CAPÍTULO 10 – ESPECIAL #2
Le sonreí en respuesta rezando para que dejase el tema, sin embargo, conforme pasaban los minutos deduje que quizá, para conocerlo a él, también era necesario conocerla a ella o al menos la parte de ella que le concernía a él.
No obstante, en el momento en el que terminé de componer en mi mente la pregunta menos invasiva a su intimidad, pero que a su vez ayudase a entablar de nuevo la conversación que yo misma había dejado zanjada un rato antes, detuvo el coche y me animó a bajar.
Miré a mi alrededor, porque no tenía ni idea de hacia dónde nos dirigíamos.
Cuando entendí que nos encontrábamos en La Rueda, un lugar del paseo marítimo en el que la disposición de las terrazas de los bares y locales de copas conformaban un círculo y en el que la pertenencia a la zona de cada negocio se reconocía por el color de las mesas y sillas, le miré interrogante.
—Nada que unas cervezas no curen, chica manzana —contestó con entusiasmo a mi pregunta no formulada.
Fui incapaz de poner un pie tras otro al escucharlo, porque esa simple frase, lanzada sin ninguna mala intención por su parte, cayó como un jarro de agua helada sobre mi cabeza.
Porque por un momento no entendí qué hacía allí con un chico que, francamente y a razón de su afirmación, no me conocía en absoluto; al menos no a la Alicia de veintinueve años que tenía frente a sí, ni tampoco las cosas por las que había tenido que pasar en su vida.
Y porque su plan estaba fracasando estrepitosamente al querer sacarme de mi entorno para despejar mi mente de la marcha de Leo, pues en ese momento solo quería volver al pasado, tan solo un mes atrás, cuando mi vida no había comenzado a agrietarse y removerse desde los cimientos, amenazando con derrumbarse por completo.
Un momento en el que nada desafiaba mi cordura y mi estabilidad, conseguida a base de mucho esfuerzo.
Vale, quizá me estaba excediendo en mis pensamientos, pero Leo era parte de mi familia, un pilar fundamental, un amigo que conocía todo de mí y sobre mí…
Y se había marchado dejándome sola no únicamente de forma física, sino con varios agujeros por llenar, como el de la parcela laboral o el de ser mi paño de lágrimas y confidente leal.
Leo nunca habría dicho una frase así, no la habría ni siquiera pensado, por todo lo que conllevaba y significaba para mí; por todo lo que él sí conocía.
La comparación entre ambos fue inevitable.
—¿Alicia? —me preguntó Adriel. Se había acercado hasta mi posición y me miraba extrañado.
Mi semblante no debía de ser demasiado halagüeño a juzgar por la preocupación que transmitían sus ojos—.
¿Estás bien? ¿Prefieres que vayamos a otro lugar?
Por mí no hay problema, solo quería que te distrajeras un rato.
Negué con la cabeza sin dejar claro si mi respuesta era a la primera o a la segunda pregunta. Tras unos segundos Adriel tendió su mano hacia mí, y la miré como quien observa el fuego, siendo consciente de que le puede quemar y, aun así, sintiéndose atraído por sus poderosas y atractivas llamas.
Con mil pensamientos surcando mi cabeza, eché un último vistazo a sus dedos, finos, largos y tendidos en mi dirección; sus labios curvados en esa sonrisa de lado que le marcaba un pequeño pliegue en la mejilla, el cual se había acentuado con el paso de los años.
También observé sus ojos compasivos y cálidos mientras me convenía con la mirada a que confiase en él…
Y, a pesar de mis recelos, del miedo que en cierto modo sentía al exponerme a un casi desconocido y a todo lo que me indicaba que aquello era una mala idea, pues tenía la certeza de que iba a salir mal parada, lo hice.
Confié en él.
Le di mi mano y permití que me guiase a un paso tranquilo unos metros más allá, como el adulto que enseña a caminar a un niño y teme una posible caída.
En esa metáfora yo era el bebé e igual de inestable sentía mis piernas, pero la tibieza que desprendía su mano aferrando la mía me mantenía anclada al suelo, impidiendo que me derrumbase.
En esa nebulosa escuché unos ladridos agudos y un silbido familiar, y vislumbré un poco más adelante a alguien conocido, alguien de mi mundo real, de ese que no amenazaba con incendiarlo todo.
Sonreí al ver a Carlos con su inseparable Pili y, sin ser consciente del todo, reorienté mis pasos y comencé a dirigirme hacia él.
Adriel, sin soltarme de la mano, me siguió sin objetar nada.
—Hola, petardo. —Le sonreí animada, sintiendo que reconectaba de algún modo con mi mundo de hacía unas semanas, con la gente que me rodeaba de toda la vida y con la que siempre me había sentido cómoda.
No es que Adriel me incomodase, pero la inseguridad que sentía cuando estaba con él no me gustaba ni un pelo.
—¡Ey! —Me abrazó con cariño con el brazo que le dejaba libre el animal—. ¿Qué hacéis por aquí? No sabía que andabais juntos. ¿Qué? ¿Recordando viejos tiempos?
Fruncí el ceño y la risa un poco forzada de Adriel contestó por mí.
—¿Qué pasa, tío?
—Pues aquí, paseando a la reina de la casa, que como no la saque a su hora me la lía.
—Te tiene a sus pies —dijo Adriel divertido.
—No lo sabes tú bien.
La queja del grandullón fue contrarrestada por el gesto de cariño que le prodigó al animal al acercarlo a su cara.
Su mirada de ojos saltones y hocico altivo evidenció que sabía cuál era su lugar en esa relación, por mucho que su tamaño fuese el equivalente al de un zapato de su dueño humano.
Ahí la que mandaba era ella y nadie más.
—¿Te quedas a tomar algo? —le dije con verdadera esperanza.
—Qué va, mejor os dejo solos. —Me guiñó un ojo—. Ya sabes, tres son multitud y cuatro ya ni te cuento… —Elevó al animal uniéndolo a la ecuación.
—No seas liante, que te gusta mucho una telenovela de sobremesa. —Me reí.
—Está bien, está bien. —Levantó la mano que tenía libre en un gesto de rendición—.
No seré yo el que cuente vuestro secretito, tranquilos.
Pero, de verdad, no puedo quedarme, mi madre ya estaba acabando de hacer la cena cuando he salido y como no suba en breve soy hombre muerto.
—Miró a Adriel y se encogió de hombros—.
Otra que me tiene bien cogido por las pelotas.
—No te preocupes —le contestó él divertido—. Otra vez será.
Sonreí resignada al despedirnos, quedándome sola de nuevo con Adriel, ese conocido con tantas partes desconocidas para mí.
Juntos nos acercamos a uno de los locales y reconocí que ese retorno a mi realidad, gracias a habernos encontrado con el grandullón de Carlos, logró calmar la ansiedad que sentía un rato antes y disipar el malestar que se había ido asentando en mi estómago, por lo que el tiempo que estuvimos allí sentados fue agradable y sin mayores sobresaltos.
Quise aprovechar la ocasión e intentar conocer al hombre que habitaba en él, convertirlo en alguien real y no en la imagen que me había podido crear, todo ello al margen de la clara atracción que sentía hacia su persona.
Porque sí, ya sabía que hasta entonces lo había intentado negar, obviando la evidencia más que clara, pero sentía que era en vano continuar con la farsa que se llevaba a cabo en mi mente.
Adriel me atraía mucho y no había nada más lamentable que intentar engañarse a una misma.
Y dentro de ese momento, el cual ya conservaba como un recuerdo especial, Adriel me habló de cuánto había echado de menos Costa Serena y la tranquilidad que siempre había caracterizado la vida en ese trozo de tierra tan singular, reconociendo que siempre había tenido en mente volver, pero que aún no había llegado el momento.
También me habló de lo difícil que le resultaron los primeros años en Madrid, pues lo poco que ganaba con algunos trabajos esporádicos lo utilizaba para pagar la habitación de un piso compartido en el que estuvo viviendo, en un barrio no demasiado bueno de la capital, y sobrevivir.
—Vine en contadas ocasiones —admitió—. Y el poco tiempo que estaba aquí lo dedicaba a estar en casa con ellas. Para salir de fiesta ya tenía a mis amigos de Madrid.
Quise decirle que aquí también había dejado amigos que le habían echado de menos, como por ejemplo yo, sin embargo, no podía recriminarle nada, no era el primero que se marchaba del pueblo a una gran ciudad para buscar un futuro más cosmopolita y con mayor proyección; además, era totalmente loable que hubiese dedicado sus visitas a estar con su familia, por lo que me contuve de recriminarle nada.
Un par de horas, y muchas palabras después, le pedí volver a casa. Una vez allí le invité a entrar con la excusa de enseñarle el montaje con los nuevos diseños, que había creado él mismo un par de días atrás para la cabecera de la sección vegana.
Y sí, utilicé un pretexto cuando la realidad era que me había sentido tan sorprendentemente cómoda con él, por primera vez desde que nos reencontramos, que no quería que terminase esa tregua.
Adriel, contra todo pronóstico, había conseguido su propósito y por unas horas yo volví a ser la Alicia de antes, con los mismos dramas que ya me venían de serie, pero sin demasiados de los que se me habían ido añadiendo últimamente; por lo que sí, quise ser egoísta y utilizar su compañía y esa camaradería que se había instalado entre nosotros en mi propio beneficio.
Aunque, bueno, él tampoco parecía estar pasándolo nada mal.
Su mirada no mentía y esos ojos a caballo entre el marrón y el verde hablaban de muchas cosas que no estaba preparada para escuchar.