CAPÍTULO 8 – LA PROPOSICIÓN
Llegaron las medidas desesperadas.
Actualidad
Había experimentado cierta sensación de nerviosismo mientras sonaban los tonos de llamada, pero una vez que Adriel descolgó el teléfono todo fluyó con relativa normalidad.
Le pedí que viniese a casa, tragándome las ganas que sentía de salir huyendo de mi propia proposición de trabajo.
Y es que una vez que me decidí a hacerlo, que salí corriendo en el supermercado para prácticamente exigirle su número de teléfono, prefería estar en terreno conocido para hacerle la que seguramente sería la propuesta más extraña de su vida.
Mientras hablábamos por teléfono, Alana entró casi a la carrera en el apartamento y me miró con ojitos suplicantes, gesto que había heredado —o aprendido— de mí, y yo le sonreí sabedora de que acudía en busca de auxilio, a la vez que Adriel me explicaba que aún tardaría un rato en llegar.
Mi sobrina, primogénita y ahijada para más señas, utilizó toda la artillería pesada para rogarme que la ocultase en mi casa, pues sus hermanos llevaban toda la tarde jugando al escondite y decía necesitar un respiro del eterno y tedioso juego.
Accedí porque soy fácil de comprar y porque siento debilidad por cada uno de mis niños, pero no conté con que Adriel llegase antes de lo que para mí significaba «un rato». Quedaba claro que el concepto tiempo y yo seguíamos sin llevarnos demasiado bien.
Cuando abrí la puerta él se me quedó mirando con una cara algo extraña, aunque al momento entendí que el motivo de esa risa contenida eran las pintas que lucía de estar por casa, con zapatillas estrafalarias incluidas.
—¡Hola! —exclamé atrayendo su mirada focalizada en mis pies, cubiertos por dos perritos calientes mullidos y con unos adorables ojitos saltones que se movían al caminar—. Has llegado pronto, ¿no?
—¿Te viene mal? —inquirió dubitativo.
—No, no, para nada. Pasa, por favor. —Me eché a un lado y le cedí el paso, invitándolo a adentrarse en mis dominios.
Alana lo saludó con un escueto «hola» mientras él miraba disimuladamente a su alrededor.
—¿Te acuerdas de la hija de mi hermana? —Él asintió—. Pues, voilà , he aquí la razón por la que empiezo a sentirme demasiado vieja. El tiempo vuela, ¿no te parece?
Adriel soltó una risa y la saludó educadamente.
—Yo ya me voy, tata —me dijo ella algo cohibida.
—Vale, cielo.
Me acerqué y le di un beso. Ella aprovechó la cercanía para preguntarme en un susurro por él, y le hice un gesto indicándole que ya le contaría.
Y lo haría, porque mi sobrina era una adolescente madura, responsable y dulce, pero muy cotilla también; sabía que no pararía hasta saber todos los pormenores de la visita de Adriel a mi apartamento.
Sus técnicas de persuasión y la de los interrogatorios de los prisioneros de guerra enemigos no tenían demasiadas diferencias.
Una vez nos quedamos solos me giré hacia él y atisbé el inicio de una sonrisa.
—¿Qué…? —pregunté curiosa.
—Me estaba acordando de cuando la utilizábamos de excusa para que te dejasen salir entre semana y estar juntos.
—Ostras. —Me reí—. Llevas razón, qué bien nos venía tener un bebé a mano.
Nos contemplamos con el cariño de dos personas que comparten recuerdos bonitos y sentí una pequeña presión en el ambiente, como cuando bajas una cuesta demasiado rápido o buceas muy profundo.
Ambos nos mantuvimos la mirada y el sonido de unas llaves en la puerta atrajo nuestra atención. Lo escuché antes de llegar a verlo y sonreí.
—¡Ya estoy en casa, cariiiño! Prepárate que vengo bien cargadito de… —vociferó y se detuvo en seco al vernos en el salón, observándolo— técnicas de persuasión —terminó la frase con algo menos de entusiasmo—. Hola…
—Hola, Leo —le saludé aguantándome la risa e hice las presentaciones.
El recién llegado se acercó y le tendió la mano con una sonrisa. Después se acercó a mí y nos dimos un beso en la mejilla junto con un abrazo, como siempre que nos veíamos.
Yo ya sabía a lo que venía, lo llamé minutos antes que a Adriel para explicarle el plan.
A él le pareció una buena idea e incluso me propuso que vendría a apoyar la propuesta, pero, ahora que lo tenía allí y por lo que había dicho al entrar, estaba temiendo esas técnicas que, claramente, pensaba utilizar con Adriel.
Esperaba que no lo asustase antes de tiempo.
Decidí que lo mejor era no andarme por las ramas, así que les serví una bebida a cada uno y abrí mi lata de refresco. Mi cocina estaba al límite de sus posibilidades con ellos dos llenando el reducido espacio, sin embargo, me sentí bien al estar con ellos allí, me gustaba tener gente en casa.
Le lancé la propuesta a Adriel con un entusiasmo poco retenido y, aunque estaba convencida de que podía llegar a ser una muy buena idea, temía que él lo viese como una pérdida de tiempo y lo rechazase.
No supe si fue por la forma en la que se lo explicamos, por cómo Leo dio por sentado que su participación era un hecho o por su predisposición a salir de la monotonía de casa de su madre, que no nos costó demasiado convencerlo.
—Creo que lo mejor será que estos días veas cómo lo hacemos, qué es lo que más le gusta a Alicia y todo el trabajo posterior, así te vas familiarizando con todo sobre la marcha —manifestó Leo cogiendo una aceituna—.
Aquí la señorita no es demasiado exigente, a pesar de que le gustan los trabajos bien hechos, ¿verdad, Ali?
Le miré alzando una ceja, no por lo que había dicho, sino por el tono que había utilizado. Él me guiñó un ojo, socarrón.
—Bueno, imagino que como a todo el mundo.
—No hay problema —contestó Adriel mirándome y bebiendo de su botellín—. Lo único es que solo podré acudir por las tardes, que es cuando Dara se queda con mi madre.
—¿Y por las noches? —preguntó Leo sin venir a cuento.
¿Las noches? ¿Qué mierda se suponía que íbamos a hacer por la noche?
Ya la estaba liando.
—Imagino que, si hiciese falta, también —contestó Adriel dubitativo.
Yo miré a Leo con las mismas ganas de estrangularlo que de agradecerle que me estuviese haciendo más fácil todo aquello, pues debía admitir que su participación había ayudado mucho a que Adriel aceptase, aun así, no terminaba de entender a qué estaba jugando con esas frases soltadas de esa manera y con algún motivo en concreto del que yo aún no era consciente.
Lo conocía demasiado bien y cuando me miraba así sabía que había algo detrás de todo aquello.
—Yo, por mi parte, no dejaré de buscar a alguien que se encargue de todo de manera definitiva y cuando lo encuentre le invitaré a que venga a una grabación para ver qué tal se desenvuelve —expliqué—, así para cuando vuelvas a Madrid, con un poco de suerte, ya tendré a la persona definitiva.
—Me parece bien —alegó escueto.
Leo me sonrió, y fruncí el ceño antes de entender que esa sonrisa presagiaba un enredo más de los suyos. Me puso la mano sobre la pierna y apretó a la vez que le hablaba a Adriel.
—¿Tienes algo que hacer ahora?
El aludido comprobó el reloj.
—No, aún tengo tiempo, ¿por?
—Estaba pensando que para qué vamos a esperar a otro día si ahora estamos aquí los tres… Yo estoy muy liado ultimando los preparativos de mi traslado, así que podríamos aprovechar y grabar un rato hoy. ¿No querías hacer el vídeo de Sexo en la mesa , Ali?
«Lo mato».
Juré sobre mi tumba que iba a estrangularlo con mis propias manos en cuanto tuviese oportunidad. Ya averiguaría qué hacer con el cadáver. Quizá hasta lo cocinase.
Miré de soslayo a Adriel y no supe descifrar ni su postura ni su gesto facial. A saber qué estaría pensando. Miedo me daba imaginarlo.
—No creo que sea buena idea, Adriel tendrá cosas que hacer, esto nos va a llevar un mínimo de un par de horas y…
—Por mí está bien, siempre que comamos algo, no tengo problema.
Sonrió, y le devolví el gesto, un poco contrariada. Leo le dio una palmada en la espalda con entusiasmo.
—Eso está hecho, Ali hace unas comidas dignas de una diosa y no le importa compartir.
Su tono con retintín me estaba sacando de quicio.
Lo miré queriendo atravesarlo con los ojos, pero no me quedó más remedio que levantarme e ir hacia mi dormitorio, donde cogí algo de ropa con más nervios de los que quería aparentar, para luego encerrarme en el baño y maldecir en arameo el momento en el que se me ocurrió llamar a Leo y contarle el plan.
Hubiera estado mejor calladita, pues de haberme quedado sola no me habría encontrado teniendo que maquillarme y adecentarme para grabar uno de los vídeos más subidos de tono de mi canal, sino con un bocadillo de tortilla frente a la televisión, haciendo maratón de alguna serie.
Los escuché parlotear al otro lado de la puerta y puse la oreja. No conseguí captar más que alguna palabra suelta sin demasiado significado. Parecía que habían congeniado bien, a decir verdad, era raro que Leo cayese mal a alguien.
Hice lo que pude con mi aspecto y salí del baño con todas mis energías puestas en mandar buenas vibraciones al universo y que ese día no se complicase la grabación por alguno de los motivos que de vez en cuando solían ocurrir, como cuando nos dimos cuenta de que no habíamos activado el sonido de mi micrófono hasta cuarenta y cinco minutos después del inicio del cocinado o la vez en la que me pasé media grabación con un trozo de espinacas adherido a una paleta, y a Leo le pareció buena idea que los seguidores me viesen como alguien mundano y vulnerable —palabras textuales suyas— cuando le recriminé que no me hubiese avisado.
Recé a todos los santos para que no hiciese de las suyas, ni él ni el cosmos, y respiré hondo antes de plantarme frente a ellos, dispuesta a grabar, con todas las energías concentradas en lo que iba a ocurrir minutos más tarde.
Me tomaba muy en serio mi trabajo, por lo que la profesionalidad hizo acto de presencia en mí.
Me di cuenta de que ya habían montado la cámara y la iluminación, por lo que ya estaba todo preparado y parloteaban mirando el aparato.
Adriel fue el primero que reparó en mi presencia y le sonreí.
—Lista.