El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 9 –EL DÍA
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CAPÍTULO 9 –EL DÍA

Momentos de cambios, adaptaciones y despedidas.

Actualidad

Solo había algo mejor que llorar desconsolada y era hacerlo acompañada.

Así una se sentía de algún modo comprendida y podía dejar salir su pena con más tranquilidad, sin creer que estaba incomodando a la otra persona con los hipidos y las lágrimas recorriendo sus mejillas sin control, orden ni concierto.

Qué liberador era llorar, pero qué poco atractivo resultaba hacerlo… y, sobre todo, cómo se te quedaba la cara después. Hecha un cuadro expresionista, como poco.

Exactamente así fue como nos hallaron Leo y Adriel, pues el pelirrojo había citado a mi nuevo cámara esa misma tarde para trabajar la parte de edición y poder terminar con la formación rápida que le estaba dando.

Hubiese estado genial estar al tanto de sus planes.

Hubiese sido estupendo que Leo no tuviese llave y no entrasen con toda la tranquilidad del mundo a mi apartamento.

Hubiese resultado fantástico si hubiesen llegado un rato antes, cuando aún no se había desencadenado el trágico y doloroso final de unas vidas tan valiosas.

Si todo eso hubiese ocurrido, no nos habrían encontrado por sorpresa a Alana y a mí berreando, llorando a moco tendido y abrazada la una a la otra mientras todo se iba a pique.

—Otra vez no —se quejó en un murmullo mi mejor amigo parado en la entrada.

—¿Qué pasa? —Escuché que le preguntaba un Adriel sorprendido en voz queda.

Los observé sin llegar a hacerlo realmente, porque no quería perderme detalle del momento tan dramático que se estaba dando al otro lado de la pantalla.

Era incapaz de vivirlo sin todos los sentidos puestos en él.

Sorbí por la nariz a la vez que atisbé que Leo, en vez de contestar a su pregunta, se acercó al congelador y preparó algo con la soltura y la familiaridad de quien lo ha hecho más veces, innumerables veces, realmente.

Cuando me tendió la tarrina de helado de nueces de macadamia con dos cucharillas hipé con más fuerza y balbuceé un agradecimiento bastante lamentable.

El pobre Adriel no sabía dónde meterse, se lo noté en la cara e intenté transmitirle algo con mis ojos, no sé muy bien el qué, mientras hundía la cucharilla en el helado y la llevaba hasta mi boca.

—Es su película preferida —le explicó Leo en voz baja acercándose hasta él, ya que no se atrevía a traspasar la entrada que hacía las veces de espacio útil de la cocina y recibidor—. Cada vez que está de bajón la ve. Nos ha salido un poco masoquista la muchacha.

—¿De bajón? —sospeché que preguntaba casi en un susurro el otro.

—Eso parece, y mucho me temo que el motivo soy yo… Me voy este domingo a Alicante, empiezo en el curro nuevo el día dos y lo tengo que tener todo listo allí.

—Ah —se limitó a contestar—. ¿Vas a estar mucho tiempo?

—Eso espero. —Sonrió.

Durante unos segundos dejé de prestarles atención, pues Rose, agarrada a la mano de Jack y tumbada sobre un tablón de madera en medio del océano Atlántico, entonaba una canción muy significativa.

Qué triste, por favor… Siempre había pensado que eran una de las parejas más bonitas, espontáneas y trágicas de la historia del cine.

Como acto reflejo susurré a coro sus palabras:

—«Ven, Josephine, asciende conmigo. Vuela, vuela alto, muy alto…».

No pude evitar las lágrimas, porque sabía que segundos después presenciaríamos el momento en el que ambos tendrían que despedirse para siempre, sin embargo, la risa un poco escandalosa de Leo captó mi atención y rompió un poco el momento.

Le miré con un odio profundo.

—¿Te hago un resumen? —Adriel se encogió de hombros ante la pregunta de Leo, y dejé de observarlos, focalizando de nuevo la atención en la película, aunque no pude evitar escuchar sus palabras—.

Esos dos se enamoran, viven un romance a escondidas porque él es un muerto de hambre, y ella, una señorita de alta alcurnia…

—Leo, no le hagas spoiler —lo reñí.

—Ali, la película tiene más años que el sol. Si esto te parece un spoiler —le habló a Adriel—, te diré que, por lo visto, Jesucristo murió y resucitó al tercer día, así te ahorras leer la Biblia.

El sonido de la risa de Adriel captó mi atención y sonreí al mirarlos.

Mi aspecto debía de ser lamentable después de tanto llorar y con la boca pringada de helado, pero, por suerte, rectifiqué pronto y giré la cabeza hacia la pantalla, una vez más.

—Como te iba diciendo, después de echar un polvo clandestino les cortan todo el rollo porque el barco se choca con un trozo de hielo que lo rompe como si fuese de papel, se va a la mierda y se hunde, todo con muchas dosis de tragedia para llorar con gusto.

Resulta que el agua está fría de cojones, pero ¡oh, salvación!

, encuentran un trozo de leño que utilizan para subirse, sin embargo, a él le pesa demasiado la cabeza y se caen de nuevo, como cuando te intentas subir a una colchoneta en la piscina y te pegas una buena hostia contra el agua.

—Adriel se mordía el labio intentando contener una sonrisa—.

Así que nada, al final ella se queda encima del madero, y él, con medio cuerpo dentro del agua.

Se congela, obviamente… La diña, la chica llora, todos lloramos, ella decide no llevárselo como estatua de hielo a su casa porque teme que se le descongele en verano y huela mal la mansión, por lo que deja que se hunda en el fondo del mar; al poco, la rescatan y vive muchos años con el recuerdo del chico que le pegó un buen meneo en un coche de época y la dibujó desnuda, tan efímero como profundo. Fin.

Escuché a mi sobrina reír comedida y decidí pausar el vídeo, porque nos habían jodido la última parte y estando ellos allí no iba a disfrutar tanto esos minutos finales, aunque debía reconocer que la manera en la que lo había resumido Leo tuvo su gracia.

Además, también estaba el motivo oculto, pero latente, de mis ganas de pasar tiempo con ellos, con Leo porque ya casi se iba a marchar de mi lado y no podía siquiera imaginarlo, y con Adriel porque me caía bien.

«Sí, ya. Ahora el que parezca que te hayan metido Peta Zeta en el estómago en cantidades industriales lo llamas “caer bien”, ¿no?».

Mandé a la mierda a mi vocecilla interior y les pedí a ellos que fuesen al salón de mi hermana, pues se habían marchado con los niños a pasear y trabajaríamos más amplios, tranquilos y sin riesgo de que el olor de Adriel se quedase de nuevo impregnado en mi escueto apartamento.

Cuando se hubieron marchado me metí en el baño para adecentarme e intentar arreglar el estropicio de mis ojos hinchados por el llanto. Alana aprovechó la ocasión y, como ya me imaginaba, me esperó tras la puerta del aseo.

—Vale, ahora no me digas de nuevo que han sido imaginaciones mías como el otro día —me acusó sonriendo escrutadora—. Te mola ese tío.

—No sé de qué me hablas —le contesté y me encaminé hasta el dormitorio, abriendo el armario y conteniendo una sonrisa al sentirla a mi espalda.

—Tata, venga ya, no soy tonta y tengo edad suficiente para saber que te pone.

—¡Oye! —me quejé conteniendo la risa—. ¿Qué manera es esa de hablarle a tus mayores?

—Tata…

Su tono recriminatorio me hizo reír.

—No diré nada si no es en presencia de mi abogado.

—¿De Leo?

—¿Leo? Ni de coña, se lo contaría a Juani y en diez segundos se habría corrido la voz por toda Costa Serena. —La señalé con el dedo—. Promete que quedará entre tú y yo.

—Claro, ¿con quién te crees que estás hablando? ¿Con las gemelas?

Hice un gesto con los ojos, dándole la razón.

Emma y Diana, las gemelas de siete años, eran tan diferentes como la noche y el día: una, nerviosa, y la otra, tranquila y pausada; una, aplicada y estudiosa, y su hermana, todo lo contrario, y así con muchas cosas más…

Sin embargo, sí que había dos cosas en las que coincidían aparte del físico: la habilidad para cantar como los ángeles y la imposibilidad para guardar ni un solo, mísero e insignificante secreto.

A veces dudaba de que Juani no fuese realmente parte de la familia y lo hubiesen heredado de ella, la verdad.

—Adriel y yo fuimos novios cuando teníamos más o menos tu edad —le expliqué con complicidad—. Fue el primer chico al que besé y…

—Espera, ¿te besaste por primera vez a los quince? —me preguntó alucinada.

—Oye, ¿de qué vas? —Me reí—. Pues sí, exactamente a los catorce. Una edad estupenda para darse el primer beso.

—Tata, tengo amigas que ya lo han hecho con sus novios.

—¿Hecho? ¿El qué? ¿Besarse?

—No, tata —contestó alzando las cejas—. Ya sabes…

—¿Sexo?

Asintió con la cabeza, y abrí los ojos con algo de teatro.

—Qué barbaridad, estas nuevas generaciones vienen pisando fuerte.

—Hablas como mi madre.

—Es que estoy intentando ser adulta por una vez, que luego me riñe diciéndome que parece que tengo tu edad. —Nos reímos—. Anda, venga, vamos, que me estarán esperando.

—Un momento. —Me paró agarrándome del brazo—. Te has escaqueado del tema.

—¿Yo?

—Sí, solo me has contado que fue tu novio y te besó, pero han pasado décadas de eso.

—No hables en plural, que no soy tan vieja, niña. Una década y poco —me quejé.

—Bueno, un montón de años —se corrigió—. Pero ¿y ahora?

Resoplé, haciendo tiempo y buscando la templanza que necesitaba para explicarle a mi sobrina lo que ocurría sin faltar a la verdad y a la vez sin confesarle que «el tío que me molaba», según ella, había protagonizado un par de sueños subidos de tono y alguna que otra fantasía estando despierta.

—Él tiene pareja, Alana —le dije como si eso fuese motivo más que suficiente.

Al verla alzar una ceja y mirarme con cara de incredulidad, continué—: Es verdad que es atractivo y me cae bien, aun así, eso no quiere decir nada.

A veces me pongo nerviosa porque hace demasiado tiempo que no lo veo e imagino que aún tengo que acostumbrarme, nada más.

Ella me observó suspicaz, y le aguanté la mirada con una sonrisa.