El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 9 –EL DÍA #2
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CAPÍTULO 9 –EL DÍA #2

No podía flaquear, pues me delataría, aunque lo que había dicho no era una mentira realmente, creía de verdad que la situación con Adriel se calmaría tarde o temprano, pero me había cogido tan de sorpresa verlo en la reunión, descubrirlo en el pueblo tras tantos años y tenerlo a mi alrededor en estos últimos días que aún tenía que normalizar nuestra relación y descubrir cómo era el Adriel adulto, porque en mi mente aún lo visualizaba siendo un joven imberbe y delgadito, todo lo contrario a ahora, que la barba cerrada que cubría su rostro, su estatura y el ancho de sus brazos delataban que de niño quedaba bien poco por allí.

Vale, puede que también me sintiese un pelín atraída hacia él, solo un poquito.

—Está bien —concedió—. Pero te vigilaré de cerca.

Le sonreí mientras me hacía un gesto con los dedos índice y corazón sobre sus ojos y nos dirigimos a la casa, donde ellos ya habían comenzado a trabajar con el portátil.

Alana se fue a su habitación, y yo me acerqué a su posición, dispuesta a sentarme en la silla libre al lado de Leo, sin embargo, él colocó la chaqueta sobre el asiento y me guiñó un ojo.

Quizá otra persona no se hubiese sentido a gusto por el hecho de tener a dos de sus exparejas en la misma habitación, pero yo, gracias a las miradas y gestos de Leo, solo me sentí como si hubiese regresado al pasado y mi mejor amigo me estuviese ayudando a conseguir al chico que me gustaba, algo que no me hizo sentir cómoda, pues aquello era del todo quimérico e improbable.

Por ambas partes.

Inexistente.

Retiré la chaqueta y me senté en el lugar que Leo me había vetado, al momento descubrí que era peor el remedio que la enfermedad, porque, con la distancia que nos otorgaba el asiento de él en el medio de ambos, podía atisbar cada uno de sus gestos, fruncimientos de cejas y asentimientos concentrados.

Me dije a mí misma, tal y como le había explicado a mi sobrina, que debía normalizar la situación, por lo que me pasé más de una hora absorta en cada uno de sus movimientos faciales y corporales, convenciéndome de que quizá así me familiarizaría más rápidamente a ellos y dejaría de prestarle atención, pues ya no sería nadie desconocido.

«Sí, hija mía. Sigue diciéndote eso a ti misma, anda, que lo mismo te lo crees».

Mi pensamiento hubiese estado genial si no hubiese sido por el pequeño detalle de que, cuando veía cómo sus dientes mordían su labio en un gesto de concentración, me imaginaba que eran los míos los que recibían la atención; cuando pasaba sus dedos largos y delgados por su nuca en una señal de cansancio por la postura, me visualizaba a mí dándole un masaje —desnuda, para más señas— a su espalda, y cuando se llevaba la mano al pelo, estirándolo hacia arriba y descolocándolo un poco más en su posición aleatoria, eran mis dientes los que apresaban mis labios para contener un gemido.

Joder, no sabía si iba a terminar acostumbrándome a Adriel, pero ya había descubierto unas cuantas expresiones nuevas que me fascinaban aún más que las que ya conocía.

—Ali, baja de donde quiera que estés —me dijo Leo dándome unos golpecitos en la frente—. ¿Podrías hacer algo productivo y traernos bebidas?

Me sentí un poco violenta siendo observada por los dos y más aún cuando mis ojos se cruzaron con los del objeto de mi escrutinio. Me habían pillado absolutamente embobada.

—Claro. —Carraspeé incómoda—. ¿Cerveza?

—Genial —contestó Leo.

—Vale —secundó Adriel y me dedicó una sonrisa, «esa sonrisa», que me puso el estómago un poco más del revés.

La sonrisa que siempre me había debilitado las entrañas.

La de medio lado, la lacónica y sin acabar.

La sonrisa que enamoró a la Alicia niña y parecía fascinar a la Alicia mujer y a sus partes más íntimas y recónditas.

Sobra decir que me tomé mi tiempo en la cocina, en parte para llamarme a la calma y deducir que con lo sensible que estaba esos días con la marcha de Leo, los cambios en el ámbito laboral, la revolución hormonal debido a mi ciclo menstrual y la visita exprés de mi mejor amigo Mat, tenía los sentimientos a flor de piel y eso no ayudaba a mi aclimatación con Adriel.

Rebusqué en la despensa de mi hermana y piqué un poco con la idea de acallar de alguna forma los rugidos de mi interior, aunque bien sabía que no eran debidos a ese tipo de hambre.

Una vez más calmada, regresé al salón al mismo tiempo que llegó la tropa, ataviados con cascos para la bici, la ropa algo sucia y amplias sonrisas, que reflejaban lo bien que se lo habían pasado en su salida en familia.

—Hola, enana. —Me besó mi cuñado Fede al pasar junto a él.

Le devolví el saludo e hice gestos de cariño a los niños, que inundaban toda la estancia con su presencia, carreras y gritos. Me acerqué a mi hermana, que andaba desenganchándose la mochila de porteo del pequeño Guille, y la ayudé cogiendo al niño en brazos.

Sus manitas heladas aterrizaron en mi cuello, haciendo que diese un respingo por la impresión.

—Jo… lines, ¿dónde has tenido metido al niño, en un iglú?

Estrella se rio y tras quitarse el abrigo ayudó a los más pequeños a hacer lo propio y a colgarlos en el armario de la entrada.

—Ya era hora de que hiciese un poco de frío —dijo entusiasmada.