El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 10 – ESPECIAL
27%

CAPÍTULO 10 – ESPECIAL

Rueda y rueda…

Actualidad

Me costó horrores.

No voy a avergonzarme al reconocer que adaptarme a tantos cambios no me resultó nada fácil y dramaticé un poco más de la cuenta con mi familia y con el propio Leo cuando me llamaba por teléfono, cumpliendo con su promesa de hacerlo cada día.

Me alegraba que su primera semana con su correspondiente toma de contacto en el nuevo empleo hubiese sido positiva para él, pero en el fondo albergaba ciertas esperanzas egoístas en que el resultado no hubiese sido tan bueno, haciéndolo regresar a mi lado; una realidad paralela en la que la vida, en general, habría sido un poco más feliz.

Mi padre me evitaba. Era un hombre con dificultad para empatizar con los sentimientos de los demás, siempre pensé que su profesión le había regalado esa cualidad, pues había sido policía durante muchos años e imaginaba que, para evitar vincularse demasiado con lo que ocurría en su entorno laboral, se aislaba de todo y todos a su alrededor.

Como fui consciente de que mi apatía abrigada con cierto desánimo y coronada con una buena dosis de suspiros lastimeros le resultaba incómoda, procuraba no quedarme a solas con él para evitarle el mal trago.

Mi madre, por el contrario, venía a visitarnos más veces de lo que era habitual en ella y utilizaba excusas tan innecesarias como traer el pan para evitarle el viaje a Fede o preguntarnos por la mejor combinación de colores para sus nuevas cortinas.

Su instinto llevaba activo treinta y cuatro años y, aunque tanto mi hermana como yo ya no éramos unas niñas, aún era capaz de reconocer cuándo una de sus crías necesitaba apoyo y cariño maternal.

Solía rodearme de mis sobrinos, pues su vitalidad, risas y trastadas me ayudaban a reponerme y día a día los utilizaba como bálsamo para mis bajones.

Mi hermana y mi cuñado habían interiorizado motu proprio que yo contaba como una más de sus hijos y me incluían en todos sus planes familiares, algo con lo que los niños estaban encantados, porque hacían conmigo lo que les daba la gana.

En general lo agradecía, aunque en una ocasión incluso tuve que lamentarlo tras asistir al salón de belleza improvisado por las mellizas y recibir un trasquilón con unas tijeras en el flequillo.

Gajes del oficio al ser tía y nada que no se solucionase con un nuevo y temporal peinado, pero el mal rato al mirarme en el espejo no me lo quitó nadie.

En cuanto a Adriel, admito que el pobre ponía todo de su parte e intentaba hacerlo lo mejor posible en cada grabación, incluso me había lanzado un par de ideas que parecían poder funcionar bastante bien en el rendimiento del canal, sin embargo, yo siempre fui un poco impaciente y en algún que otro momento me desesperé por tener que repetir alguna toma en más ocasiones de las que mi estado anímico me permitía.

Reconozco que no se topó con mi mejor versión, pues, en lugar de una adorable chica rozando la treintena y con la que había compartido un pasado de lo más inocente, me asemejaba más a la personificación de la ladilla de un ogro de ciénaga putrefacta cabreada como una mona en celo.

Me asombraba que no me hubiese mandado aún a la mismísima mierda, yo lo hubiese hecho de haber podido, pero tiempo después supe que Leo ya le había advertido de lo que podía pasar e iba preparado y mentalizado para lo peor.

Aquello, definitivamente, se podía considerar «lo peor».

Y no, aún no había retomado la búsqueda de la persona definitiva para que cubriese a Adriel cuando llegase el momento de su vuelta a Madrid.

En mi fuero interno rezaba para que no fuese pronto.

Era algo que tenía pendiente hacer, pese a ello, aún no me sentía capaz de añadir una labor más a la enorme lista de tareas por abordar.

Lo único bueno de aquella etapa fue que Adriel sacaba a pasear más a menudo esa sonrisa de medio lado que tan nerviosa me ponía, y entonces, solo entonces, todo se iluminaba un poco más a mi alrededor.

Benditas sonrisas calcinaneuronas.

Mientras todo aquello pasaba, él fue cogiendo soltura con la cámara poco a poco.

Mi carga de trabajo seguía siendo mayor de lo habitual, porque no me veía preparada para cederle el mando como sí hacía con Leo, así que, entre el insomnio que me acechaba últimamente y quedarme hasta tarde de manera habitual editando y programando las entradas para las redes sociales, llegaba al día siguiente un poco más agotada que el anterior.

Imagino que la longitud de mis ojeras, en aumento cada día, debieron de alertarlo, y esa tarde al abrirle la puerta me pidió que me diese una ducha y me vistiese, con una autoridad y decisión digna de mencionar.

—¿Para qué? —le pregunté intrigada. No tocaba grabación y no entraba en mis planes más inmediatos despojarme de la ropa de estar por casa.

—Es una sorpresa —contestó sin más—. Venga, que el tiempo es oro.

Sonrió, y no hice más preguntas, no porque no sintiese curiosidad, sino porque su alusión a necesitar un baño me había herido un poco en mi orgullo.

¿Qué esperaba? Esa noche me pasé editando hasta las cuatro de la mañana, había dormido un escaso par de horas y después estuve enfrascada en la cocina toda la mañana, bebiendo café e intentando desconectar la mente y simplemente disfrutar del momento, como hacía tiempo que no ocurría; y lo había conseguido, me puse música alta, amasé, horneé y mezclé con ganas e incluso bailé un poco frente a los fogones.

Así que sí, quizá llevaba razón y necesitaba una ducha de forma urgente.

Bueno, y admitía que las ganas que tenía de dejarme sorprender por él, que eran apabullantes, también pesaban.

—¿Qué tipo de ropa me pongo? —indagué delante del armario mientras él ojeaba el móvil apoyado en la barra de la cocina.

—Cualquier cosa —contestó sin mirarme.

Me quejé en silencio y resoplé, pero al segundo siguiente me pregunté a mí misma qué buscaba realmente como respuesta.

Observé los desgarros en las rodillas de sus pantalones negros, las bambas desgastadas y su chaqueta vaquera con aspecto de tener más de mil lavados, colocada sobre una sudadera deportiva gris con capucha y unas letras negras en el pecho.

Miré de nuevo mi armario y finalmente me decanté por unas botas tobilleras con poco tacón, unos pantalones vaqueros pitillo y un chaleco de punto en color maquillaje que aún no había estrenado.

Me encantaban sus mangas abullonadas y el dibujo en trenza que formaba la trama del hilo en la parte frontal.

Cuando salí del baño él desvió la atención de la pantalla de su teléfono hacia mí, escondió una sonrisa apretando los labios y no pude contenerme.

—¿Qué? —pregunté sintiéndome absurdamente bien.

—Nada.

—Adriel… —Puse el tono de mi sobrina cuando sabía que algo le ocultaba.

—No es nada, es solo que me gusta que tengas ese aspecto tan delicado incluso en vaqueros —dejó caer como si tal cosa—. Estás preciosa.

Alcé una ceja con sorpresa; con una agradable, sincera y reconfortante sorpresa que me hizo cosquillas en el estómago.

—Vaya, muchas gracias. —Contuve mis propios labios y me los mordí, refrenando las ganas que nacieron en ellos de lanzarse y acabar estampados contra su mejilla poblada de barba, agradeciéndole con ello su apreciación y palabras. Bueno, quien decía mejilla también podía referirse a labios.

Que estuviese siendo tan encantador no ayudó en nada a mi cruzada mental por normalizar nuestra creciente relación laboral y de amistad.

Si era del todo sincera, jamás hubiese imaginado que un tipo como Adriel, el cual parecía darle la misma importancia a la moda como a la proporción de alginato de sodio en la elaboración de unas esferificaciones, hiciese mención a mi manera de vestir, pero me agradó descubrir que aún desconocía partes de su persona que podían sorprenderme.

Bueno, me agradó y me asustó un poco a la vez, porque ya eran varios los detalles que me gustaban de él y tenía que recordarme más veces de las necesarias que su pareja, esa chica que él había catalogado como «especial», con un trabajo estable, piso propio y con un novio demasiado atractivo para la cordura humana, lo esperaba en Madrid.

¿Y qué necesidad tenía yo de enredarme con tonterías a esas alturas?

Si ya había asumido que acabaría siendo la tía solterona que mimaría a sus sobrinos, a los hijos de estos y a los hijos de sus hijos si tenía suerte de vivir para contarlo, y les daría el coñazo cuando fuese mayor para que la sacasen de paseo, chantajeándolos con las veces que de pequeños les cambió los pañales o se dejó humillar con sus ideas rocambolescas, a las cuales siempre se prestaba.

Ninguna, no tenía ninguna necesidad y debía grabármelo a fuego en la memoria cuando un nuevo ataque de estupidez me asaltase.

Respiré hondo y le sonreí tras recoger lo necesario y guardarlo en mi bolso. Juntos salimos del apartamento envueltos en un halo de camaradería bastante agradable.

Al poco, me descubrí sonriendo al darme cuenta de que, al montarme en su coche por primera vez, Adriel era igual de desastre que yo con el cuidado del vehículo.

—Perdona —se excusó apartando una camiseta, varios papeles y la funda de un portátil del asiento del copiloto y lanzándola a la parte trasera sin ningún interés, permitiendo con ello que me sentase.

—No pasa nada, el mío también es un desastre —me sinceré.

—Bueno. —Sonrió resignado arrancando el vehículo—. En mi coche me permito este pequeño acto de rebeldía.

—¿Acto de rebeldía?

—Mi chica es bastante estricta con estas cosas y en casa tengo que contenerme a menos que quiera acabar el día con una bronca de la hostia.

—Claro —contesté sin saber bien qué decir.

Su chica… Si es que, ¿quién me mandaba a mí a preguntar? A veces estaba mucho más guapa calladita.

Él giró su cabeza hacia mí.

—Carla es una mujer peculiar —añadió en tono neutro, y no supe cómo tomarme dicha información, pues la verdad es que tenía las mismas ganas de hablar de su pareja como de pasarme la tarde ordenando mi ropa.

Ninguna.

—Seguro que lo es.