El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 9 –EL DÍA #3
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CAPÍTULO 9 –EL DÍA #3

—Oye, ahora nos marchamos a mi apartamento, que hemos venido para estar un poco más amplios por eso de que temporalmente somos tres, ya sabes… —le aclaré.

—No te preocupes, vamos a subir a ducharnos, así que no hay prisa. ¿Os quedáis a cenar? —preguntó en alto dirigiendo la invitación a mis dos acompañantes—. Hola, Adriel.

—Hola. —Sonrió cortésmente, y me sentí absurdamente reconfortada al apreciar que no le había dedicado esa sonrisa que yo consideraba un poco mía, sino una educada y amable, anodina, al fin y al cabo—. Yo no puedo, gracias, me esperan en casa —aclaró.

—¿Fajitas y pizza ? —preguntó Leo, sabiendo cuál era el capricho en casa de mi hermana los viernes por la noche. Ella asintió, y él compuso un gesto de placer—. Me apunto.

Estrella le sonrió y continuó guardando bártulos y recogiendo lo que en tan pocos segundos habían ido dejando sus hijos tras su paso. ¡Jesús!, hubiese jurado que habían traído niños de más recogidos en el parque, porque el jaleo y la estela tras su paso era considerable.

Sentí unas manitas llamando mi atención y me giré. Mi preciosa sobrina Fabiola me observaba con sus expresivos y grandes ojos verdes, coronados por un filo negro que bordeaba su iris de una forma muy particular y atrayente.

—Pato, ¡papá te llama! —Escuché que le decía Bruno desde algún lugar de la planta baja.

Ella asintió, como si con ese gesto su hermano mayor ya pudiese conocer su respuesta, y luego me sonrió desprendiendo ese halo de nobleza que la caracterizaba.

—Tata, ¿quién es ese hombre que está con el tío Leo? —Apuntó con su manita hacia Adriel, y me fijé en que ambos estaban observándonos con un interés muy mal disimulado.

Le sonreí a la niña y miré al aludido cuando contesté.

—Se llama Adriel y es un amigo mío. ¿Quieres que te lo presente? —Él me devolvió la mirada de una forma aguda que no supe descifrar, y ella asintió, agarrándome de la mano y quedándose a un paso por detrás de mí cuando llegamos hasta ellos.

»Hola, chicos —teatralicé, pues ambos ya estaban al tanto de nuestros movimientos—. Adriel, quería presentarte a esta señorita de aquí. Se llama Fabiola y es mi sobrina preferida —susurré—. Ah, y acaba de cumplir cuatro añazos.

Le cedí el sitio con un gesto, ella se sonrojó y agachó la cabeza tras contestar con un «Hola» a Adriel, y su vocecita sonó tan tierna que tuve ganas de comérmela a besos.

—Hola, Fabiola —le contestó él con cariño—. Encantado de conocerte. —Ella se quedó callada, y él se dio por aludido, suponiendo que quizá esperaba algo más por su parte—. ¿Ya vas al colegio? —Asintió—. ¿Y qué tal? ¿Te gusta? —le preguntó con el mismo tono que utilizaría para hablar con un adulto.

—Sí, mucho.

—Pues te voy a contar un secreto. —Se acercó a ella y bajó la voz. Mi sobrina, intrigada, arrimó su cuerpo hacia él—. Sigue pasándotelo tan bien y estudia un montón, así cuando seas mayor podrás dominar el mundo.

Fabiola asintió sin demasiado interés y se marchó a la carrera al recibir una nueva llamada de su padre, que la buscaba para ir a la ducha.

No supe por qué, pero encontré parte de amargura en el mensaje que le había transmitido y deduje que quizá él no era del todo feliz porque no dominaba su propio mundo.

¿Lo hacía, realmente? No podía saberlo, no hacía tanto que habíamos retomado el contacto, una semana exactamente, y eran pocas las veces que habíamos hablado sobre nuestras vidas más allá de saber que se dedicaba a probar videojuegos y que su novia era abogada.

—¿Por qué la llaman Pato? —Escuché que me preguntaba.

Sonreí con cariño y me senté a su lado, colocándome girada hacia él en la silla.

—Estoy segura de que si te fijas un poco lo averiguarás por ti mismo —contesté con ternura—. Solo tienes que detenerte a observar los detalles.

Él me dedicó una mirada que fundió un poco más los plomos de mi cordura y contribuyó a que aquella noche tampoco tuviese sueños demasiado sosegados. Lo que restó de fin de semana lo dediqué por entero a Leo, pues no podía creerme que el día de su marcha hubiese llegado tan pronto.

—Ali, estás llenando de mocos mi sudadera preferida.

—¡Calla! —me quejé hipando y riendo a la vez, comprobando de soslayo que estaba tomándome el pelo, en su prenda no había rastro de nada que no fuesen mis lágrimas—. Prométeme que vamos a hablar todos los días.

—Te lo prometo.

—Y que no te vas a olvidar de mí, vendrás a visitarme a Costa Serena cuando puedas y que, aunque serás feliz, me echarás un poquito de menos.

—Que sí, pesadita. Y tú trata de disfrutar de los cambios, ¿vale? Que nos conocemos… —me contestó guiñándome un ojo.

Besó mi coronilla y le sentí sonreír sobre mi pelo cuando le apreté más fuerte en mi abrazo a su cintura, a la vez que musitaba un «Te quiero, pelirrojo del demonio» sobre su pecho.

Él me sostuvo durante unos segundos más y después, con esa preciosa y franca sonrisa, su pelo largo recogido en una coleta y esos andares despreocupados que le caracterizaban, lanzó un beso al aire cuando se subió al coche y se perdió calle abajo.

Seguramente sería del todo innecesario explicar cuál fue mi reacción a esas alturas de la historia… Así de previsible era.