CAPÍTULO 7 – EL PRIMER BESO
En ocasiones las expectativas pueden dar lugar a decepciones…, pero otras veces son superadas con creces por la realidad.
Habían pasado dos años desde aquella vez en la que en ese mismo lugar, pero rodeada de más gente, dejaría salir una frase que marcaría el momento exacto que estaba viviendo.
Solo dos años me separaban de aquel instante y, sin embargo, sentía que la Alicia que había pronunciado aquellas palabras era tan solo una niña con muchas ideas románticas en la cabeza y aún más esperanzas en que su idílico futuro fuese todo de color de rosa, aunque admitía que no había cambiado de parecer del todo.
Mi primer beso me seguía resultando algo verdaderamente importante, un hito en mi vida que debía merecer la pena recordar, por eso, justo en ese momento en el que casi iba a experimentarlo, en el que tan solo unos centímetros y unos cuantos segundos me distanciaban de esa primera vez, no podía parar de temblar.
«Será aquí mismo, al atardecer, cuando se pueda ver a los amantes en el horizonte.
—Señalé al punto donde empezaban a vislumbrarse las conocidas rocas por las que la cala recibía el nombre, las cuales se unían en un beso efímero justo cuando la marea estaba en su pico más bajo—.
Entonces, y solo entonces —recalqué—, fundiré mis labios con el chico más especial del mundo, que será el que me robe el corazón».
Adriel estuvo presente justo ese día y parecía haber recogido cada una de las palabras, hasta el más mínimo detalle de esa afirmación tan rotunda que hice, para llevarlo a cabo. Y yo, ajena a todo ello, lo acompañé un poco extrañada, pero con curiosidad por lo que decía necesitar de mí.
Ahora que lo sabía, que era consciente de a dónde me había llevado y para qué, me preguntaba si de verdad estaba preparada para despedirme de mi parte más infantil y decirle «hola» a una versión más madura de mí misma.
¿Realmente estaba lista para recibir mi primer beso?
¿Para dejar ir a la niña que había en mí?
—¿Estás bien?
Abrí los ojos al sentir una caricia efímera en mi mejilla, donde Adriel recogió una lágrima que escapó furtiva de mis ojos. No fui consciente de tenerlos cerrados hasta ese mismo momento.
Asentí sin poder articular palabra, sin saber si lo que me entumecía de esa forma todo el cuerpo era el frío o los nervios, o quizá una mezcla de ambos.
—Estás helada —pronunció con preocupación—. No ha sido buena idea venir aquí.
Comenzó a alejarse de mí con la intención de ponerse en pie, y sentí pánico, miedo a que mi primer beso se evaporase de una forma tan ridícula; de que él, el chico callado y algo retraído que aún se sentaba a mi lado en clases de Matemáticas, incluso cuando ya no formaba parte de ninguna norma impuesta por la profesora, sino por su propia elección, el mismo que me había recogido en casa esa misma tarde de Reyes, que había pasado el escrutinio de mi padre, la mirada cariñosa de mi madre, la de advertencia de mi cuñado Fede mientras sostenía a mi preciosa sobrina Alana, de tan solo dos meses de vida, y la de cariño de mi hermana mayor, se separase tanto de mí que ya no tuviese derecho a acercarme ni aunque todo mi cuerpo me lo pidiese a gritos.
Me gustaba mucho Adriel y lo iba a perder incluso antes de haberlo tenido.
—¡No! ¡No te vayas! —le rogué.
Tiré de su mano y lo atraje hasta mí, haciendo que tan solo un par de centímetros nos separasen.
—Alicia… —pronunció casi en un susurro, agarrando mi mano entumecida por el frío.
Estaba empezando a anochecer y no podíamos tardar mucho más en marcharnos, ya que podía ser peligroso intentar salir de la cala sin visibilidad, aun así, en ese instante me sentía más temeraria que nunca y aquel dato era lo que menos me preocupaba.
No quería decirle adiós a ese momento. Nuestro momento.
—Adriel, no te puedes ir —dije categórica—.
Sé que no soy la chica más guapa ni la más popular de la clase, y que quizá sientas que te he hecho perder el tiempo habiéndome traído hasta aquí y todo eso, pero quiero decirte que he sentido algo por ti desde que te vi dibujar esa bota que aún conservo y a la que tú llamaste pájaro en los ejercicios de primero.
—Él me miró interrogante, y aclaré mis palabras con los nervios desbordándose por mis labios:
»Lo tiraste a la basura cuando acabó la clase, y lo rescaté antes de salir al recreo; en ese momento no supe por qué lo hice, pero ahora creo que fue porque necesitaba tener algo de ti conmigo, algo que fuese tuyo.
Y tú me has traído hoy aquí y te has acordado de todo lo que os conté sobre mi primer beso, y yo…
—Alicia —musitó en un susurro frente a mí haciéndome callar. Estaba cerca. Muy cerca, a decir verdad, y el olor a menta me embriagaba los sentidos—. ¿Harías algo por mí?
—Sí —contesté rotunda, interrumpiendo mi verborrea mental.
—Dime qué ves cuando me miras.
Aquello me cohibió, porque explicarle al chico que te gusta que adoras hasta la forma en la que arruga la nariz de forma compulsiva me daba un poco de vergüenza. Opté por ser sincera sin llegar a exponerme del todo.
—Veo a un chico que prefiere observar a ser observado, que a veces sonríe de una forma que me ha costado trabajo definir, pero que ahora sé que esconde sentimientos que le cuesta mucho expresar, que adora a su madre y a su hermana y que de alguna forma se ve como responsable de ellas…
—Hice una pausa—. También veo a un chico guapo.
—Me lancé—. Con unos ojos expresivos muy bonitos, manos delicadas y que en mis sueños besa muy bien.
Adriel sonrió sin dejar de mirarme, con ese gesto de medio lado que me volvía literalmente loca, agitando mi estómago y haciendo que una manada de elefantes corretease por mi interior revolviéndolo todo.
—¿De verdad?
—No, era una broma —me excusé un poco a la defensiva por sentirme en parte ridícula y expuesta.
Él agarró mi barbilla con la mano y me hizo volver a mirarlo. Lo que vi en sus ojos me asustó de tanto que me provocaba, de tan vulnerable que me hacía sentir.
—Antes has dicho que no eres la chica más guapa de clase —me recordó, haciendo que me cohibiese por ello—.
¿De verdad piensas eso? ¿Te has parado a observarte en el espejo y mirar con tus propios ojos y no con los de alguien ajeno a ti?
¿O solo te observas bajo las inseguridades que sientes por culpa de comentarios absurdos?
—Me mordí el labio, y él acarició la palma de mi mano al agarrarla—.
Yo no seré el más interesante, el más listo o el más guapo para muchas personas, pero ¿sabes qué?
Que no me importa lo más mínimo. Lo que de verdad me afecta es lo que pienso yo de mí mismo cada día, lo que siento cuando miro dentro de mí.
¿Y sabes por qué es tan importante? —Negué obnubilada.
»Porque es a mí a quien tengo que gustar, única y exclusivamente a mí. Porque lo que opinen los demás no tiene ningún valor; a unos puede gustarle mi pelo, otros detestarlo; habrá quien crea que soy guapo y quien no… o seguro que unas pensarán que beso bien y otras, que fatal.
Me sonrojé cuando me sonrió cómplice, y no pude apartar la mirada de sus ojos.
Me tenía absorta con su discurso, que estaba calando en mí de una forma inesperada.
Le estaba encontrando tal sentido a lo que me decía, palabras que ya había escuchado alguna vez, pero a las que entonces les encontraba una nueva y esclarecedora perspectiva, que fui incapaz de pronunciar ninguna a mi vez.
Adriel estaba haciendo que recapacitase, que me mirase a mí misma como de verdad pensaba que era, no como creía que me verían los demás; y me estaba afectando tanto lo que decía, tanto lo que sentía al escucharlo, que ese sentimiento elevaba la manera en la que me gustaba a otra categoría, por el simple hecho de hacerme sentir así: poderosa y valiente, empoderada.
—Gracias, Adriel. Jamás habría pensado que serías tan maduro en algo como esto —dejé escapar mi pensamiento en voz alta.
Él se encogió de hombros, restándole importancia.
—Tengo mis momentos. —Frunció la nariz dejando vislumbrar su propio nerviosismo—. Y quiero decirte algo más, solo para que sepas qué es lo que pienso al respecto.
Asentí a la misma vez que aprecié sus manos agarrar las mías con convicción.
Fue en ese instante, al notar su calidez, cuando recordé el frío que sentía, pues durante todo ese tiempo había olvidado por completo dónde nos encontrábamos, el hecho de que la luz casi no se distinguiera en el horizonte y de que la temperatura que nos rodeaba distaba mucho de ser agradable.
Para mí solo estaban él y sus ojos, sus palabras frente a mí entrando en tromba en mi interior y caldeándolo.
—Creo que eres una chica guapa, lista y me encanta cómo intentas ayudar siempre a todos, aunque a veces ni siquiera se lo merezcan.
Me gusta cómo te muerdes el labio cuando no terminas de entender los ejercicios de Matemáticas, cómo te ríes con Mat siendo tú misma o cómo lo proteges incluso sin darte cuenta, a pesar de que él te doble en altura, porque en el fondo sabes que necesita ese apoyo.
—Me mordí el labio y su mano subió hasta rozarlo con los dedos, acariciándolo en un gesto tierno que me puso aún más nerviosa.
»Me gusta cómo me miras y lo fuerte que eres.
—Negué casi imperceptiblemente con la cabeza, y él asintió, llevándome la contraria.
Su mirada entonces se nubló con algo que no supe descifrar, quizá la inexperiencia estaba jugando en mi contra, pero lo que sentí cuando me observó me atacó directamente al estómago, provocándome una presión que descendió en forma de cosquilleo hasta partes de mi cuerpo hasta entonces dormidas, dando pie a algo que aún no comprendía del todo.
»Y quiero saber cómo me besas, porque con esos labios tan carnosos y apetecibles seguro que lo haces genial. —Contuve la respiración—. ¿Tú quieres besarme, Alicia?
Tragué saliva y asentí nerviosa, sabiendo que el momento había llegado, que estaba lista para decirle adiós a mi yo niña y darle la bienvenida a mi versión más adulta, la que estaba preparada para besar a un chico, pero no a uno cualquiera, sino al más especial de toda la clase, pese a que era invisible para muchos.
Yo sí que lo veía.
Sus manos agarraron mi cintura y me acercó hasta su cuerpo, el cual desprendía un calor reconfortante que me hizo suspirar.
Su temblor casi imperceptible se unió al mío, un tanto más descarado.
Adriel giró su cabeza hasta llevarla a mi cuello y me animó en un suspiro a que mirase al frente, donde se recortaba la silueta de las rocas que daban nombre a esa cala, besándose en un efímero, pero mágico momento que les regalaba la marea, mientras el sol se escondía en el horizonte dejando una estela anaranjada en su despedida.
Fue una visión hermosa y subyugante, la más bonita que había visto nunca.
Sonreí perturbada y me estremecí cuando besó un punto de mi cuello y su aliento volvió a cosquillear mi piel.
—¿Estás segura, Alicia? —susurró sobre mi boca.
Y, en vez de contestarle con palabras, hice lo que jamás pensé que haría, lo que nunca me planteé cuando recreaba en mi mente cómo sería mi primera vez, en la que yo esperaba con ojos entornados de enamorada el beso de ese chico sin rostro.
No, nada de eso. Me olvidé de damiselas en apuros, de cuentos de hadas y de momentos mágicos. Deseché todas esas ideas y abracé la excitante e interesante realidad, acercándome a él y fundiéndome en su boca con ganas, con inexperiencia, con un choque de dientes que nos hizo reír nerviosos.
Le besé con agradecimiento y reconocimiento, con convicción y excitación.
Y no, no fue el primer beso que había imaginado.
Fue muchísimo mejor.