CAPÍTULO 11 – PILLADA #2
—A ver, Adriel. —Me recoloqué en el sofá y giré mi cuerpo hacia él—.
Creo que estamos confundiendo términos. El binomio «Leo y yo» no existe.
Lo intentamos durante un tiempo, es cierto que fuimos pareja, pero decidimos que éramos mejores como amigos, así que eso es lo que somos.
Solo amigos —repetí—. Él, por supuesto, puede hacer lo que le apetezca en Alicante, al igual que yo aquí, y la verdad es que si le da por contármelo intento no visualizarlo manteniendo relaciones con otras chicas, no por celos o algo así —aclaré—, sino por lo mismo que no querría si se tratase de mi hermana.
Leo es parte de mi familia, sin embargo, no hay nada amoroso entre nosotros.
—Él permaneció en silencio y decidí continuar al ver que parecía estar procesando la información con un poco de retraso.
»Creo que te has imaginado algo que no existe… Es por eso por lo que te decía antes que nuestras situaciones no eran iguales, porque en mi caso se ha ido parte de mi familia, mi mejor amigo, pero tú tienes a tu pareja lejos y entiendo que no se sobrellevará de igual forma —finalicé sonriendo.
—¿No sois pareja?
Negué emitiendo un sonido a través de los labios cerrados que lo corroboraba.
—Así que Leo es tu ex —dispuso con cara de circunstancia y se llevó la mano al pelo, echándose el flequillo hacia atrás—.
Vale, me siento un poco gilipollas ahora mismo, si te soy sincero.
—Contuve una carcajada, y él, al verme, me lanzó un trozo de hojaldre intentando quitarle hierro al asunto. Se le veía adorablemente avergonzado.
»En mi defensa diré que me confundiste. Estabas tan mal después de que se fuera y habiéndoos observado interactuar juntos con tanta familiaridad…
—Imagino que visto así es normal que te equivocases, yo soy un poco dramática y la confianza que tenemos puede dar lugar a equívocos. Pero no, de verdad que no. En ese aspecto Leo es como tú —me corregí inmediatamente cuando interioricé lo que había dicho—. Bueno, no exactamente, ya me entiendes.
¿Me entendía? Qué tonta, si no lo hacía ni yo.
Adriel soltó una carcajada.
—No creo que haya color ni sea comparable lo que tuvimos tú y yo a lo que habréis tenido vosotros.
No, no lo tenía. Leo nunca me puso tan cardiaca. Nunca jamás.
—Bueno, cada relación tiene su encanto. —Lo observé suspicaz—. La inocencia a veces puede ser muy estimulante. La imaginación obra maravillas en las mentes adolescentes un tanto exaltadas.
—La mente, ¿eh? —susurró con interés renovado y sentí su aliento en mis labios, incluso estando separados unos considerables centímetros.
Repentinamente se me secó la garganta y noté el aire cargado a nuestro alrededor. Algo había ocurrido; algo en un segundo que lo estaba cambiando todo.
—Éramos adolescentes cargados de hormonas y los besos que nos dábamos tenían sus efectos, claro —contesté sin saber muy bien cómo justificar mi frase y el motivo de mi repentino calor.
—Sí, sí que los tenían. —Nos observamos durante unos segundos, en silencio—. Y dime, Alicia, ¿pensabas en mí cuando llegabas a casa?
¿Que si pensaba en él?
«Mierda… No me des alas, que me lanzo al vacío sin haber aprendido a volar».
—Sí, Adriel. —Su nombre sonó como un ruego, un llamamiento a mi cordura y a una calma que no llegó.
Su mirada se tornó carnal y me estremecí.
—¿Y hacías algo al respecto? —Me limité a asentir, incapaz de digerir aquella conversación en la que le admitía que me había tocado pensando en él; torpe ante lo que ese giro de los acontecimientos estaba provocando en mi cordura, hurgando en mi sentido común, que me gritaba que lo mejor sería detener aquella locura cuanto antes.
Y lo peor de todo es que no hacía años desde la última vez que me había masturbado con su imagen tras mis párpados, sino más bien horas.
—Estoy seguro de que debiste de notar los efectos que provocaban nuestros besos en mi cuerpo en alguna ocasión.
Claro que lo había notado, era imposible no hacerlo cuando en algunos de esos momentos estuvimos tan sumamente pegados.
Su mirada suspicaz me instó a que llevase mis ojos a su entrepierna y, al darme cuenta de lo que estaba haciendo, desvié la vista y la posé sobre la mesita auxiliar, rogándome tranquilidad.
—Hace mucho tiempo, aunque recuerdo alguna ocasión, sí. —Mordí el lateral de mi labio inferior.
A cada segundo me afectaba más la tensión que se había creado a nuestro alrededor y, sin poder remediarlo, me quedé absorta, borracha de deliciosos recuerdos, de esas primeras veces tan sorprendentes y estimulantes, de lo que luego recreaba en mi mente al llegar a casa y encerrarme en mi habitación…
¿Sería igual de bueno en la realidad que en mi imaginación?
Sabía que no debía continuar por ahí, pero no pude evitarlo y las palabras salieron de mi boca sin poder hacer nada por remediarlo.
—Me acuerdo de una vez que nos quedamos solos en casa de tu madre y nos pasamos más de una hora besándonos, contigo encima de mí y con la ropa como única barrera entre nosotros.
Joder, podría haberme tomado el pulso simplemente contando las veces que me palpitaba la unión entre mis muslos.
—Sí —musitó y juraría que su voz había sonado más ronca de lo habitual—. Me acuerdo perfectamente.
—Éramos demasiado inocentes.
—Bueno, juraría que ya apuntábamos maneras. Pasarnos un buen rato rozándonos como si estuviésemos follando no es del todo inocente, ¿no te parece?
Cerré los ojos por un segundo y los retazos del pasado se colaron entre nosotros.
Pude escuchar su respiración agitada de nuevo en mi oído, el dolor en mi pubis fruto del roce con su entrepierna dura como una piedra, y la necesidad que surgía de mi interior en forma de desesperante y perturbadora humedad.
Tragué saliva y mi vagina se contrajo, llevándome imágenes al cerebro de nosotros en la misma situación quince años después.
—No, no lo era —admití—. Y el detonante de aquello fue esto de aquí. —Llevé mis dedos a la pequeña constelación de lunares que nacía en el lateral de su cuello, sin pararme a pensar realmente en lo que hacía, y la rocé.
Él se estremeció, lo noté bajo mis yemas. Mis ojos se desviaron a los suyos, y la forma en la que me observaba incendió mi mente.
¿Qué estábamos haciendo?
No lo sabía, aun así, me estaba gustando demasiado como para detenerme.
Sabía que no debía, pero me lancé.
—¿Aún te pasa lo mismo con esta zona, Adriel? —pregunté en un susurro a la vez que deslizaba la yema por su piel, dejándome llevar. Sus ojos abrasaron mi boca, y deseé desesperadamente que me besase.
Él asintió a todas mis preguntas, tanto la que había pronunciado en voz alta como la que le gritaban mis ojos hambrientos.
Me humedecí los labios, esperando desesperadamente notar el contacto con los suyos, y él no dejó de observarme mientras se acercaba con una tortuosa lentitud.
Ambos sabíamos qué iba a ocurrir, que aquello no tenía vuelta atrás, que nuestros cuerpos se buscaban desesperados como si el ansia se hubiese acumulado en ellos durante todos aquellos años, sin embargo, cuando la distancia entre nuestras bocas resultó ínfima, ocurrió.
Pasó lo que tenía que pasar. Lo que estaba escrito en el destino.
Sucedió lo inevitable, lo que el cosmos había orquestado, mofándose una vez más a nuestra costa.
Sencillamente nos interrumpieron.