CAPÍTULO 12 – DECISIONES
La familia, una momia y una decisión.
Actualidad
Mi mente no dejaba de recrear lo ocurrido una escasa hora atrás, cuando la misma cabeza que en ese instante tenía apoyada sobre mis piernas, y en la que me entretenía acariciando su pelo mientras sonaba de fondo una película infantil, había asomado por la puerta que conectaba mi apartamento con la casa de mi hermana.
Bruno, seguido de sus cuatro hermanas pequeñas, interrumpió el momento exacto impidiendo así que cometiese una locura de la que seguramente luego nos arrepentiríamos tanto Adriel como yo.
Debía estar agradecida por ello, por no haber pasado a mayores gracias a la llegada de mis sobrinos, sin embargo, la verdad era que me sentía extrañamente irritada y muy frustrada sexualmente.
Tremenda, absoluta y descarnadamente frustrada.
¿Qué demonios había pasado? No era la primera vez que estábamos solos, ya habíamos trabajado varios días juntos y jamás había notado nada parecido a lo que se respiró en ese momento en mi apartamento: una mezcla de lujuria, añoranza y apetito sexual reprimido.
Ni siquiera el día en el que Leo se quejó por la tensión que, según él, creamos en la primera grabación con Adriel, noté algo ni remotamente parecido.
Y no es que me sintiera especialmente orgullosa de haber olvidado que él tenía una vida más allá del pueblo, en Madrid, más concretamente; una vida con una mujer que seguramente lo estaría esperando ansiosa y a la que él había dejado claro que consideraba especial.
Una vida que no tenía nada que ver conmigo, que no debía dejar de lado y en la que no tenía derecho alguno a inmiscuirme.
Pero ¿y él? ¿También había borrado temporalmente de su memoria todas esas cosas?
—¡Au! Tata, ¡me has hecho daño! —se quejó mi sobrino.
Solté el mechón de su pelo que tenía entre mis dedos, dándome cuenta de que le había tironeado sin querer, sumida en mis pensamientos.
—Lo siento, cariño.
—Shhh —nos riñó mi hermana, que sostenía a Fabiola ya dormida sobre su cuerpo.
Gesticulé una disculpa, y ella me sonrió.
No me pasó desapercibida su mirada escrutadora.
Minutos después terminó la película, y el matrimonio se encargó de acompañar a los niños arriba, a sus respectivos dormitorios, pues ya era hora de irse a la cama.
Una vez que me quedé a solas me di cuenta de que había estado conteniendo el aire sin ser del todo consciente.
Con un suspiro subí mis piernas al sofá y agarré un cojín que aún conservaba el calor del cuerpo de Carolina, que había estado abrazada a él.
Lo apoyé en mis rodillas flexionadas y descansé mi mejilla en él, cerrando los ojos.
No supe el tiempo que estuve así, simplemente dejando pasar la vida, cuando la voz de mi cuñado a mi lado me sobresaltó.
—Ay, joder, qué susto —me quejé.
Él me sonrió.
—¿Qué te pasa? —preguntó mi hermana, tan directa como siempre, a la vez que se sentaba en la mesa de centro frente a mí.
No me había percatado de que ambos habían vuelto a la planta baja y me observaban escudriñando con atención mis gestos.
—¿Por qué me iba a pasar algo?
—No has tocado las palomitas, no te has quejado por volver a ver Harry Potter , te has pasado toda la película ausente, pareces más triste que estos días atrás, te has hecho una bola en el sofá en cuanto has tenido ocasión… —enumeró Fede levantando un dedo de su mano con cada motivo—. ¿Continúo?
Mi cara hizo que me dedicase un gesto cariñoso y pasase un brazo por mis hombros. Suspiré al tiempo que mi hermana se cambiaba de asiento, colocándose pegada a mi otro costado e imitando el gesto de su marido.
—Sabes que puedes contar con nosotros para todo.
—Lo sé.
—Y que, aunque a veces te tratemos como uno de nuestros hijos, somos conscientes de que no lo eres y no te vamos a reñir ni nada por el estilo con lo que nos cuentes. No somos tus padres, y tú eres una adulta consecuente con tus actos, la mayoría del tiempo… —terminó él con cierto tono divertido.
Deduje que alguno de los niños se había ido de la lengua y habían visto más de lo que imaginaba.
—Ya. —Me reí contenida—. Alguna que otra vez sí que me habéis echado la bronca.
—Digamos que nos limitamos a expandir nuestra amplia sabiduría.
Mi hermana soltó una pequeña risita al escuchar a su pareja, y yo la imité.
—Cariño, tampoco te pases —le dijo a su marido.
—¿Le podemos hablar ya del carnet que te dan cuando te conviertes en padre y los puntos extra que te otorgan por cada hijo? —susurró echando la cabeza hacia atrás, buscando la mirada y complicidad de su mujer.
Ella negó divertida con la cabeza y acarició uno de mis muslos.
—Alicia, sabemos que echas de menos a Leo y que nunca te has sentido cómoda con los cambios —continuó mi hermana mayor—, pero no nos gusta verte así. Tú eres alegría y vitalidad, y últimamente estás un poco apagada.
—Un poco, dice… —comentó mi cuñado con exageración—. Eres una plañidera, enana. El otro día hasta te echaste a llorar cuando se acabó la bazofia de café que tomaba Leo.
Resoplé, llevaban razón.
Sabía que no llevaba su marcha demasiado bien, sin embargo, en ese momento no estaba así por Leo, aunque no iba a hacerles partícipes de lo que había ocurrido con Adriel, más allá de lo que podían saber por los niños.
Había sido algo que no tenía la más mínima importancia y si se lo contaba sabía que no lo iban a dejar pasar.
—Lleváis razón, prometo esforzarme por estar mejor a partir de ahora.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Claro —le respondí a Estrella, que de pronto se puso más seria.
—¿Es posible que sientas por Leo más de lo que creías y te hayas dado cuenta ahora que se ha marchado?
La observé abriendo los ojos con estupefacción y automáticamente mi mente contestó, trayéndome al frente un caos de sentimientos opuestos producidos desde que Adriel había entrado en mi vida, revolviéndolo todo.
Imaginaba cualquier otra pregunta antes que esa, creía que me conocían lo bastante bien como para saber lo que Leo significaba para mí, aun así, comprendía su desconcierto. Llevaba días actuando exageradamente mal hasta para ser yo.
—Tengo claro lo que siento por Leo y no es nada parecido a lo que se debe sentir por una pareja.
—Te lo dije… —canturreó Fede.
—No me mires así —se defendió ella levantando ambas manos—, tenía que preguntarlo.
—Os agradezco que os preocupéis por mí, pero todo esto es pasajero. Admito que me ha resultado muy difícil decirle adiós, aun así, ya estoy mejor. Voy a estarlo, ya veréis.
—Y, si no lo estás, tampoco pasa nada —añadió mi hermana—. Solo queremos que sepas que nos tienes aquí para lo que necesites.
—Lo sé. —Sonreí sintiéndome reconfortada—. Y no sabéis cuánto os quiero.
—Pido el comodín de la sequía —se burló mi cuñado sabiendo que lo que conllevaba ese momento tan emotivo eran mis irremediables lágrimas como colofón final.
Sin embargo, desafiando la ley de la lógica no lloré.
No supe si fue por ese «comodín» o porque finalmente estaba aceptando e interiorizando la marcha de Leo, pero sus muecas consiguieron que nos diese un ataque de risa colectiva, dejando de lado las lágrimas en pos de un buen dolor de estómago por las carcajadas mudas para no despertar a los niños.
Y fue reconfortantemente motivador volver a sentirme «yo» casi al cien por cien. Me consideré tan dichosa en aquel momento…, tanto que la felicidad no menguó ni cuando al día siguiente no tuve noticias de Adriel.
Había asumido a marchas forzadas que él no era nada mío —nada más allá de ser mi cámara y compañero de trabajo— y supe que, al igual que había hecho con otros hitos en mi vida, encontraría la fuerza de voluntad necesaria y no dejaría volar de nuevo a esos pájaros traicioneros por mi cabeza cuando se cruzara en mis pensamientos.
Adriel era única y exclusivamente un amigo.
Uno guapo, atractivamente taciturno, inteligente y con un aspecto descuidado la mar de apetecible, al que le había colocado un gran cartel imaginario en la frente de «se ve, pero no se toca», el cual pensaba cumplir a rajatabla.
Quizá ese conato de beso estaba destinado a ocurrir con la única finalidad de abrirme los ojos y provocarme a sacar las conclusiones a las que había llegado…
Estuve bastante entretenida ese sábado entre los preparativos para el cumpleaños de mi cuñado y ultimar el regalo que iba a hacerle.
Esperaba que le emocionase tanto como a mí, pues no había olvidado aquella petición que me hizo cuando aún era una niña, donde quería que le dibujase con mi hermana a su lado y rodeado de niños.
Las expectativas de Fede se habían convertido en una preciosa realidad y, aunque admitía que no me había resultado fácil, ya que tenía la técnica algo oxidada, no pude evitar emocionarme cuando di el último trazo y observé la imagen inmortalizada frente a mí.
Ya era de noche cuando, exhausta y metida en mi cama, le mandé un mensaje a Adriel recordándole la invitación a la barbacoa.
Su respuesta, escueta y directa, tardó un buen rato en llegar:
Adriel
Estoy en Madrid. Volveré el lunes a tiempo para grabar.
Mentalmente di gracias de que no hubiese pasado nada más entre nosotros y me felicité por haber ahogado a base de limonada casera las pocas ilusiones que me quedaban al respecto de su asistencia a la fiesta.
Estaba claro que Adriel en dosis superiores a las que habíamos acordado por trabajo me sentaba raro en el cuerpo, como cuando algún alimento te provoca intolerancia y, aun así, no puedes resistirte a comerlo, con placer, pero también con un regusto a desasosiego por lo que vendrá después de forma irremediable.
Sí, él era mi alimento prohibido y como tal debía tratarlo.
Nunca me había querido meter en medio de una relación consolidada como la que él tenía con Carla. A ella no la conocía, a pesar de ello, no iba a utilizar eso de excusa para no respetar lo que tenían y no respetarme a mí misma, formando parte de algo que estaba mal se mirase por donde se mirase.