CAPÍTULO 11 – PILLADA
Cuando el pasado repercute en el presente, solo nos queda rogar para que el futuro no sea demasiado duro.
Actualidad
—¿Te apetece algo de comer?
—Si lo has preparado tú, sí.
—Tengo dulce y salado —expuse descalzándome y dirigiéndome a la nevera—. Esta mañana he estado improvisando y entre todo esto debe de haber algo medianamente comestible.
Saqué unos cuantos envases y los apoyé en la encimera de la cocina. Él se acercó y levantó un par de tapas para ver su contenido.
Eligió salado.
Sonreí. Era justo lo que me apetecía.
—Ven, vamos al sofá —le invité apoyando las cosas en una bandeja y dirigiéndome unos pocos pasos a la derecha, hasta el pequeño saloncito—. Puedes ponerte cómodo si te apetece.
—Estoy bien, gracias. —Me sonrió y me di cuenta de que sus ojos desprendían una luz cálida y acogedora.
—¿Seguro? Si quieres busco algunas zapatillas de Leo…
Negó y me sonrió con afecto mientras atacaba la comida.
No pude dejar de observarlo cuando se llevó el trozo de hojaldre a la boca. Como acto reflejo me mordí el labio al ver sus ojos cerrarse con dejadez y cómo componía una mueca de gusto al saborearlo.
—Uhmm, madre mía… —emitió un gemido.
Dios, esa cara de placer…
«¡No, Alicia! No pienses con la vulva de nuevo, por lo que más quieras».
—El domingo es el cumpleaños de Fede —solté sin pensar.
Él me miró y masticó antes de contestar.
—Tu cuñado.
—Sí —aclaré—. Si te apetece puedes pasarte, solemos hacer una barbacoa con la familia y algunos amigos, aunque la verdad es que después se va uniendo quien le apetece.
Hay veces que tenemos más población de Costa Serena en el jardín de casa que en el resto del pueblo.
—Me reí nerviosa, y él sonrió—. Además, no faltará comida y bebida.
—Señalé con los ojos el envidiado trozo de empanada que en breve se introduciría dentro de su tentadora boca y sentí unos absurdos e irracionales celos.
—Suena bien. Lo intentaré, gracias por la invitación.
Tragué saliva con fuerza cuando el sonido de mi teléfono llegó hasta mis oídos.
Miré el reloj y suspiré de alivio. La cosa se estaba poniendo difícil y en ese momento me sentí salvada por la campana. Mi rescatador tenía nombre masculino: Leo.
Dirigí mis ojos hasta Adriel antes de descolgar, y él me respondió con una sonrisa, recostándose en el sofá con otro trozo de hojaldre entre las manos.
Giré la cara sin querer ser testigo de aquel espectáculo de la naturaleza que era Adriel comiendo con fervor y me senté en los escalones que subían a mi dormitorio.
—¡Hola! —chillé con demasiado entusiasmo.
—¿Hola…? ¿Qué te has fumado?
Aguanté la risa nerviosa mientras observaba la nuca masculina que sobresalía por el respaldo del sofá.
«A Adriel. Me he fumado a Adriel y estoy ahogándome».
—Qué idiota eres —le respondí con cariño, intentando ocultar los nervios que entumecían mi cuerpo—. ¿Qué tal?
—Eso quisiera saber yo. Llevo toda la tarde escribiéndote para contarte que esta noche tengo una cita y no me has echado ni puñetera cuenta. Así no, ¿eh, Ali? —me riñó con burla—. Luego esperamos seguir teniendo el título de «mejor amiga», pero no cumplimos con las escasas obligaciones del cargo.
—¿En serio? ¿Esta noche?
—¡Sí! —Suspiró con anhelo—. Voy a follar. Por fin.
Me reí.
—Enhorabuena, me alegro por ti.
—Gracias, gracias. —Después de un silencio algo tenso, volvió a hablar—. ¿Y tú?
—Pues nada…
Resopló con hastío.
—Ya veo que sigues sin darte ninguna alegría para el cuerpo. Apuesto a que tampoco has usado lo que te regalé por tu cumpleaños.
—Afirmativo, sigue intacto en su embalaje original —contesté con mofa.
—Pues tú te lo pierdes. La chica que me lo vendió me dijo que verías las estrellas.
—La astronomía es algo que nunca me ha apasionado especialmente.
Él soltó una carcajada, y yo me mantuve en silencio, nerviosa porque Adriel seguía allí mismo. A escasos centímetros de mí. En mi sofá.
—¿Ali?
—Dime.
—No estás sola, ¿verdad?
Joder, Leo me conocía demasiado bien.
—Luego hablamos.
—¡Lo sabía! —bramó con euforia antes de que pudiese cortar la llamada—. ¡Dale alegría a tu co…!
Colgué.
Si Adriel se extrañó por mi rápida desconexión, no lo demostró y cuando me senté junto a él me sonrió con glotonería.
Mierda, estaba jodida, pero bien jodida. Si no conseguía normalizar la reacción de mi cuerpo a sus sonrisas y a su presencia, la cosa pintaba mal.
—Estamos jodidos, ¿eh? —Lo observé con horror. ¿Había hablado en voz alta y no me había dado ni cuenta? ¿Me había leído el pensamiento? Alcé una ceja, y me miró con desconcierto.
»La distancia —aclaró—. Tú con Leo trabajando en Alicante, yo con Carla en Madrid… Se hace complicado, ¿verdad?
¿Qué? ¿Ahora íbamos a hablar de eso?
—Bueno, imagino que a ti algo más que a mí.
—¿Y eso por qué? —se extrañó.
Me acomodé más en el sofá y respiré hondo. Lo mejor sería concentrarme en cualquier cosa que no fuese su boca y la imagen que mi mente recreaba sobre ella apoyada en diferentes partes de mi cuerpo.
Sí, iba a tener que buscar remedio a aquello inmediatamente.
—Bueno, yo sabía que tarde o temprano Leo se marcharía; encontraría algo o a alguien, ya sabes…
Es un alma libre y siempre me lo ha dejado claro.
Es solo que me ha resultado complicado asumir que tenía que dejarle espacio —expuse—, pero, en tu caso, imagino que cambiar la gran ciudad por volver a Costa Serena, aunque lo hagas por cuidar de tu madre, no debe de ser fácil y para tu chica, aún menos.
—Carla tiene mucho trabajo —comentó sin demasiado entusiasmo, restándole importancia—. Entonces, Leo y tú…, ¿tenéis ese tipo de confianza?
—¿A qué te refieres?
—¿No os importa estar con más gente? —Apreté los labios, el uno contra el otro y alcé ambas cejas sin comprender—. Ya sabes, ¿sois abiertos en ese aspecto?
Eso me dejó más perdida que antes.
—¿Abiertos?
—Creo que no lo estoy planteando bien —se disculpó—. ¿Tienes sexo con quien te apetece sin pensar en nada más?
Vaya…
Le miré asombrada por su pregunta y automáticamente descarté la idea de que me estuviese proponiendo algo, porque si me tomaba en serio esa hipótesis me iba a dar un síncope allí mismo.
No es que fuese una mojigata ni mucho menos, solo que la palabra «sexo» saliendo de los labios de Adriel era una tentación tan sumamente enorme que fui incapaz de no ponerme un tanto histérica al ir a contestar.
Cuando mis labios se comenzaban a abrir para graznar mi respuesta, él volvió a hablar.
—Ha sonado un poco raro —dijo como para sí mismo—. Me estoy refiriendo a los dos, ¿eh? A Leo y a ti, claro.
—Ah…, sí, sí, claro. —Sonreí perturbada sin saber bien qué decir y, ajena al porqué de mi decisión, opté por ser sincera en mi respuesta—.
Últimamente ambos hemos tenido una racha un poco baldía en cuanto al sexo, pero sí, no soy cerrada en ese tema y me consta que él tampoco.
Si nos apetece, ¿por qué no? No soy de las que piensan que es algo reservado para la pareja, esa etapa romántica ya se me pasó hace unos cuantos años.
—Sonreí—. En fin, no es más que una necesidad fisiológica…
y, si surge y se tienen ganas, pues adelante, ¿no? Ya sabes, la vida es joven y todo eso.
Me reí y a la vez me sobrevino un acceso de tos y el sonido que emití se asemejó más al gruñido de un cerdo asmático que a otra cosa.
Madre mía, ¿de verdad le había dicho que llevaba tiempo sin echar un polvo?
Me estaba lamentando cuando él me miró con gesto contrariado y carraspeó.
—Vaya, si te soy sincero y sin que te lo tomes a mal, no me esperaba algo así viniendo de ti. —Lo entendía, quizá se pensaba que estaba aún frente a la Alicia adolescente que tenía planeado al milímetro su primer beso y que creía que la vida era una prolongación de un cuento de princesas.
»¿Te puedo hacer una pregunta? —soltó y sus gestos destilaban un punto de nerviosismo—. Siempre me ha producido curiosidad y hasta ahora no se me había presentado la oportunidad de preguntarle a nadie sobre este tema, porque si no se tiene cierta confianza…
—Claro. —De pronto me sentía absurdamente especial.
Para qué había sido la elegida exactamente era lo que estaba a punto de descubrir, para mi más absoluto bochorno.
—¿Eres capaz de imaginarlo teniendo sexo con una mujer sin que te afecte?
Me pareció una pregunta extraña a la par que inquietante. ¿Por qué demonios iba a querer imaginarme a Leo manteniendo relaciones sexuales con otras personas?
Y lo más perturbador: ¿por qué quería él saber la respuesta a esa pregunta?
—Bueno, la verdad es que prefiero no imaginármelo en esas situaciones, me da un poco de repelús, todo sea dicho.
—¿Repelús? —inquirió realmente interesado, y asentí—. ¿Y él lo sabe? ¿Sabe qué es lo que te provoca?
¿En qué momento se había votado «Leo y yo» como tema de conversación para tratarlo entre nosotros?
Tenía que encontrar la manera de reconducir todo aquello e instarlo a que continuase comiendo. Por mucho sofoco que su imagen de apetitoso placer me provocase, lo prefería mil veces a aquello.
—No es que se lo haya dicho abiertamente, pero no nos visualizamos el uno al otro de esa forma. No sé, sería raro.
—Ya, entiendo, cada relación tiene sus cosas —reconoció—. No pienses que os estoy juzgando ni nada de eso. Siempre he creído que hay que tener mucha confianza en uno mismo y en el otro como para que la pareja no se resienta con terceras personas.
El gesto que le dediqué no fue demasiado femenino, no pude evitarlo al sentir que mis neuronas conectaban por fin lo que me había estado preguntando con esa última frase, cayendo en la cuenta de lo que se estaría imaginando.
No era posible que el pensase que…
Sí, sí que parecía posible.
Até cabos y me aguanté la sonrisa al hablarle.