Rueda, lo mal que me sentí al principio, lo que eché de menos tenerlo a él a mi lado tras las palabras tan poco acertadas de Adriel, la forma en la que se enderezó todo y la conexión que tuvimos el resto de la tarde.

Y, de todo lo que le conté, Leo sacó en conclusión algo en lo que yo no había reparado demasiado hasta el momento.

—Es curioso que apenas te haya hablado de su vida en Madrid.

—Bueno, imagino que no será fácil para él.

—Ya —se limitó a decir antes de seguir escuchando lo que faltaba por llegar. Cuando le expliqué todo lo demás, y le describí la tensión sexual que se llegaba a oler a nuestro alrededor, soltó un rugido de satisfacción que me descolocó—. Dime que os habéis acostado, Ali.

—¡No!

—¿No? ¿Cómo que no?

—Pues que no, Leo. ¿Cómo voy a acostarme con él? ¿Recuerdas que tiene novia, es mi compañero de trabajo y apenas lo conozco?

—Anda, déjate de gilipolleces —me riñó—. A ti te gusta y claramente tú le gustas a él. Si su novia no se le pasa ni por la mente, ¿por qué ibas a preocuparte tú?

Mierda, lo que me faltaba era tener a Leo haciéndole la reanimación cardiopulmonar a las mariposas.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—En realidad no, porque te conozco —admitió—, pero algo tienes que hacer al respecto, ese tío te altera y te pone tonta.

—No, no voy a hacer absolutamente nada —sentencié—. Voy a olvidar ese momento, voy a hacer como si no hubiese ocurrido y tan solo voy a centrarme en lo laboral, que es lo único que me tiene que afectar e interesar.

—Sé que no va a servir de nada todo lo que te podría contestar a eso, así que me voy a ahorrar las palabras. Ya debes de saber lo que pienso.

—Lo sé.

—¿Has empezado a buscar sustituto? —Mi silencio culpable me delató—. Ali…

—Anda, ve a echarte crema en el pito.

Soltó una carcajada, y sonreí.

—Yo también te quiero. ¡Ah, por cierto! Pasadlo bien mañana, ojalá estuviese ahí para comerme tus deliciosas y sabrosas costillas.

—Devoraré una ración extra pensando en ti.

—Mejor no te suelto lo que acaba de pasar por mi mente.

—Mejor.

Me reí y al momento nos despedimos.

Había servido; la terapia improvisada había surtido efecto y esa noche conseguí dormir con más rapidez e incluso dejé de tener a Adriel rondando en mis sueños, aunque no supe qué fue peor, porque su visión onírica fue sustituida por imágenes de Leo y su pene malherido, recibiendo los cuidados de una mujer con mirada glacial, labios rojos y expresión decidida, que tenía un tocado en la cabeza con forma de costilla.

Así de enredada tenía la cabeza.